TODO CAMBIA

Por Raúl Lombardi

-Mirá Sergio, vos sabés bien que hay cosas que no tienen una explicación fácil aunque uno las vea y sabe que están y ocurren, ¿no es cierto? Sin ir más lejos, y como un ejemplo entre tantos otros, hay un montón de axiomas y postulados científicos que uno debe aceptar sin buscarles una explicación. Bueno, con este problema pasa algo parecido, y aunque yo quiera ayudarte y voy a poner toda mi voluntad en hacerlo, no estoy segura que lo haga bien, ni que logres entenderlo. Por lo pronto y para facilitarme las cosas, te pido algo: dejame desarrollar todo el argumento sin interrumpirme; recién después que haya terminado me hacés las preguntas que quieras. ¿Sí? Bueno, gracias. A ver; yo creo que la idea central del problema se basa en «el movimiento», que involucra al «todo». ¿Qué quiero decir con esto? Que nada de lo que conocemos permanece inmutable ni queda fuera de la idea del movimiento permanente. Es decir que, aunque no lo notemos, no hay instante en el que las cosas no estén cambiando. En otras palabras y como me lo dijo Ezequiel, que de física sabe un montón, el movimiento en las cosas es continuo y, por lo tanto, cualquier descripción de su estado es efímera. Dijo así: Es imposible la observación y descripción estricta de una «cosa» en un instante preciso porque, mientras la observamos, la «cosa» está en movimiento, cambiando a otro estado diferente, quizás imperceptible para la vista del observador común, pero no para la realidad científica. Y cerró repitiéndome una frase de un tal Heráclito que vivió como 500 años antes de Cristo: «No te bañarás dos veces en el mismo río» ¡Esperá, esperá, no estoy divagando! No te impacientes que, aunque no parezca, estoy yendo al grano. Ya vas a entender. Seguime por favor. Bueno, decía que nada está quieto, y que sólo podemos describir en forma aproximada el pasaje de las cosas de un estado a otro, porque mientras lo hacemos, esa cosa está cambiando. Según Ezequiel, en la física cuántica existen partículas con propiedades que son imposibles de medir porque se ven afectadas por los instrumentos que se utilizan para hacerlo. ¿Es increíble, no? Y dijo que lo mismo pasa con el cambio de todo lo que existe en el nano o macro Universo. No es posible describir ninguna cosa con absoluta precisión, mientras esa cosa está afectada por la propiedad continua y universal del movimiento. Por ejemplo, ya habrás escuchado que hasta donde el hombre sabe el Universo está en permanente expansión. Bueno, dentro de sus límites desconocidos, también las estrellas, planetas, asteroides, meteoritos, gases, agujeros negros y, en fin, todas las cosas que andan por ahí, conocidas y por conocer, giran, se retuercen, se desplazan, implotan, explotan, mutan, cambian y, en resumen: se-mue-ven. ¿Entendés? Sin ir más lejos, el sol se desplaza en la vía láctea, cambiando su posición en forma permanente y continua. La Tierra, en tanto, gira alrededor de él y sobre sí misma, sin que en ninguna vuelta retorne a un mismo punto preciso en el espacio, ya que en cada uno de esos giros las fuerzas centrípetas, magnéticas y gravitatorias, según dijo Ezequiel que me habló también de otras pero ya no me las acuerdo, producen un alejamiento o acercamiento progresivo como pasa, por ejemplo, con la Luna respecto a La Tierra, de la que se aleja unos tres a cuatro centímetros cada año. Ahora, si venimos un poco más acá, además de esos movimientos que experimenta en relación con los otros objetos del Universo, nuestro planeta también palpita, se contorsiona, hincha, deshincha, vomita, traga y, en fin: se-mue-ve. Y si miramos a nuestro alrededor, todos los objetos que existen sobre la Tierra, pertenezcan al reino que pertenezcan, nacen, mudan, crecen, se desplazan, mueren y, en fin: se-mue-ven. Aún aquellos que parecen tan inalterables como las rocas, expuestos a la erosión eólica o a las diferencias de temperatura, entre otros cosas que ¡qué sé yo!, sufren un proceso de degradación o cambio que es continuo aunque sólo pueda percibirse con el paso de los siglos, milenios o más. Alguna vez, las montañas y los valles, serán una sola llanura, exageró Ezequiel cuando me lo contaba. Y mirá, ¡más sorprendente todavía! Los seres orgánicos, una vez muertos, sufren un proceso de descomposición que los hace cambiar. Los cuerpos mutan aún en la quietud de la muerte, y hasta es posible que se desintegren en átomos y retornen en otra cosa. Por supuesto que esto no lo entendí para nada porque, según dijo, tiene que ver con una teoría de un tal Nietzsche y que llamó del Eterno Retorno. A grosso modo, la cosa sería así: todos los objetos, con el transcurso de los siglos y gracias al movimiento, terminan desmigajándose en los átomos que los constituyen. Pero esos átomos, tampoco se quedan quietos. En su interior hay un movimiento constante y, una vez liberados del estado en el que estaban, se desplazan impulsados por el libre albedrío hasta encontrar otros del mismo tipo o diferentes con los que terminan conformando nuevas moléculas. O sea, que aún en su más mínima expresión, las cosas: se-mue-ven. ¿Entendés, Ernesto? ¡Se mueven, cambian! Como dice la canción: todo cambia, ¿lo entendiste?… ¿cómo que no? ¿Pero qué te  pasa? ¿vos querés hacerme las cosas difíciles a propósito? ¡ya se lo decía yo a Ezequiel, qué carajo va a entender si más pelotudo no puede ser! ¡Lo que pretendo decirte es que así como todo cambia, Sergio, yo también soy parte del todo! ¡Cambian mis átomos, mis células, mis endorfinas, mi estrógeno, mi progesterona, mi testosterona… mi filarmónica y toda esa mezcla de mierda que hace que yo quiera o desee o deje de querer o desear a quien sea! En fin, a ver si lo entendés: por más que ni siquiera sepa yo por qué es, ¡ya-no-te-quiero-ni-de-se-o! ¿Lo entendés así? Perdoname… ya no.

Mercado de Minho – Sonia Delaunay