Una Ausencia, Varias Madrugadas

1er premio. Concurso Anual Internacional de Relatos Revista Crepúsculo 2012

de Mariana Silvia Bona

I

Iba a salir a comprar una cerveza. En la esquina de mi casa hay un Kiosco que está abierto toda la noche. El dueño es padre de familia, y a veces son las dos de la mañana y sus hijitos están sentados en el piso del local. Me gusta tomar cerveza a la madrugada, y ahora que no estás, me acompaña el televisor.
Antes tomábamos cerveza juntos. Vos te reías y decías cosas tontas. Yo también me reía y decía cosas más tontas todavía. Tal vez dije tantas estupideces que te cansaste y te fuiste. Desde ese entonces, hice un enorme esfuerzo y creo, logré disminuir mi cuota diaria de idiotez.
Hoy no encontré mis llaves, entonces busque las tuyas. No estaban tampoco. Eso me alienta a pensar que tal vez regreses.
No pude salir y me quedé solo con el televisor. De todos modos no estabas para reírte y tomar cerveza con conmigo y decir cosas tontas. Pero tenés las llaves.
A esta altura ya debés saber que no todas las llaves abren todas las puertas

II

Hace una semana entré en un local de rebajas. Quería buscar una maquina para hacer café. No importaba que fuera moderna solo quería que no hiciera tanto ruido como la mía. El tipo del local me miraba raro y yo no entendía si debía salir corriendo o preguntarle por la máquina de café. El tipo me miraba y guiñaba un ojo. Tenía un “tic”. Volví a casa con la máquina. Casi no hace ruido. También compré un CD y un saco nuevo de cuero negro. Me hubiese gustado convidarte una taza con café. Con el café que hace mi máquina silenciosamente nueva.

III

Mi mirada ahora es distinta. Porque la estación es distinta. Participo todo el maldito tiempo de algo que no me gusta. Me tiro en el sillón y enciendo el televisor. Levanto el tubo del teléfono y alguien espera una respuesta. No voy a dar un si o un no hasta bien no me haya mirado largamente en el espejo. El resto ya lo conocés. El resto es lo que te molesta. El resto es lo que te espantó. El resto es lo que me sigue condenando a tu ausencia.

IV

Lo que más me fastidia es que las paredes no sean color púrpura. Casi me resulta incómodo mirar ese blanco amarillento descascarado por la humedad. Desde que te fuiste miro con más detenimiento las cosas. Vos querías cambiar los muebles de lugar. A vos te gusta el color púrpura. Vos odiabas algunos ruidos y yo me peleaba con los vecinos todo el tiempo. Una vez limpiaste la sangre que chorreaba de mi nariz. Había amenazado al vecino con una recortada y su respuesta fue mi nariz rota. Mi sangre era púrpura. ¿O lo dijiste para tranquilizarme? Da igual. Este fin de semana voy a pintar las paredes.

V

Puedo hacer y modificar mis planes de acuerdo al tamaño de mi esperanza. Esta noche había pensado que mañana podría ir al mar. Podría sentarme en las piedras y mirar el agua. Podría mirar como todos esos chicos tomados de la mano se meten las lenguas hasta las gargantas mientras el amor los vuelve impunes. Y podría mirar también como esos otros toman cerveza hasta caer borrachos sobre los asientos de los autos de sus padres. Mañana podría ir hasta el mar. Tomar mi auto y conducir calle abajo. Pero si regresaras mañana y no me encontraras puede que te marches nuevamente y una nota no serviría de mucho. Si venis mañana por la mañana prometo llevarte hasta la playa. De regreso a casa te haría escuchar mi nuevo CD. Los vecinos están de vacaciones en la montaña. Si vinieras mañana no habría ruidos molestos y yo te llevaría al mar.

