CAMBIAR DE SURCO

Por Juan Miguel González Mejías

Hubo un tiempo en que nadie sabía cambiar de surco, ni siquiera se pensaba en eso. Cada uno de nosotros vivíamos en el nuestro y así estaba bien. Al nacer ya nos depositaban en uno y lo seguíamos de por vida, a lo que diera de sí. A veces el surco se elevaba, a veces descendía, y nosotros dentro del surco hacíamos lo mismo. No se podía hacer otra cosa; tampoco era necesario. El surco en sí mismo era suficiente, nos daba todo lo que la vida podía darnos, incluso cuando el surco entraba en barrena y el torbellino nos tragaba y desaparecíamos. Era una cosa natural que podía pasar, de hecho pasaba sin dudar en algún momento para todos nosotros. Parecía que el surco nos daba la vida y el surco nos la quitaba, ¿qué otra cosa podía ser, si no? Algunos decían que no desaparecíamos del todo; simplemente viajábamos a otro surco y por eso ya no podía vérsenos desde el surco anterior. Pero eso era una teoría que aún por aquellos tiempos no se había podido demostrar. Cuando alguien era tragado por el torbellino, nunca volvía para contar lo que pasaba. Nadie volvía, hasta que Hernie inventó el movimiento a otro surco, cosa imposible y milagrosa hasta entonces, inconcebible para más señas. No se sabe si lo inventó o descubrió o si las dos cosas eran lo mismo. El caso es que hubo un antes y un después de aquel osado movimiento. Porque Hernie lo repitió muchas veces más, luego todas las que quiso, y finalmente enseñó a otros a saltar de un surco a otro. Yo lo aprendí también, cuando me topé con un saltador en mi propio surco, a donde llegó del suyo por casualidad. O eso me pareció a mí. Era un acto temerario, que infundía temor. Nadie nace acostumbrado al movimiento, nuestra conciencia inmóvil parece que no lo necesitaba. Se bastaba por sí misma para atraer la energía, así que para qué. Ser una conciencia inmóvil podía tener algún inconveniente, pero tenía también otras ventajas. Por ejemplo, al no movernos nunca, el espacio no existía para nosotros, o todo el espacio del surco era nuestro y podíamos desplazarnos dentro de él sin el más mínimo esfuerzo y sin ninguna diferencia. No pasaba nada. Éramos puntos seguidos de otros puntos, y el surco era el lugar donde éramos colocados al nacer, creando una línea entre dos o muchos de nosotros. Hasta ahí podíamos llegar. Pero lograr moverse de un surco a otro era otra cosa bien distinta; el mundo cambia, y eso, valga la redundancia, es un gran cambio al que no estamos acostumbrados después de estar toda la vida en el mismo surco. Afecta incluso a nuestra conciencia. De pronto percibimos el espacio cuando somos conscientes por un momento de dos lugares a la vez: nuestro lugar y el lugar donde vamos. Antes ni siquiera podíamos concebir ese nivel de conciencia, ni que había algo más allá de lo que conocíamos. Fue algo revolucionario. También adquirimos corporeidad, otra cosa impensable hasta entonces. Si eres completamente inmóvil, no necesitas el cuerpo, ni siquiera piensas en ello, a todos los efectos eres incorpóreo y por tanto no existe nada que sea material o tridimensional. Pero si sales de tu surco el cuerpo aparece, como si fuera un efecto colateral del movimiento. Extraordinario por otra parte. No todo el mundo lo aceptaba con alegría; muchos no querían para nada el movimiento. Preferían quedarse en su surco para siempre porque ahí tenían todo lo que necesitaban ¿Para qué moverse? ¿Cambiaba algo si te movías a otro surco? Porque al final estaba claro que el surco era necesario, no se podía vivir fuera de él, y la amenaza del torbellino estaba siempre ahí, esperando para tragarnos como si fuera un sumidero por donde desapareceríamos girando en espiral. Así que, ¿qué más daba si te movías o no? Pero otros, más aventureros, opinaban que valía la pena conocer otros surcos, que