Tres para un par perfecto

mención de honor IV Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Marina Porcelli

Tan arbitrario, va a pensar Heredia cuando su mujer entre a la sala con las tazas de café, como estar acá, en este barrio de Temperley, sin haberme ido todavía. Arbitrario que el mendocino se haya disparado en el lado derecho, casi en el hombro para variar, amortiguando el tiro hasta lo exagerado con una campera gruesa y una bufanda. A ver si encima no se muere. Pero el hombre queda ahí, tirado, y todo esto después de hablar de la pensión en Mendoza, un relato extraño que acabo girándose para decir – para decirme, en realidad- que la policía va a llegar en dos horas. Quizá por esto, entonces, Heredia se pregunta por las uñas. El Mendocino las tiene cuadradas, sucias, y como si se las arrancara con los dientes en vez de cortárselas. Que cuanto crecen las uñas después de muerto. Durante cuanto tiempo, quiero decir. Eso se pregunta Heredia. Y aunque suene raro, es la primera vez que se lo pregunta. Mira las uñas y el pelo del Mendocino porque prefiere eso a observar a su mujer, que enseguida entrará a la sala con el café, y la mirada algo asustada por el disparo y la voz brusca, que le preguntará, que necesitará hablar y hablar, y hacer el gesto. Un gesto que delata desconfianza, un gesto ansioso que sin embargo reinventará el mundo de Heredia, y le hará sentir, entender paulatinamente y por fin, que algo se acomoda y vence el cansancio de los últimos días y la estupidez. Pero antes no. Ahora no. Ahora las cosas son todavía gratuitas, arbitrarias. Heredia está harto. Pensó en abandonarla, en el apolillado proceder de meterse en el baño para darse una ducha y salir por la ventana como un ladrón común. Total, en esas tres cuadras de tierra pasando el límite de San José nadie va a meterse con nadie. Nadie ve nada. Porque no hay nada que ver. Y él está harto, sobre todo harto de la voz. No soportar la voz de alguien es no aguantar muchas cosas del otro, iba a pensar Heredia ese mediodía, al entrar a la casa. Ella había dejado los bolsos sobre la única silla de la sala, instintivamente encontró la cocina y volvió con un tenedor de plástico y una cuchara. Le alcanzó uno de los dos paquetes, se sentó en el suelo, empezó a comer.
No fue tan difícil, dijo ella
No terminamos, dijo él.
Ya casi, dijo ella.
Fue entonces cuando Heredia no pudo soportar la voz. Cuando cayó en la cuenta de que no podía aguantar más esa voz, ávida, intensa, agigantada por cierta alegría, cierta euforia próxima. No era demasiado aguda, no era demasiado rápida ni demasiado lenta. Era algo peor, era la voz de ella. Por eso, él se quedo ahí, rehusando los mates durante toda la tarde, mirando de costado a su mujer, domado por la necesidad de abortar ese optimismo y ese bienestar en la actitud de ella, esperando que suene el timbre para que los saquen de ahí, y todo termine de una buena vez.
A eso de las cinco, antes de que se clausurara el día, sonó el timbre y le abrieron al Mendocino. Heredia descubrió casi enseguida que no era el hombre que esperaban. El Mendocino dijo de donde venia, y que buscaba al señor y la señora Nerval. Los nombres, en cambio, eran los mismos.
La mujer de Heredia se metió en la cocina para hacer café. De hecho, el mendocino pareció realmente esperar que ella se fuera para hablar con él. Le contó una historia rápida, sobre una pareja porteña que era bastante mas joven que ellos, y que ocho años atrás había alquilado un cuarto en la pensión regenteada por su madre. No bien los conoció, el Mendocino les pidió que no entraran nunca a la habitación del fondo. Ellos, al principio, fueron amigables, se quedaban conversando después del desayuno, ayudaban a la vieja con las compras. Pero una noche, el Mendocino descubrió que la joven dormía sola. Y esa es, quizá, una de las primeras causas que lo acercaron acá.
Acá, donde, dijo Heredia.
A Temperley. A usted.
Agregó que el café lo dejaban para después, que mejor le sirviera de esa botella. Y antes de que Heredia se inclinara sobre el whisky, el Mendocino comentó lo de la policía. Entonces Heredia se enderezó muy lentamente, con los ojos atentos al arma ya fuera de la campera, y la parábola rápida del brazo del Mendocino que la calzó sobre su propio hombro. Y disparó.
Todo pareció extrañarse para Heredia, todo fue arbitrario y absurdo. Algo, de raíz, se había desacomodado. Como si las cosas perdieran de golpe peso, como si se vaciaran de la realidad. Ahora, solo la voz saturada de su mujer entrando desde la cocina, el tono insoportable al preguntar.
Que pasó, que pasó, dice ella, y deja las tazas en el suelo. Él no contesta. No contesta porque le resulta evidente. Después hace una concesión.
Me agaché para alcanzarle la botella, se giró apenas, se disparó.
En el lado derecho, dice ella. Nadie se pega un tiro ahí.
Heredia la mira.
No me lo digas a mí, dice después.
¿Lo conocías?, dice ella. Vos sos Mendocino.
Y ella agrega.
Pero qué te contó.
El recuerda una frase tramposa, un comentario intencional del Mendocino. La pareja era mas joven que ellos dos, cierto, pero lo de la pensión sucedió ocho años atrás.
Habló de unos caballos, dice finalmente Heredia. De las ginebras que se tomó para venir.
No quiere mencionar lo de la policía. No quiere hacer ese favor.
Sin embargo, ella no lo oye, no lo mira. Se ha inclinado sobre el cuerpo, ha tomado el arma, y, lentamente, su brazo imita la parábola que coloca el revolver sobre su hombro. Esto pasó, dice ella. Esto pasó. Desconfía. Heredia sin verla lo sabe, sabe que no le cree, y él se queda ahí, con los ojos prendidos en las uñas del muerto, oyendo a su mujer que deja el arma a un lado, ahora, y se pone de pie.
Que vamos a hacer, dice ella.
Heredia la mira, la mira con intensidad.
Vos tocaste el arma, piensa.
Entonces calcula y hace un gesto para que no hable, para no escuchar de nuevo la voz.
Si es cierto lo que dijo el Mendocino, en cualquier momento el timbre va a sonar, alguien va a entrar a la casa, y no precisamente a rescatarlos. Heredia coloca los dedos sobre el cuadrante de su reloj, después mira por la ventana, al día que se clausura afuera.
Veinte para las siete, le dice a su mujer. Voy a darme una ducha.

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