MUDANZA

Por Agustina Nicora

En lo que va del año, estuve más preocupada de lo habitual por mi economía. Trabajo medio tiempo y estudio una carrera de arte (Expresión Corporal). Hace varios años estoy proponiendo actividades que me permitan disponer de un pequeño ingreso extra como dar talleres de lectura y escritura para niños, clases de meditación o sesiones de reiki, etc. No funcionaron del todo, a pesar de las diversas estrategias que vengo ideando. Por eso en los últimos meses decidí no alquilar más vivienda e instalarme en la casa de un abuelo que murió el año pasado.

La casa es muy incomoda, está llena de cosas viejas que nunca nadie tiró en décadas, no tiene calefacción, los techos están arruinados, y un sin fin de detalles grotescos.  Entonces, me iría de un hermoso, cómodo y bien ubicado departamento directamente al caos.

Lo decidí. Avisé con un mes de anticipación a la dueña de la casa que alquilo y comenzó el movimiento: buscar cajas para la mudanza, planear arreglos, hacer presupuestos… Nada del otro mundo pero lo estoy viviendo como si fuera la preparación para ir a lo desconocido, como si después de esto  viniera el abismo.

En el medio de ese proceso asisto a clases y las lecturas y las propuestas de exploración de movimiento (la carrera de danza) me hablan de algo que late cada vez con más fuerza desde la profundidad: un lugar inaccesible para mi conciencia pero cuya presencia es brillante e insistente. Se parece bastante al mar, como un vaivén sonoro, comprensivo, arrasador y permanente, que en su potente fluidez no deja más opción que la de adoptar su forma e ir con la corriente. Resulta duro, a veces por mis propias estructuras, otras, por la rigidez del medio.

Siento una gran revolución gestándose dentro de mí, como si mi vida estuviera por dar un gran giro. A veces la sensación es más fuerte , tengo sueños que la enfatizan, despierto en medio de la noche en la oscuridad por alguna luz que me encandila y el pregnante sentimiento de estar dejando algo atrás.

Así se me hizo claro que tomar decisiones nos somete a lo imprevisible. No solo el mundo externo puede tener esa cualidad, es nuestro mundo interno. Me imagino como una especie de umbral al que me estoy asomando para ver las posibilidades. Pero es muy confuso para mí, aunque el movimiento es claro y lo percibo desde hace tiempo, ahora lo siento adentro, mas cercano y menos transparente. No puedo definir los limites de toda esta transformación, me siento naufraga. No puedo decir si lloro de tristeza, de rabia o de amor.

Tengo la oportunidad de asombrarme de mí misma. La acción de decidir es una instancia de auto-conocimiento: me muestra quién soy. Todo este profundo crecimiento es el desarrollo de algo que estaba… ¿dormido? y que en algún momento se activó. Lo que sea que esto es, lo sabré cuando concluya.

Será que aprender a darle lugar a lo que sentimos, escucharnos aunque no siempre entendamos, es una instancia de aprendizaje y de incertidumbre. Es el espacio en el que nos alfabetizamos con nuestro lenguaje interno, por lo tanto, requiere tiempo, duda, reflexión y más dudas.

La danza – Henri Matisse