# TRES HISTORIAS POSIBLES – por Carlos David Rodríguez

Intro

De niño mi forma de mirar a los ojos, claro que era muy diferente. Todavía no guardaba rencor, todavía no ocultaba verdades, todavía no me habían tajeado el pecho queriendo ultimar mi corazón, todavía creía en mis amigos, todavía lloraba por los demás…

Pero vaya que el tiempo pasa cuando uno no se detiene a pensar en él. Es ahí cuando corre velozmente a nuestras espaldas, mientras los proyectos e ilusiones engatusan nuestra atención. El destino usa distracciones imposibles de esquivar.

Será que, tal vez, alguien quiere que no lleguemos nunca donde nuestros anhelos desean. Ese alguien debe ser demasiado grande y mucho más importante que cualquier vida humana. Debe tenernos a todos controlados desde su panóptico de cielo.

Quien puede saber y contestarme esta pregunta eterna: ¿Para qué vivir?…

Ese muchachito

Héctor era un personaje que caminaba encorvado. Siempre mirando al suelo como buscando algo que nunca encontrará. En la calle pasaba inadvertido, así como en la escuela solía esconderse detrás de sus compañeros. No levantaba la mano ni para ir al baño. Todos se reían de él al pasar e indiscriminadamente frente a sus tímidos ojos.

No levantaba la mirada ni ante sus pares, menos a sus mayores. El respeto se había transformado para él en una prisión que no lo dejaba ser, que no lo dejaba vivir como quisiera. El temor al “qué dirán” lo dejó encerrado en sueños de niño con alas. Pero sólo volaba cuando dormía, acurrucado entre sábanas de dibujitos animados.

Su vida era una burbuja apartada del mundo real. Pues, lejos de la televisión y su imaginación, nada le devolvía ese toque de paz. El séptimo grado era para él como la cárcel para los marcianos que no saben para que están ahí ni como cayeron. Sus padres muy católicos jamás le preguntaban como estaba, como se sentía, sólo lo llamaban para cenar.

Con trece y sin amigos, sin nadie con quien hablar, en quien confiar sus deseos, sus cosas, fue adquiriendo una extraña forma de sentir. Una alterada y deformada manera de interpretar la vida. Sin embargo, una mañana de contra-turno la maestra presentó en su curso a una niña que embelleció su mirada.

Era la primera vez que su cuerpo experimentaba esa sensación de emoción interna. Jamás había sentido interés y, mucho menos, atracción por alguien real.

No podía despegar su mirar de tan preciosa mujercita. No sabía qué era lo que pedían hacer sus manos, pero hubiera querido tocarla desde los pies hasta la cabeza, apenas la vio entrar.

La tentación de hacer con ella lo que veía en las películas de internet era demasiado grande como para resistir, pero resistió y dejó que otros le hablaran primero. Esos lenguaraces, pioneros de la estupidez y de hacerse ver ante las chicas, avanzaron como perros en celo apenas ella se sentó. Sonrisas de todos lados, menos de ese rincón donde él rugía de nervios.

Al volver a su casa fue corriendo al baño a descubrir que ocurría con esa dureza bajo sus pantalones. La inocencia de sus recientes trece años sin vida social no le había enseñado más que a hacer todo a escondidas. Se encerró y cerró los ojos para imaginarla a sus pies. Un anhelo inalcanzable, que por un instante fue verdad.

Los días pasaron y él ya no prestaba atención a la clase. Sólo aferraba su admiración a su lacio y dorado cabello, que movía constantemente como si supiera que la estaban observando con detenimiento. Era una modelo y a pesar de tan pocos chicos en su haber, ya sabía cómo seducir, cómo hacer sentir eso en un hombre.

Faltaban apenas semanas para terminar el año y él ni siquiera había podido preguntarle su nombre. Jamás tuvo el valor para acercarse y saludarla como un caballero. Ni la televisión ni internet ni los estúpidos consejos de su tío borracho lo ayudaron cuando la vida lo escupió en la cara. Solo se dio cuenta que las cosas no eran tan fáciles.

