mención de honor V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Liliana Albamonte

“Entrar a Venecia por la estación ferroviaria equivale a entrar a un palacio por la puerta de servicio”. Esa frase de la Michelín nos ilumina y decidimos abandonar el tour.
Venecia puede ser un sueño o una pesadilla, nos advierten. Vamos a correr el riesgo. Dejaremos que la magia de la ciudad nos confunda con los secretos de su laberinto. No queremos volver a
oír las explicaciones monótonas del coordinador ni soportar las comparaciones que cada lugar despierta en la vieja profesora de geografía.
Brunilda abrumaba al guía con preguntas y luego coronaba las respuestas con una referencia a la Argentina. En Madrid, la Gran Vía, finalmente, era un calco de nuestra Avenida de Mayo; las
plazas secas de Sevilla, al fin y al cabo, tenían su replica en una de las alas del museo de Luján; y ni hablar del paseo marítimo de Barcelona, nada que hacer al lado de Puerto Madero. En
Roma, por supuesto que había más iglesias, pero si se recorre el Norte con atención las hay mucho mas autenticas y, además, gratis. Llegó a comparar la maravillosa caminata desde el centro
de Florencia hasta la colina donde se encuentra la iglesia de San Miniato del Monte con el ascenso por un vía crucis perdido entre las sierras de Merlo.
-Esta mujer me hace sentir que no salí de la Argentina. No la aguanto mas- gruñía Andrés.
Y era cierto. Cuando volvíamos al hotel sentíamos que en lugar de estar en la añorada Europa, regresábamos a la sordidez de nuestros dos ambientes en Buenos Aires luego de un fatigoso día
de trabajo. El cansancio nos impedía disfrutar de la soledad. Solo queríamos dormir para poder empezar temprano y cumplir con el trayecto planificado. Pero ya está decidido. A Venecia la
vamos a descubrir solos y a paso lento.
Nos despedimos del tour en Florencia y cargamos eufóricos el peso de nuestro equipaje hasta la estación. Aunque queremos disfrutar del viaje, el sueño nos vence. Nos despertamos tan
ansiosos que estamos a punto de bajar en Mestre. Por suerte, unos españoles nos detienen a tiempo.
En la ferrovía tomamos un vaporetto hasta Dorsoduro, lejos de San Marco, por donde se alojarán nuestros compañeros de viaje. Me quedo con las valijas en un cantinone junto a la academia.
Tomo un capuccino, mientras Andrés busca un hotel adecuado a nuestra economía. Venecia se merece que perdamos el alojamiento pactado con la agencia.
Por suerte, encuentra una pensión barata detrás de la iglesia de San Sebastiano y allá vamos. Sin desarmar las valijas, comenzamos a planear nuestras caminatas a contramano de las previstas
para el tour.
- Parece como si ya hubiéramos estado aquí- comento asomada a la ventana. Temo que Andrés me compare con Brunilda, pero no puedo evitarlo. La Giudecca envuelta en la bruma dorada del
mediodía me recuerda al Riachuelo visto desde Proa.
-¿Sabés que yo siento lo mismo? La humedad del hotel… y este olor…me resultan tan familiares.
- Bueno- lo apuro-, no empecemos nosotros también con las comparaciones y salgamos. Quiero tomar algo fresco y empezar a caminar. Pasado mañana tenemos que estar en el aeropuerto de Roma.
- Y este calor insoportable…
-Pensá en el frío que nos espera en Buenos Aires y disfrútalo.
Comemos un panini antes de visitar Santa María della Salute. No podemos perdernos Las Bodas de Caná. Y es cierto. El Tintoretto, representado como uno de los apóstoles, tiene los rasgos de
Andrés.
- Usted parece el doble- le había dicho Volpi, nuestro profe de plástica de tercero, una vez que proyectó sus diapositivas-. Claro que con el pelo más corto y, por supuesto, cuando no
pinta.
Y desde entonces Andrés fue Tinto para los amigos. Los que lo conocieron después, pensaban que el apodo era por el vino y se sorprendían por su adicción a la Coca cola. Era nuestro chiste
privado.
