1er premio III Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Gustavo Boschetti

El viejo que enseguida reconocí como mi profesor de Formación Cívica de la secundaria, me abordó en la fila de los impuestos y me apuntó con el índice al pecho.
-Usted es…
Lo miré desconcertado. No se por qué, le dije mi apellido.
-Claro! -chasqueó los dedos- ¡Ya me parecía!. Usted fue alumno del San Esteban. Alumno mío. Gastaldo, soy yo. ¿Se acuerda?
Cómo no iba a acordarme. Uno no se olvida así nomás de tipos como Gastaldo. Recordaba, en particular, una de sus clases, pero también recordaba esa vozarrona insigne y ese gesto marcial que conservaba aún después de veinticinco años. Le miré la piel manchada, dragada de arrugas, sus ojos grises y agresivos. Tenía puesto un saco gastado, con olor a naftalina, y una camisa de cuello alto y anticuado. Así todo, mantenía su aspecto de hombre erguido y saludable, a pesar de los setenta y pico.
Quisiera decir que con Gastaldo conversamos, pero el poco tiempo que estuvimos en la fila habló solamente él, de corrido. Exagerando melancolías hacia el Colegio, hacia colegas y a su actual condición de jubilado. Después llegó mi turno en la caja y tuve que despedirme. Me apretó fuerte la mano, haciéndome sonar los dedos. Sonriendo, se escurrió entre la gente y ya no volví a verlo.
Esa misma noche, busqué una caja donde guardaba algunas fotos de la secundaria. Encontrarme al viejo Gastaldo me había despertado el recuerdo de alguien más, alguien que quise ver de nuevo, sólo por recordar mejor el episodio. Puse la gran pila de fotos sobre la mesa de la cocina y revolví.
Las imágenes empezaron a sucederse con indolencia, como si fuese el pasado de otro, sin provocarme emociones ni nostalgias. Éramos siempre los mismos, veinte o treinta, que nos reiterábamos año a año, con idénticas diferencias. No pude asociar muchos nombres a ese torbellino de rostros exaltados por la pubertad. Teníamos pantalón gris, camisa blanca y corbata bordó brillante, que los más atrevidos usaban floja por debajo del primer botón. Las fotografias de fin de curso nos mostraban como lo que éramos: adolescentes, un rebaño de pavotes que se proclamaban rebeldes a fuerza de ser, paradójicamente, todos iguales. Eran los ochenta y no había demasiado que reprochar: muchos de nuestros mayores se comportaban del mismo modo.
En eso pensaba cuando, en la foto de fin de curso del 82’, ubiqué, por fin, a Gastaldo. Estaba parado sobre el margen derecho del cuadro, corpulento, arrogante, ya por entonces calvo, con un traje azul brilloso y los brazos cruzados sobre el pecho. Era notablemente más alto que la hilera de alumnos que habían ubicado de pie. Me busqué a mí mismo y me encontré algunas cabezas a la izquierda, en cuclillas, sosteniendo un extremo del cartel escrito en tiza: «Colegio San Esteban, 2do. Año, 1982». A mi lado, un pibe de flequillo miraba hacia algún lugar incierto del patio. Y en el extremo de la fila, debajo de Gastaldo, también en cuclillas, estaba él. Rodrigo.
Rodrigo Santamaría. Lo recordé de golpe, asociándolo de inmediato a la figura ciclópea del profesor que, justo detrás suyo, se levantaba como una torre. Entonces comprendí por qué me había esforzado en olvidar a Gastaldo. Y por qué ahora, veinticinco años después, recordaba a Santamaría mejor que a ningún otro. Rodrigo, dije que se llamaba. Era un chico particular, en comparación a los demás, y no sólo por su aspecto pálido, contraído y excesivamente delgado. Rodrigo vivía acurrucado sobre sí mismo, con los ojos inquietos y en guardia, como quién siempre está esperando un golpe. Al caminar, sus hombros recogidos y sus codos huesudos, abiertos, le daban un aire de erizo infranqueable. Le temía al mundo y se notaba.
Pero era, como suele ocurrir, el alumno más sobresaliente del curso. Un genio, para cuanta disciplina le presentaran. Recuerdo que era brillante en Historia, que fue el primero en resolver, sin ayuda de nadie, una ecuación diferencial, y el único que podía dar cuenta del «Quijote» porque lo había leído completo, de cabo a rabo, a diferencia de nosotros, los falaces.
Pero con Rodrigo ocurría algo verdaderamente extraño: no hablaba. Ni una palabra. Contestaba, a duras penas, con monosílabos, y eso en sus mejores días. Su inteligencia superior quedaba oculta tras una mirada débil y velada de misterios. Todavía me parece verlo en el último banco, junto a la ventana lindera al patio de cemento, tomando nota de cuánto escuchaba en clase. Pasaba muchas horas en la biblioteca, ajeno a nosotros y a nuestros códigos. Lejos de burlarnos de él, simplemente lo ignorábamos. También algunos profesores.
Sin embargo, a poco de terminar el ciclo ‘82, Enrique Gastaldo, Comisario retirado y ahora profesor de Formación Cívica, se dedicó a él:
-Rodrigo -dijo desde el frente- estamos terminando el curso. Y todavía no te escuché decir una sola palabra en clase. Tus notas son buenas, pero acá todos participan. Esa es la regla.
