LA EXCESIVA IMPORTANCIA DE LA UTOPÍA

Por Jessica Tabarovsky

Pessimismo e Ottimismo | Giacomo Balla

Nada, el ser-existir constante, congruente y consistente. Ser, como quien vive, y ese viviendo es en sí el sentido último de la vida, el significado, propósito y destino. Nada más. Todo el mundo se merece una nada. Todo es cuestión de percepción y de lenguaje común. Hacer nada puede ser un estado de máxima ocupación, ser un don nada sinónimo de vitalidad, y nada la descripción de un crear vibrante, una leyenda viva, un ser siendo principio. Así como la rutina, que es convertible y versátil, con su cráneo redondo pero plano. Como la inercia, que es algo mágico en su simultaneidad. O la utopía, que carga un ardid en su excesiva importancia, pero es voraz en su simplicidad. La física puede ser filosofía. El arte ciencia, y la masa energía. Y yo, una reverberación maquinal y un fulgor voluntario. O nada que se le parezca.

Nada, esa es la pura verdad, y es tan evidente que si se dice en voz alta se desvanece. La utopía no es una utopía -un imposible imaginado- sino un objetivo a cumplir como cualquier otro, un destino. Su posibilidad imaginada, su potencial existencia, queda estampada en el espacio tiempo como una litografía. Pero la utopía no es un propósito, sino un estado de la realidad, así como el vapor es un estado del agua. Se encuentra por ejemplo en la estación de tren Ha’Haganá en Tel Aviv, cualquier jueves, en el barullo coherente y apropiado del mar vuelto personas, en la mezcolanza altruista de patrones genéticos, en el vaivén rutinario de olas humanas que se mueven formando remolinos, corrientes, espuma y energía. Aunque haya errores no los hay, ni hay tardanzas aunque haya, ni tampoco hay ostentosos malestares. Hay sólo gente, cruzando en diagonal, y en dirección opuesta, y caminando a la par, y yendo al mismo punto, y bajando, y subiendo, y mirando, y viendo, y observando, y hablando, y en silencio, y riendo, y sonriendo, y llorando, y besando. La utopía está en esa abundancia pura. En la armonía de esa organización espontanea, en el acoplamiento y la regulación de miles de pies y manos, y mentes, y voces, y señales al unísono. Ése es el estado de utopía, sin la excesiva importancia de estar obligada a ser un anhelo, un sueño, o una quimera.