Tal vez Waterloo – Fundación Tres Pinos
mención especial II Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de José Quindós Martín-Granizo

Bélgica, 15 de junio 1815

Tal vez Waterloo

Afuera seguía lloviendo. Miles de hombres acampaban en la oscuridad y se les oía en un leve murmullo entonar sus canciones. Unas hablaban de guerra, otras de patria, otras de mujeres, otras de sus madres. Incluso a veces se oía algún “Vive l´Empereour”.

A través de la ventana se veían infinidad de hogueras intentando vencer el agua, el mismo fuego que ahora caldeaba la estancia.
Ella estaba desnuda en el catre, y Napoleón sentado sobre un almohadón en el borde, acariciándola. Con las yemas de sus dedos iba recorriendo ahora su cabello, ahora su cara, ahora su cuerpo. Muy lentamente le acarició su cuello, con el índice bajó el canalillo entre los pechos y su vientre.

-¿En qué piensas?, Preguntó ella.
-En nada, dijo él

Pero pensaba en esos pechos y en ese vientre, cuando hace muchos años ya, antes de dar vida, habían sido firmes. Ahora ya no. Lo recordó como era, y no pudo evitar preguntarse como le vería ella a él ahora. Hace muchos años ya. Él era un jovencísimo teniente con mucho futuro y ella era la muchacha más guapa y llena de vida que él pudiera imaginar. Él quería cambiar el mundo y ella solamente quería amarle. “Mi petit corso” le llamaba. La única persona que osó nunca mofarse de su estatura y sus orígenes. En realidad ella parecía mofarse siempre de todo lo que él hacía o decía. Hacía mucho tiempo, muchos años, que ya no le llamaba así.

-Siempre igual, dijo ella.
-¿Siempre igual el qué?
-Te puedo toca y sin embargo sé que estás a mundos de distancia de mí.

Hacías muchos años ya que él no veía en ella el brillo de cuando sus paseos por el Sen. De alguna forma sabía que cada grado en el escalafón que había ascendido, que cada país que había ganado le había ido alejando de ella. Había tenido el mundo a sus pies pero no había sabido hacer feliz a la mujer que amaba.

-¿Estás pensando en él?, dijo ella
-¿El él?, ¿En quién?
-En el inglés

Sir Arthur Wellesley, Wellington. Con toda la riqueza de la lengua francesa, no había mejor forma de definirle que con la suya propia. “A pain in the ass”. Como un tornillo sin fin. Siempre podría apretar una vuelta más.

-No, qué va. Simplemente me gusta estar así, viendo como me miras.
.¿Y cómo te miro?
-No sé. Con sabiduría. Aceptándome. No. Aceptándome no, asumiéndome.
Le rodeó y abarcó un pecho con su mano. Era muy joven la primera vez que mató a un hombre, o por lo menos la primera vez que lo hizo con sus propias manos. En una batalla, acabada la munición, tuyo que recurrir a la bayoneta para luchar por su vida. Y lo hizo como le habían ensañado. A pesar del momento tuvo la suficiente sangre fría, o tal vez el instinto, para hacer lo correcto. Se la insertó en las tripas, hasta el fondo, dio un pequeño impulso hacia arriba y giró la muñeca para facilitar la extracción, la primera vez. Su primer ascenso. Sin embargo, había dos cosas que no le habían ensañado. No se acordaba la cara del hombre, no recordaba haberle visto sufrir. Pero si recordaba que a través del chacó le llegó la sangre de él, y estaba caliente. Esa sangre caliente esa lo que recordaría siempre. Eso y que en algún momento se había orinado encima.

Ella, como siempre que le miraba así, esbozaba una sonrisa.

-Entonces si no piensas en él es que estás pensando en ella.

Él acusó el golpe y bajó los ojos.

-No, eso no. Eso fue hace mucho y ya lo hemos hablado. Júzgame por mis actos si quieres, pero no por mis sentimientos. De ellos no soy dueño. Un hombre puede gobernar a otros hombres, destinos enteros, pero no a sus sentimientos.
-Un hombre…, dijo ella. Y son la más minima ironía o sarcasmo acentuó su sonrisa. Fuera lo que fuera que iba a decir no lo hizo. Simplemente le acarició la cabeza.

Él seguía con la mano en su pecho. Una vez la vio dar ese mismo pecho a su hijo, al fruto de ambos. Él también tomó su pezón. Y la leche estaba caliente. Vomitó.

Siguieron así, acariciándose, sin decir nada. La lluvia persistía, pero el murmullo de las canciones había cesado.
Se miraban y se acariciaban, como siempre, sin decir nada, él, el hombre más poderoso de su tiempo se sentía pequeño ante ella. Seguro e inseguro al mismo tiempo. Pero ella, aún sabiéndolo, jamás hizo uso de su poder.
Ella se levantó y se acercó a la ventana. El agua había finalmente podido al fuego, ya no había hogueras. Él dudó de si estaba fijando en eso o en su propia imagen desnuda en el vidrio. Al volverse, hubiera jurado que había en su rostro una lágrima que antes no estaba.

Ella sopló el candil y con ello se fue la luz. Se sentó a su lado. A distancia, como mirándole en la oscuridad, le asió el cabello.

-Un hombre, dijo. Un hombre es capaz de mostrar el pecho ante las balas pero es incapaz de sostener la mirada de su amada.
Manda a tus dragones, a tus húsares, a tus generales mañana en la batalla.
Mañana tendrás tal vez lo que quieres. Tal vez caces a tu inglés. Tendrás e mundo o la muerte, pero esta noche, esta última noche serás por última vez ni teniente, mi Petit Corso.

Fin

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