¿Qué querés ser cuando seas grande?:..Mamá

Por Sabrina Perotti

Le pedí al señor que me diera un amor
nunca pensé sería tan profundo…”
“Canción de Cuna” Los Piojos

Desde los tres años que tengo la certeza de que en algún momento de mi vida iba a ser madre. No sabía si me iba a casar, no sabía qué iba a estudiar, no sabía si iba a encontrar a mi media naranja pero de una cosa siempre estuve segura y era que no quería perderme la experiencia de ser mamá.
Y no me pasaba sólo a mí, mis amigas decían exactamente lo mismo.
Recuerdo que con una de ellas, a la edad de 7 u 8 años, anotábamos en un cuadernito los posibles nombres que les pondríamos a nuestros hijos (de varón y de mujer) para ponernos de acuerdo y no copiarnos una de la otra.
Ahora, hago un punto y aparte y me pregunto, ¿por qué una está tan segura, es decir, por qué una “sabe” lo que quiere desde tan chica?, reformulo la pregunta, ¿por qué la mujer, por ejemplo, “sabe” que quiere ser madre? (Acá abro un paréntesis para detallar una explicación: generalizo diciendo la mujer porque la mayoría de nosotras tiene ese deseo, no es el de toda la población femenina, eso lo sé, pero son más las mujeres que quieren ser madres que las que no). ¿Es simplemente una cuestión de género? ¿Por qué los varones de 3, 4, 5 años no juegan con bebés de juguete? ¿No será acaso el futuro de muchos de esos hombres ser padres? ¿Cambiar pañales o levantarse en el medio de la noche para calentar una mamadera es algo que el hombre no hace? No lo creo, cada vez veo más, y esto es pura subjetividad mía, (en realidad todo el artículo no?), que el varón participa activamente de los quehaceres domésticos y/o deberes que la paternidad demanda.
Hace 40 ó 50 años atrás el hombre (excepto algunos casos particulares) era el que mantenía el hogar, salía a trabajar, y la mujer era quien se quedaba en la casa al cuidado de los hijos. Cuando el hombre llegaba los chicos no debían molestarlo porque estaba tan cansado del arduo día laboral que se sentaba en el sillón a mirar un poco de tv y esperar que la cena sea servida. Hoy la modernidad nos atraviesa de pies a cabeza y hay mujeres gerentes de grandes empresas (actualmente nos preside una mujer, dicho sea de paso) y, al mismo tiempo, me cruzo hombres con mochilas cargando bebés, padres que se calzan el short y se meten con sus hijos en la clase de natación, varones que cantan las canciones de “La Princesa Sofía” o la “Casa de Mickey Mouse”.
Hombres activos y presentes.
Ya no es más un tema exclusivo de la mujer. Pero ojo, los roles no han cambiado, ni invertido, se han democratizado, pluralizado. Tanto el hombre como la mujer, en muchos casos, ambos trabajan y ambos cuidan de los hijos.
Pero la cuestión cambia de pequeños, quedando congelados en el tiempo, y clavados en el pasado, donde la nena juega con el bebé y el nene con las herramientas y el auto.
Recuerdo en mi niñez uno de mis juguetes favoritos, la valija de “Juliana Mamá” que traía todo lo que una madre podía necesitar: desde pañales y talco hasta mamadera y comidita. Esa valija era salvadora, no necesitaba nada más.

Caleidoscopio de Laura Haydeé Loretta
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

También tenía 8 bebés a los cuales atendía, ponía en fila, alimentaba y dormía. Si daba vuelta a uno de ellos (es decir, patas para arriba) lloraba, otro cerraba los ojos para dormirse, y otro traía una mamadera con leche que desaparecía cuando la colocabas en la boca del bebé, y luego, mágicamente, volvía a llenarse sola.
Una mamadera realmente maravillosa.
Pero todos esos recuerdos quedaron atrás luego del 8 de Julio del año pasado, cuando nació mi primera hija. ¿De qué manera explicarles para ser lo más concreta y precisa posible? Digamos que la valija de Juliana no me sirvió para un pomo!

