Tinta y Papel, en lucha contra estereotipos
por Javier Vogel

Periodista. Colabora con el diario La Voz del Interior de Córdoba
y co-conduce el programa Viaje de Ida a la Medianoche en AM 1190. Radio América.


La lucha se manifiesta de diferentes maneras, con diferentes contendientes –otros, uno mismo- en diferentes espacios, en diferentes soportes, con diferentes intenciones y fines. Pero para muchos, aunque no se perciba así, es cotidiana. Esta nota tiene que ver un poco sobre todo esto.
Trata de la disputa desigual entre un medio de comunicación, generador de opiniones y verdades construidas, y una carta manuscrita, humilde, única, que alcanzó para dar cuenta de otra verdad.
Un medio que se reproduce por centenares de miles, y una carta que, dirigida, supo llegar y en cierta medida trascender. Una lucha que no habla de ganadores, de vencedores…una lucha que da cuenta de sí misma, como una instancia permanente.
La nota llegó a los puestos de diarios antes de que saliera el sol.
En los bares de La Matanza, clientes y mozos intercambiaban pareceres acerca de esas historias sórdidas que se relataban en el artículo de dos páginas en uno de los más importantes diarios
de nuestro país.
“Barrios donde manda el paco y las zapatillas son objeto de deseo” era un título que llamaba la atención por el propio peso de las palabras, pero que en esa lectura amplificaba su poder atemorizante por una cuestión de cercanía. Puerta de Hierro, el asentamiento en cuestión, forma parte del mismo mapa matancero, En Isidro Casanova, entre la Avenida Crovara, las vías del Ferrocarril Belgrano y la calle Rucci.
Lo que seguía al título era una supuesta descripción de la vida de Juan y Matías, dos personajes del escenario local que, hartos de la falta de posibilidades, habían elegido vender paco para acceder a los que el periodista describía como el tesoro más preciado del lugar: las zapatillas Adidas de 700 pesos o las Nike con resortes de 800. Para completar la descripción de un entorno que no deja alternativas, el escriba echó mano a una frase que situó en Fuerte Apache, el nombre despectivo con el que los medios de comunicación renombraron al complejo de edificios que conforman el Barrio Ejército de los Andes, en el partido de 3 de Febrero. “Llegó un punto que me di cuenta que trabajar legal no sirve”, recordaba haber escuchado el firmante de la crónica.
Tres días después de la publicación de la nota, la Presidenta de la Nación llegó a Ciudad Evita, en La Matanza, para inaugurar un hospital de niños. Allí fueron a apoyarla, a mirarla, a estar muchos vecinos de Puerta de Hierro.
Entre ellos Rubén Darío Virgilio, a quien en el barrio todos llaman Pipeta.
Con un nombre que rebalsa poesía, con 22 años vividos con una intensidad que no genera envidia, con una compañera y con dos hijos, Pipeta se las ingenió para que la carta que había escrito, en aquellos días que mediaron entre la nota de diario y el acto de inauguración, llegara a manos de los colaboradores de la presidenta. Con el tiempo, y por esas vueltas de la vida y vuelos de los papeles, una copia de la misma llegó hasta mí.

“Juan y Matías eran dos nadies. Las chicas no los miraban, los pibes grandes no los saludaban, los de su edad no los nombraban. Juan y Matías no tenían dinero para ir un viernes a Jesse James, sacar a bailar a una chica y después invitarla a tomar un champagne barato. No tenían dinero, no tenían zapatillas, había escrito el cronista. Fue el mismo cronista que más adelante, en el texto de su nota, escribiera “Un día Juan le dijo a Matías, o Matías le dijo a Juan, es lo mismo…”, negándoles así, con la simpleza deesa frase, su particularidad, su individualidad, su personalidad.
Eduardo Galeano también describió a Los Nadies en El libro de los abrazos. Esos que “no son, aunque sean. (…) Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.
Galeano y el cronista hablaban de Los Nadies. Cada uno de ellos dejó por escrito su visión. Pero tanto por fondo como por forma, el hombre que jugaba al sociólogo desde las páginas del diario más vendido del país, por impericia o por decisión ideológica estaba muy lejos del punto desde el que fijaba la mirada el poeta uruguayo.
Y Pipeta está lejos de ser un nadie. Nunca lo fue y cada día la pelea un poco más para correrse del lugar anónimo y numérico, estadístico, que ocupan los pibes de la esquina. Por eso se describió en la carta ya citada “Soy Rubén Darío Virgilio del Barrio Puerta de Hierro, tengo 23 años. Mis amigos me llaman Pipeta y quiero contarle en pocas palabras lo que soy hoy”, propuso. En su relato habla de su nueva militancia, de su trabajo en una cooperativa y de cómo esta “me ayudó a salir de la adicción al paco porque me mantiene ocupado y conocí a muchas personas, son mis compañeros”.
Lejos de ser una catarata de loas a la realidad, la carta de Virgilio describió con la crudeza de quien transita esos pasillos cada día una barriada pobre en la que “todavía hay chicos consumiendo en las esquinas, no tenemos gas y cloacas, tenemos zanjas en los pasillos y cuando llueve se inundan las casas”.

