Sueños de verano
por Iván Medina Castro

En caso de persecución, toda personatiene derecho a buscar asilo,y a disfrutar de él, en cualquier país Art. 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

 

Una semana después de deponer las armas, surgieron por todo el país grupos de paramilitares a la orden del ejecutivo que nos empezó a perseguir. A Néstor y a sus parientes fueron los primeros que agarraron. Gente de la Trinidad los encontró colgados del puente viejo, carentes de ropa y con los testículos dentro de sus bocas. Tan pronto como la comitiva de paz se enteró de los hechos, presentó una denuncia formal ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y el gobierno federal, pero éstos últimos en contubernio con los medios de información negaron los hechos.

La persecución continuó y sin esperarlo tocó el turno a la comunidad de las Abejitas, de donde provengo. A plena luz del día, un comando de hombres con vestimenta militar y el rostro pintado en negro tomó por asalto a la entidad exigiendo la entrega de los ex-participantes del Ejército Popular Revolucionario. A Camilo por poco lo atrapan si no es porque a tiempo se ocultó dentro de una montaña de paja, pero el muy desdichado observó cuando aquellos cerdos violaron a su pequeña hija y después le cortaron los pezones a su mujer. Yo de milagro sobreviví. Un hombre de corpulencia titánica y ojos chispeantes con insignias púrpuras en la solapa me tenía hincado para ultimarme cuando de manera sorpresiva al iniciar un súbito temblor, el hijo de puta soltó la pistola y se puso a chillar. Aproveché su aflicción y rápido me escabullí entre la milpa de maíz.

Camilo, Julián y yo nos encontramos a la vera de la boca del río del Escoto. Ese terreno había sido nuestro primer lugar de reunión al inicio de la insurgencia; el escarpado suelo y la tupida maleza hacían difícil cualquier incursión de los militares por esa zona. Julián fue el primero en llegar, luego yo y por último Camilo. Nadie de nosotros hizo pregunta alguna. Estuvimos los tres con la vista clavada en la apacible agua tribulando con nuestros pensamientos, cada uno para sí mismo hasta que nos sorprendió la noche con el ulular maléfico del tecolote. Ningún otro camarada se nos unió.

Remontamos el arroyo durante cuatro lunas a través del monte hasta llegar a la diócesis del poblado de Santa Ana. El Padre Ezequiel, aunque nunca aceptó ser un teólogo de la liberación, siempre prestó ayuda a los miembros del Ejército Popular Revolucionario (E.P.R.) cuando así se lo solicitamos. Una vez en el umbral de la iglesia un acólito nos condujo a un aprisco junto con otros ocho camaradas que ese mismo día llegaron. Dentro del establo estuvimos por un par de semanas, hasta que un domingo después de misa, el Padre Ezequiel nos dio indicaciones para cruzar la frontera chiapaneca y de ahí irnos a la Ciudad de México en donde un antiguo compañero de estudios apodado el Bachiller, nos alojaría para después migrar hacia el sueño estadounidense a buscar refugio.

Las instrucciones básicas fueron: evitar contacto con toda persona extraña y para nada caminar por la zona fronteriza a riesgo de caer a manos del crimen organizado o alguna autoridad corrupta. Si por algún motivo la policía migratoria o los soldados nos detenían por falta de documentos de identidad, manifestaríamos el temor por la vida en razón de nuestra postura política y el nulo deseo de acogernos a la protección del país de origen.

En un principio, apenas nos internamos en la madrugada por el territorio mexicano, la fortuna estuvo de nuestro lado pues cada grupo formado llegó a la terminal camionera de la capital sin ningún problema. El Bachiller nos recogió según nos iba reconociendo por las descripciones dadas por el Padre Ezequiel. Una vez reunidos los once camaradas nos guardó en una vieja casona en donde nos esperaba una comilona y para el desempacho mezcal.

 En el laberinto – Eduardo Santiago
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Al concluir los alimentos, el Bachiller tomó la palabra y dijo que era mejor irnos a descansar pues saldríamos para la ciudad norteña de Matamoros por la madrugada. Cuando Julián preguntó al Bachiller la causa que lo motivaba a migrar, respondió: “Por pura pinche frustración”. En el actual contexto que existe en México de desocupación masiva, en el cual está incrementada la exclusión social, me he vuelto un ser frustrado”. Poco después de que Julián obtuvo respuesta, el Bachiller desvió la cabeza y continuó bebiendo.

