3er premio I Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Lucas Orta

-¡Cabrerito!
No necesité darme vuelta para saber quien me llamaba.
– ¡Cabrerito!
Quise ir mas rápido, escabullirme entre la gente y los chicos recién salidos del colegio.
-¡Cabrerito! ¡Soy yo!
Apuré el paso, pero el imbécil vino corriendo y se me puso adelante. Estaba igual que la última vez que lo vi, aunque con abundante tintura marrón en el pelo.
Como siempre, sonreía como si estuviera en una propaganda de dentífrico.
-¡Sabías que eras vos, Cabrerito! ¿Te acordás de mí?
Para empezar, mi nombre es Ramón Cabrero.
-Sí, me acuerdo -le dije-. Sanguinetti.
Lanzó una de sus carcajadas y me abrazó.
-¡Cabrerito, viejo y peludo! -por fin dejó de abrazarme, pero mantuvo una mano apoyada en mi codo-. ¿Cómo va todo?
¿Cómo va todo? Tengo que trabajar de cartonero porque con cincuenta y siete años no consigo otro laburo, mis hijos se me cagan de la risa en la cara porque no me acuerdo de algunas cosas, mi mujer trabaja de sierva para mantenernos a los cinco…
-Bien -le dije.
-¡No sabés cómo me alegro! Che, estas re avejentado.
Como si vos siguieras siendo un pibe.
-¡Qué alegría de verte, Cabrerito! -era increíble que no dejara de sonreír-. Tantos años… -la gente que iba y venía por la vereda nos empujaba por accidente-. Vayamos a un costado, que estamos cortando el camino.
Estuve por irme con alguna excusa, pero no se me ocurría nada. Mi padre -que Dios lo tenga en la gloria- tenía razón: la meningitis que padecí de chico me dejó secuelas. Por eso la cabeza nunca me da para nada. Ni siquiera para evitar a farsantes como el que tenia a unos centímetros.
-Por suerte, yo también estoy bien. Desde que quedé al mando de la curtiembre, las cosas marchan como corresponde. ¡No sabés cómo nos modernizamos! Ahora tenemos hasta computadoras. Y estuvimos contratando gente joven, con ganas de laburar…
Cabrerito, tenemos que juntamos. Ir a un bar, tomar unas birras, charlar un rato… Estás serio. ¿Te sentís bien?
¿Si me sentía bien? Casi me río.
-Bien -dije, asintiendo-. Estoy bien. Tirando, bah. Sanguinetti dejó de sonreír, pero sólo un poco.
-Contame algo. No estarás enojado conmigo por lo de aquella época, ¿no?
¿Enojado? A ver… Si mi cabeza no vuelve a traicionarme, los dos trabajábamos en la curtiembre durante como veinte años. Éramos amigos, o algo así. Uno iba a comer a la casa del otro… Pero vos estabas desesperado por ascender. Decías que siempre cumplías con la parte más difícil del trabajo, y nunca recibías ningún reconocimiento. Entonces hiciste buenas migas con Ricardo, el hijo de dueño, otro tipo tan falso y materialista como vos. Bueno, con el tiempo, lográs lo que querías- ascender. De pronto sos mi superior. A las dos semanas de mandato, decidís que la mano de obra debía ser renovada por sangre joven. Y echas a los “más viejos “, incluyéndome. Te pido que no me rajes, que tengo una familia que mantener, que no sé hacer otra cosa que trabajar con cueros… Pero no me diste bola. Me explicaste, con esa sonrisita de mierda, que era por el bien de la empresa. Cuando voy a reclamar una indemnización, me dicen que no voy a poder recibir un centavo por no sé qué cosa. Y tuve que empezar a ganarme el pan como podía. Porque nunca te dignaste en darme una mano: preferías cenar con gente mas importante. Hubiera querido insultarte, escupirte, cagarte a trompadas, pero soy demasiado bueno. O buenudo, como dicen mis hijos.
-No -dije-. No estoy enojado. Para nada.
-Me parece bárbaro, che. No hay que ser resentido en la vida. Lo pasado, pisado. Asentí, sonreí y dije:
-Lo pasado, pisado.
