VIAJAR A MARTE

Por Revista boba

Llegar a Marte es uno de los sueños románticos en boga. Es la expresión más ambiciosa del mito de la ciencia y la tecnología al servicio de la humanidad. Desde el fin de la Guerra fría –y la llegada a la Luna– no vemos renacer un objetivo común de semejante magnitud. Las potencias que hoy asumen el desafío y se disputan la realización de ese sueño son empresas privadas: los dos grandes proyectos para llegar al planeta rojo son SpaceX y Mars One. Sus directores científicos-CEOs dan charlas en los TED-X y exhiben orgullosos las animaciones de sus súper naves despegando y aterrizando, esas carísimas estructuras voladoras. Paradójicamente, lo que hace falta para concretar ese sueño es dinero, mucho dinero. Es más, ya cotiza en bolsa y probablemente no tengamos el paquete de acciones necesario para decidir sobre nuestro futuro.

Entonces, ¿cómo viajar a Marte? ¿Para qué? Salir de la Tierra puede ser una forma de escapar, pero también de mirar a la distancia para volver con claridad. Por eso, revista boba, en su tercer número, se embarca en un viaje hacia el planeta rojo, para imaginar otros mundos posibles. Convoca a una cantidad de escribas para pensar juntos nuevos horizontes, formas de amartizar, distopías marcianas y oasis terrícolas. Esta ha sido una tarea que ha tomado el arte desde siempre. Incluso hoy, buena parte del arte contemporáneo más difundido y celebrado trata sobre imaginación política, comunidades de micro resistencia, nuevos mundos sensibles, formas divergentes de habitar, futuros sustentables y miles de opciones semejantes.

Para despegar, usamos como combustible diferentes formas de utopía. Por ejemplo, el libro homónimo de Tomás Moro, que 500 años atrás ya imaginaba una isla con un sistema político, social y legal ideal, inspirado en los relatos de Vespucio sobre América. También la antropofagia brasileña, que hace casi un siglo refundaba la historia a partir de la deglución del obispo Sardinha por parte de los caetés. Un ideario que se renueva día a día para pensar Latinoamérica y su relación con los procesos de colonización. “Queremos la revolución Caraíba. Mayor que la Revolución Francesa. La unificación de todas las revueltas eficaces en la dirección del hombre. Sin nosotros Europa no tendría siquiera su pobre declaración de los derechos del hombre”, dice su manifiesto. Y mucho más cerca en el tiempo, en los años noventa, el Encuentro Intergaláctico zapatista proponía la idea de “un mundo donde quepan muchos mundos”. Una iniciativa regional de reconstrucción de un horizonte social común que se pensaba en diálogo amplio con el universo, proyecto que hoy siguen impulsando desde Chiapas.

Desperfectos en la nave

Una de las primeras limitaciones para pensar un horizonte común es la de suponer que implicaría aplastar las diferencias y particularidades de cada uno –esto puede leerse en la derrota de muchas de las experiencias revolucionarias del siglo pasado, en lo que se llamó el colapso de los socialismos reales–. Limitaciones que el capitalismo supo combatir con el individualismo: todos somos libres de consumir lo que podamos pagar. Y ahí empiezan las diferencias y ya sabemos cómo termina esa historia.

El puente rojo | Paul Klee

Si bien la utopía hereda el ideario de las izquierdas, las grandes premisas que hacen sobrevivir este sistema en la actualidad son la de una tecnología neutral y productiva sumada a la de un capitalismo en serio. Un capitalismo democrático que con ayuda de la tecnología pueda llegar a cumplir sus expectativas ideales. Estos proyectos solo logran darle continuidad al capitalismo y no motorizan ningún cambio. De hecho, las empresas fortalecen cada vez más su poder –hace unos meses, Bayer compraba Monsanto– y el imperio de los CEOs crece hasta lugares inimaginables. El único horizonte que se abre paso es el de la utilización de los recursos naturales y del trabajo para obtener la mayor ganancia posible. Así, la lógica del mercado parece perpetuarse sin alternativa.

Las distopías, por el contrario, se han vuelto el catalizador de las pequeñas transformaciones. Gran parte del discurso ecológico llama a la acción porque el mundo se está pudriendo a causa de la intervención humana. La negatividad y la catástrofe impulsan cambios de urgencia donde se consume gran parte de la energía transformadora. Sin embargo, la desazón frente a la naturalización del horizonte del progreso y la productividad tecnológica también es el motor de una imaginación política que genera nuevos interrogantes, proyectos y acciones. Por ejemplo, las teorías del decrecimiento, que proponen la idea radical de la disminución de la producción y del consumo. O el ecosocialismo, que invita a pensar la problemática ecológica de la mano de un cambio no tanto en la cantidad sino en el tipo y la lógica de producción. Ambas presentan estrategias que ponen en crisis los paradigmas arraigados y nos invitan a indagar en otras formas de relacionarnos con la naturaleza frente a la inminente catástrofe ambiental.