La mirada de los otros

La lucha contra los prejuicios no da tregua. Tal vez por eso Rubén, debajo del camperón deportivo y la gorrita Adidas, dudó y planteó una cierta incomodidad al entrar a ese bar del centro de San Justo donde los tapizados rojos, las paredes blancas y las maderas oscuras de las mesas y las sillas eran menos intimidantes que las miradas de los parroquianos que lo escrutaron con desconfianza.
Pero entró, y fue allí donde nos encontramos.
Frente a las miradas o las palabras, algunas veces pronunciadas y otras impresas en letra de molde, la lucha no da tregua.
Rubén bucea en la frustración que sintieron los más cercanos cuando leyeron juntos la nota del diario. “Esa no es la realidad que vivimos. Nosotros tratamos de mejorar el barrio todo el tiempo y leer esa nota nos mató”, se lamentó mientras esperaba el jugo de naranja.
La carta que escribió fue parte de esa lucha.
En ese papel volcó cosas que tenía muy guardadas y tenía que largar. En esas líneas plasmó la necesidad de contar que todavía quedan muchos como él, que siguen perdidos y que necesitan ayuda para a salir adelante. Pero que nada es definitivo, nada es estático como busca configurarlo la mirada de algunos. Nada es quietud ni conformismo, ni mero consumo de zapatillas.
“El barrio es una lucha constante pero somos muchos los que empujamos para salir adelante. Si está el apoyo de la familia y la voluntad se puede salir”. Rubén la peleó, pero no solo. La militancia al principio no le había interesado, pero un amigo insistió en buscarlo e invitarlo a participar. “Me fue gustando –cuenta- estar en reuniones con gente más grande, hablando y opinando de política. Fui entendiendo muchas cosas, me sentí acompañado y me fui alejando de la droga. Antes no le daba cabida a la política. Es más, hace 4 años atrás ni siquiera fui a votar, porque estaba atrapado. Ahora opino y entiendo la política”.
Y si alguno creía que pasar el día en la esquina, simplemente transcurriendo las horas junto a los pibes era fácil, la charla con Pipeta aporta indicios para poner en duda tales las zonceras. “Es muy duro estar atrapado ahí”, dice sin especulaciones el hombre joven que empezó a consumir a los 16, dos años antes de ser papá de Yeila.

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Estaba tan perdido que se perdió momentos irrepetibles como los primeros pasos de la nena. “En el segundo embarazo de mi señora empecé a enderezarme un poco y pude ver caminar a mi hijo. Fue muy importante para mí”.
“Vivimos tres generaciones bajo un mismo techo, estoy seguro que usted ya lo sabe. Tengo dos hijos, se llaman Yeila (5 años) y Elian (2 años), ambos cobran la Asignación Universal”.
Pipeta vivió con su mamá hasta los 9 años. Luego se fue a vivir con un tío, después con una tía y más tarde con su madrina –a quien reconoce como su segunda mamá-.
“A mi viejo no lo conocí y mi mamá murió de VIH cuando tenía 12 años. Me mató estar solo”, describe. “yo volví después al barrio y por seguir a los amigos quedé atrapado. El paco es la peor droga porque destruye todo. Ahora si tengo 20 pesos los uso para darles algo a mis hijos, no para fumármelos”.
En la carta a la Presidenta contó que “Entre los sueños que tengo, me gustaría que mis hijos tengan su propia casa, poder tener un trabajo y una vivienda digna, ayudaría a los chicos y a las familias que se encuentran hoy en día en la misma situación que yo”.
“No quiero imaginarme en medio de la villa. Quiero que mis hijos crezcan en otro lado, no en los pasillos. Pienso –sueña- que mi hijo puede ser futbolista y mi hija bailarina o peluquera. A mí no me llevaban a jugar a la pelota. Me gusta jugar arriba, un poco la muevo. No me gusta mirar, me gusta jugar”, relató en el bar de los colores intensos. Otro de los sueños lo había citado en la carta “El año que viene voy a estudiar para terminar la secundaria”.

En el diálogo hay dos palabras que se repiten. Atrapado y Lucha. La primera es parte de un pasado que quiere dejar atrás para siempre. La segunda es el presente. “¿Qué es la lucha? Sobrevivir con lo que hay, pero también unirnos porque queremos cambiar. Nos conocíamos todos pero a partir del programa nos empezamos a conocer más. Hay relación, charlamos, nos conocemos y proponemos ideas para mejorar las cosas en el barrio. Algunos nos vieron trabajando y nos ofrecieron una casita abandonada para hacer una copa de leche o para tener un lugar en el que algunos puedan dar apoyo escolar. Me ven a mí que andaba mal y me parece que se entusiasman”.
Aunque suene absurdo aclararlo, en Puerta de Hierro todos tienen nombre, igual que en Villa Urquiza, Villa Inflamable, o Villa María. En esos pasillos que albergan a alrededor de nueve mil personas, Rubén Darío Virgilio no está solo. Además de sus hijos y de Mariana, la compañera que lo bancó en las malas y que ahora lo tienen “cortito”, hay varios que trabajan para que no haya más pibes “atrapados”. “El nuestro es un barrio chiquito, nos conocemos todos. Acá hay que respetarse y la mitad que está mejor tiene que ayudar a la mitad que todavía está mal”. Esa es, en gran parte, la lucha que comparten Pipeta y sus compañeros de Puerta de Hierro.