VI

Nada me da tanto miedo como entusiasmarme con aquello que sé de antemano no lo merece. Mi entusiasmo se vuelve atrevido por momentos. Algunas veces me abandona, pero casi siempre esta aquí esperando un gesto de mi parte para actuar, para hacerme actuar como un perfecto imbécil entusiasmado. Supongo que si mido mi entusiasmo en relación a las cosas que lo provocan correría con gran desventaja. A veces me siento triste a pesar de mi entusiasmo. A veces me siento solo. A veces me siento tan lejos que extraño tus mentiras.

VII

Salgo de la casa y voy hasta el jardín a fumar un cigarrillo, hace frío pero el aire me despeja. Escupo la ultima bocanada de humo y entro.
En el trabajo hubo cambios, y a la gorda con la que comparto la nueva oficina le molesta que fume. No la culpo. No la provoco, a pesar de que las provocaciones sean mi pasatiempo favorito. Me levanto y voy al baño. Me siento un adolescente.
Pienso que en Europa no te permiten fumar casi en ningún lado, y nosotros íbamos a ir a Europa este verano. Vos te estabas comprando ropa de abrigo porque nuestro verano a la distancia se vuelve cada vez más frío. Vos te compraste unas botas marrones cómodas, pero ningún camino Europeo va a tener tus huellas si no compramos los pasajes. Podría ir hasta el aeropuerto y subirme al primer avión que me lleve hasta Europa. Pero se que no sería lo mismo si no estás allí con tus nuevas botas marrones

VIII

Nada bueno me pasó desde que te marchaste. Volví a los mismos lugares de siempre, tome las mismas bebidas de siempre, fume más de lo acostumbrado y la única visita domiciliaria fue la del cerrajero.
Ya no me arrepiento. Me cansé mas de la cuenta de conjugar ese verbo. He decidido olvidar sus tiempos y sus modos.
¿Podrías tener la generosidad de alejarme del precipicio al que me acercaste con tu ausencia?
Me pregunto si tus razones para irte fueron tan buenas como las mías para que te quedaras.

IX

Son las 4:00 AM y no pegue un ojo. Si dispusiera de todo lo que te llevaste tal vez podría dormir un rato. Creo que no es bueno que permanezcas demasiado tiempo cargando mi mitad. ¿Pensaste en devolverme algo de todo eso?

X

Supongo que en esta madrugada y desde este sillón en el que me encuentro, con este vaso en la mano, mientras mi mirada discurre entre las papas fritas del anuncio del televisor y las latas de pintura color púrpura que están esperando en el rincón, caer en el enojo sería de tan mal gusto como la esperanza.
Mañana voy a dejar de ser un imbécil para convertirme en un tipo listo. Después, solo va a faltar que lo notes.

XI

Ayer quise vender el coche. Una sensación de querer librarme de tantos caminos transitados. Me genera cierto cansancio sentarme al volante y que no estés ahí gritándome que baje la velocidad mientras conduzco. Además, sería bueno empezar a caminar un poco. Durante la mañana, en la oficina, solo me levanto de la silla para ir a fumar, después, en casa, me tiro en el sillón a seguir fumando y mirar televisión.
Recorrí varias agencias de compraventa de usados y ninguna oferta despertó mi interés. No resulta tan fácil desprenderse así como así de algo que nos pertenece. Mientras tanto, sigo conduciendo mi auto y sigo sentándome en el sillón.
Tendría que pintar las paredes de la sala. No tengo ánimo de hacerlo. Supongo que deben existir tipos que por algún dinero quieran hacerlo.
El tipo de la agencia tenía una de esas caras que te hacen pensar que por dinero serian capaces de matar a su madre. No confió en esos tipos. Nunca se sabe en que momento pueden equivocarse de madre y terminar dejándote huérfano y en bancarrota. Es decir, nunca nadie es tan brillante todo el tiempo.

