Solo en la noche tengo miedo

By 25 noviembre, 2014n.14 - miedo

por Sergio Seras Licenciado en psicología – UBA. Es psicoanalista APA, Integrante de APICE. Coordina el Centro de Salud Unión Vecinal Liniers Sud.

 

Ha caído la noche sobre la humedad de la isla y salgo a caminar por el sendero apretado entre los altos álamos desordenados del albardón. El sendero me es absolutamente familiar. Lo he transitado, incluso con los ojos cerrados, más de una vez mientras iba hacia el muelle para disfrutar los aromas fuertes y embriagantes de la primavera, que en sus exageraciones olfativas avanza a veces despiadada con una pesadez de podredumbre, para oír el canto de los pájaros y el rumor de las aguas dulces acariciando el lodo de la orilla, golpeteando palos, juncos y cascos de botes derruidos.

Pero ha caído la noche sobre la humedad de la isla y el sendero, los álamos y el muelle, bajo su manto, se apretujan e implosionan en una masa negra, compacta, en la que mi cuerpo apenas puede avanzar. Y las imágenes que hasta hace unas horas colmaban mi alma con una dulzura apacible y viscosa, se funden aplastando mi ánimo y mi cuerpo.
Solo en la noche tengo miedo. El miedo se me impone en las articulaciones y en los músculos, en las bigotudas alpargatas y en los párpados inútiles, en el corazón y los pulmones de un andar entrecortado.
Solo en la noche tengo miedo. Podría regresar y con cuatro zancadas retrotraerme al claro de la galería iluminada por la bombilla vacilante del alero. Y allí las voces amigas… charlas banales pero acogedoras… el perro jadeante… (hasta el perro se refugia bajo la protección de la luz artificial).
Debo hacer algo, sino quedo paralizado y el supuesto peligro aumenta. Y este círculo vicioso es mortal, todos lo conocemos: cuanto más posponemos algo, más difícil se nos hace, y cuanto más difícil, más lo posponemos. Nos sucede con los miedos, con las vergüenzas, con las deudas… Pero que raro es este peligro: no hay fiera, no hay asesino, no hay cataclismo…, sólo hay miedo. Debo entonces hacer algo y huyo, me sustraigo a él.
Viene en nuestro auxilio el viejo precepto: «no hay mejor defensa que un buen ataque». ¿A quién atacar? A mi enemigo. Esa es una solución posible. Y a aquella angustia inexplicable la conjuro combatiendo a un enemigo recién creado: ya tengo la fiera, el asesino, el cataclismo. Y esa noche informe ya no está habitada por aquellos rumores y aromas plácidos del día, sino que estos dan lugar a la cohorte de fantasmas que me habitan. Me pertrecho, linterna y machete en mano, vuelvo al ataque por el sendero de la isla. Pero si antes ese miedo difuso estrujaba mis tripas, me quitaba el aire, me ceñía el cinturón desde adentro como si estuviese poseído por un pulpo que constriñe mis entrañas. Ahora, este nuevo, este miedo con nombre y apellido es un peligro que atenaza mis brazos, meilumina, sólo sirve para que mi enemigo detecte mi presencia, el machete no tiene filo, no soy diestro en su uso…
Ya no sé si es angustia… miedo… terror… Agitado vuelvo a la luz de la galería. Igual que cuando niño me protejo del «cuco» inexistente tapándome con las cobijas hasta que vuelva la luz del día.

¿Quién dijo miedo?
El miedo es una reacción de ansiedad elevada que se constituye en una respuesta que tiene por objeto preservar la supervivencia ante posibles eventos o circunstancias que puedan ponerla en peligro. Disponiendo de recursos extraordinarios cuando nos encontramos frente a él (1).
El miedo cumplió siempre una función muy necesaria al protegernos del daño. El problema surge cuando este mecanismo se vuelve disfuncional o limita nuestra actuación en situaciones que son a priori seguras. O nos invade mientras hacemos algo que deseamos hacer y de hecho interpretamos que entraña un nivel de riesgo que asumimos. Cuando el aumento de activación producido por el miedo a escala fisiológica, cognitiva y motriz es elevado, nos dotará de mayores recursos para afrontar la situación durante determinado tiempo, pero si el miedo es demasiado intenso puede paralizarnos.

