Robemos el ojo que nos ve a todos
por Emilila Vidal

¡Abrí los ojos! ¡Despertate! ¿No lo ves?, ¿estás ciego?

Hablamos de la venda sobre los ojos o del velo de la ilusión. A diario usamos estas frases para incitarnos a tomar conciencia sobre una situación, la vida o la existencia misma. Algunas son llamadas de atención severas mientras que otras apenas se disfrazan de advertencias.

Lo cierto es que todas aluden, de un modo u otro, a uno de los cinco sentidos que nos permiten conocer el entorno: la vista. Como si la sola apreciación de una escena nos brindara una noción acabada del ser y del universo.

¿Y por qué la vista?, ¿por qué no el oído o el olfato? ¿Qué hacemos entonces los miopes?, ¿somos inconscientes obligados? Acaso una visión reducida o ausente nos lleve a otro tipo de conciencia.

Sobre los motivos de esta relación casi exclusiva se podría disertar largamente, y si hurgo un poco en mi bagaje científico encuentro que la naturaleza de la señal es diferente para cada sentido.

Como no pretendo aburrir con términos específicos sólo diré que el tacto, el olfato y el gusto implican señales químicas, moléculas que se reconocen y se saludan en sitios particulares. En cambio, el sonido y la óptica están relacionados con otro tipo de mensaje, las ondas, aunque son diferentes entre sí. Pero no es mi intención ponderar las distintas percepciones que nos llegan del entorno. Además, “quitate el tapón de las orejas” o “abrí bien la nariz” no son sinónimos de tomar conciencia.

El caso es que la vista y su perfecto instrumento, el ojo, parece ser para muchos la clave del entendimiento. Incluso Jim Morrison, en un rapto de extraña lucidez, bajo cascadas y bailes de verano, escribió aquél verso:

Robemos el ojo que nos ve a todos.

A mi entender, esto sería apoderarnos de la conciencia universal que nos ve y que vemos cuando miramos. Me pregunto entonces, ¿robarlo para qué? Para capturarlo, para quitarlo de escena. En ese caso, el motivo del hurto sería tal vez, para no juzgarnos ni medirnos a través de su mirada constante y al fin, sin ese ojo regente, vivir como entidades conscientes.

¿Y si la intención es robarlo para usarlo de alguna manera?

Se me ocurren varios usos para este ojo, como fuente de información global, como terapia psicológica, como oráculo, ¿cuánto provecho podríamos darle? ¿Podríamos? Bueno, eso depende de quién lo robe.

Como dije al principio, son varias las expresiones que aluden a tomar conciencia y todas guardan distintas conexiones con la vista. Pero, ¿cómo vemos?, ¿qué vemos?, ¿cuándo abrimos los ojos? En principio, esto último parece fácil de contestar: la primera vez ocurre al nacer y luego lo repetimos cada día al despertar.

Antes quisiera hacer una aclaración. Cuando me propuse iniciar esta serie de especulaciones, suponía que los bebés abrían los ojos al nacer y sin embargo, cuando intenté verificar esta información encontré una sorpresa sutil. Al parecer, los embriones humanos abren los ojos dentro del útero, alrededor de la semana veinticuatro, incluso cuando los pulmones aún no terminaron de madurar. Dicen que es el tiempo de gestación que, aunque con dificultades, sería suficiente para la supervivencia de la pequeña vida. ¿Por qué me pareció curioso? Por la coincidencia entre abrir los ojos y la posibilidad de sobrevida. Ahora, volviendo a lo anterior, veamos (valga la redundancia) qué podría plantearnos cada caso.

Acabo de nacer, después de una seguidilla de sensaciones indescriptibles porque ignoro el lenguaje, abro los ojos y veo. Porque si antes los llevaba abiertos, sólo había oscuridad frente a ellos. El mundo y toda noción de existencia se reducen a esta continuidad de formas y colores que más tarde asociaré al resto de mis sentidos. Pero no confío mucho en esta información porque no la entiendo y aún no me guía, ¿aún?, ¿alguna vez lo hará? Me ayudo entonces con la nariz, eso sí me lleva a dónde quiero estar, al calor y a calmar este dolor que más tarde se llamará hambre.

Mirar a Traves – Adela Norma del Carmen Balmaceda
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Lo cierto es quisiera volver a la comodidad ingrávida e indolora que me contenía. Pero el olfato tampoco es infalible, a veces me paseo entre brazos que sostienen y abrigan, pero no alimentan. Luego percibo un sonido que se acerca, atraviesa telas y se dibuja en el aire. Es el mismo ritmo, el latido tenue y constante que nació conmigo. Verán, en el principio era la oscuridad y aquél latido. Entonces, ¿soy, es decir existo, antes de ver?

Con los años mis pupilas se acostumbran a la luz, pero vuelvo a la primera noche cíclicamente.

Despertar. Es día de descanso y regreso del tibio sueño a la mañana que hoy me toca vivir. En el instante en que lo hago, mientras los ojos permanecen cerrados resulta difícil liberarme de los enredos de la ilusión. Este momento es el vestíbulo a recorrer de adentro hacia afuera, un pasillo oscuro con múltiples invitados que llaman a volver. La vista me sitúa en el llamado mundo real y aunque la primera visión sea una pared gastada, esta mantiene el poder de convencerme.

Pero el despertar y la conciencia ya han maridado bastante, lo dijo el Buda cuando le preguntaron qué era: soy un ser despierto. En ese caso, todos los que no arribamos a un estado de conciencia estaríamos dormidos, con los ojos cerrados, y agrego: soñando. Ya lo dijo el poeta Calderón de la Barca:

que el vivir sólo es soñar;

y la experiencia me enseña

que el hombre que vive sueña

lo que es hasta despertar.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

 

Y si este universo que se refleja en las retinas es el verdadero sueño, y los sueños… sueños son claro, pero porqué terminar el verso con una aparente simplicidad cuando sabemos que algo más entraña. Tal vez la experiencia onírica sea un entrenamiento, una simulación diaria.

Cerramos los ojos entonces para soñar, o sea vivir. ¿Y cómo se vive en sueños? Bien, si hablamos de sueños decimos multiplicidad, instantaneidad, simultaneidad. Y otras “idades” que se convierten pronto en un susurro persistente, el guiño de William Blake:

Abarca el infinito en la palma de tu mano

Y la eternidad en una hora.

Él habla de las puertas de la percepción y con esto cierro el círculo ya que su lectura inspiró a Morrison el nombre de la banda “The doors”. Dice que cuando se abran estas puertas todo se verá como realmente es: infinito.

Y este concepto es cuántico, una realidad de infinitas y simultáneas posibilidades, ¿profético quizá?

En medio de este caldo de poetas seguidores de discípulos de Platón sólo se me ocurre una simple reflexión: si cuando tomamos conciencia que estamos soñando dejamos de ser visitantes pasivos de nuestro mundo para, en cambio, generarlo paso a paso, y si la vida es sueño y los sueños tienen esas peculiares leyes, esto significa que tomar conciencia ¿nos convierte en verdaderos arquitectos de nuestro destino?