Ricardo A. Elías
La sabiduría es hija de la experiencia. (Leonardo Da Vinci)

En las culturas antiguas el saber era una condición respetada y valiosa. Los sabios eran personajes que manejaban la verdad, asesoraban ciertamente en todas las áreas y su palabra no se ponía en duda. Constituían el pilar formal de las decisiones serias, esas que evitaban las guerras… o las producían. Este escaño lo rellenaban -y no por capricho- los más ancianos, los portadores de la experiencia.
Hoy sólo basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta que la cosa está patas para arriba. Los ancianos se han convertido en estorbos inútiles, pasan a rellenar casas de reposo y fundaciones afines que no son otra cosa que la muerte lenta por asfixia de seres humanos que el sistema deshecha porque simplemente ya no le sirven. Pareciera que la antes tan preciada sabiduría hoy es considerada una antigualla inútil o, por último, un ítem hallable en internet.
Los viejos hablan puras cabezas de pescado y no entienden nada, en cambio ahora los niños “nacen sabiendo” ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? La que manda hoy es la tecnología y aunque muchos no nos damos cuenta estamos viviendo una nueva revolución industrial, cuyas víctimas directas son los mayores, transversales a su clase social, esta vez.
Los viejos con algo de suerte logran encender la pantalla en un siglo en que los sistemas computacionales son la herramienta fundamental, siglo en que los más jóvenes pasan a reemplazar a los más viejos en este aparente saber. Cuando surge algún conflicto en el computador o en el teléfono inteligente, el adulto promedio se paraliza y llama inmediatamente al integrante más pequeño de la familia quien arregla la situación en un dos por dos. En este mundo regido por la tecnología, donde el conocimiento que hoy consideramos válido lo tienen los más jóvenes ¿De qué sirven los viejos? 

El Problema

El saber, el amplio, el verdadero, se ve ultrajado por el uso de shortcuts en un universo que solamente existe dentro de una ventanita de cristal rectangular. Parece una paradoja extraída de una mezcla entre Huxley y Asimov, pero es nuestro día a día. El desarrollo cognitivo es reemplazado por el aprendizaje de procesos básicos, cuya labor es la automatización, con el fin de –atentos aquí- reducir esa ardua tarea que es pensar.
Para un adulto mayor esto equivale a modificar la estructura mental de toda una vida, cuando ésta no era desechable como la de hoy, cuando un error equivalía a una explosión con fuego real y no existía el comando volver atrás.
Además ¿Para qué vamos a perder el tiempo intentando adquirir conocimientos si en cualquier momento del día podemos remitirnos a la enciclopedia online por el móvil y obtener la respuesta correcta? respuesta que ni siquiera es necesario comprender e incorporar, porque siempre va a estar ahí, en el bolsillo.

El saber no ocupa lugar de Estela Bartoli
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Es grave cómo se ha ido desvaneciendo la cultura del saber, vinculándose a un conocimiento particular cada vez más por encimita y no a una real voluntad de ahondar en el desarrollo de las ideas. Es que no hay tiempo en un mundo que avanza velozmente y que nos tiene convencidos que hay que vivirlo así, creyendo que lo sabemos todo y no sabemos nada.
La sabiduría se conforma a partir de un tejido de conocimientos, conocimiento que se entiende como un equilibrio teórico-experiencial en relación con nuestro entorno, permitiéndonos dar sentido al mundo que nos rodea para encontrar un significado propio, lo que al final del día se traduce en la búsqueda de la felicidad (El saber es la parte principal de la felicidad, decía Sócrates).
Hoy, sin embargo, teniendo toda la información de la humanidad en nuestras manos, nos volvemos ignorantes, intelectualmente perezosos, consumimos y consumimos ideas preconcebidas, conocimientos absolutamente descartables y encima nos ponemos pedantes, enfrascados en un fanatismo a la innovación y a la tecnología que finalmente está logrando lo contrario, la involución.
En una época como la actual, donde se busca lo práctico, donde lo profundo es cosa del pasado y cualquier conocimiento carece de sentido si no tiene un fin inmediato (ojalá monetariamente comprobable), los saberes auténticos intentan abrirse paso como una damisela en un bosque lleno de ogros.
Quiero pensar que no nos damos cuenta del problema.
Por eso es que resulta imperativo el fomento a la lectura, la reflexión, el diálogo, la creación en todas sus formas y el desarrollo personal, con todo lo difícil y agotador que pueda parecer nadar contra la corriente, pero es una labor que tenemos, no podemos abandonar a las nuevas generaciones.
Que eso de que somos seres pensantes no quede sólo en el slogan. Pregúntale a tu abuelo si no está de acuerdo.