LA SIESTA OTOÑAL

Por Natalia Albelo

Me siento, pienso, me levanto. Doy una vuelta por la mesa, por los libros, por la cama.
Me siento nuevamente, abro la computadora, el archivo de Word me conmina a arrojar palabras sobre él. Ese blanco digital/luminoso/eléctrico me asegura que el mundo está en un click y que las ideas están encerradas en el vaivén del teclado.
Pienso en la Utopía, en o en lo que esa idea -concepto-guía representa en mi vida… la traslado a las grandes epopeyas de la humanidad… el hombre decide plantar sus alimentos y deja de vagar juntando semillas, decide la vida en comunidad, así mágicamente…
El hombre (nunca la mujer) decide terminar con los muros medievales que tanta seguridad le dieron, (con un precio muy grande para la libertad) y delega la posibilidad de elegir el rumbo de esa comunidad al Rey… así! Chasquido de dedos… magia!
El hombre decide que el Rey debe morir en Francia y lo guillotina en la place de la republique… realismo mágico…
El hombre decide que la democracia es la mejor forma de gobernar el mundo, por lo que lanza misiles, bombas, granadas, entierra minas, hunde buques, destierra, mata y así, en la brevedad del pestañar de los ojos….Magia!
La sucesión de imágenes, procesos históricos, procesos naturales, invenciones humanas tiene detrás la idea de la utopía realizable, paradoja en sí misma, ¿debe la utopía realizarse? ¿Existe una idea pragmática detrás de las utopías que señalaron el camino de la humanidad?
La utopía del nazismo, la utopía del leninismo, la utopía no conoce ideología, es tanto de izquierda como de derecha.
Pienso y sostengo que mi idea de utopía está rodeada de las sombras caóticas. Pienso en los sueños utópicos que nos presentaron pasivamente las clases políticas que nos gobiernan y gobernaron, pienso en la selección de esos sueños dorados de la humanidad recortados de los procesos históricos, seleccionando pasajes de la memoria colectiva y poniendo el énfasis en el pasado que no existió y en el futuro que difícilmente existirá. No logro ver cómo funciona la utopía en la actualidad, ¿Dónde está mi utopía? ¿La encuentro en la velocidad de la luz de los sin tiempo, en la brevedad de los encuentros?
Recorro el camino de los grandes pensadores, el de la utopía de Tomás Moro, el país de jauja, el de las distopías actuales y me rescata Bauman (1) desde su tumba con su concepto de Retrotopía. Intentaré describir en unos párrafos lo que Bauman viene a contarnos…
“El siglo XX comenzó con una utopía futurista y concluyó sumido en la nostalgia.” Nos cuenta Bauman con la voz de Boym (2), quien asevera que el mundo moderno está aquejado de “una epidemia global de nostalgia, un anhelo afectivo de una comunidad dotada de una memoria colectiva, un ansia de continuidad en un mundo fragmentado.” Y propone que veamos esa epidemia como un “mecanismo de defensa en una época de ritmos de vida acelerados y convulsiones históricas.” Dicho mecanismo de defensa consiste esencialmente en la esperanza de reconstruir ese hogar ideal que subyace a la esencia misma de muchas y poderosas ideologías actuales, y que nos tienta a que renunciemos al pensamiento crítico para entregarnos a la vinculación emocional.” Esta reflexión nos conduce directamente a cierta nostalgia restauradora que es una de las características de los renaceres nacionales y nacionalistas.
Bauman nos conmina a pensar que la epidemia global de la nostalgia es posterior a una epidemia de la exaltación del progreso que, a ritmo tan paulatino como imparable, no cesaba de globalizarse. Por ello, 500 años después de que Tomás Moro pusiera el nombre de Utopía al milenario sueño humano del retorno a un paraíso o de instauración de un cielo en la tierra, el círculo de una nueva tríada hegeliana formada por una doble negación está próximo actualmente a completarse. De esa doble negación de la utopía de corte moreano, (su rechazo primero, seguido de su resurrección) surgen actualmente las retrotopías, mundos ideales ubicados en un pasado perdido, robado, abandonado, que, aun así, se han resistido a morir. Esos mundos no están ubicados ahora en ese futuro todavía por nacer, al que estaba ligada la Utopía, dos grados de negación antes.

Las razones de este cambio podemos encontrarlas toda vez que las posibilidades de la felicidad humana (ligada desde Moro a un topos, un lugar fijo, una polis, una ciudad, un estado soberano, regido en cuales quiera de los casos por un gobernante sabio y benevolente) han sido desfijadas, desligadas de un territorio determinado, al tiempo que estas posibilidades son individualizadas, privatizadas y personalizadas sobre las cargadas espaldas de los individuos humanos, les ha llegado el turno de ser negadas por aquello que tan valientemente ellas mismas trataron de negar sin éxito.

La privatización/individualización de la idea de progreso y de la búsqueda de mejoras en la vida fue algo que los poderes establecidos supieron vender muy bien como una forma de liberación: una ruptura con las duras exigencias de la subordinación y la disciplina, pero al precio de perder los servicios sociales y la protección del estado. Bauman postula que para un elevado número de súbditos, tal liberación terminó teniendo lenta pero inexorablemente, tanto de bendición como de maldición. “El futuro se ha transformado y ha dejado de ser el hábitat natural de las esperanzas y de las más legítimas expectativas para convertirse en un escenario de pesadillas: el terror de perder el trabajo y el status social asociado a este, el terror a que nos confisquen el hogar y el resto de nuestros bienes y enseres, el terror a contemplar impotentes como nuestro hijos caen sin remedio en la espiral descendente de la pérdida de bienes y prestigio, y el terror a ver las competencias que tanto nos costó aprender y memorizar despojadas del poco valor de mercado que les pudiera quedar”.

