VIVIR DE, EN Y POR EL SHOW

por Luis Straccia

Cuando mi mujer me propuso la idea del casamiento, lo primero que atiné a decir es «ahora no, es mucha guita lo que cuesta…» eran tiempos de vacas muy flacas…

Sin embargo ella no se quedó de brazos cruzados, y a los dos días contraatacó con un «cuesta 36 pesos y están dando turnos para abril…»
Finalmente logré estirarla para noviembre y como las vacas seguían empecinadas en no engordar, armamos una reunión un poco a la canasta, otro poco con donativos, en un camping que incluyó asado al mediodía, fulbito, voley, truco y amigos y familiares dispersos en el verde, reunidos en grupos acordes a la
afinidad de cada uno…
Esta introducción tiene que ver con el tema de esta nota, que en resumidas cuentas se refiere a cómo la cultura del espectáculo –o de lo espectacular- ocupa espacios en la cotidianeidad de la vida de cada uno de nosotros.
Y como, casi sin darnos cuenta, dejamos entrever actitudes que dan cuenta de que reproducimos aquello que hemos consumido, y en muchas ocasiones criticado, en momentos de nuestra diario acontecer. La sutil diferenciación de espacios públicos, privados e íntimos, adquiere cada vez más un carácter difícil de esclarecer.

Escenas
Como moldes prefabricados, los constructores de escenas venden los momentos a unos y a otros. Así se pueden presenciar fiestas privadas en las que los protagonistas adornan el salón con fotos propias posando como modelos publicitarios, retratados por algún fotógrafo profesional. En el transcurso de la fiesta nadie come ni conversa en paz. Primero tenés que esperar como una hora, hasta que los novios terminen de sacarse las fotos (en un escenario que varia de acuerdo a la ciudad –un parque, una plaza, la municipalidad) que le brinde a la pareja una
ambientación al estilo nobleza europea, aunque después se vayan a vivir al monoambiente del fondo de la casita de los padres de ella.

Si uno tiene suerte, puede picar algo mientras espera y, si la suerte lo sigue acompañando, no pasa frío. Porque, por ahí, te podés comer cada fresquete mientras esperás que te insultás por haber ido.
Ya está, ya llegaron los novios. Saludaron por tercera vez a cada uno de los asistentes, y podemos ingresar al salón. Ah, ahí es cuando una señorita nos dice «mesa 5». Y uno no va y se sienta enseguida, sino que revolotea por ahí mientras pispea con quien le tocó.
Todo se vuelve un show en sí mismo, y la posibilidad de compartir, en tanto estar con se disuelve en una serie interminable de estímulos. Empezás a comer y ya tenés que salir a bailar. Si no querés hacerlo podés optar por quedarte mirando como los demás lo hacen, pero imposibilitado de hablar con quien tenés a tu lado por el fuerte volumen de la música.
Acto seguido, ingresan los mozos con lo que será el plato principal. Incluso ellos mismos son parte de una coreografía que torna espectacular su ingreso y se distribuyen entre las mesas.
Y el show sigue, se extiende y lo abarca todo. En el momento del vals importa más posar para el fotógrafo y el camarógrafo, que el baile mismo. Viene el animador, disfrazado de centroamericano o brasilero, incluso con modismos y acento extranjero, aunque sea oriundo de Berisso.
El ritual continúa, con el carnaval carioca y otros matices que se le quieran sumar, pero con algo que sí pareciera ser fundamental, importa más el registro del momento para mostrar en el mañana como se disfrutó el mismo, que el disfrute en sí.
Y acá está el tema, por eso es tan caro casarse, por el show que significa, más que por la unión de dos personas. Significa aceptar determinados códigos y formar parte de ciertas complicidades, entre un sujeto público y un sujeto actor, cuyos roles pueden llegar a mutar en cualquier momento… «para el show, la cuestión es la forma notablemente privilegiada sobre el contenido. Plantearse un contenido al que habría que buscarle una forma atractiva implica algo más trabajoso que se puede tornar antieconómico. Más sencillo es dejarse llevar por la selección de las formas más impresionantes que aparezcan casi realizadas o encontrar estructuras fabriles a través de las cuales lo que pasa se transforma en show» (Carlos Abrebaya, Revista Humor Nº 328, Octubre de 1992)

