mención de honor V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Rodrigo J.A. Valla

Mueven las blancas. Miedo. Una guerra que me enseñaría muchas cosas. Quizás las ultimas. ¿Quién dijo que aquel que lanza la primera piedra corre con ventaja? Iniciativa. Caminar por el
sendero marcado es mucho más fácil que abrir espacios entre las malezas. Irónico. Mi mundo no es muy complejo, en este llano plagado de líneas paralelas y perpendiculares, no existe la
policromía. O tal vez si, tal vez yo sea el que ve en blanco y negro. Duda. Yo no soy más que un soldado raso, no tomo decisiones, espero que me convengan aquellas que toman los que están
por encima. Las tropas comienzan a desplegarse en ambos frentes. Noto cierta densidad de enemigos en el flanco izquierdo y nadie parece querer detenerlos. Crueldad. A veces nuestros lideres
sacrifican parte de su ejercito, nos sacrifican solo para que el enemigo este entretenido. Nuestra vida pareciera no valer nada. Suerte. Estoy en el extremo derecho, aun quieto y a salvo,
pero no por mucho tiempo. En el flanco izquierdo se produce el impacto. Los enemigos nos alcanzan. Veo a lo lejos, pero lo veo. Nuestras primeras bajas. Al enemigo no le resulta tan fácil.
Nuestro arquero de la izquierda hace bien su trabajo y desde la torre otros arqueros les dificultan el camino. El rey observa todo con frialdad, evalúa como continuar. Nuestros arqueros
desde el suelo describen fabulosas diagonales paraboloidicas, las flechas parecen no caer nunca, intentan resistirse a esos 9.8 metros sobre segundos al cuadrado que las fuerzan a bajar.
Imposible. De nada sirve el esfuerzo, las flechas no llegan a destino y cuando llegan dan demasiado tiempo a los soldados para preparar los escudos. Comienzan a zumbar flechas hacia este
lado. El frente del enemigo, a pesar de todo, aun esta ordenado. Desesperación. Comienzo a impacientarme, se que mi momento se acerca, ese momento en que tengo que acercarme al peligro a
riesgo de que se acabe la guerra para mí. Ha lugar otro intento alocado por conseguir desordenar al enemigo. El despliegue de nuestra caballería. Tal vez demasiado temprano pero en un
intento de generar confusión del lado de enfrente. El enemigo se mueve muy rápido. Nuestro flanco derecho es reducido rápidamente. Parece ser que desde la torre las flechas tuvieron
diabólica precisión. Esperanza. Descubro que en el borde del flanco izquierdo aun queda un jinete. Se abre paso con una fuerza indomable entre los enemigos que caen a su paso para nunca más
levantarse. Finalmente el enemigo se desordena. Se escuchan gritos desesperados, arqueros desde la torre intentan detenerlo. El arquero de tierra lo mira fijamente, nuestro jinete por un
momento se detiene. El tiempo parece detenerse también. Fuerza. Nuestro jinete lanza un grito de guerra, levanta su espada y desde mi posición puedo ver todas las flechas que detuvo su
escudo clavadas como alfileres en seda. Un cuerno suena en nuestras torres para alentar a nuestro último jinete, va directamente hacia el arquero que le dispara dos veces. La primera flecha
es detenida con el escudo, pero la segunda se clava en el brazo derecho de nuestro valiente con furia. El grito de dolor quedo suspendido en el aire, mientras nuestro agudo caballero lanza
el escudo para tomar la espada con el brazo que aun le queda ileso. Increíble. Nuestro jinete alcanzo al arquero y lo traspasó sin piedad con su espada. La confusión ya era enorme de ambos
frentes. Aun estaba quieto aunque hubiese preferido moverme. Nuestro jinete estaba dentro de las líneas enemigas y había dejado en el suelo a su mejor arquero. Desde la torre no podían
dispararle por el riesgo de herir a alguno de los suyos. Creo que algunos llegamos a creer que él podría con todos, que ganaría la batalla el solo. Tal vez fuera tonto creerlo, lo cierto es
que ya no podía volver, cuando se diera vuelta intentando la retirada lo tapizarían de flechas. Sorpresa. Quien estaba a la derecha del rey enemigo dio un cuarto de vuelta y miró fijamente
a nuestro jinete. Era un soldado enorme, no se que rango tendría, pero era temerario, todos le temían. Lanzo su lanza sobre el caballo y nuestro jinete cayó al suelo. Se acercó lentamente y
volvió a aflorar de la tierra un silencio de muerte. Nuestro jinete no cedió, el ruido de los golpes de las espadas llegaban hasta mis oídos, la guerra parecía haberse detenido, todos
mirábamos ese duelo. El temerario lanzó una estocada, pero nuestro jinete se agacho a tiempo, un mechón de sus pelos rubios sigue la trayectoria de la hoja. El tiempo se dilataba y cada
segundo duraba un siglo…las espadas comenzaban a moverse lentamente. Fin. El temerario volvió a la carga y esta vez acertó. Nuestro jinete cayó al suelo y su valentía se fue con su alma a
otra parte, ojalá supiera dónde. Volví a oír todo el barullo. Gritos, flechas que zumbaban, y ahora si, oía el galopar de unos caballos. Terror. No eran de nuestro bando, los enemigos
