mención de honor III Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de María Victoria Muguira

Me voy a casar con mi Nelson. Si señor, algún día me voy a casar con el padre de mi hija. El no lo sabe todavía, pero bien que lo sospecha. Por eso me busca y luego me deja, y no acaba de decidirlo. ¡Dios! Que duro tener que esperarlo a que se resigne. De nada sirve que pelees contra el destino, le digo, ¿no ves, tontito, que nacimos el uno para el otro? Pero más, no me deja decirle. Cada vez que le saco el tema se ríe y me cosquillea, como un niño travieso.
Solo por él, para estar a su lado, sigo en este trabajo. Para oír su voz en el auricular, de vez en cuando, voceando a algún abogado distraído. O para verlo pasar por mi oficina, cargando archivos, o para topármelo en el cuarto de copiadoras. Ahí lo acorralo y me lo besuqueo. No se me escapa. Lo mejor, son sus risotadas escandalosas. Cada vez que ríe, que es todo el tiempo, sus carcajadas me llevan al cielo. Esa risa suya por nada me la pierdo. Y no importa que la jefa ande de malas, que los clientes me insulten, que las abogadas o las investigadoras se desquiten conmigo porque perdieron sus casos. Mientras tenga cerca de mi Nelson, tolero cualquier abuso. Por él, por mi flaco, aguanto lo que sea.
Todos los días doy gracias a la vida por habérmelo regresado. Tenía rato que lo dábamos por muerto, allá en mi pueblo en Chicago. Lo último que supimos de él cuando se nos perdió, a los dieciséis años, fue que una patrulla se lo había llevado por andar de pandillero. Por aquél entonces era un chamaco enclenque, alto, la cara llena de acné, los pies enormes, de payaso, pero guapo. Si señor, mi Nelson siempre ha sido guapo. Nos hicimos novios desde los cinco años. Dicen que lo nuestro empezó en el corral, a donde nos aventaron nuestras madres, mientras lavaban ropa ajena en la lavandería del sótano. Eran comadres y se querían. Por eso, cuando a la mama de Nelson se le pudrió el seno y pasó a mejor vida, mi mamita se lo trajo a la casa y lo crió, o mejor dicho, lo crié yo. Porque ¡Dios! que lata daba el chamaco. Yo era la única que podía meterlo en cintura. A mí sí que me obedecía. Si, señor. A mí siempre me ha hecho caso. Cuando se nos perdió, cuando nos llegaron a decir que la policía se lo había llevado, mi mamita me dio su bendición y me echó a la calle a buscarlo. Lo busqué por todos lados. Rastree aquí y allá pero ¡que va!, se lo había tragado la tierra.
Nadie daba razón de mi Nelson. Nadie tenía ningún record de arresto y los de la patrulla, aquellos sinvergüenzas, negaron haberlo levantado. Avisparon nuestras protestas, como moscas, y cerraron el caso. Otro brother perdido en el sistema. No hubo remedio. Lo dimos por muerto. Sólo que yo no nunca perdí la esperanza. No, señor. Nunca me rendí. Muy adentro, aquí en el pecho, sabía que tarde o temprano, encontraría a mi flaco. Claro que en su momento me desesperé, y por eso fue que me enredé con el Samoano. Extrañaba a mi Nelson y pensé que si me arrejuntaba con aquél otro, aquel bruto que engendró a mi hijo, se me quitaría al dolor del pecho. Pero ¡vaya error! El tipo resultó ser un asno. Un borracho mujeriego empeñado en acabarme. A diario me agarraba a golpes. Lo único bueno que le saqué fue a mi chamaco, quien por desgracia, se parece a él. Pero ¡Dios! Qué trabajo ha sido enderezar a este muchacho. Si Nelson no lo hubiera adoptado como un hijo, quién sabe cómo hubiera acabado. Las canas, nos las ha sacado.
Le chillé a la vida tanto, reclamándole a mi Nelson, que por fin me lo regresó, torcido pero entero. Estaba escrito: éramos el uno para el otro. Porque no fue ninguna coincidencia que me lo haya venido a encontrar aquí, en esta ciudad, tan lejos de nuestros barrios de Chicago. No, señor. Eso fue cosa del destino. Bien pude haber acabado al otro lado del país, en Florida, quizás, donde tengo familia, y Nelson igual, bien pudo haberse mudado a Nueva Orleáns, donde vive su hermano.
