Refugio de un naufrago
por Mariano Vazquez

Licenciado en Comunicación Social UNLP – http://flavors.me/mareanovazquez 

Conocida como música funcional, ese listado de veinte canciones que se repiten sin cesar durante todo el día, te mece, te acuna y te lleva a perder la noción del tiempo y, combinado con la graduación constante de las luces y al impertérrito orden de las góndolas, evocan un presente eterno.
A su vez, ese recorrido obligado una o dos veces por mes, se transforma, para muchos, en el espacio físico donde ocupar el tiempo en una tarde de lluvia, un feriado o quizás atender al consumo, esa banal necesidad efímera que suele identificarse con la felicidad.

Sobre cómo me fui del lugar donde nunca quise estar

De adolescente pensaba que las luchas verdaderas eran aquellas que dependían del individuo, que nada valía si uno no se ganaba, por merito propio, aquello que pretendía y que todo lo que podía conseguir, dependía únicamente de mi. Sin saberlo era adepto a una especie de voluntarismo idealista y naif.
Tiempo después de haber dejado mi pueblo, de haber terminado el secundario e inconclusa la licenciatura en economía tropecé con la izquierda. Sin saberlo, esa era la izquierda más puritana que podía encontrar. Lo era de tal forma que no paraba de fracturase en la búsqueda de un purismo que sólo era posible en los libros, al punto de rozar un materialismo idealista. En ese entonces, la lucha era algo colectivo y lo que se pensaba individualmente estaba condenado al fracaso.
A pesar de estas posiciones, que si se quiere pueden ser vistas como antagónicas, descubrí, en la misma forma que se descubre algo que siempre estuvo ahí, que la vida está plagada de luchas pequeñas, grandes, cíclicas, absurdas, lineales, imposibles, innecesarias, simples y evitables. De todas y cada una aprendí algo, o al menos eso me animo a creer. En este recuento fugaz que ahora llega a mi mente, pone sobre relieve una lucha que me significó, acaso, una formación de carácter y que entre otras cosas motiva este texto que se materializa en las líneas que desenrollo acá y que no es más que la excusa para buscar la punta de una madeja que lleva treinta años enrollándose.

Casi cinco años

Comencé a trabajar en el hipermercado un cinco de noviembre. En ese entonces, y desde mucho antes, todos los grandes conglomerados comerciales me parecían odiosos, detestables y banales. Cinco años después, me parecen odiosos, detestables y banales, pero hay algo que cambió…
Pocos días antes de cumplir cuatro años en el hipermercado supe que necesitaba un cable a tierra, un salvoconducto para aliviar el agobio producto de la rutina. Así abrí un weblog que decidí clausurar el 31 de marzo de 2010. Estaba decidido, después de ese día, de la forma que fuese, yo no iba a volver a pisar el mercado.
Tan lejos no estuve.
Esa lucha declarada y manifiesta que emprendí para mis adentros y que registraría en la web había comenzado mucho antes que tomara conciencia de ella. A diferencia de las personas que suelen evadirse de la realidad en sus trabajos, yo necesitaba de la realidad del mundo y de la facultad para escaparme mentalmente del trabajo que ocupaba gran parte de mi cotidianeidad.
Primero empecé a simular que trabajaba y, a espalda de los jefes, aprovechar para charlar con todos los que pasaran cerca. Sin embargo, a pesar de mi empeño, de las 600 personas trabajaban en la tienda sólo conocí a unas cien, de las cuales sólo mantengo contacto con una o dos.

La rutina

Quizás por una característica de mi personalidad a no manifestar fuertemente los desacuerdos, no responder exultante a las inquisitorias de los jefes, o simplemente porque uso anteojos y tengo cara de bueno, muchos respiraron tranquilos y confiados.
Tuve dos jefes en el mercado. Con el primero de ellos, no llegué a conformar una amistad pero sí, una relación basada en el respeto y cierta honestidad, mucho más de lo que tienen algunos
que se llaman amigos. Él tuvo una completa confianza en mi persona y en mi tarea, incluso conservo un buen recuero a pesar que era un adicto al trabajo que no diferenciaba el espacio laboral del personal y era capaz de llamar a cualquier hora.

En un sentido completamente distinto, el segundo podía hacerme cambiar de humor en minutos y acosarme por cualquier nimiedad…sobre todo acosarme. Solía aparecer, siempre con un rictus correcto y te decía “¿…y… como venís?”, sin importarle la respuesta. Para peor, siempre tenía una sugerencia, una indicación, todo para conservar la última palabra.
No sé bien si debido a un rasgo innato o a un mecanismo de defensa que desarrollé con el paso del tiempo, pero gracias a mi cara impávida, el tono monocorde y unos balbuceos que no aportaban nada, pude esquivar con asiduidad el aprieto de esa pregunta. La última palabra que tomaba mi jefe no era siempre verbal, en lugar de ella caía una palmadita en la espalda o una trompada en el lugar que le quedaba a tiro.

Un lenguaje único

Tocadas de culos, trompadas y un recordatorio de tu hermana o tu vieja. Eso configuraba el tópico predominante que, sumado a temáticas como, bailando por un sueño, el fútbol del fin de semana y la inseguridad, conformaban un combo altamente fastidioso.
El primer día de trabajo, aquel 5 de noviembre, llegué al mercado en las condiciones pre-solicitadas: pelo corto (rulos dominados), recién afeitado (barba de un día era suficiente para que te demoren en la entrada y te manden a afeitar) y ávido de aprender el know how de la empresa. En las semanas previas, tuve los exámenes laborales, ese primer día presencié la construcción de mi perfil.

