Rap de Calle: la pasión según Juan Gabriel
Matías Di Loretto

Para Juan evocar momentos agradables de su infancia es difícil. Por eso dice: “Yo en vez de estar jugando al Hombre Araña, andaba haciendo maldades en la calle”.
Tiene la mirada de un pibe curtido y sus reflexiones tienen el cariz de máximas para la posteridad: “Lo que viví, hoy me sirve de experiencia y quisiera que el día de mañana mis hijos no vivan lo mismo”.
Juan Gabriel nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, en Mayo de 1996. Por aquellos días los pormenores de la investigación por la venta ilegal de armas a Ecuador dominaba la tapa de los diarios nacionales.
Eso, y una truculenta escena que también dio la vuelta al mundo vía satélite: en la ciudad de Rosario el panorama económico trastocaba sensiblemente la dieta de los habitantes de las villas de emergencia, y en la tele se vieron bifecitos de gato chirriar en la parrilla.
750 kilómetros al sur, Estado y Mercado también soltaban la mano a familias que se la jugaban día a día en una contienda cuyo resultado final siempre era el desamparo.
Sin fuentes de trabajo dignas, tampoco eran dignas las condiciones para vivir y en los barrios carenciados se manifestaba la crisis en algunas de sus formas. Por ejemplo: familias disgregadas y, en algunos casos, sus miembros convertidos en migrantes internos como acto reflejo de las manadas que se sienten en peligro.
Estas dos características -por lo menos- reunía el grupo familiar de Juan, quien en una especie de autobiografía en tercera persona describe: “criado en la calle con muchos problemas, nunca pudo sentir el amor de sus padres cerca por distintos inconvenientes”.
En el amparo de la calle, no es difícil imaginar cuáles fueron los “muchos problemas” y las “maldades” de las que habla este niño. Las que él relata se amontonan en su memoria y son el obstáculo de aquellos momentos agradables que demoran en aparecer.
Hasta que, por fin, dice: “Cuando era chico, esperaba a que se terminara el papel higiénico para hacer con el cartón un micrófono con el que cantaba dando saltos en la cama”.
Pero en ciertas circunstancias las travesuras no siempre son celebradas con fotos o videos para la web, y Juan a veces recibía por cada una un chirlo fuerte que lo invitaba a escapar de su casa y agarrar la calle, como quien dice.

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Con 17 años la mirada de Juan además de heroica a veces se ofrece exhausta. Ahora un poco menos, pero la lucha por momentos fue hercúlea y el enemigo, tan mitológico como real.
Juan habla y canta sobre la Muerte nombrándola como algo a lo que se tuvo que enfrentar en varios rounds.
Todavía no sabe si la pelea terminó, pero intuye una tregua. Y en ese respiro, mira hacia atrás y se ve: “siempre yo solo, solo en la vida”. “Una vida complicada”, continúa.
A los 10 años llegó a la ciudad de La Plata, donde reside actualmente. Vino con su familia: padre y madre. Una manada movilizada en busca de mejores posibilidades, huyendo de la precarización laboral y la desocupación. Para ese entonces Juan ya tenía su romance tortuoso con la Calle –su lugar dilecto- y en la ciudad nueva no extrañaría nada de lo que había dejado. Para bien y para mal, tuvo un mecenas, su tío, que lo contuvo en el quilombo que eran sus días, y que le habrá festejado cuando lo vio escabiado entero, un fierro en la cintura. Con su tío -medio cachorro como él- entonces, la adolescencia los encontró siendo perfectos ejemplares de nuestros enemigos de época de cada día. Pibes en situación de calle, en conflicto con la ley penal, necesidades básicas insatisfechas, menores peligrosos con derechos vulnerados. Ranchando en la esquina, a la gorra ni cabida, aguante la delincuencia, re loco re empastado.
Cuando llegó su hermana Milagros, Juan se rescató un poco. Se apichonó en el nido para ver crecer a la bebé y quiso que eso durase para siempre. Pero dos años más tarde su vida se zamarrearía con la separación de los viejos y el incierto tránsito por hogares y casas de abrigo.
“Hola Juan Gabriel, usted ha arribado con éxito a la pesada maquinaria burocrática del Estado provincial; póngase cómodo”.
Pero Villa Elisa –en las afueras de La Plata, adonde fue a parar junto a su pequeña hermana- le resultaba asfixiante además de incómodo, así que cada tanto se fugaba al encuentro con la adrenalina que perseguía con obsesión, al amparo y complicidad de su tío mecenas. Cuando Juan habla de la Calle, algunas palabras van y vienen: maldades, bronca y adrenalina, pibes que bardean. Experiencias, “realidades de la vida”, como le gusta decir.
En su guarda institucional, el Estado intenta restituirle hoy derechos a este pibe expulsado del main stream, que en la calle es implacable con los que no logran integrarse. Un Estado atravesado, además, por modos de abordajes diferentes que conviven y se expresan en personas que se debaten entre el Patronato, la Promoción y Protección Integral, y la Represión lisa y llana.
Y muchas veces ese complejo pero frágil dique de contención se desmorona con el hostigamiento policial, o la mirada asustada del buen vecino de la esquina (dice Juan: “cuando te ven con vicerita y pantaloncito deportivo, la gente en la calle espera que le robés”). Es eso o la circunstancia fatal: Muerto su tío, la rabia no terminaría.