Decidimos dejar la Academia para mañana. Como no queremos cruzar el puente frente a San Marco – sabemos que va a ser el primer paseo del grupo- tomamos el vaporetto hasta el Rialto y, desde
allí, nos dejamos llevar por la sinuosidad de las callejuelas y canales. Nos olvidamos la Michelín en la pensión, pero no importa. Eso sirve a nuestros planes: queremos que cada rincón nos
deslumbre sin nombrarlo. Sin embargo, el Hotel Danieli- imposible no reconocerlo- es un llamado de alerta. Nos hemos acercado a la zona peligrosa. Así que escapamos del tumulto del muele y
nos perdemos por una callecita interior.
Un grupo de jóvenes con mochilas están sentados en la escalinata de una escuela.
-¡Qué raro en esta época del año!- señala Andrés.
-Tal vez estén llegando o por partir de vacaciones- le digo y me abstengo de comentarle la asociación con nuestro colegio y el barrio de Monserrat.
- Mirá, así éramos nosotros hace diez años.
Andrés tiene el defecto o la virtud de darle forma a mis pensamientos. Esta vez prefiero no responderle. Por suerte, enseguida bordeamos un canal y se borra de mi mente esa molesta
asociación. Pero cada diez minutos, aunque tomamos distintos rumbos, aparecemos frente al colegio. La cuarta vez decidimos pedir ayuda para cortar el hilo que nos ata a ese lugar. Está
oscureciendo y lo más atinado será ir a San Marco. Sabemos que a esta hora el tour se guarda en el hotel. Se deben estar preparando para la cena y ya no tememos encontrarlos.
Seguimos las indicaciones de uno de los chicos, que por suerte habla español, y luego de cruzar un puente desembocamos en un callejón oscuro. La vidriera apenas iluminada de un pequeño café
resulta tentadora. Tiene una austeridad amigable que contrasta con el esplendor de las fachadas góticas que llevamos horas contemplando. Es como estar en casa. Nos acercamos. La puerta de
entrada se encuentra doblando a la derecha casi al borde de un canal inusitadamente ancho. Si bien la oscuridad borra la orilla contraria, parece como si una arboleda clavara su reflejo en
el agua contagiando de sombras los edificios aledaños. Frente al café, en lugar de la clásica góndola, yace una lancha sobre la que sobrevuela una nube de mosquitos. Por el calor, sin duda.
Aunque, a pesar de la caminata, ya no se nota tanto. Lamento haber dejado mi campera, pero salimos con el sol ardiendo y un pronóstico de treinta grados para la noche. Andrés se frota las
manos y entramos.
Aunque no vemos ventiladores ni aire acondicionado, el interior esta fresco. Tanto que, en un rincón, cuatro viejos con gorros de lana y poleras marineras juegan a las cartas al abrigo de
un brasero de hierro.
Detrás del mostrador, un hombre robusto con el rostro aindiado repasa las copas y le hablaba a un gato adormilado sobre un estante de la repisa posterior. Pienso en El Sur de Borges y me
muerdo la lengua cuando estoy a punto de decirlo.
Buscamos una mesa cerca del brasero para soportar el repentino cambio de temperatura y, distraída, acaricio el lomo del gato que, doblando los pasos de su amo, viene a refugiarse entre mis
piernas.
- ¿Qué van a tomar?
- Dos cafés dobles. Y, ¿para comer? ¿Qué puede ser?- pregunta Andrés.
- Me quedan medialunas de grasa.
- Traiga cuatro, por favor.
Sorprendida, pateo a Andrés por debajo de la mesa.
- Perdoname, amor, no te pregunté. ¿Querés otra cosa?- se disculpa.
- No, no, esta bien.
Espero que el hombre se aleje y le susurro:
-¿Te diste cuenta?
-¿Qué tiene de raro? No es el primero que nos atiende.
Debe ser un inmigrante. Cuando vuelva le preguntamos de donde es.
- ¡Las medialunas, tonto!
- ¡Tenes razón!
De pronto, uno de los jugadores ríe y tira una carta.
- Truco- canta.
Quiero retruco- le responden.
Nos miramos. Y me parece escuchar la voz de Brunilda: “Al fin de cuentas, nosotros tenemos El Tigre”.
Salimos presurosos del bar y subimos a la lancha. Ya no hace el calor agobiante de la mañana, casi está helando. Es invierno en Buenos Aires y nosotros estamos con ropa de verano.