Tiempos mejores
por Victoria Mora

Hace unos días revolvía un cajón desordenado cuando encontré, sin buscarla, una libreta que me llamó la atención. Asomada entre otros muchos papeles, no identifiqué de qué se trataba, sí se la notaba vieja, amarilla a fuerza del paso del tiempo. Tuve que rescatarla y leerla para acordarme. Era una libreta que mi abuela me había dado hace un tiempo cuando buscábamos papeles que pudieran servirme para tramitar mi ciudadanía española. No la leí en ese momento delante de ella, la vi en detalle después. Cuando la reencontré esa tarde volví a leer: Libreta de trabajo y aprendizaje. Fábrica de Alpargatas. Se la dieron a mi abuela cuando apenas había bajado del barco y los olores de su tierra aún permanecían frescos en su nariz. Un funcionario de turno la había analizado, como si fuese un engranaje más de cualquier máquina de esa fábrica, y había escrito: poco desarrollo de inteligencia abstracta, sólo apta para realizar tareas de tipo manual como aprendiz de tejedora. Mi abuela Lola, campesina gallega, no sabía mucho, pero sí lo suficiente como para servirles de mano de obra barata. Tenía dieciséis años recién cumplidos. A Lola la trajeron, ella no quería venir. Amaba a su tierra, a sus vecinos, a su pequeño pueblo, a sus abuelos. Sabía que irse era no volver. A pesar del dolor de las guerras que la precedieron, del hambre, del sacrificio, de las espinas en sus pies descalzos, ella quería quedarse allá. No pudo. Los hombres de su familia ya en Buenos Aires desde hacía dos años mandaron los pasajes para ella su madre y sus dos hermanas menores. No tuvo más opción que subir a ese barco en Vigo para cruzar al otro lado del mundo, después de ver por última vez cielo español.
Uno de sus recuerdos de esos años, que ella evoca para quien quiera oírla, son los momentos en que se cruzaba con su vecina maestra. Mi abuela no iba a la escuela. Ese privilegio quedaba para los hijos varones, a ella le tocaba el trabajo en la tierra, los riegos de madrugada y el cuidado de los animales. La educación escolar era privilegio de hombres en su familia. Esas desigualdades que reinaban en España cuando la República fue derrotada y con ella todos los derechos que las mujeres habían conseguido. Ninguna escuela para ella, sólo una vecina maestra que cada vez que se la cruzaba por los caminos intentaba enseñarle a escribir dibujando las letras en la tierra con un palito. Ella había visto en los ojos de mi abuela sus deseos por aprender. “Como me gustaba hacer la D” recuerda mi abuela sesenta años después en el comedor de su casa del conurbano bonaerense, con su dedo la dibuja sobre el mantel de hule y sonríe como si hubiese vuelto a su tierra y a su infancia. Decidí que lo mejor era guardar esa libreta en otro lado. No podía estar mezclada con papeles sin importancia, tenía que estar en un lugar especial, la caja donde guardo lo que no puede perderse ni arruinarse. Cuando la abrí me encontré con mi título universitario atado con una cintita de la bandera Argentina. Guardé ahí la libreta de mi abuela junto con el diploma que la UBA me dio después de habérmelo ganado a fuerza de estudio y persistencia: Licenciada en Psicología. La primera universitaria de la familia. Después mi hermano me acompañaría en este privilegio. Al ver juntos esos dos documentos que hablan de quién soy no pude evitar pensar que uno no existiría sin el otro. Mi historia empieza en Galicia cuando mi abuela intentaba aprender letras en la tierra y sigue después cuando se convirtió para siempre en extranjera en Buenos Aires.
Cuando tenía seis años mi mamá decidió que lo mejor para mí era que fuese a una escuela de monjas. La más cercana quedaba en una ciudad a quince kilómetros del pueblo donde vivíamos. Mediados de los ochenta. Escuela de mujeres. Por años me sentí enfurecida por esta decisión. Mi rebeldía solo me alcanzaba para quejarme, nunca logré que me cambiara de escuela, aunque me cansara de insistir. Formé parte de ese lugar de los seis a los diecisiete años. Suficiente para alejarme para siempre de instituciones retrógradas y de religiones opresivas. Me costó entender que lo hizo porque pensó, creyó, que era lo mejor para mí. Sentí que me había condenado a un destierro que duró toda mi infancia y adolescencia. Puede sonar exagerado, e incluso injusto, para los verdaderos desterrados de la tierra (como mi abuela, como los exiliados políticos) pero así lo siento. Me condenó a nunca relacionarme con mis compañeros de generación de mi pueblo. Mi uniforme mostraba que no pertenecía allí, aunque hubiese nacido y vivido en ese pueblo siempre, aunque mis abuelos, por ambas parte, hubiesen vivido allí desde muchísimo antes de que yo naciera. En la escuela la situación no era mejor. Venía de otro lado, no solo por donde estaba mi casa ubicada. Nos separaban muchas otras cosas: no vivía en casas lujosas como las de ellas, no tenía la ropa que vestían ellas, ni mis padres, ni mis abuelos eran profesionales, no iba de vacaciones a Disney… y la lista podría ser infinita. Mi mundo estaba a años luz del de ellas. Todavía no entiendo por qué yo tuve que irme y mi hermano pudo quedarse en la escuela mixta del pueblo, donde todavía se junta con sus amigos a jugar a la pelota y a comer asados. Yo, la exiliada. De la escuela no conservo ninguna amistad por decisión propia, carecía de sentido.