“La Pasión” | Alejo Sebastián Lerman |
IV Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Una vez más Juan Gabriel se encontraba en una encerrona, lejos de sus afectos, y sintiendo que poco le quedaba: apenas un par de fotos y unas mudas de ropa, mal apiladas en los estantes compartidos de la pieza del hogar donde por las noches trataba de pegar un ojo. Quizás en ese insomnio o en la sordidez de un mal sueño, Juan craneó las que serían sus primeras rimas.
Dice que fueron dedicadas a su tío. Las que vinieron después, para contar “romances y realidades de vida”.
Cuando llegó al Club Victoria (La Plata, en Diciembre de 2012) para participar de un taller de música del CPA (1) –instancia facilitada a partir del acuerdo entre dos organismos estatales- Juan ya había tomado algunas decisiones; “empecé a mirar la vida con otros ojos”, reconoce. Entonces, se dejó envolver por una dinámica de trabajo y un encuentro en el aprendizaje, en donde el lenguaje que circulaba tenía que ver con “cuestiones técnicas, la diversidad musical, y la interpretación estilística”, como relatan sus profesores.
Y en el ritmo suburbano que eligió -el rap- descubrió que esas mismas “maldades” que se habían vuelto sus estigmas, así como las “broncas” y la adrenalina que había vivido, podía expresarlas en una hoja. Enseguida quiso dejar un manifiesto para “Rap de Calle”, el proyecto que había concebido como una revelación, y “Sentimiento callejero” se convirtió así en un decálogo de canciones estandarte, grabado gracias a la conjunción de voluntades que comprenden que -como dice la consignalos jóvenes no son peligrosos, sino que están en peligro. Basta rastrear el nombre de la productora que realizó el primer video clip de Rap de Calle para comprender también el andamiaje que sostiene a Juan. La productora se llama, en fin, “Presupuesto 0”.
A diferencia de las pasiones bíblicas, ésta no tuvo una resurrección y por fortuna tampoco una muerte. Sí una forma de redención. Quedan, sin embargo, marcas significativas que se perciben en la mirada de Juan, en su cuerpo aún cicatrizando, y en la escritura que intenta forjar en sus canciones.
Lo dice, por ejemplo, en “La vida es dura”: “La vida para mí, todos saben que es una lucha, el debate continúa”; y después “Inventamos toda clase de palabras para demostrar lo que a uno le tocó vivir”. En “Si mañana muero” -el tema elegido para el video clip- Juan ensaya un autobiografía (“Yo de chiquito aprendí a cuidarme solo / imaginate, de chiquito nunca tuve hambre solo”) al mismo tiempo que dialoga con la muerte, esa posibilidad cotidiana de los jóvenes de sectores marginales, traduciéndola en una duda existencial: “porque si mañana muero ¿qué pensaría mi familia, en su mente sería recuerdo?”.
Para despejar estos temores y restituir derechos vulnerados hace falta más que un buen samaritano que se apiade del cuerpo sagrado que representa la Niñez, cuyas cruces son moneda corriente: estereotipos y estigmatización (retroalimentadas desde los medios masivos de comunicación), selectividad policial, violencia del sistema penal, abordaje estatal precario.
Mientras, el lugar dilecto de Juan Gabriel –la Calle, pasión y musa- fraguó con sus recuerdos y cristalizándose, al fin, en un estado de ánimo: “Me pone contento cantar, la música. La música me rescató de muchas pesadillas, muchos pensamientos, me cambió tanto… Fue un cambio radical, que no lo puedo expresar, pero fue todo nuevo. La música es un plan de vida, si te proponés hacerla”.□

1- Centro Provincial de Atención de Salud Mental y Adicciones, dependiente de la Subsecretaría de Salud Mental y Atención a las Adicciones del Ministerio de Salud bonaerense.