Otro de los recorridos emancipadores que toma cada vez más fuerza es la propuesta de una sociedad no patriarcal, que se potencia –en la Argentina– en cada Encuentro Nacional de Mujeres. Horizonte que se complejiza si sumamos al crecimiento del movimiento feminista los aportes de distintas disidencias sexuales.

Desenmascarar al piloto

Luego de muchos años de la proclamada muerte de los grandes relatos, una gran cantidad de pequeños relatos nos saludan desde las bienales de arte. Su combustible parece ser la utopía. Aunque, en general, no se la nombra así sino rodeando ese núcleo problemático con rótulos como imaginación política, horizontes comunes o futuros posibles. O desde posiciones íntimas con propuestas que abordan incertidumbres, refugios… Pero, ¡cuidado! Las utopías pueden funcionar como una invitación a superar los límites asfixiantes del capitalismo y cambiar las condiciones en las que vivimos actualmente o como un placebo idílico frente a una realidad adversa, posponiendo cualquier cambio para un futuro indefinido.

Confucio dijo alguna vez: “cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”. Una frase que, si la damos vuelta, nos viene como anillo al dedo: cuando el necio señala la luna, el sabio mira el dedo. Exploremos el cohete en el cual viajamos. ¿Quién lo pilotea? Si observamos el terreno de los nuevos mundos propuestos por bienales, proyectos site-specific y conferencias de arte contemporáneo, ¿de quiénes son los logos que patrocinan nuestras utopías?

Podríamos pensar en lo que aconteció a principios de 2016 en Fundación Proa. Mientras que en sus salas se exponían obras de Jeremy Deller sobre los trabajadores y sus derechos, la empresa Techint –dueña de la fundación– despedía a un gran número de trabajadores. También podemos recordar lo sucedido en la 31° Bienal de San Pablo. Días antes de la inauguración, 55 de los 86 artistas participantes publicaron un comunicado en el que cuestionaban el financiamiento del evento por parte del Estado de Israel, en medio de la creciente ocupación de Palestina. La carta de los artistas obligó a la Fundación Bienal a retirar ese patrocinio.

Cuando nos preguntamos por el piloto, aparecen imágenes de un sueño blanco, varón y generalmente nórdico, norteamericano o a lo sumo ruso –y actualmente, si se saca la escafandra, quizás nos sorprenda un piloto chino–. El sueño que podría unir todas las diferencias las vuelve a reproducir.

3, 2, 1… ¡despegamos!

El arte contemporáneo goza de una vitalidad envidiable. Crece tanto en espacios de exhibición como en públicos y productores. Es aún un lugar en disputa y puede ser una herramienta para repensar lo dado o un espacio de juego e imaginación. Es ahí donde reside su potencia. Más allá de que se trate de obras y proyectos que apelan a una experiencia sensible u otras con una impronta marcadamente panfletaria, el arte que piensa y proyecta experiencias alternativas puede generar reflexiones y cambios en las personas y en la sociedad.

El problema, como siempre, se presenta cuando el mercado hace estragos y las obras se vuelven puro decorado –estético y/o político–, sin otra finalidad que la de su venta o circulación. Es necesario pensar el arte como un trabajo que abre la posibilidad de otros mundos. Así lo creían los constructivistas rusos, cuando imaginaban formas para una nueva sociedad. Probaron Marte en la Tierra, o al menos se arriesgaron a pensar otro arte. Actualmente, estas preguntas se actualizan, por ejemplo, en obras como la Oficina de imaginación política de Amilcar Packer en la última Bienal de San Pablo, donde invitaba a reflexionar colectivamente y a ensayar futuros posibles en encuentros, talleres, lecturas y charlas.

Asimismo, el arte guarda una gran potencia en el puro acto de señalar. Foucault habló de heterotopías para nombrar esos lugares realmente existentes que superponen lógicas diferentes a este mundo. Si las utopías suponen un no-lugar perfecto, las heterotopías presentan una otredad real que abre un espacio potencialmente heterogéneo y contestatario a los lugares asignados en la sociedad y que puede modificar, por ejemplo, las experiencias sensibles. Un espacio heterotópico podría ser, según el autor, tanto una cárcel o un hospicio como un teatro. Marcar y señalar heterotopías –como hacía Alberto Greco en sus Vivo-Dito– quizás constituya hoy un acontecimiento, una apertura dentro de un sistema social que progresivamente ha ido transformando las diferencias en target de mercado.

A través del arte se figuran futuros posibles, se señalan heterotopías, se complejizan las miradas y, algunas veces, se ofrecen alternativas. Lo positivo es su capacidad de imaginar y experimentar en la Tierra, aunque sea de forma acotada, otros mundos posibles. ¿Qué sería de este planeta sin todas esas propuestas imaginarias-poéticas?

boba es una revista y un núcleo de pensamiento de la ciudad de La Plata, que reflexiona sobre cuestiones de arte contemporáneo y comunicación. Está por publicar su cuarto número impreso. Reseñas, notas y entrevistas en www.boba.com.ar