# UN MAR DE EUCALIPTUS – por Emilia Vidal

La despertó la sombra de una criatura. Una araña enorme con patas huesudas se deslizó por la mejilla izquierda y se posó en su brazo, cuando sacudió el hombro se escabulló a un costado. Pudo ver a su madre a un lado de la cama, la araña era su mano. Con total normalidad se incorporó y la saludó.

– Hola mamá, ¿qué haces acá?, ¿es domingo ya?

– No, no es domingo aún -. No creyó conveniente darle explicaciones en ese momento. Para qué decirle que había sufrido otro ataque y que una vez más casi moría. Un silencio de resignación espesaba el aire pero las pastillas ganaban la contienda y ella regresaba al sueño.

Hacía tiempo ya que Sabina se hallaba lejos de su mar primordial, allí la bruma se había perdido siguiéndole el rastro y el aire se mezclaba con el aliento mentolado de los árboles. La estancia contaba con veintidós habitaciones blancas y ella dormía en la última del ala este, una pieza pequeña con vista al parque. Pasando los bancos de madera, el aljibe orlado, la prolijidad del césped y los agapantos en fila, terminaba en un bosque de coníferas y eucaliptos que se extendía hasta la orilla de un cauce seco. La joven tenía un especial aprecio por los eucaliptos, sabía que eran extranjeros, como ella, en esa región. Supiel fantasmal, su altivez, todo en ellos la hermanaba. Desde el primer día, el bosque fue su manada, una junta de pares reunidos por el exilio, que honraban el perdido hogar con silencio y quietud.

Una tarde cualquiera, la mirada extasiada apuntaba al parque, al bosque y más aún, al dormido río. Una sola conciencia unía el delgado hilo de agua, creciente en su lecho de arcilla, con las matas y árboles del bosque, con la hilera de agapantos, y en el otro extremo, el apacible el ojo de Sabina. Fuera del ojo el parque. Hacia dentro, un delgado nervio conectaba el río con el mar, su querido mar y los recuerdos.

 

I

 

A sus pies se tendía una playa cubierta por sol e hilachas de niebla. No muy lejos, unas aves blancas se reunían en círculo sobre las piedras. ¿Por qué no vuelan? Están allí, tan quietas. Caminó hacia la orilla y descubrió un mar silencioso. Esto le pareció extraño porque el oleaje se veía bravo, se alzaba en alto y caía con violenta espuma. El mar debía rugir pero no lo hacía, se habían peleado la vista y el oído. Aquél gigante verdeazulado se mordía a sí mismo, salpicaba el aire y lo preñaba de brillantes motas de sal. Sabina se detuvo ante la imagen y la nombró “belleza”, frente a la belleza lloró. En un impulso incapaz de reprimir, lloró y se estremeció. Los colores se volvieron intensos y los contornos resplandecieron como si el agua, los caracoles y cada grano de arena estuvieran pintados con minúsculos faros. Respiró rítmicamente, en cada bocanada el aire repiqueteaba en su piel y espina. La sensación no cabía en su cuerpo y brotaba en lágrimas. Entonces los pájaros reaccionaron con extrañeza. Primero, dos de ellos la observaron, se miraron de reojo y caminaron directo hacia ella, sus patas lucían delgadas pero hacían un ruido pesado al caminar. De cerca vio que realmente eran grandes, casi de su estatura. Con las alas apenas separadas de sus cuerpos pretendían indicarle algo. Se fijó en sus ojos y descubrió una impronta inteligente, el pánico la empujó a huir. Ellos abrieron las plumas con fuerza e intentaron sujetarla. Uno levantó el ala pidiendo ayuda y llegaron dos o tres más, no alcanzó a ver. Sabina forcejeó cuanto pudo hasta sentir un pinchazo, una fina cánula sobresalía de las plumas y se introdujo bajo su piel, luego la levantaron en el aire y rodeada de suaves plumas blancas su consciencia se disipó.

 

II

 

El camino de tierra parecía interminable, al costado había un pastizal y sudaba una laguna inmensa. A lo lejos vio una mata de arbustos pequeños y amarillos que parecían danzar al silbido del viento. Rápidamente dejó el camino y corrió hacia ellos, llevaba la lupa de su padre. Una vez cerca sintió su presencia viva, la divinidad entrañada en los vasos del fluido mineral, los oyó respirar el denso aire de la siesta e incluso latir al compás de su corazón. Quiso inspeccionar su

intimidad al detalle, en cuclillas tomó con la manito una hoja y recibió temor. – No, no quiero dañarte arbolito – le susurró. Pronto crecieron alrededor más matas, amarillas también, como el mismo sol. La niña sintió calor y un vahído le arrebató la tarde. No podía respirar, ellos consumían todo el aire.