– …y decime, ¿De qué cuadro sos?
– Boca… de chiquito era de Boca, pero ahora no lo sigo mucho, casi nada.

Sin saberlo cometí mi primer error, en su lógica de pensamiento resultaba necesaria una filiación de esa magnitud para recibir su primera etiqueta. Tener un tema para hablar o discutir, o dejar discurrir el tiempo en una charla insignificante ymal habida pero que simule una cercanía entre el jefe y el subordinado.
A esa siguieron otras indagaciones sobre el estado civil, las prácticas recreativas, las salidas de los fines de semana y por supuesto, el detector de masculinidad por excelencia: una evaluación de los culos de las promotoras del hipermercado, en ese momento, mi opinión valía como la de un juez que emitía veredictos inapelables.
Durante casi cinco años ordené, repuse, armé y vendí muebles; limpié, acomodé y ensamblé juguetes y conté, conté y conté toda la mercadería del mercado. Esa fue la última tarea que tuve, hacer inventarios, monótonos y previsibles inventarios, recuentos, uno por uno, de la mercadería: galletitas, fideos, tarros de café, paquetes de yerba, golosinas, platos, herramientas y todo un listado de cosas que la gente no necesita ni piensa en comprar hasta que aparecen dispuestas y al alcance de la mano en la góndola.

«Lofalo» de Angel Luis Gotor Arellano
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Rata, rabona, faltazo

Para faltar a trabajar no había nada más efectivo que enfermarse, lo cual era burocráticamente demostrable con un certificado. La clave estaba en inventar algo por un par de días: gripe, lumbalgia
o gastroenteritis, algo breve que te permita descansar y que no fastidie demasiado a los jerárquicos y así eludir las represalias acostumbradas que iban desde enviarte a realizar la tarea más pesada, hasta soportar un sermón moralizante sobre la responsabilidad que implicaba el trabajo.
Con frecuencia tuve, lumbalgia, gastroenteritis y diarrea, otra variante era la donación voluntaria de sangre, lo que me granjeaba un día de relax.
Quizás esos días “libres” no se podían aprovechar al máximo, pero significaban una interrupción inesperada en la rutina. Y eso, en medio de las labores más previsibles, era genial. Por fortuna
nunca me tocó la tarea más pesada, pero sí la inevitable charla con el jefe, su bajada de línea y la moralina sobre la responsabilidad.
A esta altura de los días, yo ya había perfeccionado un modo de escucha ausente que sigo utilizando y que comprende tan sencillamente un movimiento desacompasado de la cabeza simulando aceptación y un sí que parece más un silbido involuntario.

Relato de un náufrago

Las fiestas de fin de año y navidad componían un paréntesis con un dejo de novedad. El último prolegómeno de Nochebuena, esa tarde en el mercado, bebí champagne en un vaso descartable, recostado en una pila de alimento para perros, en la jaula del bazar al fondo del depósito. El calor y la humedad fueron suficientes para hacerme transpirar con el mínimo movimiento.
En esas celebraciones, los empleados de los dos turnos nos cruzábamos para brindar juntos, signo y representamen de un buen augurio. Muchos, aprovechaban el alboroto para comer y para brindar en exceso. Yo no fui menos y aproveché el exceso de empleados para refugiarme al amparo del pallet de alimento balanceado para terminar de leer Relato de un Náufrago.
Años antes, durante el último tiempo que trabajé en el bazar, ordené mi trabajo de tal forma que quedara un bache de unas dos horas para abocarme a la lectura. En esos ratos, entre la premura con que realizaba mis labores en las primeras horas y el tiempo necesario para dejar ordenado el salón para el día siguiente, forjé un espacio para sumergirme en varias novelas breves de autores como de Noé Jitrik, un dueto de clásicos de García Marquez, retazos de Feinmann, algo de Kundera y un Kafka amarillento que estaba arrumbado entre cajas de útiles escolares.

El fin buscado

El 17 de marzo salí del trabajo decidido a no volver. Todo se había acumulado a la altura de mi cuello, y presionaba como una quimera sobre mis hombres. A todo eso había que agregar que mi jefe problematizaba cada una de mis decisiones (tomarme los feriados y la licencias para rendir exámenes) y mis inventarios, revisaba en detalle los informes y me hacía quedar después de hora para analizarlos, junto a él.
Esa tarde, como si fuera un día más, dije hasta mañana. Pero cuando llegué a mi casa, llamépor teléfono a la psiquiatra que me habían conseguido semanas antes y decidí clavar el puñal por la espalda: sesenta días de licencia por estrés con una acusación por acoso contra mi jefe.
No fue, acaso, la resolución más valiente, ni la más confrontativa, pero sí la más efectiva. Al cabo de dos meses volví a trabajar y después de una inquisitoria culposa por parte de los jerárquicos, varios de ellos, terminé mis labores con una angustia representada en un nudo en mi garganta. Ese lunes no fui a trabajar y a media mañana llegó el telegrama que me desvinculaba de la empresa.
Si algo puedo afirmar de esta prolongada experiencia en el mercado, es que aprendí qué es la resistencia. Esa lucha cotidiana que, como yo, cientos de trabajadores materializan día a día y que no busca un grandilocuente fin último y que, como dice Gelman, no se resuelve yéndose sino de aprender a resistir, y en eso está la búsqueda de una simple y cotidiana humanización del trabajo.