La tormenta en sus ojos estalló cuando volvió de la escuela arrodillándose, luego de ver a su amada comerle la boca a uno de sus compañeros. No salió en todo el bendito día de su habitación y lloró. Lloró como una nena, como una mujer en un parto. Lloró con un dolor inmenso y se despidió mentalmente de sus sueños y anhelos.

Al otro día, otra vez en la escuela, lo esperó al chico en cuestión en la esquina del colegio. Con un cascote en la mano, lo dejó adelantarse y por detrás, le partió la piedra en la nuca. La víctima en cuestión cayó duro y sin reacción al suelo, mientras su cabeza abierta se desangraba lentamente por el pavimento de la vereda.

En el recreo la noticia comenzó a pasar de boca en boca. La joven bonita se puso a llorar y se metió al baño sola. Entonces, supo que era su momento.

Su ser estaba transformado y decidido. Entró donde estaba ella y la abrazó con una fuerza tremenda, la besó y le arrancó la pollera. Antes que comenzara a gritar le pegó una trompada y la niña se calló.

Muñeca

Miraba pasar las estaciones como una pintura que se deforma con el pincel del artista. Sentada del lado de la ventana llevaba una gris remera sin mangas.

El calor de la tarde que aún no se quería caer la notaba algo molesta aunque no se quejaba. Su nariz, angosta y puntiaguda, pero no de más, sostenía unas gafas oscuras. Aunque tapados sus ojos sé que se avispó de mi inquietud. Su cabello recogido, oscuro y fino, se escapaba por detrás de sus orejas y mientras se acomodaba otra vez sus mechones cambiaba la radio para oír nuevas emisoras.

No observaba nada con detenimiento. Estaba realmente concentrada en los sonidos de sus auriculares. No cantaba, pero de a ratos movía sus despintados labios como queriendo gritar, pero reprimiéndose al notar lleno el tren. Entonces, acompañaba con su pierna que trotaba despacio cuando su pie parecía apretar y soltar el embrague del banco de adelante. Yo la seguía detenidamente, pues estaba muy cerca, pero parado, ya que su acompañante de asiento había visto antes ese lugar vacío y se había aprovechado de mi lentitud al subir.

Sin embargo, el cansancio de mis pies luego del laburo, se disipó cuando mi mente se invadió de dudas y preguntas al verla así. Tan simple y normal, como cualquiera que tiene una vida sin sentido, pero acostumbrada y aggiornada a la cotidianeidad como el resto de los mortales. Pues estaba expuesto que no era así. A las claras ella se mostraba sin lástima ante los demás y llevaba como con orgullo el “haberse querido ir” en sus antebrazos.

No ocultaba su pasado, sino que muy por el contrario. Parecía realmente querer demostrar que seguía viva a pesar de la vida.

Sólo un momento bajó la cabeza y sus faroles, negros y buenos, con ganas de revancha brillaron detrás de sus anteojos. Buscaban revancha esos iris, no venganza. La cuestión era con ella misma, era saberse más fuerte que antes para seguir respirando. Para seguir llorando. Para seguir sufriendo, pues de eso se trata el seguir latiendo. Era la revancha de volver a jugarse. Volver a apostar por ella misma, pues nadie parecía poner una limosna por ella.

No sé cuál era la estación, pero se levantó y caminó con decisión, con los hombros firmes, a la puerta del monstruo de ruedas metálicas.

Bajó y luego de verla cruzar el andén me percaté que me había pasado de largo.

El viejo

Es una noche como todas, en la que Luna refulgente le pone luz a las veredas de La Capital. Se acaba la semana y los oficinistas, jefes y secretarias se preparan para cenar en la pizzería más reconocida del centro. Allí donde la alta alcurnia suele reírse de lo que ellos entienden como escoria de la sociedad.

Es una velada como cualquiera, pero sin que nadie lo esperase aquella rutinaria salida se transformaría en algo más.

