¿SE ESTARÁN RIENDO DE MÍ? ¿Por qué me miran? ¿acaso no le gusto?

por Sabrina Perotti

“Soy un paranoico al revés.
Siempre sospecho que la gente está planeando algo para hacerme feliz.”
Jerome David Salinger (escritor estadounidense)

La realidad, muchas veces, nos demuestra cuán vulnerables podemos llegar a ser en situaciones donde experimentamos una fuerte presión. La mayoría de las personas reaccionamos, frente a este factor, de diversas manerasaunque pocas veces nos percatamos de ellas.

La presencia de estas manifestaciones puede tornarse asidua y constante, lo que nos lleva a reflexionar acerca de cuán fóbicos, nerviosos, ansiosos o paranoicos somos. ¿Cuándo pasamos el límite del nerviosismo común y nos convertimos en paranoicos? ¿Cuándo nos preocupan ciertas situaciones y cuándo todas? A continuación expondré una serie de situaciones en donde no sólo se pone en juego la personalidad de cada individuo sino algunas características particulares que a veces coinciden con la normalidad y otras no tanto.

Oh, l´ amour

Un día Casandra, hija de los reyes de Troya Hécuba y Primo, se durmió en el templo y apareció Apolo. Él fascinado al verla, le ofreció enseñarle el don de la profecía a cambio de que ella se acostara con él. Luego de que Apolo le enseñara lo prometido Casandra se arrepintió del trato y sólo le dio un beso. Él, maldiciéndola, le escupió en la boca debido a que, una vez concedido, ni siquiera un dios puede quitar el don regalado. Él consiguió con su maldición que nadie creyera nunca las profecías de Casandra.
Idas y vueltas tiene la montaña rusa del amor. Son pocas las personas que no han “histeriqueado” a su pareja alguna vez. Pero ¿en qué punto deja de ser un mero juego de seducción para pasar a ser una histeria somática? Aclaremos un poquito de qué se trata todo esto: ¿qué es la histeria? Un mito de la antigua Grecia narraba que el útero deambulaba por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades a la víctima cuando llegaba al pecho. Esta teoría formula el origen del nombre, pues la raíz proviene de la palabra griega para útero: hystera. Es por esto que durante la época victoriana (entre mediados y fines del siglo XIX) se concebía a la histeria como una enfermedad exclusivamente de las mujeres, a las que se sometían a tratamiento. En esta misma época, se desenvolvió uno de los psicólogos más importantes de todos los tiempos, Sigmund Freud que estudió durante décadas los orígenes de la histeria y que, a diferencia de lo que se concebía en aquel momento, Freud expresó que la misma no concernía únicamente a las mujeres. El psicoanalista descubrió que los síntomas de los pacientes histéricos eran consecuencia de los efectos de vivencias traumáticas pasadas que no habían podido ser olvidadas, independientemente del género.

Sin embargo, a la hora del amor no podemos analizar los traumas de quien tenemos en frente y, mucho menos, comprender la serie de patologías que sufre un ser humano que no nos da ni la hora.
El ritual repetido por niñas de miles de generaciones que al deshojar margaritas piensan “me quiere mucho, poquito o nada” refleja exactamente la actitud que, probablemente, adoptarán de más grandes: “me querrá mucho por ahora, luego poco y finalmente nada”. ¿Por qué no se reproduce ese versito de manera opuesta? ¿Será que el amor se dirige hacia un inminente derrumbe? ¿O será que somos demasiado pesimistas como para imaginarnos el camino inverso? Siempre creemos que la persona que nos enamora guarda un as bajo la manga y desconfiamos instintivamente, como el perro al que molieron a palos que baja la cabeza asustado al recibir una caricia.

En la calle

Casi siempre decimos que no nos interesa en absoluto lo que los demás piensen de nosotros. Sin embargo, la falacia crece en la medida en que nos incomoda ver como los otros nos examinan. Una vez leí por ahí la fabulosa cita que sigue: “No te importaría tanto lo que los demás piensen de vos, si supieras la poca frecuencia con que lo hacen”. No encontré una mejor síntesis para demostrar esta paradójica realidad en donde nos vemos reacios a la opinión ajena y, simultáneamente, interesados en que aquella no sea negativa. En lo más profundo de nuestro ser siempre existe un deseo de hallarse bien considerado, de caer bien a la gente. No por el simple hecho de comenzar con una buena relación a largo plazo sino por compartir, al menos, un segundo de empatía con alguien.
¿Será acaso que las personas buscamos atraernos y rechazarnos como meros histéricos? Quizá no puedo expresar mis imágenes con las palabras adecuadas y por eso les propongo un ejercicio: cierren los ojos e imaginen dos situaciones, una en un ascensor y otra arriba de un colectivo.
En la primera estamos en un edificio, llamamos al ascensor y ni bien abrimos la puerta vemos que dentro del mismo se encuentra un hombre grande con cara amigable o no, pero mayor. Cerramos la puerta y le preguntamos a que piso va.
Entonces, al mismo tiempo que comienza a ascender o descender nuestro transportador empieza un silencio atroz, agudo, un silencio ruidoso insoportable y que con lo único que podemos eliminarlo es con nuestra voz. Recién ahí iniciamos el diálogo aliviador, reconfortante, restaurador de la paz interior tomando temas relacionados con la rapidez del ascensor, el estado del mismo, el clima, las elecciones, el genoma humano, la discriminación o cualquier otro tópico que surja en el momento. Finalmente llegamos a nuestro destino y nos bajamos saludándonos como viejos amigos que luego de veinte años se pusieron al día.
La otra situación, les dije, tenía que ver con el colectivo. Ni bien nos subimos al mismo, hacemos una rápida lectura de apenas pocos segundos para observar la cantidad de asientos disponibles. Sin embargo, no solamente nos fijamos cuáles están desocupados sino que también comenzamos a escoger la calidad del mismo: si se encuentra cerca de una ventana rota y hace frío, si está medio destartalado, si el almohadón es cómodo o no, pero por sobre todas las cosas, nos fijamos que se encuentre aislado, solitario. Hagan la prueba ni bien suben a un colectivo y observen que la fila de los asientos únicos se llenan primero. ¿Por qué? Hay veces que el sol pega de lleno desde ese lado y a la gente no le importa, puede que también algunos de los asientos estén rotos pero eso tampoco es de mayor importancia. Lo que sí vale es que no tengamos a nadie al lado con quien conversar, ni mirar, ni preguntar, ni pedir permiso, ni consultar absolutamente nada. O sea, que allí callar no es molesto, todo lo contrario, el silencio se vuelve complaciente.
Gente complicada somos los seres humanos que no nos viene bien nada y nos viene bien todo a la vez, que amamos y odiamos al mismo tiempo, que hablamos y callamos con las mismas ganas, que reímos y lloramos por las mismas emociones, que leemos y escribimos y releemos y tachamos y… mejor paro de escribir porque ya me está empezando a disgustar lo que plasmo.