Ver y Ser Visto
La cámara está presente en todos lados, y parecemos posar en todo momento. Somos producto de estos tiempos en que crecemos con la fuerte presencia de los medios de comunicación –preponderantemente televisión e internet-.
En el año 2006, la central de medios Ignis realizó un estudio sobre la base de los informes de medición de audiencia en Capital y el Gran Buenos Aires, que procesa la empresa Ibope, El mismo determinó que los chicos de entre 9 y 12 años (la población estudiada) pasaban casi 5 horas frente a la pantalla del televisor.

La jornada escolar promedio es de 20 horas semanales, lo que nos llevaría a pensar que los chicos pasan un 40% más de tiempo frente a la tv que en un aula.
Este dato solo ya bastaría para iniciar una serie de reflexiones, pero también sería interesante ponerse a pensar cuántas horas se le suman frente a otro tipo de pantallas como las que nos muestran los videojuegos o Internet.
Se trata de discutir, de poner en palabras, nuestra vinculación social mediatizada por la pantalla. Si hemos crecido en una sociedad del espectáculo, como pensar que podemos dejar de reproducirla en nuestra cotidianeidad? Si el noticiero nos alcanza las imágenes de una inundación con una música trágica de fondo, para empalmarlas con las de un desfile de modas donde la única noticia parece ser el comentario jocoso del conductor y la falsa indignación de la conductora, para pasar al último nacimiento de un animal en el zoológico, en medio de un«ritmo» vertiginoso que busca captar nuestra atención en todo momento si detenernos a analizar nada en profundidad.
El show tiene sus reglas, y las mismas condicionan. Al show de las noticias podríamos agregar el show del deporte, donde los mohines de sufrimiento de un técnico adquieren más relevancia que enfocar el desarrollo del juego. O la expresión de dolor –más
que disfrute es dolor o ansiedad, lo que más se vive en una tribuna- de un hincha merece ser mostrada.
Incluso en espacios de tinte religiosos, donde antes primaba–por así llamarlo- lo reflexivo, hoy se viven más las representaciones de las tragedias vividas. Pensemos por un momento en los espacios televisivos de ciertas iglesias, en los que la «gente común» realiza variadas representaciones de males que podrían
evitarse con sólo untarse con un determinado aceite.
Hasta qué punto uno es libre de apartarse de la reproducción de determinados estereotipos, cuando no los reconocemos como tales? Cómo explicar la indignación de ver chicas de 12 años borrachas, pintadas como adultas y simulando una sexualidad que aún no han desarrollado, cuando la modelo de una determinada marca de lencería tiene esa edad o simula tenerla?
La asociación de la cultura del espectáculo a los medios de comunicación masiva, es la más directa y simple. Sin embargo esta cultura se torna omnipresente en cada una de las manifestaciones de la cotidianeidad. No se escinde de los medios, forma parte de ellos y los supera.

Representar
La vida se convierte en una representación de sí misma, donde la contemplación de los hechos suele ser tan o más importante que el hecho mismo. Las relaciones sociales quedan condicionadas por estas imágenes, por demás fugaces.
Incluso el lenguaje, en sus modos y en su utilización cotidiana, se encuentra condicionado por ese mundo de producción. Es así como podríamos afirmar que existe una cultura adolescente –más allá de la edad del intérpreteque vincula toda su filosofía a ejemplos citados de capítulos de los Simpsons.
Nicolás se filma a sí mismo imitando burdamente a una estrella rock. Presupuesto 0, sólo tiene que tener cuidado con el encuadre de la cámara de su PC o con la de su celular. «Su» video, producción, idea, realización y distribución, ya está subido a Internet, con una potencial audiencia de millones de personas.
Entre 50 y 60 mil personas por día, son las que suben sus videos a You Tube, y unas 300 mil son las que, sólo en nuestro país ya cuentas con su propio blog.

