EL REGISTRO SENSIBLE, OTRO MUNDO EN EL DESAFÍO DE ACOMPAÑAR

Por Verónica Urbieta

El no saber tiene sus ventajas. No tener tanta idea previa nos deja, muchas veces, animarnos a lo desconocido de un modo que, si supiésemos lo que hay, le daríamos un espacio más grande a la razón, sus esquemas y lógicas, perdiéndonos de otros registros. El no saber tanto puede acompañarse con la curiosidad, con el olfato y la intuición como guías, los desafíos a lo conocido y a las formas de resolver que tenemos a mano. No saber tanto, como posicionamiento, cuestiona nuestras matrices de pensamiento, nuestras formas de sentir, de andar por el mundo, y hace lugar a atravesar(nos) de otros modos por las experiencias. Abrir el registro sensible a otros mundos se convierte en clave para acompañar. Este relato es de uno de esos desafíos, búsquedas deseantes poco ancladas en certezas, con brújulas vibrátiles que van inventando caminos… con otros.

Lilia tenía 14 años cuando la conocí, a comienzos de 2011. Yo hacía pocos meses que estaba viviendo en Iquitos, ciudad surrealista ubicada en medio de la selva amazónica peruana, trabajando en un proyecto comunitario en Pueblo Libre, la zona baja de Belén, barrio ribereño, que vive la mitad del año en la tierra y la otra mitad con el río como calles. Ella iba a los espacios de adolescentes y su sobrina al taller de niños. Desde el comienzo tuve una relación cercana con su familia. En los talleres con adolescentes laburábamos cuestiones relacionadas a la salud sexual, a conocer su propio cuerpo, a los cambios propios de esta etapa, las emociones, lo que a ellos les iba generando esos temas, intentando acompañarlos en esto de crecer. En el proyecto, los talleres, como estrategia, se acompañaban de las visitas de familia; cada semana visitábamos a algunas familias de los chicos que estaban yendo al taller. Así conocí a Asunción y a Juan, los padres de Lilia, y con ella comenzamos a tener una relación más fluida, de mayor confianza, de preguntas, confesiones y de historias cotidianas.

“La Lilia no anda bien, señorita”, me dijo Asunción, preocupada, el viernes ni bien llegué a su casa. Hablo con Lilia y me cuenta, con vergüenza, que tiene un atraso de unos poquitos días; decidimos esperar al lunes, y ese día hacer una prueba de embarazo. Cuando llego después del fin de semana, enseguida me atienden Lilia y Asunción, y me cuentan que ya le había venido, que no pasaba nada: “ya estaba con la regla”.

Siguieron nuevas visitas, sobre todo frente a sus repetidas ausencias a los espacios de taller, y a que sabía, por su sobrina, que no estaba yendo al colegio. En cada visita, Lilia se quejaba de dolores, que fueron incrementándose. Asunción me cuenta que la había llevado a su médico. “Su médico” era un curandero, “un doctor vegetalista”, que le había dado unos remedios naturales y les había explicado que a Lilia le habían hecho un daño, “brujería”, seguramente alguien que le tenía envidia, que no la quería; ella, por supuesto, ya sabía quién era la responsable de haberla dañado, y me habló horas de ella y de todas las razones por las que creía que le estaban haciendo eso.

Entre maravillada y asustada, yo intentaba comprender de qué se trataba esa forma de concebir el mundo. Un mundo tan válido como el mío, que se explicaba de otros modos, que se regía por otras reglas, donde valían otros acuerdos y existían otros dolores y sufrimientos. Pero que vibraban parecido, tenían resonancia en mí, y compartían el desconcierto y la incertidumbre: ¿y ahora qué hacemos? Me cuestionaba a cada rato intentando mantener esa sensación de lo diferente, sabía que ahí había un saber que era un no-saber nada para mis lógicas, y que el desafío era acompañar desde ese lugar. ¿Podía seguir acompañándolas sin tener idea de qué se trataba ese mundo de ellas? ¿qué lugar tenía el mío? ¿qué hacía con mi función de “guiar” en el proceso de acompañamiento, ó será que no se trataba de guiar sino de otro acompañar? ¿qué lugar es posible inventar desde ese no-saber? ¿quién acompaña a quién en este acople de múltiples desafíos?

Era mi primera “atención, acompañamiento” tan de cerca; pichona con profesión estrenándose hacía poco tiempo, con el peso de ser La psicóloga que tenía el equipo; ¿qué sabe una psicóloga de todo esto? Declararme desorientada me dio soltura y me devolvió espontaneidad: no sé qué hay que hacer, pero sé que ahí quiero estar. Después de varias visitas, dolores y quejas en aumento, le volví a sugerir consultar a un ginecólogo; podía conseguirle un turno y acompañarla. Verla así alejaba la nube de conflictos que me acechaba al pensar que ofrecerles un médico “de los míos” era no respetar lo que ellas decidían. Era una opción, una posibilidad. Y convivía con ese otro mundo; podía ir al curandero, y a “mi médico” y acompañarlas y respetar lo que ellas decidían y… No había contradicción, ni exclusión de opciones, sino una simultaneidad de elementos, una multiplicidad.

El ginecólogo nos atendió al final del día, cuando terminaron todos los turnos que ya estaban dados. En la sala de espera charlábamos, para disimular los nervios, Asunción, Lilia y yo. Ya de noche, el doctor nos hizo pasar; la revisó, le tocó la panza, me miró a mí y dijo “esto es un embarazo, y ya avanzado”; Asunción inmediatamente dijo que no podía ser, que a su hija le había bajado la regla. Lilia, asustada, no decía nada. Al día siguiente nos esperaba para que le hicieran una ecografía.

Temprano, ese martes, estábamos ahí Lilia y yo. Después de casi tres horas nos hicieron pasar; el doctor le pidió que se acueste y se levante la remera, le puso el gel sin decir nada; yo le ex
plicaba de qué se trataba, le dije que iba a salir en el monitor una imagen, y le tomé su mano. “¿Por qué la mandan?” me preguntó el médico directamente a mí, como si ella no estuviese; la miré, lo miré y le dije que estaba con muchos dolores y el ginecólogo quería ver de qué se trataba. Apoyó el ecógrafo e inmediatamente en la pantalla se vio un bebé, la imagen clara, latiendo, no hacía falta ni siquiera escuchar al doctor. “Está embarazada, tiene 4 meses”, sentenció. Atónita, me apretó fuerte la mano y sin pestañear, lloró en silencio.

Inexpertas, cada una a su modo, compartimos lágrimas y abrazos. Juntas le contamos a su mamá.

Con los días buscamos libros con imágenes, miramos el crecimiento de un bebé semana a semana, empezamos, de a poquito, a imaginar ese niño que ya estaba creciendo en su panza. En un cuaderno empezamos a escribir algunas de esas cosas, para anotar todo lo que se le fuera ocurriendo y las cosas que quisiera ir contándole a su bebé.

El embarazo fue muy corto; ya estaba de 4 y antes de los 7 meses nació Juan en el Hospital Iquitos. Lilia fue sola a la sala de parto y desde el pasillo escuchamos el primer llanto del bebé.

Mundos nuevos que acompañar este trayecto inventó, desafiando ese no saber tanto. Las diferencias de lógicas, de reglas, de modos de ver la vida, de país, de edad, de recorrido, de saberes, no fueron obstáculo, sino potencia, y expandieron posibles. La posibilidad de intervenir, de acompañar y de dejarse atravesar por las experiencias necesitan una cuota de lo utópico que funcione como motor, que invente horizontes con otros a cada rato y esos sean la brújula.