Todas Nuestras Lágrimas

1er premio V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Graciela Alemis

“Temible y aguardada como la muerte mismase levanta la casa.
No será necesario que llamemos con todas nuestras lágrimas.”
Olga Orozco

En aquella época, la casa de muñecas estaba sobre la alfombra del cuartito de costura. La casa había sido de la abuela, luego de mamá. Iba a ser mía cuando fuese grande.
—Anita, traé la llave —acostumbraba a decirme mamá.
Yo iba hasta el dormitorio, la buscaba en el cajón de su ropa interior y corría hasta el cuartito para poner la llave en la cerradura, al abrir las puertas del frente de la casa el olor a
madera invadía todo. Me encantaba ese olor a madera vieja. Entonces le preguntaba a mamá si podía jugar. Mi madre parecía no darse cuenta de que yo era una niña, siempre me decía que no.
—Hay que limpiar, Anita.
Nos sentábamos en la alfombra. Mamá iba sacando los muebles de la casa, los dejaba uno al lado del otro, construyendo una especie de círculo a su alrededor. Yo permanecía afuera de ese
cerco de juguetes. Ella tomaba uno de los muñequitos, cualquiera, y lo paraba sobre su palma, movía el brazo para alejarlo, para acercarlo, como si quisiera ver cada detalle, le acomodaba
el pelo, la ropa, le decía algo que yo no llegaba a oir, porque estaba fuera de su círculo. Luego tomaba un paño y se lo pasaba lento, diría con ternura, y así se quedabaun largo rato, con
la vista perdida en alguna parte. Eso hacía con cada uno, como si les diera vida con sus caricias. Mas tarde, volvía a acomodar los muebles dentro de la casa y finalmente, los cuatro
muñecos. Siempre los colocaba en el mismo lugar, eso lo recuerdo bien. Después me devolvía la llave para que la guardara en el cajón. Muchas veces quise guardármela y encerrarme en el
cuartito a jugar sin su permiso. Otras, pensé romper el círculo y hacer con los muebles una larga fila que zigzagueara por toda la alfombra. Pero no me animaba.
Una noche de tormenta fui al dormitorio de mis padres. Ellos sabían que tenía miedo a las tormentas. No los encontré. Grité: papá, mamá. Nadie me respondió. Pude oir la voz de mamá desde el
cuartito de costura. Ahí estaba, sentada en la alfombra, de espaldas a la puerta, frente a la casa de muñecas abierta de par en par. No se dio vuelta. Me quedé parada sin saber que hacer.
Mamá hablaba como si fuera el papá de la casa y decía: Josecito, notengas miedo, papi te va a contar un cuento.
Con voz gruesa, le contaba el de la locomotora. Ese era mi cuento preferido, papá me lo contaba todas las noches antes de dormir. En ese momento supe que mamá lo sabía. Ya es hora de
dormir, continuó. Me dan miedo los truenos, dijo como Josecito, quedate conmigo. Está bien, contestó, te sigo contando así te dormís tranquilo. Cerré de un golpe la puerta del cuartito,
para que me escuche, pero no escuchó. Me metí en su cama, puse la almohada arriba de mi cabeza y la apreté fuerte. No quería oir. No sé cuanto tiempo pasó, pero recuerdo que cuando mamá me
despertó para preguntar qué hacía ahí, ya no había truenos, pero llovía mucho. Le dije: sabés que me asusta la tormenta, quiero dormir con vos. Le pregunté por papá, me dijo que no había
llegado, se va a mojar, le contesté. Podés quedarte, después te llevo a tu cuarto, me dijo finalmente.
A la mañana mamá no estaba en su cama, papá tampoco. Quise ir al cuartito, abrir la casa y ver si todo estaba en su lugar. Pudo haber sido una pesadilla, pensé. ¿Y si era verdad? Seguro que
mamá no quería que papá se enterara. Yo iba a guardarle el secreto.
Esa noche, papá tampoco vino a comer. Cuando él no cenaba en casa, mamá ponía la radio, para cantar los tangos que pasaban. Pero esa noche no lo hizo. Después de comer le pedí:
—¿ Me contás un cuento?, el de la locomotora.
—Ya estás grande para eso, mejor andá a dormir —dijo.
Iba a decirle que si ya estaba grande para cuentos, entonces podía tener la casa de muñecas y hacer lo que quisiera, pero no dije nada. Apagué la luz de mi cuarto para que creyera que
dormía, la iba a espiar otra vez. Para no dormirme, repetí el cuento de la locomotora tres veces, de adelante para atrás, de atrás para adelante. Así estuve un ratolargo, hablando en la
oscuridad, entonces fui a su dormitorio, la llamé y no me contestó. La puerta del cuartito de costura estaba entreabierta. Me asomé. Vi a mi mamá otra vez sentada en la alfombra. Vamos a
comer Josecito, decía como el papá, mamá nos está preparando algo rico. El nene estaba en el living con el perro. No tengo hambre, dijo haciendo la voz de Josecito, la comida de mamá no me
gusta. No seas caprichoso Josecito, si mamá cocina riquísimo. Quise entrar para decirle que a mí sí me gustaba su comida, pero ella se puso a cantar. Lindo cantaba. Cerré la puerta más
fuerte que la noche anterior y esta vez, ella tampoco se dio cuenta. Me escondí entre las frazadas de su cama, para no oírla. Quise esperar despierta a mi papá para contarle, pero me quedé
dormida.
Creo que ella no durmió conmigo. A la mañana la busqué, estaba regando las plantas del jardín, como todos los días: recién bañada y con olor a colonia. Le pregunté por papá, me dijo que se
había ido a trabajar temprano. Quise decirle que no me mienta, que hacía días que yo no lo veía, pero preferí creerle. Si ella se había bañado y perfumado todo estaría bien. Ya va a volver,
pensé, esa misma noche va a volver a contarme el cuento de la locomotora, a comer con nosotras y a darme besos raspándome la cara con el bigote. Ya los vería a los dos juntos en la mañana.
Pero esa noche fue como las anteriores. Mi madre sentada en la alfombra del cuartito, jugando. Duérmete mi niño, duérmete lucero, sabes que te acuno, sabes que te quiero, cantaba. Nunca
había visto la cunita. Era celeste, de madera, con patas redondeadas para mecerla. Mi madre mecía la cuna y cantaba acompañándose con todo el cuerpo. Esa noche, algo me dolió muy fuerte. No
sé por qué, supe que papá ya no iba a volver. Corrí a mi cuarto, Lo vi enorme sin cuna, sin hermano, sin un perro. La casa me pareció vacía.
La mañana siguiente, robé la llave. Fue fácil, ella ni se dio cuenta. Sentada en la alfombra, abrí la casa, vi que todo estaba en su lugar.. Saqué la familia de muñecos, los puse uno al
lado del otro frente a mí: la mamá, el papá, Josecito, la cunita con el bebé y el perro. Encerrada en el círculo de muebles, los miré, tal como lo hacía ella. En lugar de ojos vi dos puntos
negros mal pintados, las bocas dibujadas con débiles líneas rojas, el pelo coloreado de amarillo. Eran todos iguales, deformes. Me guardé el perro en el bolsillo y al resto le corté la
cabeza. Acosté los cuerpos en la alfombra y los pisé con toda mi fuerza hasta que me dolieron las plantas de los pies. Coloqué las cabezas y los pedacitos de cuerpos en una caja de zapatos,
después limpié la casa, como ella me había enseñado: habitación por habitación, mueble por mueble. Inspiré profundo el olor a madera vieja. Cerré la casa y volví a dejar la llave en su
lugar. Fui a mi dormitorio, apoyé la caja de zapatos sobre la cama y la abrí. Por un largo rato miré los pedazos de porcelana sin saber qué hacer, hasta que decidí dárselos a ella. Entré a
su cuarto a dejar la caja sobre la cama. Esperé en el cuartito de costura a que gritara. Pero no gritó.
Tiempo después, la casa de muñecas pasó a mis manos. Desde entonces guardo la llave en el mismo cajón.

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