Por su parte Cecilia, ya subió también sus fotos sugestivas, de un erotismo calcado de moldes que ha asimilado a lo largo de su vida, con el aparente glamour de una producción fotográfica «profesional», pero sin la calida de las mismas.
Ambos imitan. Uno consciente de la parodia que realiza, la otra, buscando un reconocimiento que la asemeje a aquella otra mujer que ya ha obtenido la fama.
Podríamos sumar un tercer actor. Canal América, jueves 14 de mayo, un informe muestra el alto índice de muertes de peatones en accidentes de tránsito. Se ilustra con imágenes de gente cruzando mal la calle y una cronista que les pregunta si son conscientes de la falta y por qué la han cometido. Una mujer, con un bebé en brazos cruza en rojo y por el medio de la calle. La cronista se acerca, la detiene, espera para hacerle la pregunta y la mujer responde«sí, sé que crucé mal, pero estoy apurada por que debo ir al médico». Sin tiempo para cruzar por donde se debe, con tiempo para atender a la cámara.
El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice más que «lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece.»

Lo privado y público
Los tres ejemplos comparten una característica común, convierten un acto privado en público. A partir de la utilización de un determinado soporte –medio de comunicación- que justamente tiene como finalidad mediar, se torna público un acto que fue realizado en la intimidad, una intimidad cuyas prácticas son fruto de lo más personal del individuo. Sin embargo, al realizar éste acciones que son copiadas de otras esferas públicas, sería bueno plantearse hasta qué punto son privadas.
Las barreras se van borrando y son cada vez más difíciles de vislumbrar. De hecho infinidad de programas basan su existencia
en mostrar los aspectos más íntimos de la vida de otras personas. Cirugías, romances, contratos, vacaciones, enfermedades, etc. pululan por la pantalla, ocupando un amplio espacio dentro de las grillas de programación.
Sentados ante la pantalla, que «nos muestra que es lo que ocurre», «que nos dice de que se discute», «de que se habla», terminamos por pensar que«eso es lo único» que importa.
Guy Debord decía hace unos treinta años (La Sociedad del Espectáculo) «Allí donde el mundo real se cambia en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales y en las motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico. El espectáculo, como tendencia a hacer ver por diferentes mediaciones especializadas el mundo que ya no es directamente aprehensible (…)
Es vida concreta de todos lo que se ha degradado en universo
especulativo.

Considerando que los medios nos «educan», y que también «educan» a nuestros educadores–docente, padres, etc.-, no es extraño que la misma –la educación- se asemeje a la replica de una serie de guiones o formatos que, con ligeras modificaciones de matices, se utilizan en la vida diaria. Lo cierto es que esta sucesión de espectáculos se ha convertido en una instancia socializadora. La misma va desde el comentar lo que «hemos visto» hasta en donde nos han visto.
Se crean «entornos virtuales», realidades que nos acompañan que no son reales. Hechos que, bien sabemos son simulaciones, pero que al replicarlas las constituimos como parte de nuestra historia.
Y si bien somos capaces de sonreírnos condescendientemente con las historias que nos hablan de aquellos actores de radioteatro que salían de gira por los pueblos, representando sus
novelas en pequeños escenarios, y en donde aquel que hacía el papel del villano era agredido por los espectadores que no podían separar la figura de la persona de la del personaje, sería bueno preguntarnos sobre qué cosas se reirán de nosotros nuestros nietos el día de mañana, y en todo caso si tendrán la posibilidad de sonreírse, de simbolizar y de apropiarse por sí mismos de esas historias.