mención especial II Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Gladis Mabel López Riquert

La Juana escurría la última sabana cuando se partió de dolor. Los perros que andaban a su alrededor, la miraron, como sorprendidos.
Se sentó unos minutos sobre la cerca, respiró hondo, se anudó el pañuelo a la cabeza. Miró hacia la extensión del campo que la rodeaba, hacia el silencio y la soledad a los que nunca terminaba de acostumbrarse. Debía colgar esa ropa para que el débil sol de mayo comenzara a secarla-
El Miguel se había ido muy temprano para el campo de los Wagner, para una changa que le llevaría un par de días. Antes del sábado estaría de vuelta sin pasar por el pueblo y el boliche. Juana sabía -la había guardado delante de ella, en el carro- que se llevaba su botella de grapa. Mientras trabajaba, la hacía durar; pero en el boliche, con el resto de los hombres, era distinto: alguno siempre pagaba una vuelta más, y ya había llegado dos veces borracho y sin un peso. El caballo los traía a él y al carro, y a veces hasta los perros, que de tan flacos no podían correr. Pero a esta altura, Juana, de poder elegir, hubiera preferido que le trajera la plata de las changas y no a su marido. Con el paso de los años, ella se daba cuenta: él tomaba más. O aguantaba menos, vaya una a saber. Y, cada vez que trataba de hablar del tema, se peleaban. Miguel terminaba gritando o yéndose al pueblo, y ella lloraba en silencio y seguía con sus cosas. A veces era Juana la que se iba. Se iba al campo, a caminar y a llorar sin testigos. Y, como castigándolo, le dejaba por unas horas los chicos en la casa. Cuando volvía, las cosas seguían como si nada. Salvo el silencio, más elocuente que nunca, entre los dos.
Sus hermanas, que a veces venían de visita, la consolaban diciéndole que al menos Miguel tenía algo bueno: nunca le pegaba, como lo hacía su padre a su madre. Y las tres recordaban escenas de aquella niñez hecha a golpes.
En ese punto, Juana tenía un secreto. Un acuerdo, un regalo a la dignidad de su marido. No se lo contó a nadie por muchos años, y sólo cuando sus hijas mayores se fueron de la ciudad, se los dijo, como un arma para la vida. Una noche, a poco de casados, Miguel había intentado pegarle. Ella ya estaba embarazada de su primer hijo. Con el atizador llegó a protegerse y a tirarle un golpe que él esquivo. Y nunca supo de donde sacó fuerzas y palabras para decírselo: si le levantaba la mano de nuevo, lo mataría. Lo mataría en ese momento. O después, no importaba. No se había atrevido a decírselo a su padre, la mañana del fustazo, y nunca pudo preguntarle a su madre por qué no se defendía. Pero había crecido jurándose que, si le llegaba a pasar eso a ella, lo haría. Y así se lo dijo a Miguel aquella vez. Y más que de su boca. De su dolor de años convertido en valentía. De su convencimiento profundo, infinito.
Miguel jamás amagó a pegarle, y jamás ella temió que volviera a intentarlo. Tal vez a cambio soportó el trabajo duro, la soledad, las borracheras. Las borracheras. Al final no se daban tan seguido, y aparte no eran peligrosas; solamente lo ponían a dormir. Ocho hijos tuvieron. Ya Antonio, el mayor, de veinte, se ocupaba de casi todos los trabajos del campo. Campo arrendado, campo ajeno. Las dos hijas más grandes, Elisa y Ana, se habían ido a la ciudad. A trabajar con marcado destino de mucamas y costureras en el mejor de los casos. En la casa quedaban Pedro, de dieciséis, Margarita, de catorce; Juan, de diez; y los mellizos, que aún no tenían dos años. Y ahora este malestar, este conocido dolor. Esa mañana le había dicho a su marido, mientras le ofrecía un mate y le alcanzaba la ropa y las cosas al carro, que tenía miedo.
-Me parece que estoy –dijo.
Él la miró. Acomodó la bombilla, y luego solo suspiró y mencionó a Dios. A su manera, Miguel era muy creyente. Mantenía la fe y el respeto a la religión de sus padres –los domingos leía un librito desencuadernado, tal vez un evangelio, en polaco, lo único que conservaba del viejo.
Juana se levantó y volvió al piletón. El trabajo esperaba. Volcó un par de baldes sobre la ropa y se encaminó a la casa para llamar a los muchachos. Pero al llegar a la puerta, otra vez el dolor. El dolor, ahora mucho más intenso, más prolongado. Se mantuvo quieta, hasta que vino un nuevo alivio. Entró y llamó a los gritos a los chicos mayores. Mal que mal levantó a los mellizos, que ya se estaban haciendo oír.
Mientras los vestía, lo sintió de nuevo.
Se sentó en la cama, doblada. Algo tibio le mojaba las piernas.
Le gritó a Pedro que fuese por ayuda.
-A buscar a Doña Elvira –dijo-. Y vos, Margarita, me llevás los chicos a la cocina.
No bien Juan golpeó a la puerta, su madre le pidió que le alcanzara una toalla grande y se quedara en la cocina con los hermanos, que hoy no me vas a la escuela, no te muevas de la cocina…
Él prefirió mantenerse cerca, del otro lado de la puerta. Escuchó un quejido fuerte de su madre, un grito. Recordaba algo parecido cuando el nacimiento de los mellizos: a él lo habían mandado al patio, y había venido Doña Elvira.
Pero ahora su madre no tenía la panza grande.
Un perro le pasó corriendo al lado que por poco lo tira. Juan se animó a espiar por la puerta, que el animal en carrera había dejado entornada: muy pálida, muy quieta, su madre parecía dormir.
-¡Juan! –era la hermana-. ¡Vení a darme una mano, querés!
Juan buscó a uno de los mellizos, y con el niño en brazos volvió al angosto pasillo.
Al rato, vió a Doña Elvira bajar del sulky, gorda y segura. Sin llevarle el apunte, la vieja entró al dormitorio.
-¿Qué te anda pasando, Juana?
Juana alcanzó a señalar debajo del catre.
Doña Elvira se agachó. Y entendió rápido. Al momento se levantó, y sin decir una palabra salió de la pieza.
Desde la puerta ordenó que trajesen un fuentón y agua caliente. Miró el piso, pasó sus zapatillas sobre unas manchas que el chico no había querido ver.
Y Juan la escucho decir, antes que cerrase:
-Quedáte tranquila, Juana: los perros ya arreglaron todo.