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Titilo de Horacio Rodio

Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
Que acarician de noche a los niños dormidos.
Raul Gonzalez Tuñón / La calle del agujero en la media

Hay ceremonias inexplicables en cada familia, ritos involuntarios que vulneran el cautiverio del pudor, que acaso nos abochornan y de los que, a pesar de ello, no podemos prescindir; porque su repetición nos purifica, nos une en el dolor y nos fortalece; como un pacto de sangre, o como si martillando sobre una cicatriz pudiéramos alimentar su consistencia. Cada año cuando llega esta fecha terminamos en lo mismo. Esta vez fue Carlos, el menor, que dijo: “dentro de poco va a ser el aniversario de la muerte de Papá”; Andrés, el tercero, al escucharlo se fue arrimando; y luego Ariel, el que me sigue, al vernos juntos, enseguida supo que venía la cosa y trajo un vino abierto y cuatro vasos con hielo. Entonces acabe contándoles de nuevo aquello, y ellos me escucharon con la misma atención de siempre, o como si alguna vez el relato pudiera ser distinto. Supongo que porque soy el mayor de los cuatro hermanos Chazarreta, el ultimo en verlo vivo, y el que más puede recordarlo; o porque a los cuatro nos ha quedado un sentimiento de ausencia y de menoscabo; como un agujero sin llenar, una necesidad de completar algo apenas vislumbrado y que fue cancelado para siempre.

Aquella ultima vez, Papá había venido a visitarnos a la casa de la abuela, la madre de Mamá. Quizá haya venido pensando en encontrarnos a los cuatro; pero allí, solo estábamos Carlitos y yo. Ariel y Andrés se hallaban en otro lado, con Mamá, y para llegar hasta ellos, él, hubiera tenido que desandar, por la huella del monte, la media legua que va desde la chacra de la abuela hasta el pueblo; y luego allí, atravesarlo todo cuan largo era por la calle del medio y, por fin, agotar el camino pedregoso que llevaba hasta la ruta: otros cinco kilómetros bien medidos. En ese lugar, Mamá se había empleado como cocinera del parador de los camioneros. Sí, ahora que lo pienso, quizás vino queriendo encontrarnos a los cuatro; pero no lo dijo. Papá, con vino o sin vino encima, siempre hablaba poco.
Sin embargo, aquella vez llego muy sano, sin olor a alcohol, ni a sudor, ni a tabaco; y con otro brillo en los ojos, distinto, más triste. Recuerdo que caminaba seguro y pensaba mucho cada palabra que iba a decir, apenas si tenía un leve temblor en las manos.

Yo estaba ayudando a la abuela a componer un cuadro de tierra que habíamos arado esa mañana cuanto él llegó, entonces supe por qué me levante más contento aquel día. Al cabo, el corazón debe presentir cosas. Recuerdo que la abuela lo puso al tanto de la situación sin apuro, a medida que el iba preguntando. Sin rencor lo hizo, la abuela no le tenía odio ni respeto, era un hombre, era el yerno, y la abuela, pienso que sin animosidad, jamás creyó que ningún hombre valiera la pena. Le sirvió agua fresca del pozo y él la fue tomando a sorbos pequeños, como si le quemara las tripas. A veces nos sonreía a Carlitos y a mí, y yo lo miraba fijo para poder entender esas sonrisas. Carlitos me tironeaba del bolsillo del pantalón: “Titilo, Titilo ¿quién es?”, “Es papá”, le respondía yo, tratando de que se enterara; pero era en vano, en los tres años de vida de Carlitos esa palabra no representaba nada importante.

Vino con mucha plata esa vez y, sin que ella lo notara, se la dejó toda a la abuela en una esquina de la mesa, apretada debajo del frasco del azúcar. Pero antes, cuando observó la tina del patio, se le ocurrió la idea de bañarlo a Carlitos; necesitaba un baño, sin dudas, estábamos en el medio del monte y éramos chicos. Sin embargo, se me representó luego, cuando ya todo hubo ocurrido y supimos que había estado internado seis meses, casi al borde de la muerte, cuando se enteró de que tenía el hígado por demás estropeado, y que ya no podría volver a tomar alcohol si quería seguir vivo, que sintió necesidad de abrazarlo y besarlo a Carlitos, y al envolverlo en la toalla y frotarlo y vestirlo y peinarlo, pudo hacerlo; libre de pudor y del asombro de la abuela y mío. Pero la verdad es que no logró disfrutar mucho el momento, porque Carlitos no paraba de llorar y de extender los brazos hacia mí a los gritos: “Titilo, ayudame, Titilo, Titilo”. Alguna vez, cuando se asustaba en la oscuridad, yo le había dicho: “No llores Carlitos, no es que me haya ido. Cuando no me ves es porque titilo, como los bichitos de luz”. A raíz de eso, para él fui siempre “Titilo”