XII

Es sábado, o ya domingo; prefiero pensar que todavía es sábado a pesar de que son más de las 5 de la mañana. Hace un rato volví del bar. El tipo que de lunes a viernes le lustra con la lengua los zapatos al jefe, el sábado a la noche se pone un saco, se engomina el pelo y cambia su rol. Esa noche es a él a quien deben lustrarle los zapatos con la lengua, y si es una mujer, mucho mejor. ¿Por qué raro mecanismo lográbamos volvernos tan indiferentes a las conversaciones ajenas? Presumo que con nuestras palabras bastaba. Pero esta noche no estabas y entonces observé, mientras te buscaba, a los demás.
Las dos chicas de la barra parecían salidas de una propaganda de pomada barata para el acné. Se reían y abrían la boca todo lo que el tamaño de sus mandíbulas se lo permitía. Se hablaban al oído e intercambiaban miradas cómplices con el chico que atendía las mesas. Al rato los vi salir juntos. El chico iba entre ellas y le acariciaba con una mano el culo a la pelirroja, mientras con la otra atraía hacia él la boca de la rubia y le zampaba un mojado beso. Escuchar las conversaciones de la gente esta noche en el bar, agotó mi curiosidad por completo. La gente dice: “creo que…” todo el tiempo. Me pregunto si realmente creen en algo más que en el vaso de cerveza que tienen en la mano.

XIII

Hay días en que me tomo unos minutos para enumerar mentalmente las cosas buenas que me están sucediendo. Las repaso mientras una sensación agradable, de tarea cumplida, me recorre. Hoy, en cambio, no pude dejar de enumerar, a modo de lista completa y casi infinita, las desventuras de los últimos días. Todo se derrumba. Y yo no colaboro. Podría contarte de que se trata, pero es un día frío y como bien sabés, el frío me vuelve apático.

XIV

Leí toda la tarde. Me atrapó bastante un libro cuyo título es “La Memoria del Olvido”…algo raro, me daba vueltas en la cabeza esa frase y, como si fuera un rompecabezas, trataba que las piezas encajen… ¿cuál es la memoria el olvido? tal vez sea la pieza que me falta para permitirme entender tu ausencia.
A la tarde salí en busca de una botella de Whisky. Camino a casa entré al bar de la esquina, creo que le escapaba a los pensamientos en que me sumergía la lectura de aquel libro.
Me senté en una de las mesas cerca del televisor, en la barra había dos tipos vestidos con trajes de oficina, y por alguna razón no querían volver a sus casas; los acompañaban dos mujeres, y con sus escotes, les ofrecían razones de sobra para llevárselos a las suyas. Por exceso o por defecto ningún argumento parecía convencerlos, obviamente salvaban las diferencias tomando alcohol.
En la Televisión no daban gran cosa. Le hice señas al mozo para que cambiara el canal, y seguidamente con un asentimiento de cabeza le indiqué que se detuviera en el canal de boxeo. Se me acercó una de las mujeres de la barra, era una rubia teñida de cuerpo voluptuoso, dijo un nombre que no registré; y se sentó. Puse en evidencia que lo único que quería, era ver como se golpeaban los tipos del televisor mientras le señalaba el aparato. Me miro con una expresión algo ausente y regresó a la barra.
Pasaban una vieja pelea de Monzón, y cuando noqueó a su rival recordé el día en que te fuiste. Fue justo después de mirar aquella peli con Marlon Brando que discutimos; dijiste que ya no querías seguir perdiendo tu vida al lado mío, te dije que esa sensación la tienen y la tuvieron todas las mujeres que estuvieron a mi lado más de diez minutos, me dijiste que me fuera “bien a la mierda”. Después el portazo. Me sentí tan despreciable que lo único que pude hacer fue terminar el Whisky y tirarme a dormir. Sin duda eso no fue lo peor que te pasó en la vida.
Que recuerde no sonreí en todo el puto día. A pesar de eso, sigo echándole la culpa a Marlon Brando.