Esta transformación impulsó a los modos de pensar y a la mentalidad popular hacia un sentido opuesto al anterior: de depositar las esperanzas generales de mejora en un futuro incierto y manifiestamente poco fiable, pasaron a depositarlas en un pasado de vago recuerdo, valorado por su presunta estabilidad y también por su presunta fiabilidad.

Bauman describe cómo este giro se visualiza en la Unión Europea y observa cómo repercute en todos los niveles: “los dirigentes europeos continúan tratando de aplicar soluciones de antaño a los problemas de hogaño”. Trasladado a la sociedad argentina, podemos arriesgar que el giro se observa también en las premisas del gobierno actual que busca en políticas de corte neoliberal la solución a diversos problemas del país. Bauman nos advierte: “pero sus memorias los traiciona y sus anhelos los induce al error”.

Lo que Bauman denomina, para resumir, RETROTOPÍA es un derivado de la negación de segundo grado: la negación de la negación de la utopía. Esta nueva negación comparte con el legado de Tomás Moro su fijación por un topos territorialmente soberano: una tierra firme que se presume capaz de proveer un mínimo aceptable de estabilidad, y por consiguiente, un grado satisfactorio de confianza en nosotros mismos. En lo que difiere de ese legado es en su aprobación, absorción e incorporación de las contribuciones/ correcciones practicadas por su predecesor inmediato: en concreto, la sustitución de la idea de la perfección suprema por el supuesto del carácter no definitivo y endémicamente dinámico del orden que promueve, lo que da pie a la posibilidad de una sucesión indefinidamente larga de cambios adicionales que semejante idea deslegitimaría y excluiría a priori. Fiel al espíritu utópico, la RETROTOPÍA debe su fuerza a que transmite la esperanza de reconciliar, por fin la SEGURIDAD con la LIBERTAD: una hazaña que ni el ideal original ni su negación primera trataron de alcanzar, ni, en caso de haberlo intentado, consiguieron.

Así postula Bauman que nos encontramos frente a la emergencia de la fase retrotópica de la historia de la utopía, en su libro abordará la rehabilitación de modelo tribal de comunidad, la vuelta al concepto de un yo primordial, inmaculado, predeterminado por factores no culturales e inmunes a la cultura y el abandono total de la perspectiva que él cree todavía prevalente (tanto en ciencias sociales como en la opinión popular) sobre las características esenciales, presumiblemente innegociables del “orden civilizado.”

Bauman nos advierte que estos tres cambios no indican el retorno directo de un modo de vida anterior, pues esto sería sencillamente imposible. “Son más bien unos intentos de iteración (más que reiteración) de un status quo ante existente (de verdad o de forma imaginada), antes de la segunda negación un status quo ante que ha sido reciclado y modificado significativamente en cualquier caso a través de un proceso de memorización selectiva entrelazado con otro de olvido selectivo.

Este punto es crucial: Aquello a lo que nosotros volvemos cuando tenemos nuestros sueños nostálgicos no es al pasado “tal cual”, no es a ese pasado como realmente ocurrió. Carr (3) llama política de la memoria a la práctica de la selección o el descarte arbitrarios de hechos históricos por motivos políticos o más bien partidistas.

A raíz del ahondamiento en la separación entre poder y política (es decir entre la capacidad de conseguir que se hagan cosas y la de decidir qué cosas habría que hacer, facultad esta última de la que estuvo investido el estado territorialmente soberano), la idea original de buscar la felicidad humana a través del diseño y la construcción de una sociedad más atenta a las necesidades y sueños humanos, terminó considerándose cada vez más nebulosa por falta de una voluntad que pareciera apta para afrontar la grandiosidad de tal tarea y el reto representado por su formidable complejidad. El objetivo, por lo tanto, ya no es conseguir una sociedad mejor (pues mejorarla es una esperanza vana), sino mejorar la propia posición individual dentro de esa sociedad tan esencial y definitivamente incorregible. “En lugar de recompensas compartidas por unos esfuerzos colectivos de reforma social, lo que está en juego hoy son los despojos, individualmente capturados, de la competencia.”(4)

El concepto de Retrotopía apela a pensar el presente, a viviseccionar los nuevos (o no tan nuevos) discursos desde los cuales el poder nos seduce con utopías que deseamos profundamente sean posibles: Un país con pobreza cero, un país con diálogo, con tolerancia, con inclusión, para todos y todas…

El problema surge cuando las políticas para llevarlas a cabo buscan en el pasado más reciente y oscuro, operado bajo la política de la memoria, los caminos para lograr ese utópico país seguro y libre.

Me levanto. Doy un rondín por la mesa, por los libros, por la cama. Veo a mi gato arrullándose en un rincón cálido de la casa, y ahí estaba mi utopía, en la simplicidad de la siesta eterna de los sábados otoñales.

Artista (Marcella) | Ernst Ludwig Kirchner