La gente del campo es así, tímida y recatada para el cariño, mamá nos lavaba la cara de grandes cuando ya podíamos hacerlo solos, luego caímos en la cuenta de que era su manera de tocarnos cada día; la abuela nos besaba a la noche, cuando nos creía dormidos, tal vez porque pensaba que si lo hacía cuando estábamos despiertos podía darnos motivo para volvernos caprichosos, desobedientes o consentidos.

A papá hacia entonces un año y medio que no lo veíamos, se había ausentado después de una discusión con mamá y cayó enfermo sin que lo supiéramos. Cuando salió del hospital, hizo un verdadero esfuerzo por remediarse y estuvo trabajando para juntar el dinero que nos dejó en la mesa. Pero cuando llegó a la casa descubrió que mamá se había cansado de esperarlo sin noticias suyas y que se había ido a la chacra de la abuela. Seguramente alguien le dijo que ella valía la pena, que la buscara y que empezara de nuevo; pienso que a eso habrá venido. Pero mamá ya nos había repartido para aguantar la vida sola. A Carlitos y a mí nos dejó con la abuela; yo ya tenía doce y lo hizo para que la ayudara y le aliviara la crianza de mi hermanito, tal vez con la idea de que el chico se imaginara, con la abuela y conmigo, una familia. Ella se llevó a los del medio, Ariel y Andrés, los que a la abuela solo le darían trabajo y ningún beneficio; de lunes a viernes los tenía en un hogar escuela, por eso ellos han estudiado más que Carlitos y yo.

Nunca supimos por qué, aquel día, cuando llegó al pueblo después de irse de la casa de la abuela, torció para la casa de su primo Sixto, aún hoy no logramos entenderlo. No eran amigos y, si es por el parentesco, en el pueblo, la mayoría somos de alguna manera primos. Lo cierto es que fue a la casa del Sixto: “a saludar”, eso dijo; pero el Sixto también era alcohólico, aunque no tanto como él.
Supimos que papá se fue de allí tambaleándose hasta que cayó en la calle, un vecino lo levantó y lo llevó al hospital de Rio Seco, allí murió al quinto día de estar en coma. Tenía apenas cuarenta años; mamá veintiocho. Sixto no vino al velorio, al que vino todo el pueblo. Nunca le preguntamos ni quisimos saber, pero él, aún malvive sin renunciar al trago.

Eso es lo que recuerdo, muy poco para la necesidad de mis hermanos; pero es todo lo que puedo ofrecerles sin mentir. Yo, aquella vez, después que se despidió de la abuela, de Carlitos y de mi, “Leandro Chazarreta, no Titilo”, me dijo cuando me dio la mano, lo seguí por el sendero sin dejarme ver, y a través de los atajos del monte fui construyendo con la imagen de ese hombre envejecido, pero fresco; vencido, pero aguantador, el padre que debió haber sido, el que necesitaba y soñaba cuando me anestesiaba el olvido.

Eso es todo. Cuando termino el relato y me quedo en silencio, sé que los cuatro pensamos lo mismo: “¿Por qué hizo eso aquel día?”. A veces se me antoja que Carlitos dijo demasiadas veces “Titilo” aquella tarde, llamándome; que eso le debió de haber dolido y que yo no puse el empeño suficiente para despegarlo de mi.

Sé que en el dolor callado de todos nosotros hay un reproche velado, apenas cubierto por el vacio sin remedio que nos dejó esa última vez. Podría en su favor, decirles que no es fácil ser hombre en la miseria de las provincias, tener una familia de hombre cuando se suda y se burrea y se sufre como una bestia. Que no es fácil lidiar con el machismo cuando las mujeres descubren que están mejor solas, que se arreglan igual, y que de esa forma son las únicas dueñas del destino.
Que tal vez Mamá era demasiado fuerte para él. Pero también podría decir otras cosas y no las digo, porque yo, como ellos, también lo quise y lo necesito.

Cuando todo acaba nos quedamos los cuatro anestesiados por el vino triste, con nuestros hijos, inesperadamente quietos para una fiesta, entre nuestros brazos que los sujetan. Entonces se me ocurre que Papá, para todos nosotros, también fue un titilo.