Fragmento «Angel” – Aldo Daniel Killian-
Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Tuve oportunidad de cobrarme esas cuentas, y con creces, desde que puse un pie por primera vez en la universidad: la sede de Independencia, ese edificio magnífico cargado de historia que aunque se cayera a pedazos para mí fue una fortaleza. Recuperé el tiempo perdido. Gente que pensaba como yo, que amaba la discusión y la política, que quería saber, cuestionar, aprender. No se trataba de competir repitiendo saberes impuestos, más bien todo lo contrario. Era una alegría ver la universidad cargada de carteles con clases interrumpidas por chicos del centro de estudiantes contando sus propuestas. No me molestaba, para nada, más bien todo lo contario.
Estudié a finales de los noventa principio del dos mil, vi, entre otras cosas a la facultad virar de una conducción radical a una de izquierda. Pasaron muchas cosas en mi vida mientras estaba en la universidad. Todavía la facultad sigue siendo el recuerdo que me guía cuando la memoria me falla, cuando pasó tal cosa o tal otra yo cursaba tal materia entonces era primer/segundo cuatrimestre del año…y así el recuerdo vuelve. Me casé, cambié de trabajos, nos mudamos muchas veces, atravesé una crisis económica feroz. Nada me detuvo en mi decisión de no abandonar, al contrario siempre la facultad fue mi lugar de resistencia. Lo peor fue la crisis pre y durante 2001, las cosas empeoraban sin retorno. Pasamos de una luna de miel en Cuba a tener que contar las monedas para viajar o a veces para comer. No exagero y no son eufemismos. Mi compañero siempre decidió apoyarme y eso me sostuvo. Durante meses tomó el tren conmigo a las cinco de la mañana hasta que el vagón se llenara y dejara de ser peligroso. Después pegaba la vuelta y se iba a trabajar. Para el colectivo diferencial no me alcanzaba ni de casualidad. Más de una vez viajaba con el dinero justo para tren y subte: cuatro pesos con diez. Si llevaba un mango más tomaba un café sino las palabras de mis docentes alcanzaban para sobrellevar la mañana. En fin, era lo único que importaba, ir aprender y llevar adelante mi vocación. A veces pienso que sobreviví al estallido y a la angustia, en parte, porque tenía ese lugar. Me sentí respaldada, acompañada, por gente que sufría la crisis tanto como yo y que intentaba encontrar una salida. De alguna forma u otra nos apoyábamos entre nosotros. En el bar de esa facultad escuché a mi amiga decir que si hacía falta le pedía guita a sus viejos para que yo viaje pero que de ninguna manera podía abandonar. Su familia no estaba mucho mejor que nosotros, era la tristeza compartida. Allí un centro de estudiantes incipiente me bancó los apuntes cuando no podía pagarlos y ya no me daba el tiempo para sacar de la biblioteca y copiar a mano lo importante de cada texto.
El tiempo pasó. También nuestro país vio tiempos mejores. El flechazo a primera vista se fue convirtiendo en un sólido amor por la facultad y por mi futura profesión. Al tiempo fui madre, cuando mi hijo tenía tres años me esperaba a upa de su padre mientras yo rendía el último final, intentar describir el abrazo que nos dimos cuando salí exitosa es inútil. Desde ya que no hay palabras que puedan mostrar lo que sentimos.
Hace poco mi hijo ahora de diez años, lector voraz, me contó que tuvo un sueño: soñó que se ahogaba y que yo le tiraba una letra D de la que se agarraba para sobrevivir. Me pregunto si será la misma D de la que habla mi abuela. Esa que inaugura un camino de saber pequeño, humilde, que nos abrió la puerta al resto. Esa D significa el sacrificio de mi abuela, lo que ella pudo aprender, lo que perdió para dejarnos otra herencia, para buscar otros horizontes, otro cielo, una vida mejor