LOS EXILIADOS DE LA UTOPÍA

Por Abril Lugo

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos y ella se aleja dos pasos”
Eduardo Galeano

-Hace dos días que no comemos- Dijo María, acostada en la cama.
-Voy a hablar con Didí, a ver si cocina hoy y les alcanza algo -Replicó Laura-. ¿A Casimiro ya lo llevaste al médico?
-No, imaginate, con esta lluvia no se puede, y aparte no tengo pañales, me falta hasta el azúcar para él. –Llevaba un camisón raído por los años y el pelo revuelto y con olor a humo.
Casimiro no tiene más de dos años. Sufre una afección que es urgente operar, pero resultan más urgentes otras cosas hoy: no tiene comida.
La alimentación básica para el desarrollo de todo niño debe incluir esencialmente carbohidratos y grasas, proteínas, vitaminas y calcio, para que por lo menos existan posibilidades de desarrollo físico. A Casimiro le falta hasta el azúcar.
Por la calle 90 del barrio Villa Elvira –La Plata- transitan muchos casos similares. Las complicaciones para los chicos y chicas de este barrio aumentan a medida que crecen. Casimiro tiene 2 hermanos, Camila y Luciano.
Camila, que no llega a los diez años, delgada, pecosa y con una ligera bizquera en sus ojos, apenas tiene constancia en la primaria. Y es toda una privilegiada, porque la mayoría de los niños del barrio no están escolarizados. Viven en medio de zanjas con agua servida, baldíos repletos de basura para donde se mire y pastizales. Las casas precarias resultan un oasis en el desierto.
Los días de lluvia, el lugar se transforma. Laura, que trabajó muchos años en el área de Niñez de Gobernación, jubilada, se dedica a asistir a estos niños desde la Cooperativa organizada por Didí: ella, vecina del barrio, armó un comedor y desde hace años, prepara con su familia el almuerzo para muchos chicos del lugar.

Laura no va cuando llueve, dice que es imposible quedarse. Las zanjas se anegan por la lluvia, las botellas de plástico y los pañales usados flotan a la vera de la calle. Y lo peor pasa adentro de las casas. El hambre recrudece con la lluvia porque no se puede cocinar. La mayoría de los vecinos cocinan a leña. Los demás, si tienen suerte, consiguen garrafas.
-Hace tres días que estamos sin garrafa -Cuenta María desde la cama. Su casa es un ranchito de madera, cubierto de frazadas, de un poco más de un metro por dos, donde apenas entra una cama. Está dividido por una pared de machimbre, y adelante, en lo que sería una cocina, hay un estante con tarros de harina y azúcar vacíos. Hay además, en una mesa, un ladrillo hueco con una resistencia improvisada con el resorte de alguna máquina que recogieron de la basura, la estufa en los días de frío.
-Estoy desbordada de tantas cosas -Se agarra la cabeza y sus ojos marrones se clavan en Laura, parada junto a la cama, de camperón blanco. Su mirada transmite desolación.
-¿Y Luciano, cómo anda? –lo mira a él- yo vine a verlo porque me contaron que anduviste en Plaza Matheu y unos policías te querían agarrar. –Laura se agachó para tomar del rostro al chico, que estaba arrodillado en el colchón de su madre, con un cuchillo y una madera, tallando un cenicero.
-A mí no me hicieron nada.
-¿Seguro?
-Sí, se les ocurrió a ellos.
–Laura se incorporó. Luciano nunca levantó la cabeza.
-Mirá que me contó el papá de Fernandito, que te estuvieron corriendo, que te agarraron a palos.
-No. —Luciano salió de la habitación oscura, donde resonaban las gotas de la lluvia de afuera.
Es el mayor de los hermanos. Con trece años, es tan delgado como su hermanita Camila, pero su rostro ya está curtido como el de un adulto.
Tiene ojos oscuros y escurridizos, y la piel morena arrugada.
La ley provincial número 13.298 estipula los derechos y garantías de los niños y niñas de la provincia de Buenos Aires. En su artículo sexto afirma: “Es deber del Estado para con los niños, asegurar con absoluta prioridad la realización de sus derechos sin discriminación alguna”.
Luciano no sabe lo que es tener al Estado garantizando sus derechos con absoluta prioridad. Conoce, eso sí, la noche cruda en la zona roja, lo que significa correr con la pertenencia de algún incauto por la calle desnuda de sol y gente en la madrugada. Sabe lo que es meterse pegamento, conoce de andar solo y aprender a defenderse.
Acaso cuando Galeano escribió su poema sobre la utopía se olvidó que hay niños que caminan dos pasos, o diez, sin horizonte. Porque ni Luciano, ni Candela, ni Casimiro, saben para qué sirve la utopía, y caminan igual.
Andan, exiliados de los derechos, del Estado, de la escuela y los barrios. Andan igual. Ni la utopía se apiada de ellos y los deja entrar.

Niños jugando a los dados | Esteban Murillo