XV

Estoy lejos de acordarme exactamente lo que pasó. Estaba en casa, aburrido. Era de noche y salí. Encontré un bar y entré, de todas formas, si quería salir de casa no había otro lugar donde ir. Desde la mesa en la que estaba sentado, justo pegado a la ventana, podía ver a un chico; era uno de esos chicos que usan remeras blancas ajustadas al cuerpo y Jean al mejor estilo James Dean. Fumaba con el cigarrillo en un costado de la boca y miraba los culos de las mujeres que por ahí pasaban, no lo detenía ningún novio, marido, amante o hermano; a algunas se les acercaba y les decía, a juzgar por la expresión de ellas, algo obsceno, mientras que a otras, solo les ofrecía una seductora sonrisa. Mi cerveza se estaba terminando y las noticias del diario me resultaban gastadas, podía pasar las hojas de atrás para adelante y de adelante para atrás, y podía, como de memoria, adivinar las noticias de cada sección. Se había convertido una especie de juego, iba a la sección policial y buscaba la noticia de la chica que había robado un local de ropa y había escapado después de bajar de unos tiros a varios; o la del pobre tipo que encuentran descuartizado, en una bolsa negra dentro de una calesita en medio del parque. Nunca faltaban esas. En lo mejor del juego, el ruido de la puerta del bar me sobresaltó. Entró un hombre de cara angulosa y lentes oscuros, lo reconocí rápido, era el chico de remera ajustada que hacía un rato miraba culos en la esquina. Saludó al mozo, vino directo a mi mesa y me pidió fuego mientras exponía entre sus dedos la caja vacía de fósforos. Le presté mi encendedor y lo invité a sentarse. No se porqué lo hice, supongo que algo de humanidad se filtró por alguna grieta de mi innata misantropía, además, sabía de antemano que el problema de los tipos que rondan bares es que tienen la inteligencia de un gusano. Terminé pensando que lo único que quería era que me demuestre con palabras la audacia que proclamaba hacía un rato en la esquina.
Habían pasado unas dos horas. Me iba a ir cuando vi a Mario abrir una botella de Whisky mientras nos proponía a los allí presentes, una partida de póquer. Acepté el Whisky y el partido, aposté todo lo que me quedaba en los bolsillos. “Que sea lo que Dios quiera”, dije en voz baja mientras acercaba al centro de la mesa mis billetes
Si haces tratos con Dios estás en problemas- me dijo casi al finalizar la partida el hombre que tenía al lado. Era el mismo de la servilleta, noté que ya no la llevaba colgando del cuello.
No necesito a Dios en esta mano, le respondí mientras presentaba mis cartas sobre la mesa.
Junté el dinero que acababa de ganar, me despedí de todos y salí a la calle.
La suerte existe. Solo los tontos tienen fe.

XVIII

La verdad es que si te fuiste, debe ser porque tenías un lugar mejor donde ir a parar. El último tiempo casi no hablaba, iba como un zombi de aquí para allá, pasaba horas frente al televisor, no tantas como ahora, pero si muchas… seguro tu sensación era la de estar viviendo con alguien de quien solo quedaban los restos. Como haber juntado en un rincón de la habitación la basura de toda la casa. Eso era yo, en apariencia alguien completo, pero si mirabas mis rincones, podías, sin demasiada ciencia, descubrir todas y cada una de mis miserias.

XIX

Voy a salir a buscar. Voy a dar vuelta la página de este gastado libro. Corro con una ventaja, mi aletargamiento para con todo, incluso para conmigo, hizo, por ejemplo, que las latas de pintura color púrpura, sigan, pasados ya varios meses, en el mismo lugar en el que las dejó el tipo de la pinturería, en el mismo lugar que estaban cuando el tipo se fue después de hacerme firmar el recibo, en el mismo lugar en donde me senté y las contemplé como si fueran tu viva imagen, en el mismo lugar donde creo, se están apilando mis recuerdos. Solo eso, porque todo se resume en recuerdos, gastados, repetidos, desesperados, recuerdos de madrugada, infinitos y constantes. Eternos. Eso ya lo dije.

Ludmila

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