mención de honor VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Emiliano Andrés Capiello

El alquiler era barato -sospechosamente barato- pero después del divorcio, mucho no me quedaba, y mejor oferta no iba a encontrar. Cocina, comedor, dos habitaciones, un altillo y hasta un
pequeño patio donde Poe podría correr un poco, en círculos. Las cajas quedaron agrupadas en el cuarto chico, oficiando de mesas para el tablero de ajedrez y la Olivetti de mi viejo. No la
había usado por años, pero la computadora se la quedó Mariela. Como casi todo. Los inquilinos anteriores, una pareja joven con un hijo chico, habían vivido unos meses nomas y el lugar
estaba como nuevo. No habían desconectado ni el gas ni la luz, así que podía ahorrarme unos pesos hasta que se avivaran. Cada moneda sumaba, en este punto. Estaba ordenando las fichas del
ajedrez cuando Poe, como parte del reconocimiento de su nuevo hogar, abrió la puerta del placard. La luz alcanzó a pasar justo lo suficiente para que notase la escritura, contra la pared
del fondo. Escrito todo en mayúsculas y en rojo, con caligrafía inexperta, o indecisa.

ViVE ARRibA

Me desperté con los ladridos. Según el reloj eran las 5. Miré por la ventana, buscando algún gato. Poe era tranquilo, casi nunca jodía. Pero con los felinos mantenía una política de
tolerancia cero. Al principio había encontrado molesto lo estereotípico de su conducta. Si iba a tener caprichos, al menos podían ser originales. Pero dada la casi total ausencia de sus
enemigos en el barrio anterior, nunca había sido un problema. Si acá había, habría que reconsiderar la situación. Abrí la ventana, pero no vi ninguno. Asumí que se detendría en breve, y
volví a mi reunión con la almohada. Pero siguió. Y después vinieron los golpes, como de algo que rebotaba. Al abrir los ojos vi pasar una pelota por la puerta. Me levanté rápidamente y salí
al pasillo, donde Poe ladraba hacia la escalera que llevaba al altillo, que podía jurar que nunca había bajado.
Al día siguiente decidí posponer el ordenar las cajas y ponerme a escribir los artículos que había colgado por el tema de la mudanza. Sin embargo, pasaron dos horas y tres tés y aún no
llevaba una palabra. La hoja en blanco me miraba, burlona. Poe seguía inquieto, así que aproveche lo que quedaba de tarde para pasearlo. Mientras caminaba por Plaza Italia, el comienzo del
artículo llegó por providencia divina y volví a casa. Fui directo a la Olivetti, antes de que se me olvidara, pero la hoja ya no estaba en blanco, había algo escrito. SOLEDAD.
En la inmobiliaria me atendieron de mala gana. Dijeron no tener el número de la pareja que me había precedido, y que no me preocupara. Yo era solo el tercer habitante desde su estreno, y
según ellos, bastante poco me cobraban como para que jodiese. La que atendía era siempre la misma vieja, con siempre el mismo desgano. Le pedí hablar con el dueño, pero me dijo que estaba
ocupado y que me llamaría luego. Cuando le pregunté sobre fantasmas, me cortó.
El viernes invite a la gente del Diario a tomar algo, para distenderme un poco. Solo vino Gorostiaga. Por zafar de la familia se prendía a cualquiera. Cayó cerca de las diez, ya medio
tomado. Le ofrecí una cerveza y enfrentarlo al ajedrez, pero solo aceptó lo primero. Charlamos un rato, de nimiedades; poco teníamos en común más que el lugar de trabajo. Él estaba en la
sección de deportes, ámbito que yo jamás había explorado; y la cultura se terminaba donde comenzaba Gorostiaga. Al rato fue al baño, y cuando volvió, agarró su campera y salió apurado,
disculpándose. Me despedí, aunque le pregunté la razón de sus disculpas. Dijo que le perdonase por cortamambo, que si hubiese sabido que estaba con una mina en el cuarto, no se quedaba
tanto rato.
Esa noche no pegué un ojo. Eran poco más de las tres de la mañana cuando escuche los ruidos, como algo arañando madera. Traté de ignorarlos. Me importaba tres pitos si era un fantasma, un
espíritu o un vampiro. Que se jodiese, yo en esa no iba a caer. Pasaron unos minutos. Se sintió un golpe seco, corto, y los ruidos se detuvieron. La curiosidad me pudo. Agarre una escoba y
baje empuñándola con ambas manos. Fui hasta el pie de la escalera con sigilo y prendí la luz, pero no había nadie. La puerta de entrada estaba arañada, a la altura de mis rodillas, y la
ventana del frente, abierta completamente. Busqué a Poe, pero no lo encontré por ningún lado.
En el diario me pasé el almuerzo en los archivos. Busqué sobre la dirección, pero no apareció nada. Busqué el nombre Soledad, y tuve suficientes resultados para leer un año. Le pedí al
Gordo Andrade, de Policiales, que buscase algo, y me quiso sacar plata. Volví a casa derrotado, fastidiado, y aún sin noticias de Poe. Llamé a Mariela, pero ahí no estaba. Subí al cuarto,
acomode un peón que había quedado mal ubicado y me senté frente a la máquina. Podía hacer carteles para pegar en el barrio, pero no tenía fotos de Poe. De todas formas, siempre había creído
que eso no funcionaba. Nadie miraba esos carteles, y si lo miraban, se olvidaban enseguida. Me levanté para ir al baño y en el pasillo la vi. Iluminada por la luz de la luna, una mujer
joven en camisón, de pelo corto y mirada cansada. Y transparente.
Pasé tres noches en un hotel. Era barato, pero ya no me quedaba más plata. Tenía que volver. Capaz Poe había regresado. Estuve tirado en la cama varias horas, pensando en los sucesos. Tal
vez había una pérdida de gas, o tenía algo en el cerebro, y había alucinado todo. Había leído que eso era posible. O lo había visto en una película. No importaba. Seguía en la cama mirando
el techo cuando me di cuenta.
Para cuando llegué a casa ya era casi la medianoche. Quise prender la luz, pero no hubo caso. Seguro se habían avivado. Subí las escaleras con cuidado, hasta el cuarto. Me senté frente al
tablero, y lo miré un rato. Elegí un peón blanco, y lo avancé dos casillas. La subsiguiente espera, aunque de unos segundos, se sintió interminable. Ella movió el caballo negro a la columna
del alfil. Esa noche le gané las tres partidas, pero luego fue mejorando.

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