Y FUE PÁJARO

Por Adriana Tuffo

cuento

Una familia es una familia, aunque sean tres que casi no se dirigen la palabra, apenas se miran, trabajan de sol a sol, se acuestan y se levantan igual o caminan en fila india por las calles. No era el orden o el andar acompasado lo que los hacía ver a los Di Santi como parte de un grupo cuando pasaban. Era un grupo familiar. Familiar el andar lento, las ropas de campo descuidadas, viejas, como de otro tiempo por lo gastadas y por lo pasadas de moda. Familia, por el silencio que los mantenía atados, no indiferentes.

Los inmigrantes trajeron a estas tierras usos europeos como el traje oscuro, el saco de lanilla, el gabán largo o el sombrero que los protegía del sol del verano y del frío en el invierno helado, se distinguían de los criollos por el atavío, además, claro, por el lenguaje, los modales, las habilidades; hemos visto también las faldas largas, delantales y pañuelos sobre los hombros o cubriendo la cabeza de las mujeres que trabajaban con la familia. Los que no gozaron del progreso en América siguieron con las costumbres de su terruño, vistiendo lo que habían traído en sus baúles. Hicieron el trabajo rural duro y mal pago.

Ellos eran silenciosos y ordenados. Pascual Di Santi siempre marchaba adelante, llevaba sombrero de ala ancha, alpargatas raídas, por lo general cargaba al hombro una horquilla, la azada o empuñaba la pala; María era baja, redonda, lenta, seguía los pasos del hombre callado, con sus faldas rozaba la maleza de los senderos abiertos a fuerza de pasar una y otra vez, llevaba un pañuelo en la cabeza rubia, blanca, tal vez ceniza. O quizás todo eso, porque la vi durante años del mismo modo a diario. El hijo bobo iba más atrás. Era muy grande, demasiado alto, demasiado tonto. Un grandulón tierno con papá y mamá.

Hugo, el tonto del pueblo, balanceaba los brazos y daba grandes zancadas con zapatones de cuero. La vida del hijo se hallaba atada a la madre, a pesar de que pasaba los veinte años, porque el padre era un hombre huraño, no lo habría podido ayudar a madurar. Y además se notaba que sufrían el estigma social, el hijo era un signo de lo defectuoso y eso los haría sufrir. El hijo era una llaga que les dolía. Duele la normalidad de los otros cuando la anomalía es propia, aunque la ignorancia o el amor suelen apaciguar el pesar.

La vida es así -se consuela María-, la mujer mira con inmensa ternura al hijo que le mandó Dios. Y camina más lento para esperarlo, sin que se enoje Pascual. Él no entiende, al hijo se lo ayuda.

Pascual murió en invierno, ellos se arreglaron solos. Hugo pudo hacer algunos trabajos en el campo, mandados a los vecinos o changas y de ese modo mantuvo la casa. María dejó de verse por las mañanas y las tardes, ya no hizo trabajos fuera de la casa. Ya no se los vio ir y venir. La madre anciana permaneció detenida en el tiempo, perdida en sus recuerdos, enmarañada, confundida, la cuidaba su único hijo. Un buen hijo.

Sólo dos habitaciones de la casa eran habitables, la tercera había comenzado a deteriorarse por las lluvias y las goteras. Los ladrillos comenzaron a ceder, Pascual no estaba para remendar con barro y cambiar las piezas. Hugo no se daba maña para eso, aunque la madre se lo explicaba, no lo hacía. No podía o no quería, vaya a saber. Sin embargo, cada lluvia él corría la cama, secaba las pocas cosas húmedas, encendía un fuego en el brasero para darle calor a la mujer que lo amaba como nadie más en toda su vida.

Sólo el amor podía darles fortaleza, la vida era difícil. Así pasaron algunos años que ninguno de los dos llegó a registrar.

Una mañana fría de julio, Hugo la llamó, ella estaba acurrucada en su cama; pensó que seguiría durmiendo, total por lo que hacía. Entonces salió, fue hasta la casa del vecino, tomó unos mates con el carpintero, no se levanta tiene que tomar el mate cocido, de pasada compró el pan en la panadería de la esquina donde siempre le regalaban un pan o alguna torta negra, mejor si toma la sopa con calabaza, pasó a buscar la leche, recogió las últimas calabazas de la huerta y volvió a llamarla. Tendría que sacar yuyos de los frutales y buscar los hormigueros uno de esos días. Ella tampoco respondió.

María se había ido. Los vecinos lo acompañaron con afecto, unos parientes pagaron los gastos del sepelio y todo acabó para Hugo, porque al volver a la casa estuvo solo por primera vez en su vida. Tenía más de treinta años. Miró la cama vacía y se acostó abrazado a la almohada de María. Como estaba cansado y tenía hambre, se puso a cocinar unos huevos fritos, para calmar los ruidos del estómago vacío.

Algunos dicen que después lo hicieron casar con una mujer singular por su indefinida naturaleza genital, que se burlaron de él y que, ante la humillación que pudo percibir -a pesar de su escaso entendimiento- se le fue la cabeza quién sabe adónde. Ya no fue el Hugo que todos conocían.

Anduvo por las sinuosas sendas de la enajenación y -como la insania es poética- fue un pájaro.

Deambulaba por las calles agitando las alas, hacía equilibrio en el cordón de la vereda, comía lo que le daban sin mendigar. Hablaba sólo con sus amigos imaginarios. Todos lo querían, pero él no podía devolver afecto ni dejar de pensar en su madre. Tal vez por eso al llegar la noche caminaba hasta la última cuadra del pueblo, saltaba un muro bajo o abría la puerta de hierro que daba al campo y dormía en el cementerio junto a la tumba de María. Hasta que lo vieron, avisaron a la policía y lo fueron a buscar.

Le cortaron las alas. Por lo del cementerio o porque no podía seguir solo, se lo llevaron y terminó sus días en un manicomio, en una jaula. Estuvo cautivo con breves momentos de  lucidez recetada.

Y un día al fin, fue pájaro.

regreso (1940), René Magritte