Reconocemos tres componentes del miedo:
A- Subjetivo-cognitivo: relacionado con la experiencia interna. Percepción y evaluación subjetiva de estímulos, situaciones y estados asociados a la ansiedad (preocupaciones, pensamientos intrusitos sobre la posibilidad de acontecimientos
negativos, emociones desagradables).
B- Fisiológico-somático: elementos biológicos y cambios físicos (reacciones externas: sudoración, dilatación de pupilas, temblores, palidez, etc.; e internas: aceleración cardíaca, respiratoria, descenso de salivación, etc.).
C-Motor-conductual: componentes observables de la conducta (gestualidad y expresión facial, movimientos y posturas corporales, respuestas instrumentales de escape (huida) y evitación. Conocer las variaciones que se dan cuando sentimos miedo nos ayuda a poder controlar su aparición y posterior control. Abordando todos sus componentes o centrándonos en el control de los pensamientos que se dan, de la activación física, o de las conductas que la experiencia de miedo desencadena.

Don Emilio y las prácticas contra el miedo
Pero las cosas no son tan sencillas. Tenemos que incluir aquí, en nuestra consideración, un elemento que ocupa un lugar importantísimo en la generación de miedo: la imaginación. Podríamos sostener, incluso, que la principal fuente creadora del miedo no es el peligro sino nuestra imaginación. El peligro puede
ocasionar un daño que no determina «en sí» nuestro miedo. Más bién es éste quien lo condiciona subjetivamente, y lo presenta, como explicación, ante nuestra alterada conciencia. El hombre se asusta mucho más por lo que no llega a ocurrirle que por lo que «realmente» le pasa (2). O como en la «profesía autocumplida» en que esperamos que algo suceda y nos preparamos para ello, nuestras emociones y actuaciones sintonizan con nuestros pensamientos, y finalmente terminamos por confirmar lo que ya de hecho esperábamos sucediera.
De algún modo surge siempre la tendencia a combatir el miedo, mitigarlo, neutralizarlo. Así, diversas psicologías nos proponen técnicas y ejercicios concretos: entrenamiento en relajación, relevamiento, evaluación y práctica imaginativa, desensibilización sistemática, exposición, modelado, etc. En realidad no son más que prácticas que el hombre ha empleado desde siempre y que fueran desplegadas por distintas disciplinas a lo largo de la historia, revisistadas, puestas a punto y sistematizadas por las psicologías modernas. Emilio Mira y López ya nos proponía hace 70 años practicar cinco remedios contra el miedo: -Limitación de las ambiciones; -control imaginativo; -cultivo de la acción; -fortalecimiento corporal; y –trascendencia de nuestros fines con creación de amor a un ideal.

«Sin Título» de Dora Bianchi
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

«Sin Título» de Pablo Aníbal López
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

