INNOVADORES DESDE SUS ALMAS

Por Myriam Méndez Monteagudo

El fue por el Boulevard de la Chapelle, siguió por la Avenida Juan Jaurés y se alejó del bullicio de la metrópolis.

Transitó por el Boulevard Bineau, cruzó el puente Levallois y llegó al extremo noreste de la bella isla del Sena, a casi a dos kilómetros del centro de la ciudad.

Observó la naturaleza en su verdadero salvajismo, en ese lugar relativamente aislado, en que se contempla la realidad como fuente de inspiración, lejos de los salones aburguesados.

Estacionó al costado del Café de la Jatte, en la calle de las tabernas, sacó su caballete, su lienzo, con la valija de sus pinturas y pinceles.

Caminó por la ribera del Sena, la isla de la Jatte era profundamente inspiradora.

Instaló su caballete frente a un bosquecillo de álamos, pinos, abedules y sauces que caían sobre el río.

Escuchó el sonido del agua en su lento caudal , el canto de los pájaros que volaron en su entorno. Se sacó su chaqueta y sobre su camisa sintió el calor de los rayos del sol que entibiaron su piel.

Al mediodía de esta estación primaveral, el pintor Michel Perret quiso estudiar la luz y el color en su óleo.

Mañana a esta misma hora crearía otra obra repitiendo el mismo tema, para ver las diferencias en la composición.  Deseaba reproducir la percepción visual de la intensidad de la luz y del color real en la naturaleza , para crear  un nuevo lenguaje artístico.

Buscó tonalidades y matices en los verdes, ocres, amarillos, granates de su paisaje. El perteneció al movimiento pictórico impresionista francés, que reaccionó contra el arte académico.

Una tarde  observó que bajo unos árboles cercanos tendida sobre la hierba, leía un libro su amiga la escritora Catherine Gallagher , descendiente de una aristocrática familia inglesa, procedencia que ella mantuvo siempre en secreto.

Lo saludó con la mano en alto, se incorporó, dejó su sombrilla, se colocó su capelina de  ala  ancha , ató su trenza y con prisa caminó hacia él.

Michel de barba y cabello largo, se sujetó éste a la nuca y salió a su encuentro.

Un gran abrazo los unió, pertenecían a la bohemia, un movimiento sociocultural de fines del siglo XIX, con su estilo de vida adoptado por artistas e intelectuales, con valores distintos a los de la sociedad burguesa.

Los bohemios defienden su permanencia en el mundo de las ideas, del conocimiento y su creación artística, la riqueza intelectual, el interés por otras realidades  y distintas manifestaciones de la cultura.

Ella como escritora, desde su perspectiva  no conoció barreras para la liberación de sus creaciones, narró  elementos concretos, la reproducción exacta y del ambiente social de su eṕoca. Fue una de las líderes del movimiento realista literario francés.

Integró el equipo que publicó la revista “ Realisme “ con el fin de ayudar a despertar a los escritores de su época.

Planteó los problemas de la existencia humana, ya que el narrador sería omnicio y agitador de los cambios sociales y filosóficos de la burguesía.

Ellos después de alguna horas de creación mutua,  almorzaron en el Café de la Jatte, luego salieron a recorrer el Sena en una lancha, dialogaron  sonrientes y felices.

Estos encuentros se sucedieron por meses, hasta fines del verano, proceso en el que Michel estudió en sus creaciones la imagen y las propiedades físicas del color en el espacio tridimensional.

Concentrado, creativo, innovador en el manejo del pincel y del color, integrante de un movimiento pictórico liberador. Michel se alió al los artistas independientes, fundadores de la «Sociedad de Creadores» de fines del siglo XIX, que apoyaron el aprendizaje a través de la experiencia, en base a la observación.

Catherine se transformó en el alma del pintor, sus encuentros fueron casi constantes en el atelier de Michel, hijo de franceses residentes en la Bretania.

En la isla de la Jatte comenzó el romance con ella, en ese lugar se encontraban pintores, músicos, escritores y artistas de la bohemia parisina.

En sus encuentros bajo los arces y pinos, a orillas del Sena, sintieron que se amaban sin límites, algunos días calurosos de verano, durmieron desnudos y abrazados bajo los árboles.

Ella fue su musa y su modelo en obras creadas por él.

En este entorno, el pintor trató de vender sus magníficas obras, pero casi no lo logró y las colocó en revendedores de obras pictóricas, por lo que su situación económica fue precaria.

Luego la pareja  con lentitud mejoró en sus ingresos, con el trabajo de ambos, se  instalaron en el distrito 18 de Paris, en Montmartre. En la parte alta de la colina, al norte del Br. de la Clichy, en la cima de una empinadas callejuelas, vivieron secretamente en una vieja buhardilla.

Después de cinco años de convivencia, él le presentó a sus padres. Aquella gran pasión que los unió y la vida cotidiana que llevaron, fue crear y volver a crear, los transformó en la contínua búsqueda de sus profundos sentidos, liberar, despertar, hacer con magia y encanto.

La rebeldía de Catherine se aplacó hasta que un día sentados en una terraza sobre la Rue Blanche en el Café de Deux Moulins, ella le comunicó que ganó una beca a Londres para investigar los orígenes del Realismo Literario. Con discreción pensaba reencontrarse con su familia.

Ella el mes pasado concluyó su maestría en Letras en la Academia de Paris, también dejó notas y ensayos en alguna editoriales.

El la miró, la felicitó y no le dijo adiós, sino «hasta pronto».

Desde Londres envió trabajos personales a la «Biblioteca bleau o azul»  donde se impulsó a la literatura popular del siglo XIX.

Él vivió para desarrollar su vocación, creó obras llenas de luz , de colores impactantes y conmovedoras.

Al cabo de quince años, a Michel Perret, lo reconoció la Academia de Artes como un pintor muy destacado.

Ella volvió y se instaló en Paris con su familia, se enteró que Michel falleció a los treinta y ocho años al contraer tuberculosis, le contaron que murió en soledad, aunque tuvo varias amantes e hijos no reconocidos.

La catedrática en Letras, Catherine Galagher adoptó una vida más formal.

Una mañana soleada entró a la Sorbona y en el hall observó colgada una obra “Primavera en la isla de la Grande Jatte”  del pintor impresionista Michel Perret, a quien ella tanto amó y que comentó a sus amistades – “ El siempre estará en mí “_

 

Uruguay- Montevideo- 2018

Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte – Georges Pierre Seurat