Una fuerte e inesperada ráfaga de viento comienza a flamear las ventanas del lugar, que se chocan y parecen descascararse con cada golpe.

Sin embargo, uno de los mozos empieza a cerrarlas y todos en sus asientos parecen asentir con la cabeza su atenta acción. Las cortinas no se desprenden porque están bien sujetas y transmiten la sensación fantasmagórica de las películas de terror.

Mientras muchos de los presentes esperan la comida, otros ya empiezan a degustar las delicias de las porciones desbordadas de muzzarela con las que manchan sus servilletas. Todos denotan con claridad que el clima tempestivo empieza a oscurecer las sombras de la noche, como si no se tratara de la misma y tranquila velada de hace unos instantes.

Afuera, las hojas de papeles tirados durante el día vuelan como en otoño. Se levanta la tierra y los zapatos fatigados de la gente también se hacen presentes. Esas partículas molestan al linyera que sigue caminando, sin querer asomar su mirada por la puerta de los restoranes para no pensar en la familia que una vez supo tener. Sigue buscando un lecho donde descansar y se refriega los ojos con tanta vehemencia que se enrojecen por el ardor.

La vista del personaje característico de calles porteñas, hace desesperar al fulano que empieza a gritar. Un alarido que se confunde con el silbido del tormentoso aire parece quebrar los cristales, pero nadie lo nota. Los relojes de los restoranes encerrados en un clima cálido donde las personas también emiten ciertos alaridos, pero a modo de carcajadas, marcan las 24 exactas.

Con el saco roto y los parches descosidos, desesperado por los párpados que no puede separar, el linyera tropieza y, sin quererlo, ingresa de cabeza en la pizzería, al embestir contra la puerta. Justo en ese momento un estruendoso rayo cae desde el cielo en algún lugar de la Capital. El cielo, más negro que nunca, empieza a derramar sus lágrimas saladas de manera intermitente.

Atormentados por el hecho, los consumidores con billeteras adineradas comienzan a marcharse del lugar. Enojados, muchos pasan por al lado de los dueños del restorán realizando gestos típicos de “no pienso pagar”. Las mujeres gritan, inmóviles en sus sillas. Los niños caprichosos, de esos que no dejan de pedir juguetes y ponerse a llorar cuando quieren algo, miran atónitos al tipo tirado a los pies de los mozos que ahora intentan levantarlo.

Pasaron apenas cuatro minutos y muchos ya se fueron, pero muchos también, todavía permanecen sentados esperando su bebida como si nada hubiese pasado. De todos modos, tampoco piensan ayudar. Los mozos finalmente incorporan al hombre en una silla cualquiera y le preguntan su nombre.

Él responde que ya no lo sabe y aún con los ojos cerrados comienza a tranquilizar su convulsionado cuerpo. Alguien le alcanza un vaso de agua y él se lo tira por la cara para despabilarse.

Por fin, con la vista despierta puede mirar hacia fuera, desde las ventanas cerradas de la pizzería. Así puede admirar el clima que se avecina o que ya ha llegado. El mismo que le revuelve los recuerdos produciéndole lágrimas del pasado. Entonces, volviendo su atención hacia el interior del lugar observa con detenimiento a una familia que come tranquila en una mesa ubicada en una esquina. Sin decir nada se levanta de la silla y se dirige hacia quien parece ser el padre de dos chicos pequeños que comen junto a él y a su esposa.

El hombre mira al linyera y, amablemente, como desentendido de la situación le pregunta si lo puede ayudar en algo. Del saco rotoso y sucio, el viejo saca una púa y se le tira encima. Los niños lloran y se esconden. La mujer intenta detener al viejo que parece loco. En ese instante, el linyera, con un brusco movimiento raja el cuello de la señora. La mira a los ojos y grita con dolor y confundido: ¡Nooo Mirta!, ¿Por qué te cruzaste mi amor?, ¿Por qué?.

Mientras tanto, afuera la lluvia con piedras ya se adueña de las calles y todos corren a ocultarse en sus guaridas. La noche parece haber terminado, al menos para la mayoría.