El miedo de Jean Paul Sartre
El hombre que tiene miedo tiene miedo de algo. Aún tratándose de una angustia imprecisa como la que se experimenta en la oscuridad, en un pasadizo siniestro, etc., también se trata de un miedo de ciertos aspectos de la noche, del mundo. Es una percepción la que desencadena la emoción, la emoción vuelve a cada instante al objeto y se nutre de él. Nunca una huída es una simple carrera, ya que ante todo la huída es ante cierto objeto, objeto constantemente presente en la huída misma, como su tema, su razón de ser, como aquello ante lo cual se huye: el sujeto emocionado y el objeto emocionante se hallan pues unidos en una síntesis indisoluble (3).
La emoción es una determinada manera de aprehender el mundo. Y el miedo es ese modo mágico de aniquilar el objeto, en que en lugar de desaparecer al objeto nos desaparecemos nosotros. Veamos la estructura emotiva a partir de un ejemplo: a- alargo la mano para tomar un racimo de uvas; b- no lo consigo, está fuera de mi alcance; c-¡qué me importa! Si aún están demasiado verdes. Como vemos es una pequeña comedia que interpreto con el fin de conferir a las uvas la característica «demasiado verde», que sustituye la conducta que no puedo llevar a cabo. Esta cualidad que le adjudico a las uvas resuelve el conflicto y suprime la atención. Al no poder conferirle químicamente a las uvas esta cualidad, lo hago mágicamente.
Qué pasa en el miedo pasivo: veo llegar hacia mí una fiera. Mis piernas flaquean, mi corazón late más débilmente, empalidezco, me caigo y me desmayo. Pareciera que me entrego indefenso al peligro, sin embargo se trata de una conducta de evasión. Al no poder evitar el peligro por medios normales, lo he negado: la urgencia del peligro ha servido de motivo para una intención aniquiladora que ha impuesto una conducta mágica. Mi acción mágica sobre el mundo tiene sus limitaciones: puedo suprimirlo en tanto objeto de conciencia y esto lo consigo suprimiendo mi propia conciencia. La huída del miedo activo puede confundirse con una conducta racional: interponer la mayor distancia posible entre sí y el peligro, pero esto no es más que prudencia. En el miedo huimos porque no podemos aniquilarnos en el desmayo. Negamos mágicamente al objeto peligroso con todo nuestro cuerpo, es una forma de olvidar, denegar. Como cuando al enfrentarme a puñetazos suprimo la existencia de los puños de mi adversario cerrando mis ojos, me niego a percibirlos y suprimo simbólicamente su eficacia.
Se nos presenta así el verdadero sentido del miedo: el de una conciencia que pretende negar, a través de una conducta mágica, un objeto del mundo exterior y que llegará a aniquilarse a sí misma con tal de aniquilar el objeto consigo. Se trata de constituir un mundo mágico utilizando nuestro cuerpo como instrumento de conjuro. Los fenómenos fisiológicos son entonces fenómenos de creencia: los hipotonos, las vasoconstricciones, los trastornos respiratorios se constituyen en el complemento simbólico de una conducta que tiende a negar el mundo o a descargarlo de su potencial. Trastorno, conducta mágica y padecimiento signan un sujeto cuando siente miedo. La emoción es padecida, no puede uno librarse de ella a su antojo, va agotándose por sí misma pero no podemos detenerla.
Probablemente, cuando vuelva al sendero de la isla el miedo estará allí, esperándome.

Freud y sus angustias
Qué nos dice de todo esto el padre del psicoanálisis. La angustia es angustia ante algo y nos pone en situación de expectativa. Tiene un carácter indeterminado. Cuando encuentra un objeto la llamamos miedo. La angustia es algo sentido, es un estado afectivo en la que participan procesos de descarga. Hasta aquí nada que no hayamos dicho antes. Es una reacción frente a un estado de peligro y se reproducirá regularmente cuando un estado semejante vuelva a presentarse (4).