Gastaldo se golpeó el pecho con el dedo índice. «Mi regla», aclaró, un poco más alto, girando la cabeza al aula, para que lo escucháramos todos. Pero Rodrigo siguió con la vista fija las hojas de su carpeta, ignorando a quién fuera, por aquellos años, uno de los profesores más temidos del Colegio. Casi tan temido como el Padre Juan, el Director.
-¿Me escuchás, pibe? ¿O estoy hablando con la pared?
Rodrigo no contestó. En el aula empezó a armarse un silencio incómodo. Gastaldo, cada vez más molesto, se abrió paso entre los bancos, llegó hasta el último, apoyó una mano sobre la carpeta de Rodrigo y con la otra levantó el mentón del chico, que de golpe quedó mirándolo a los ojos, con la cabeza tirada hacia atrás.
-¿Sos mudo, vos? Por lo visto, sos mudo.
La cabeza de Rodrigo parecía un juguete en la mano enorme de Gastaldo.
-Entonces, Santamaría, vamos a hacer lo siguiente. Mañana no entrás si no venís con tus padres. ¿Está claro? Que hablen ellos conmigo. Ya que vos no hablás…
-Rodrigo no tiene padres, profesor. Nadie sabe donde están. Ahora vive con el abuelo -dijo uno de la primera fila-.
-No me digan, che! -chilló Gastaldo, mientras soltaba con violencia el mentón del chico- ¡Pobrecito! ¿No tenés ni papá ni mamá, Santamaría? ¿Nada?
Rodrigo -no contestó. Volvió a mirar las hojas.
-Mirá pibe -lo sobró Gastaldo- da lo mísmo lo que tengas o no tengas. No es asunto mío. Pero mañana, venís con alguien o no entrás. Tu abuelito, o quien sea. ¿Fui claro?
-Su abuelo está enfermo, profesor. No creo que venga -arriesgó el Colorado-, que siempre andaba opinando sobre todo.
-Ah! ¿Está enfermo, abuelito? -se burló Gastaldo- Y díganme una cosa, ustedes que saben tanto:
Santamaría, ¿también está enfermo? ¿Será autista, Santamaría? ¡Yo creo, señores, que éste es un rebelde que se hace el tonto! ¡Y ya van a ver lo que les pasa a los rebeldes! ¡Yo les voy a enseñar, a ustedes, como se cura a los rebeldes! Algunos, no todos, empezaron a desear que la escena terminara.
-Déjelo profesor. Es un chico especial, con problemas -intentó el Conejo-.
Pero fue peor. Gastaldo estalló en una carcajada estruendosa. Se puso más rojo todavía. De la frente le nacieron unas gotitas brillantes, y empezó a meterse el dedo índice entre cuello y el nudo de la corbata, buscando aire.
-¿Así que sos especial, Rodrigo? ¡Mirá vos! ¡Un «especial»! Atención señores: ¡Tenemos «un especial» en clase!
Esta vez nadie acotó nada.
-Yo te voy a dar, «especial» -resolvió Gastaldo, apretando los dientes- Yo te voy a dar.
El pibe se la vio venir. Dio un soplido angustioso y se refugió contra la pared, cubriéndose con el hombro. Gastaldo, de un tirón, lo puso de pié, y arrastrándolo de un brazo lo llevó al frente. El cuerpo desgarbado, flameante de Rodrigo, hizo volar en el camino varías carpetas y lapiceras que se desparramaron por el piso.
-¡Te lo juro, especial! bramaba Gastaldo, mientras iba señalando,
con la cabeza, el crucifijo que colgaba encima del pizarrón- ¡Te lo juro, por Él, que hoy vas a hablar en clase!
Fue la ocasión para el descontrol. El aula se volvió un pandemonio. Algunos, alborotados, saltamos sobre nuestros asientos y empezamos a los gritos. Otros arrojaban cosas a la cabeza de Santamaría.
-¡Especial!, ¡Especial! ¡Especial!…
Pero el chico permaneció mudo, mirando a todas partes con sus ojitos nerviosos. Temblaba y resoplaba como un cordero. Gastaldo lo agarró del saco y volvió a sacudirlo, empujado por nuestros gritos.
-Qué hable!, ¡Que hable! ¡Que hable!…
-Dale Santamaría! ¡Hablá!
-le grito el Conejo-,aunque esta vez el grito sonó como una súplica.
-Hablá, carajo, o te la vas a ver conmigo! -le gruñió Gastaldo- ¿Tenés idea quién soy?
Y fue entonces que Rodrigo, el especial, el raro, en medio de un caos general y para sorpresa de todos, levantó la vista, tomó aire, miró a Gastaldo y habló.
«Tenés idea quién soy», recuerdo que dijo el viejo. Y, después de eso, Rodrigó habló, no más de treinta segundos, sobre una hipotética noche del pasado, para que un silencio absoluto, espantoso, invadiera el aula. Todos nos dejamos caer en los bancos, sin dar crédito a lo que habíamos escuchado. Vi que el Conejo era el único que sonreía. Gastaldo, por su parte, dio un pasito atrás y apoyó el trasero en el escritorio, visiblemente aturdido. Rodrigo nos miró de reojo, volvió mirar a Gastaldo, giró sobre sus talones y se fue otra vez, parco y silencioso, a su banco de la última fila.
Lo que sigue no interesa. Gastaldo siguió dando clases hasta fines del año siguiente y jamás se molestó en desmentir nada. Tal vez quiso restarle importancia a los delirios de un alumno raro. Tal vez no pudo dar cuenta, ni siquiera para sí, de lo que había ocurrido esa supuesta noche, años atrás, con los Santamaría. Quién sabe. Nunca más se habló del asunto.

Next Post

Leave a Reply