habían lanzado la caballería contra nosotros. Los caballos con sus jinetes se veían cada vez más grandes. Llego el momento que algún día llegaría, un momento marcado por esa orden, esa
orden que me exigía moverme con mis compañeros de línea en el intento de frenar a la caballería enemiga. Si fracasábamos no quedaban muchas posibilidades, la caballería alcanzaría nuestras
líneas y todo terminaría. Si lo lográbamos tal vez había esperanza todavía. Los cuernos sonaron de nuevo y el mundo se volvió insignificante para mí, lo único que existía en mi mundo era mi
escudo, mi espada y mis enemigos. Corrí y grité, ya estaban cerca. Me moví rápidamente y herí al primer caballo que alcance, se desplomo en el piso y antes de que su jinete pudiera comenzar
a levantarse lo terminé. Volví a oír aquel silencio, todo se detuvo de nuevo, mire hacia el flanco izquierdo y descubrí que aquel sueño de frenar a la caballería estaba cumplido, nos costó
varias vidas pero los detuvimos. Ahora la confusión era aun mayor, estaba mareado, oía gritos y ruidos por todos lados, los enemigos habían reordenado lo que quedaba de su segunda línea
mientras que la primera ya casi no existía. Miré hacia atrás y entendí que nuestras tropas no estaban mucho mejor. Los arqueros empezaron a dispararnos. Me arrodillé detrás de mi escudo y
esperé mientras sentía las flechas que impactaban la madera reseca. Nuestro rey permaneció callado, como si esperara que los enemigos se movieran, si lo hubiera tenido a dos metros le
hubiera revoleado el escudo por la cabeza. Estancamiento. El enemigo se movió, pero no con un gran despliegue, solo el temerario comenzó a avanzar. Los bombos enemigos marcaban su paso
desde las torres y las flechas dejaron de zumbar. Me puse de pie de nuevo y vi al temerario acercándose a otro de los soldados, su espada describió un circulo enorme y lanzó por el aire a
nuestro soldado, que ya no se levantó. Uno de nuestros arqueros intento dispararle pero la flecha no lo alcanzó, el temerario avanzo de nuevo y otro de los nuestros cayó, otra vez las
flechas sin éxito y nuevamente otro soldado fuera de batalla. Uno de los arqueros se acercó, disparo, la flecha iba directamente al pecho del temerario pero la desvío con su espada. Duda.
Dio media vuelta comenzó a marchar hacia mí, los bombos se escuchaban mas fuerte. No podía ver sus ojos, tenía la cabeza cubierta con una capucha, pero estaba seguro de que el temerario
veía los míos. Estaba paralizado, un miedo muy profundo no me permitía moverme. El temerario me alcanzo, levanto su espada larga y fina, la luz del sol se reflejo en su filo. Comenzó a
bajar y todavía no reaccionaba, la adrenalina me obligó a moverme en el último instante y esquive la gran arma, giré rápidamente y me aleje unos pasos. El temerario se dio vuelta y se quito
la capucha. Revelación. Era una mujer, volví a paralizarme pero esta vez no debido al miedo que sentía sino a la sorpresa que me invadía. Y nuevamente reaccione a milímetros de perder la
cabeza. La valentía afloro en mi como el sudor lo había hecho desde que corriera, volví a burlar su ataque y con un grito lancé mi respuesta. Atravesé su vientre y no me detuve, la espada
entro hasta el fondo. Pero no vi sangre. Aun el temerario, corrijo, la temeraria que había descubierto su rostro con sus hermosos ojos celestes se erguía impune, ilesa. ¡Yo la había herido
de muerte! Mientras ella movía su brazo hacia atrás para que su espada tomara el impulso suficiente comprendí. Yo solo era un soldado raso y creía que el rey decidía que debía hacer. Error.
Incluso la mujer que tenía frente a mis ojos, mano derecha del rey, no tenía más autoridad que yo. Lo mismo pasaba con los arqueros, la caballería, las compañías de las torres. Mi mundo
estaba regido por una ley que yo no veía, una ley totalmente externa a nuestro llano no policromito de líneas paralelas y perpendiculares. Mi espada no había valido de nada porque no me
tocaba matar sino morir. Ya no importaba como siguiera la batalla porque no viviría para verlo. Iluso. Y yo que todavía creía que si alcanzaba el fondo de las líneas enemigas alcanzaría la
gloria con solo dar el último paso. Todos éramos marionetas. Marionetas de algún dueño de otro mundo que decidía quien moría y quien vivía con fría crueldad. Esclavos de la diversión de
otros que ni siquiera sabían ponerse la armadura. Vivíamos la tragedia que otro dibujaba para nosotros. En nuestro mundo la libertad no existía, ni para la plebe, ni para los nobles.
Hubiera comprendido muchas otras cosas de no ser porque en ese momento la temeraria atravesó mi cuerpo. Caí desplomado entre las líneas. Cerré los ojos y deje de oír. Aún tenía la espada
dentro de mi cuerpo pero ya no sentía el frío.

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