había muchos, incontables, de todas las clases inimaginables, y que ya que se había descubierto o inventado la posibilidad del movimiento, sería una pena malgastar toda la vida en un solo surco. Incluso había algunos más osados que defendían la posibilidad incierta de una vida eterna dentro de los surcos. Creían en la posibilidad de escapar de los torbellinos si se adquiría la suficiente destreza para adivinar su llegada y se cambiaba inmediatamente a otro surco donde no hubiera amenaza inminente de caer en barrena. La vida era como un juego para escapar de la no existencia, decían ellos. Una cosa que sí parecía estar clara incluso para los que detestaban el movimiento era que los que lo practicaban se veían más jóvenes y felices, como con más energía, como si el movimiento los revitalizara de alguna manera. Pero los irreductibles anti movimiento decían que esas prácticas malévolas se debían sin duda a que algún ser maligno los seducía de ese modo para robarles después el alma, cosa infinitamente peor que caer en un torbellino y ser tragado por él. No voy a decir quién tenía razón porque no lo sé. Mi experiencia todavía no me lleva tan lejos. Lo que sí puedo decir es que el movimiento no tiene nada de fácil. A mí me costó lo indecible conseguirlo. Todavía no comprendo cómo es que Hernie logró hacerlo la primera vez. Nosotros somos conciencias inmóviles y unidimensionales, nacemos así. Ni el tiempo ni el espacio tienen sentido para nosotros. Navegamos con el surco, y dentro de él, como si eso fuera un todo y ya está. Lo que se mueve es el surco, es lo que nos contiene y nos lleva y nos trae. Lograr salir del surco para saltar a otro parece desde luego un acto diabólico, anti natural diríamos, pero es verdad que desde que finalmente conseguí hacerlo, lo que experimenté fue que con el movimiento el mundo sin duda cambia, el de antes va desapareciendo y se va conformando otro nuevo, el del nuevo surco. Parece cosa de magia, no sé si maligna o no. Y otra cosa es que el movimiento es muy adictivo. Esto es algo que me tiene preocupado porque temo que pueda ser peligroso y le haga a uno perder el control. Parece imposible sustraerse a la maravilla de moverse y poder ver cómo el mundo va cambiando según el surco a dónde decidamos movernos. Los más temerarios dan saltos a ciegas, sin detenerse en estudiar y seleccionar el surco a donde quieras ir. Creen que todos los surcos son iguales, pero yo aún tengo dudas y soy bastante temeroso de lo que me vaya a encontrar. Es como si empezaras de nuevo en un mundo nuevo, donde tienes que volver a aprenderlo todo otra

vez. O casi todo, porque es verdad que cuando ya has podido visitar varios surcos distintos, te das cuenta que son similares en muchas cosas, aunque luego todos tengan alguna peculiaridad que lo hace distinto. Los más expertos y cabales dicen que los surcos son como ramas de un mismo árbol, inmensas, infinitas líneas que se extienden de lado a lado, suavemente cimbreadas por un viento inextricable que a veces se vuelve loco y hace vibrar desenfrenadamente al surco entero, provocando el temido torbellino con el que uno es expulsado y desintegrado. Si uno consiguiera en el plazo de una vida visitar todas esas ramas, seguramente pudiera tener conciencia del árbol, lo que otros dirían del Universo mismo. Y eso nadie sabe cómo sería y qué efecto tendría sobre uno. Todo son suposiciones. Las más sugerentes son que alcanzando esa conciencia global, el que era un diminuto ser punto inmóvil poblador de un sencilla línea, se convierte en el árbol mismo, expandido por todo el Universo, siendo él mismo y todo a la vez, inenarrable y fantástico, cuyo utópico efecto podría producirse gracias al movimiento, al salto de conciencia que produce, y a la realimentación que lo hace continuo .

Estanque con techos rojos Paul Cezanne