Una Carta en la Manga

Mención de Honor I Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Jorge Sagrera

Dedicado al Sargento X,
amigo de Esmé

Las cartas estaban roñosas. Húmedas. Era imprescindible un mazo nuevo para la próxima partida. La última, pensó Pablo. Para mí, la última. En unas horas se embarcaría en el Hércules que lo depositaría en el hospital de Campo de Mayo.
Sopló, como a un siku, el borde superior de las cartas. Consiguió despegarlas un poco. Comenzó el orejeo. Torpe, con el tiempo mejoraría. Ahora, se lo habían dicho, debía adiestrar la izquierda. Le gustó lo que se le iba revelando. Buenas posibilidades para la mentira y bajando, bajando, suavecito… La del medio era la carta. Veintiocho para el envido y el As de espada para el Truco.
Su compañero, echado hacia atrás, vigilaba la otra pareja. Atendía las señas. De cualquier lado.
-Es la hora de la espada -dijo Pablo.
-¿Eh? -dijo su compañero. Le pasó la seña de un Siete.
Pablo nunca se acordaba para qué lado era el Siete de espada y para qué lado el de oro.
De todas maneras tenían buenas cartas.
-La hora de la espada -dijo Pablo-: una frase de Lugones.
-Jugá -dijo uno de los contrincantes.
-Lugones -dijo Pablo y miró a su compañero -. Otro Leopoldo.
-¿Eh?
-Voy a tu seña -dijo Pablo y jugó el Cinco de basto.
Los otros se impusieron en el envido. Ellos, con el retruco, consiguieron los tres puntos que necesitaban. Ganaron lo apostado. El compañero de Pablo eligió primero: dos paquetes de Marlboro. Pablo se quedó con el par de borceguíes nuevos.
Los otros se acercaron al mostrador y pidieron dos cervezas Quilmes.
Ahora, Pablo dejó que, a la que le decían Jacqueline Onassis, se acerque.
La muchacha ocupó una de las sillas vacías. Besó a Pablo en el cuello.
-Pagame algo -dijo.
-¡Tabernero!… -dijo Pablo- ¡Un refresco de cola!…
-Estúpido.
-¿No sabés respetar el momento, vos?
-Qué momento.
-…
-Menos mal que ganaste.
Jacqueline le metió el dedo en la oreja.
-Andá a buscar petróleo en otro lado, piba.
Les dieron la llave de la 69. Era la mejor: esa tarde no había demanda, centenares de soldados andaban juntando sus pertrechos o despidiéndose de alguno. Subieron. Pablo cargaba los borceguíes nuevos. Jacqueline llevaba la botella de Tres Plumas. Pablo había tenido la intención de despedirse de Río Gallegos con un whisky bueno, pero ya no traían: ese licor era lo único. Lo último.
Pablo colocó los borceguíes junto a la silla. Se sentó.
-Bien en el juego, mal en el amor -dijo la chica.
-Tengo una carta en la manga.
-Tramposo.
Pablo se desató los cordones de los borceguíes. Los aflojó lo suficiente como para quitárselos con la sola ayuda de los pies.
Jacqueline se sentó en la cama: el elástico, como un agujero negro, la tragó. Agarró una de las sandalias y le amagó a Pablo: quiso protegerse con el brazo que no estaba.
Jacqueline se rió.
-Qué mina estúpida sos.
La muchacha se ocupaba del cierre del vestido cuando, Pablo, dijo:
-Poneme los nuevos.
Ella salió de la cama, deslizándose. Sonreía.
-¿Me vas a romper el culo a patadas?
Mientras ajustaba los cordones alzó la mirada. La manga vacía de la chaquetilla.
-Qué se siente.
-Hueco.
El borceguí izquierdo quedó listo.
-¿Duele?
-No -dijo Pablo-, pero extraño comerme las uñas.
-Te amputaron, también, un cacho de cerebro.
-Celebro perder cerebro.
-Me pregunto cómo te las vas a arreglar con la universidad.
Terminó con el segundo borceguí.
-Ahora la bragueta… -dijo Jacqueline.
Pablo hundió la mano en el interior de la chaquetilla y, de la manga derecha, extrajo un sobre de papel.
Lo tiró encima de la cama.
-¡Mis honorarios! -dijo irónica la muchacha
Se estiró para leer el destinatario
-¿Una carta para la chica linda de la fotito?
-¿Podés despacharla?
Pablo metió la mano en un bolsillo de la chaquetilla. Jacqueline pensó que buscaba monedas.
-Dejá -dijo-. La estampilla la compro yo, vos poné la lengua.
Pablo le pidió que lo dejara solo un momento.
-Subí en un minuto -dijo.
-Mi amor, un minuto no te alcanza para nada.
Jacqueline agarró las sandalias y salió. En la escalera se topó con dos que subían.
-¿Está libre la 69?
-Tadavía no empezamos-dijo la muchacha.
Se acodó en el mostrador.
-¿Y ahora?
-Una cervecita, para matar la espera.
Jacqueline miró a uno y a otro lado: ya no había clientes.
-Se termina la temporada -dijo-: habrá que esperar a la próxima guerra.
-Tal vez vuelva la fiebre del petróleo, Onassis.
-Vos tenés fiebre.
Jacqueline tomó cerveza del pico, el apoyo de la botella en el inoxidable del mostrador coincidió con la detonación seca que bajó de la 69.

Leave a Reply