Me tocó ser adolescente en la década que se jactaba de “la muerte de las utopías”. Los grandes relatos han muerto, nos decían y repetíamos como si se tratara de un mantra. Las utopías habían quedado atrás. El progreso de la historia (en ese punto el idealismo hegeliano estaba intacto) nos había vuelto cínicos, y en ese cinismo “los grandes relatos” eran simples juguetes que sólo podían entretener a los hombres del pasado.
Y naufragamos creyendo que flotar sonrientes era nuestro único destino.
Nos vaciamos.
Huimos de cualquier tipo de compromiso.
Pretendimos escondernos de la Historia.
Nos reímos, sin alegría, de todo.
Y el nuevo “gran relato”, la “nueva utopía”, que había sido instalada por los poderes del mundo, nos fue masticando sin que nos molestaran sus dientes. Nos fue tragando y tomamos ese descenso por los intestinos como un buen viaje.
Y cuando nos dimos cuenta, como siempre sucede, ya era tarde.
La libertad del mercado como “libertad suprema” era la utopía en la que nos habíamos hundido mientras nos burlábamos de las utopías. La libertad del mercado como sinónimo de la libertad de los pueblos había sido el nuevo paraíso que a gran parte de nosotros nos había arrastrado al infierno. Y mientras consumíamos latas escritas en idiomas que no entendíamos, mientras viajábamos pagando con billetes ficticios, nos habíamos quedado sin país. ¿Y qué importaba, si, después de todo, el país, “la patria” era otro de los grandes relatos que habían muerto?
Hoy estamos más grandes y cansados que antes.
Pero sabemos algo: la muerte de las utopías era otro gran relato, un gran relato que ya no convence a nadie. Sabemos que la libertad de mercado, ese “no lugar” que pretendió convertirse en nuestra patria, se derrumba hasta en los mismos países que lo engendraron.
Y muchos de los que descreíamos de la política volvimos abrazarnos a su fuerza transformadora.
Y dejamos de ser cínicos.
Y defendemos.
Y discutimos.
Con argumentos.
A veces a los gritos.
Apasionadamente.
Y volvimos a la calle para defender lo que sabemos que es nuestro.
Y, sobre todo, volvimos creer.
Porque ya nos dimos cuenta de que no creer en nada es la forma más tonta de ingenuidad.

Martín Sancia