A-Quién reacciona? El Yo. Es una organización que intenta lidiar entre la satisfacción del Ello (impulsos, deseos, instintos), los requerimientos de la Realidad (que lo enfrenta con sus posibilidades o dificultades) y el Súper Yo (interiorización del Súper Yo parental, lo que se debe hacer, lo que debe ser, la conciencia de culpa). El Yo es bombardeado permanente-mente por estímulos exteriores, por deseos inconscientes, por puniciones, y se las rebusca lo mejor que puede en medio de la tormenta, intentando mediar, ligar, unir. Este Yo es el reservorio de la angustia.
B- Cómo reacciona? Frente a una hiperestimulación el organismo se ve desbordado si no tiene modo de tramitar esos estímulos, de hacer algo con ellos: estamos frente a una situación traumática. Este desborde, este ataque masivo, puede venir del medio, de las otras instancias psíquicas o del propio organismo. Cada vez que el Yo avizora una posible situación traumática, la considera un peligro por lo desestabilizadora que le resulta y reacciona con una«cuota de angustia» con el objeto de estar preparado para evitar la situación traumática que se avecina y el desarrollo de angustia concomitante. Se distinguen dos modos de la angustia: el desarrollo de angustia y la angustia señal.
C- Frente a qué reacciona? Frente a un peligro. Pero, qué es un peligro para el yo?: la reedición de una situación traumática. Ya habíamos señalado el papel de la imaginación, de la magia, de la subjetividad en la constitución de un peligro: el peligro externo real u objetivo no siempre es tal, se le sobreimprime el reclamo de la libido, y viene a re-presentar situaciones traumáticas ya vivenciadas de algún modo. La angustia neurótica se dispara ante un peligro del que no tenemos noticia: el peligro pulsional. Otras veces el peligro es notorio y real pero la angustia anteél es desmedida, exagerada. El análisis muestra que al peligro realista notorio se anuda un peligro pulsional no discernido.
D- Cuál es su sentido? Las inervaciones somáticas del estado de angustia fueron originariamente adecuadas a un fin. Por ejemplo, es probable que en el curso del nacimiento la inervación dirigida a losórganos de la respiración prepara a los pulmones para su nueva actividad respiratoria y la variación del ritmo cardíaco previene el envenenamiento de la sangre. Este acuerdo a fines falta en la posterior reproducción del estado de angustia en calidad de afecto. Cuando un individuo cae en una nueva situación de peligro, no siempre es adecuado responder con la misma reacción que a un peligro anterior, salvo que ese estallido de angustia sea utilizado para señalar su inminencia. Así se separan dos posibilidades acorde con el fin para señalar o prevenir el peligro y otra inadecuada al emerger la misma angustia ante una nueva situación.
E- «Contenidos» de la situación de peligro. La angustia es entonces reproducida siguiendo una imagen mnémica preexistente. Los estados afectivos participan de la vida anímica como unas sedimentaciones de antiguas vivencias traumáticas y,
en situaciones parecidas, despiertan como unos símbolos mnemicos. El acto del nacimiento, en su calidad de primera vivencia individual de angustia parece haber prestado sus rasgos característicos a la expresión del afecto de angustia. El contenido de la situación de peligro adquiere distintas formas: miedo a la pérdida del objeto; miedo a la pérdida del amor, miedo a la castración; angustia de la conciencia moral; miedo al castigo del Súper Yo; angustia de muerte. Son los peligros arquetípicos a los que teme el Yo en su situación de desvalimiento discernida, recordada, esperada.
El Yo que ha vivenciado pasivamente el trauma espera poder guiarse de manera más o menos autónoma reproduciendo activamente una versión morigerada de este para evitar males mayores. No siempre lo logra.

Otra vez en el sendero
Otra vez en la isla. Otra vez luna nueva. No hay estrellas en el cañaveral ni en la alameda. Rumores y aromas siguen allí eternos y cambiantes, ajenos a mis medrosos devaneos.
Solo, en la noche, tengo miedo.


(1)- Seguimos aquí, y en parte del parágrafo siguiente a David Reinoso en «¿Quién dijo miedo?, estrategias psicológicas en escalada deportiva y búlder»- Desnivel Ediciones- Madrid 2003.

(2)- Seguimos en este parágrafo a Emilio Mira y López en «Instantáneas Psicológicas-la lucha contra el miedo»-Ed. Bajel, Avellaneda Buenos Aires 1943.

 (3)-Tomado de Jean Paul Sartre en «Bosquejo de una teoría de las emociones» Alianza Ed., Madrid, 1980.
(4) -Para rev isar el concepto de angustia en Freud: «Conferencias de Introducción al Psicoanálisis», C 25; «Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis», C32; e «Inhibición Síntoma y Angustia». Sigmund Freud OOCC. Editorial Amorrortu, Buenos Aires 1989.