Sagradas Compañías

mención de honor III Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Daniel Rubén Mourelle

Hueso tomaba el subte en Bulnes, pero lo hacía en sentido contrario a su lugar de destino porque, al llegar a Pacifico, éste se vaciaba para retornar luego, por la vía opuesta, con una diferencia importante para él: había logrado sentarse.
Cierto día, ya en la terminal de Pacifico, Hueso se encontraba leyendo un libro. Además de él, ocupaban el vagón, sentados al otro lado del pasillo y hacia el fondo, una mujer rubia y un hombre calvo quien también leía, pero no un libro, sino el diario; personas que seguramente hacían unas pocas estaciones, alejándose de sus lugares de trabajo, para también así poder viajar sentados.
Ninguno advirtió las señales del operario, ni se inquietó al ver que nadie más subía. Hueso se dio cuenta de que las puertas habían estado abiertas muy poco tiempo; un costado de su memoria reciente le indicó que habían sido cerradas ni bien los pasajeros, salvo él, la rubia y el calvo, descendieran; pero pensó que se debía a que ese convoy no pararía en las primeras estaciones: quienes dirigían el transito subterráneo solían hacer esto cuando se les informaba que había muchas personas en los andenes del segundo y ultimo tercios del recorrido. Resuelta esta primera distracción, continuó metido en su libro: “desgarradura”, de un tal Cioran, a quien un compañero de la Fundación había prometido presentarle, cuando viajaran al XXVI Congreso de Escritores de Paris, el mes siguiente; una de las dos invitaciones que recibiera le estaba sirviendo de señalador, la otra había quedado en su departamento, metida en el libro que finalizara de leer el día previo.
Inesperadamente, la rubia avanzó, cruzando el pasillo, y se sentó a su lado:
– ¿Qué pasa que no arranca?
Hueso alzó la cabeza, y sus ojos se toparon contra la muchedumbre abigarrada sobre el andén, imposibilitada de subir dado que las puertas continuaban cerradas; observó también que algunos lo miraban sin hacer el más mínimo gesto, por lo que respondió:
– Ya debe de estar por salir o no habrían cerrado las puertas.
– Pero están cerradas desde hace diez minutos- replicó la mujer, acercándose un centímetro más.
Si bien esto le pareció extraño, Hueso estimó que decir “diez minutos” era exagerado. Justo cuando estaba por explicárselo, el subte arrancó.
Tal como supuso de entrada, no se detuvieron en la primera estación. Pero, al contrario de lo imaginado, unos metros más adelante, tomaron por el desvío que conducía a los talleres. Inmediatamente, Hueso sintió que el cuerpo de la mujer se pegaba al suyo desde la derecha. No fue esto lo que le molestó- no era fea y olía bien-, sino cómo temblaba; en un reflejo, tuvo la inevitable sospecha de que no podría seguir con su lectura.
– Estamos parados otra vez… Pero no hay estación- la mujer se había empeñado en relatar lo obvio-. ¿Qué es este lugar?
– Mire; no lo sé sobre seguro, pero tiene todo el aspecto de ser donde arreglan lo descompuesto.
– ¡¿Quiénes; quiénes?!- la rubia se inclinó hacia delante y se aferró al asiento.
Hueso trató de ubicar esa última pregunta en alguna casilla lógica de su tablero mental, pero fracasó; giró la cabeza para ver que hacía el otro habitante de ese singular espacio, sólo para confirmar que continuaba leyendo, “cosa que me encantaría poder retomar”, pensó, “aunque, claro, tampoco me voy a poder quedar acá toda la mañana”. Mmm… ¿tampoco?”.
Dejando por un momento de lado esas ideas, volvió sobre su inevitable acompañante para ensayar otra explicación:
– Este lugar es de la empresa que administra los subterráneos; los mecánicos deben de estar por alguna parte- terminó de decir esto con los ojos puestos sobre la puerta que tenía más cerca: seguía cerrada.
-¡Mecánicos!- los dedos de la rubia se clavaron en el brazo de nuestro interrumpido lector-. ¿Vendrán para aquí? ¿Estarán sucios?
Huesos no encontraba la velocidad suficiente como para digerir esas preguntas, y lo poco que conseguía ordenar le provocaba más presagios oscuros. “hoy no me puse perfume”, pensé, sin poder explicarse el origen de tal cuestión ni articular palabra. Ante semejante mutismo, la mujer fue a sentarse junto al otro pasajero. No quiso ni mirarla, pero le fue fácil adivinar la escena; volvió a hundir los ojos en Cioran, aunque no consiguió concentrarse: la situación necesitaba ser resuelta, pero su voz interior le decía que no debía ser él quien la salvara; “será cosa de algunos minutos; pronto aparecerá alguien.”
El calvo movía la cabeza y alzaba los hombros, alternativamente; no era fácil creer que siguiera leyendo el diario a pesar de que no lo cerrara. Desde el carro anterior, un operario los avistó a través del vidrio de la puerta que interconectaba los vagones, la abrió con una herramienta de nombre difícil, y pasó:
-¿Qué hacen acá? Estamos en la playa de reparaciones, ¿no les avisaron que bajaran?- El mecánico hacía estas preguntas aun frente a la notoria evidencia de que no habían sido invitados, sino arrastrados contra toda decisión. Hueso comenzó a disfrutar, al menos un poco, de lo que el destino le había preparado para esa mañana.
– Este tren no va a estar acá mucho rato- explicó el operario-, unos treinta minutos creo yo… Pueden esperar a que lo devolvamos a su ruta, o pueden bajar y caminar hasta la próxima estación; hay un camino al costado de las vías.
– Este lugar está lleno de vagones- la mujer hablaba, ahora en vos mas alta-
– ¿Y si viene otro subte?
– El mecánico abrió las puertas y señaló el sendero de cemento que corría pegado a los rieles; su gesto continuó imaginariamente hasta donde se encontraba el próximo andén.
– ¡Ese ruido! ¡¿Qué es ese ruido?!- la rubia se puso de pie y se mantuvo en el medio del pasillo, aferrada a uno de los respaldos y con el cuerpo doblado hacia el mecánico.
– Es la grúa, señora; es la grúa… Esta calzando un vagón.
-¡Nos están levantando!- la mujer avanzó hasta el próximo asiento.
-No, señora; no… es el suelo que tiembla- el operario miró al calvo, quien abrió los ojos mas allá de lo normal, dejó el diario a un costado y alzó las manos con las palmas hacia arriba. Hueso se miró las puntas de los zapatos, como si tratara de descubrir, allí, lo adecuado a semejante circunstancia, y arriesgó:
– ¿Así que si seguimos el caminito, llegamos a la estación?- y guardó el libro en el bolsillo del saco.
Descendió, doblando el cuerpo de manera tal como para no mancharse la ropa, y comenzó la caminata; detrás de él, bajó el mecánico y se fue en la dirección contraria. El calvo – según imaginara Hueso: ante la alternativa de quedarse a solas con la mujer- también bajó; la rubia, viendo que se quedaba desamparada, lo llamó, y el hombre no tuvo más remedio que ayudarla a dar un pequeño salto hasta el sendero, después de lo cual, la tuvo crispada sobre su brazo sin que mediara otra palabra.
Hueso se apuró; al verlo aparecer de entre la fila de vagones, unos obreros lo saludaron, sonrientes, y le indicaron que encontraría la estación, pasando un recodo, unos cien metros mas adelante. Cuando la mujer los vio, fue presa de un ataque de nervios:
-¡¿Quiénes son; quiénes son?!- gritaba, como temiendo ser atacada; el calvo hizo como si no los viera, le acaricié la mano, y continuo caminando con ella mordida a su brazo.
Hueso llegó al andén- estaba repleto de gente-; si subía y se quedaba, el arribo de la mujer, a quien escuchaba llorar a los gritos, produciría una conmoción de la que no quería participar. Un tren se aproximaba en dirección al Cetro, otro lo hacia en sentido contrario, desde una distancia algo mayor. No tenía ganas de explicar lo sucedido, así que tomé una de las decisiones trascendentales de su vida: cruzar hacia el otro andén; mientras lo hacía, el taco del zapato se le enganchó entre el riel y una piedra que estaba incrustada en un charco de alquitrán totalmente endurecido. Mientras trataba de zafarlo, sus pensamientos lo apabullaron:
“¿De qué tendrá tanto miedo esta loca”? ¿Andaré así durante todo el día, buscando oportunidades para desahogarse? ¿O será este mundo subterráneo el que le da terror?… ¡Si supiera!… ¿Imaginará monstruos en otros lugares también? ¿Será que presiente que la muerte le pisa los talones cada vez que sale de su casa?”
Mientras continuaba tironeando, se propuso guardar algo de compostura ante la muerte; al menos durante los momentos previos ya que, sabía, una vez acontecida, sus restos no serían otra cosa que una colección grotesca de tejidos duros y blandos.
Entretanto, el subterráneo continuó avanzando hacia él, y esa muerte, real imaginada, a pocos pases y tan ridícula, le confirmaba que seguía siendo la vida el eje para tomar decisiones, aunque esto fuera de interés para muy pocos.
En un último y angustioso forcejeo, sacó el pie del zapato y corrió hasta subirse a la plataforma; exhausto, se deje caer en el banco mas cercano; a diferencia del otro andén, éste estaba desierto. Buscó el libro en su bolsillo y comprobó que no estaba; seguramente, se le habría caído al saltar del vagón; el libro y su zapato izquierdo, pensé, habían sido las dos bajas de esa mañana. Sonrió al comprobar que el tren que pararía enfrente no estaba tan cerca como la desesperación le había hecho creer: demoró en llegar el tiempo justo para permitirle ver, a la rubia y al calvo, saludarlo, casi acaramelados. El hombre tenía un libro junto a su diario, y ella, agitando el señalador sobre su cabeza, alcanzó a gritarle:
– Nos vemos el mes que viene; en París.

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