Llegamos según lo establecido a Matamoros y nos hospedamos en un motel cercano a línea divisoria en donde permanecimos durante toda la mañana, ya por la tarde, el Bachiller, Camilo y yo fuimos a reconocer la zona del Río Bravo por donde cruzaríamos al otro lado de la frontera. Para el anochecer, listos a cumplir la empresa, nos reunimos en el recibidor, y cuando el Bachiller se disponía a pagar las habitaciones, la recepcionista con voz compungida nos advirtió no abandonar el motel pues el cartel de los Zetas había difundido por correo electrónico y las redes sociales que matarían a partir de las 24 horas a toda aquella persona errante.

Tan pronto terminó la sentencia, el Bachiller volteó seguro de sí limitándose a decir que no hiciéramos caso de semejantes tonteras, y agregó que en el estado de Morelos circuló por los mismos canales los más siniestros rumores según emitidos por el cartel del Golfo ocasionando la paralización del estado, pero al final resultó ser pura mentira. Aunque no me reponía de mi asombro, sin chistar salí de tras del Bachiller.

Una vez atravesado el Río Bravo, nos apretujamos unos contra otros en una oscuridad casi completa, guiados por el sonido agitado de nuestra respiración, pero la dicha de estar en suelo gringo nos duró lo que un relámpago, por tanto al internarnos en el terreno yermo nos esperaba una docena de la border patrol junto a otro tanto igual de gruñentes perros.

El Bachiller nos dio ánimos para seguir adelante pues confiaba en que no nos regresarían a México después de escuchar nuestras declaraciones, pero entre más nos acercábamos a aquellos policías parecían menos amistosos. Primero encendieron un par de reflectores e inmediatamente con megáfonos ordenaron nuestro regreso. El Bachiller nos pidió gritar a coro la palabra “non-refoulement”, “non-refoulement” y así lo entonamos, pero algunos metros de frente a ellos uno de los policías amenazó diciendo que si no regresábamos a la cuenta de tres soltarían a los perros. Nomás terminó de decirlo y el Bachiller paró en seco su marcha, viró y clamó con encono  “A chingar a su madre, corran, rápido, hacia el río, hacia el río…”. Una vez en Matamoros, sin saber con precisión en dónde estábamos, nos tendimos en el suelo para reposar ya libres de la jauría que a lo lejos seguía con sus ladridos.

 

Ciudad de México, agosto 26. Casa de Seguridad. Sub-procuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO).

-No veo nada –fue tan sorpresivo-; es inútil hurgar en mis recuerdos, no sé quiénes los masacraron: el ejército, los narcos, la policía fronteriza o el maligno –sí, el demonio, pues hasta me pareció oler el azufre mientras dirigía a sus esbirros-. Una vez iniciada la ráfaga de AR-15 los doce allí reunidos en el páramo salimos como enjambre en busca de un lugar donde podernos resguardar. El ruido incesante de ese fusil por vez primera me aterró, pues lo conozco a la perfección, tan bien como los ronquidos de mi mujer. Cargué ese tipo de arma durante mi participación con la guerrilla hasta que la entregué el día de la firma del armisticio.

Yo me salvé de pura suerte. Ahí mismo donde estaba en cuclillas quedé parapetado haciéndome pequeño junto al cuerpo agujereado de Camilo que me procuró en todo momento protección. Inerte, con los ojos bien cerrados, conteniendo hasta el maldito soplo mientras borbotones de sangre anegaban mi cuerpo. De pronto, el eco macabro del griterío se deslizó hasta perderse en el río y la balacera desapareció, únicamente los perros continuaron con sus aullidos lamentando la tragedia. Abrí los ojos y de soslayo con un repaso acelerado y suspicaz miré hacia donde creí procedía el terror. No enfoqué nada en concreto, únicamente un mar de polvo azulado que terminó por cegarme, lo que bastó para sumirme en un ensueño taciturno y perenne.