 

III

 

Una tarde en la plaza, con globos, burbujas y algodones de azúcar. Sabina se sentó en un banco y revoleó un zapato que vio desaparecer

en el acto. Con sigilo, miró a los lados en busca de testigos, el lugar estaba repleto de familias y deportistas. Los primeros alzaban a sus niños, empujaban hamacas, o esperaban bajo el tobogán. Los otros se ejercitaban con esmero. Atentos solo asus quehaceres, ignoraban su presencia y al entonces invisible zapato. Lo siguiente tal vez sea una obviedad. Se acomodó un poco en el banco, fijó la vista en el otro pie y sacudió el otro zapato. Apenas la plantilla despegó de su piel el calzado se desvaneció en el aire. Pero, ¿a dónde fue a parar? A su alrededor la gente seguía en sus cosas. Ella, descalza y perpleja, miró su brazalete con pena y lo arrojó al cielo. Así volaron los aros, el pañuelo y un caramelo. Ninguna persona allí demostró siquiera verla. Tumtum, tumtum, su corazón iniciaba el trote y comenzaban a alborotarse los colores y las cosas. No por favor, otra vez no. La falta de reacción en aquellos rostros la atemorizó más que las desapariciones y comenzó a quitarse la ropa. Primero fue la blusa, vio la seda salir disparada y no dejar rastro. Igual suerte tuvieron sus bermudas y la ropa interior. Si todo desaparece, yo también puedo. Completamente desnuda, se irguió en mitad de la plaza con la cara desencajada. Una anciana la señaló con el dedo y de inmediato todos se fijaron en ella. Pero el huesudo dedo y los ceños fruncidos de familias y deportistas comenzaron a escurrirse como un mural recién pintado. Chorreaban ojos sobre mejillas y panzas sobre pies. Las burbujas, los globos y los rosados algodones también se diluyeron en el cielo.

 

I

 

En un caluroso día de enero, la gente disfrutaba la playa y el mar. Sabina llegó sola y se instaló sobre una lona. La palidez de su cuerpo llamaba la atención a esa altura de la temporada. La gente la miraba y algunos señalaban, se daban codazos y reían. Ella dejó el libro a un costado porque el reflejo de la hoja la cegaba. Notó que los vecinos se burlaban y la presión en su cabeza comenzó a martillar. Miró fijamente a cada uno pero no podía hablar, más risas a su alrededor. Entonces dio un alarido y se incorporó de un salto. Mientras gritaba, tomaba puñados de arena del suelo, con guijarros y todo, y se los arrojaba con furia. Algunos corrieron y otros trataron inútilmente de calmarla. Este fue su último episodio en público. En la sala común había un fresco en el que un mar se rompía en la orilla y unas aves flotaban en el horizonte. Ella se pasaba horas frente a ese mar porque los días pasaban sin dolor allí, como si viera su vida frente a un televisor. Se oía hablar a veces, se veía los pies caminar y las manos hacer. Hablar, caminar y hacer, todo con mesura y sin alterarse. No encontraba belleza en ningún lado pero por alguna razón el mural le recordaba aquella sensación. Un desbalance un día, un olvido tal vez, provocó su furia. Inerte, como siempre frente a su mar, comenzó a retroceder lentamente. El sudor brotó en su piel y el cuerpo tembló. Dos enfermeros la vieron y corrieron hacia ella, quisieron calmarla pero no lograron acercarse, pidieron ayuda al resto y entre cuatro al fin la maniataron y le inyectaron su droga.

 

II

 

La niña jugaba entre las matas en silencio. Siempre jugaba en silencio. Los padres conversaban con unos amigos a varios metros de ella. En medio de la charla el padre olisqueó el aire extrañado y enseguida les llegó a todos un fuerte olor a quemado. La madre saltó

de la reposera y buscó a la niña. La encontró de rodillas con la mirada perdida, el gesto bendito. En sus quietas pupilas danzaba el reflejo de las llamas que la rodeaban. En brazos de su madre, boqueó como un

pez fuera del agua y se desmayó.

 

III

 

En el parque de agapantos, los huéspedes de la casa caminaban alrededor del aljibe o descansaban en el pasto, sumidos en sus brumas personales. Madres sin semilla paseaban a bebés de plástico, algunos corrían alrededor de los árboles y otros saltaban. En los bancos descansaba la ausencia de miradas quietas. Una tarde llegó un mago que infló globos y desparramó burbujas, iba para entretenerlos. Sabina miraba absorta la desaparición de pañuelos y objetos. Meneó la cabeza lentamente y observó extrañada sus pies y muñecas, luego miró a su alrededor una y otra vez. Al grito de – ¡Nada es real!, esto es un velo –se levantó de un salto y arrancó sus ropas-. La ilusión pronto desaparece -dijo en voz baja, como para sí

misma y con la vista fija en el mago, con resignación-, ustedes sólo son reales aquí -concluyó apuntando a su sien. Agua y fuego, inicio y final. Cuando recobró la conciencia estaba corriendo hacia el bosque. El galope se hizo trote hasta quedarse apenas en unos pasos ligeros. No le temía a la oscuridad porque llevaba luz en sus manos. Alumbró

el suelo y descubrió que no eran hojas secas lo que pisaba. Parecían hojas, pero al observarlas vio máscaras de rostros con las cuencas vacías. Reconoció a su madre aquí, a su abuela allá. Los agujeros que tenían por ojos soplaban frío a sus pies. Pero el susurro venía del follaje, mínimas voces disputaban su atención y decidió iluminar las ramas, entonces el farfullo se transformó en chirrido y amarilleó el hálito verde del bosque. La luz fue completa y cegadora, el calor fue breve. A lo lejos se perdieron los últimos gritos vecinos. Esta vez permaneció en terapia durante varias semanas. El monóxido de carbono había envenenado su sangre y su cuerpo ya no quería pelear…