-Me encanta verte con esa cara -Sanguinetti volvió a sonreírme-. Antes siempre andabas con esa cara de amargado…
Sonreí un poco más.
-Eso era antes -dije, al tiempo que mi mente trataba de darle forma a una idea-. Ahora estoy libre. Si querés, podemos tomar algo en este momento.
Sanguinetti miró el reloj y dijo:
-Mirá, estaba yendo para mi casa. Esta noche viene Sofía… ¿Te acordás de Sofía, mi hija más grande? Hace poco me hizo abuelo. ¡No sabes lo chocho que estoy!
Todavía recuerdo cuando Sofía me saludaba de lejos, con la mano y sonriendo tan falsamente como su padre. No fuera cosa de hacer contacto con un leproso maloliente como yo.
-Felicitaciones -dije-. Dale, podemos ir un rato a mi casa. Mi mujer nos prepara unos mates… Un rato, nomás.
Sanguinetti volvió a mirar el reloj.
-Okey -dijo-. Todavía es temprano. Además, me muero por volver a probar los mates de Silvia.
-Podemos ir en tren.
Fuimos hasta la estación. Mientras sacábamos los boletos, Sanguinetti me siguió contando sobre lo bien que iba el trabajo, la familia, las vacaciones en Mar del Plata, el nuevo modelo de Renault que estaba por comprarse.
-Ahora me encontraste caminando porque mi coche actual está en el taller mecánico -dijo apenas ingresamos en una plataforma repleta-. Hace un montón que no tomo trenes. ¿Ya no pasan seguido? Nos abrimos camino entre la gente y fui hasta el borde. Él me siguió.
-¿No es un poco peligroso estar acá? -dijo-. Veo que todo el mundo hace lo mismo. Deberían tener mas cuidado. Che, ¿te costó mucho conseguir trabajo?
Mantuve la boca cerrada. Por otra parte, no me daban ganas de contarle sobre los tres años que me pasé sin trabajo, a no ser por alguna que otra changa.
-Acá no labura el que no quiere. ¿No es terrible? -se puso a mirar hacia la izquierda, como tratando de identificar el tren-. Por eso este país se va a la ruina. ¡Ahí viene!
Mi corazón empezó a latir de manera salvaje.
-¿Te quedaste mudo, Cabrerito? -dijo Sanguinetti-. Tenés que hablar más, negro. Por eso siempre te pasaron por arriba: no tenés carácter ni ambición. El tren estaba llegando. Como de costumbre, la gente se acercó más al borde. Cada cual se preparó para ser el primero en ingresar cuando se abrieran las compuertas de los vagones.
Me alejé medio metro del borde, hasta quedar casi a espaldas de Sanguinetti. A esa altura, los latidos de mi corazón sonaban más potentes que el barullo de la muchedumbre y que el ruido del tren. Faltando unos diez metros para llegar a nuestra ubicación, me abalancé distraídamente hacia Sanguinetti y lo empujé. Lástima que no fue un empujón demasiado fuerte: el hijo de puta recuperó el equilibrio y me miró de la peor manera posible. Vi que el tren aún no llegaba y lo intenté de nuevo, pero Sanguinetti me tiró al piso de una trompada, y empezó a patearme en el pecho, en la cabeza…
-¿Qué te pasó, Ramón? -me preguntó Silvia cuando llegué a casa. Antes de mandarse a mudar, Sanguinetti se había asegurado de dejarme varios hematomas de recuerdo.
-¿No me vas a decir qué te pasó?
-Me asaltaron -mentí al tiempo que me sentaba en la silla mas próxima; no daba más del dolor. Como cada vez que nos pasaba algo malo, Silvia se puso a despotricar contra todo. Decía que nunca supe mantener un trabajo, que viviendo en un barrio más seguro nunca nos robarían, que patatín, que patatán…
-Ese amigo tuyo Sanguinetti -dijo de golpe, dándome la espalda, mientras ponía a calentar la pava-, ése sí que la hizo bien. Ascendió, se compró una buena casa en un lindo barrio, va de vacaciones a la costa… Será un hijo de puta, pero la hizo bien.
Noté que Silvia había dejado el cuchillo de picar en la mesada, justo al alcance de mi mano.

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