Pero no, los dos acabamos en Seattle, yo, por alejarme del Samoano que me tenía amenazada con robarse a mi hijo y él por un amorío, que luego me confesó: un idilio con un junior italiano, primogénito de una familia mafiosa, que se lo había traído hasta aquí porque según él, en ninguna otra ciudad – menos San Francisco-, hubieran podido gozar de una relación abierta, fuera del closet. Si, señor. Así de torcidas estaban las cosas. Mi flaco creía que era gay. De esto lo habían convencido los perversos carceleros, cuando lo encerraron. En cuanto atrancaron las rejas de la prisión, y mi Nelson quedó a su merced, se lo comieron. Durante todo aquél año de pesadilla, que de repente todavía lo despierta y lo hunde en la desesperación, los celadores lo despojaron de todo, hasta de su nombre. De apodo, lo bautizaron “el pequeño Denzel”, por su parecido al famoso actor, Denzel Washington. Y tanto le lavaron la cabeza de que él era uno “de los suyos”, que al final mi flaco se lo creyó. Por eso, cuando lo encontré aquel día aquí, en la corte, era Denzel Bolar, un homosexual cualquiera, de lo más amanerado. Si, así fue.
Triste. De mi niño, mi amado Nelson Bolar, aquél joven sensible y amoroso de nuestro barrio de Chicago, no quedaba mas que un alias, un AKA que agregaban a la cola de su nueva identidad.
El dichoso día de nuestro encuentro, no me reconoció. Estábamos en la corte, yo llenando el papeleo que me garantizaba una orden de protección, -por si al Samoano se le ocurría aparecerse a robarse a mi hijo-. Y él, Nelson, recogiendo el calendario de audiencias para las abogadas. Ya desde entonces trabajaba en este despacho, porque siempre ha sido la mano derecha de Alan, nuestro jefe. Si, señor, a Alan sólo Nelson le acomoda; le resuelve todos sus problemas. Sabe leerle la y mente. Ese día, ahí estaba yo, empinada en una gaveta, cuando de repente escuché su voz. Me dio miedo voltear, por temor a que no fuera él. ¡Tantas veces me había equivocado! ¡Tantas veces resultaba ser otro! Cada error, era como perderlo de nuevo. Así que no hice caso. Resistí la tentación y seguí con mi tarea pero justo entonces, se carcajeo. Y me fui directo al cielo. Supe con toda certeza que lo había encontrado. ¡Dios! ¡Qué momento aquél cuando por fin lo tuve en mis brazos! Y él, que en ese entonces sufría de amnesia, -el trauma que sufrió en la cárcel le había bloqueado la memoria- nada más no supo qué hacer con esa mujer que de repente lo besuqueaba, llorando a moco tendido.
Nunca más dejé que me perdiera. Desde aquél día, no le quito la vista un solo instante. Me aterra que se me vuelva a desaparecer. Y él, algo habrá recordado de mí, pues desde el principio toleró mi intrusión con desmedida paciencia. En el fondo de aquella enfermedad suya que le había borrado la memoria, me reconocía. Si, señor. Sabía que mi abundancia alcanzaba, y sobraba, para llenarle ese espíritu agujereado que insistía en llamarse Denzel Bolar.
Además, no le di alternativa. En dos patadas lo metí a la cama y desperté su virilidad. Hicimos el amor toda la noche. Mi Nelson lloró como un ánima en duelo, y al día siguiente me colmó de regalos el muy tontito, como si no supiera que lo más preciado en mi vida era él. Al junior lo corrí a escobazos. El noviecito protestó peor que un torturado, y trató de convencerlo de que lo nuestro no era nada, que era sólo un síntoma de su bisexualidad, un desliz que con gusto le perdonaría. Pero Nelson, mi Nelson, lo mandó a la porra. Conmigo se sentía pleno. Conmigo se sentía en paz, consigo mismo. Pero ¡Dios! Que triunfo fue resucitarlo.
El viaje a Chicago, a ver a la familia, fue duro. Si bien lo ayudó a salir de su amnesia, igual lo sumió en un hoyo de desesperación y para sacarlo, tuve que llevármelo de vuelta al corral de nuestra infancia. Me pasé días arrullándolo, cantándole nuestras canciones de cuna de aquellos años en la lavandería. Poco a poco se fue recuperando. El evento que porfin llegó a calmar su ansiedad, fue nuestra hija. Cuando supo que iba a ser padre, sepultó a Denzel Bolar para siempre.
Me consiguió trabajo y me compró una casa, a una cuadra de la suya. Me la amuebló con todo y cuna. No sé por qué no vendió la suya. Desde entonces, se la vive con nosotros. Es un gasto inútil que además, me molesta. Odio que a veces, cuando nos enojamos, ahí se refunde, como si no supiera que lo nuestro es inevitable. Se resiste a aceptarlo. Por eso, en el trabajo, nadie sabe que mi niña es su hija. A pesar de que la adora. Y ella a su padre.
Poco a poco he ido puliendo a mi Nelson. Si, señor. Poco a poco hemos escarbado a ese joven flaco, alto y guapo que siempre ha sido. A ese amante tierno de carcajadas escandalosas. Esas, por nada me las pierdo.

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