Nace un bebé, nace una madre (y con ellas nace el stress, las dudas, el sueño…)
Es cierto lo que dicen muchos, que uno aprende a ser padre siéndolo. Pero yo me sentí sumamente estafada, ésa es la verdad. Totalmente estafada. Toda una vida dedicándome a los bebés (desde pequeña como describí antes) aprendiendo a tomar la fiebre, a darles de comer, a calmarlos, a dormirlos. Todo eso para que cuando nazca mi propio bebé yo llore como una condenada por no saber qué le pasa.
¿Dónde quedó esa sabiduría ancestral que tenía a los 3 ó 4 años? Sin contar además los nervios de acero que poseía de chica cuando se me enfermaba alguno de mis bebés. Todo eso desapareció.
Los cuentos que he escuchado de todas las madres que tuve alrededor eran maravillosos, “un bebé es lo más lindo que la vida te puede dar”. Infinidad de veces he escuchado decir “cuando nació mi hijo sentía que jugaba a la mamá, lo peinaba, lo bañaba” “disfruté tanto cuando eran bebés”. Todo era perfecto, parecía que esos bebés no lloraban, no se ensuciaban, comían por arte de magia y las madres estaban en un perfecto estado de armonía y felicidad.
Quiero contarles que a mí me pasó exactamente al revés.
El estado en el cual me sentía era una mezcla de agotamiento, estrés, angustia y ojeras combinadas con un hermoso rodete en el pelo. La angustia ganaba por lejos ya que además de la sensibilidad y el cambio hormonal que, a muchas les sucede, veía en mí sentimientos que nadie me había contado, lo cual decantaba en un hervidero de CULPA.
Sí, escribo en mayúscula porque la culpa es la peor enemiga de una madre.
¿Cómo me podía sentir de esa manera habiendo escuchado todas esas hermosas historias sobre la maternidad? ¿Acaso soy la peor madre del mundo? ¿No quiero a mi bebé? ¿No nací para ser madre como lo supuse toda la vida? Me bañaba de casualidad, no tenía energías para nada excepto para alimentar a mi bebé, que dormía todo el día pero no de noche. El primer mes fue un desafío gigantesco por describirlo de un modo poético.
Quiero contarles una anécdota que me transformó en el hazmerreir de mi familia entera. Mi hija nació al otro día de mi cumpleaños. Como no me quiero perder festejo alguno, incluso al borde de parir, lo festejé y me acosté tarde, dormí poco por las molestias. Estaba comenzando el trabajo de parto. La noche siguiente comenzaron las contracciones y la cuenta regresiva. Tampoco dormí. Mi beba nació a las 8 am y las dos noches que pasé en el Hospital dormí poco y nada debido a la adrenalina, la emoción y la felicidad que me despertó haberme convertido en madre. Pero llegamos a casa y ahí empezó a nublarse el panorama. Llegó la noche y mi bebé lloraba de hambre, la famosa “bajada de leche” se hizo rogar y me encontraba agotada. Me acuerdo el día como si fuese en este mismo instante, en un segundo me cayó un baldazo de cansancio que me empapó y me dejó sin energía. Mi hija tenía la boca más grande que la salida del subte y sus gritos retumbaban en todas las paredes de la habitación que hasta hacían aullar a la perra. Yo rompí en llanto, no sabía qué más hacer. En un momento, que calculo serían las 3 ó 4 de la mañana, veo su manito cerrada mientras la hamacaba y mirando fijamente sus nudillos cuento 5 dedos más el pulgar. Entonces, en ese coctel de mareo, angustia y llanto pienso “mi hija tiene 6 dedos y en el hospital no me dijeron nada”.
Sepa entender señor lector, antes de juzgarme o encerrarme en un nosocomio el contexto en el que me encontraba. Estaba cansadísima, llevaba sin dormir casi 72 horas, recién parida y hamacando a mi primer bebé en plena crisis.
Tomé aire y pensé en las cosas positivas que podían ofrecer a mi hija poseer12 dedos: agarrar más cosas, poder usar más anillos, sumar con más facilidad. Seguía pensando hasta que conté nuevamente y un dedo había desaparecido, ahora veía sólo 5 en cada mano. Me cercioré y conté nuevamente, no vaya a ser cosa que me pase lo mismo que a los médicos del Hospital. Pero no, ellos no se habían equivocado, no me avisaron nada porque mi hija tenía 5 dedos en cada mano. Estaba algo cansada, eso ya lo dije? Es el asombroso poder que tiene una mente sin el correcto descanso.
Pero de a poco se cumplió una sola promesa que me hicieron: la cosa va a ir mejorando.  Y así fue. De a poco, muy de a poco, recuperé los saberes de antaño, se me despertaron los instintos, fui conociendo a mi hija y ella a mí. No fue fácil, pero ¿qué proceso de aprendizaje lo es? Juntas nos encontramos y empezamos a construir (y todavía estamos en eso).
Esos bebes de juguete lo único que hicieron fue brindarme un preámbulo, una introducción muy breve de lo que me esperaba con respecto a los cuidados y quehaceres de una madre. Pero también me mostraron apenas el inicio de un amor que se transformaría en inconmensurable.
Un hijo no es una pareja, no es un marido o una esposa, no es un amigo, ni un hermano. Un hijo es parte de uno. Es el ser que uno engendra, ve nacer, hablar, caminar. Lo ve reírse, llorar. Lo ve y, sobre todo, lo siente, porque su felicidad es la nuestra al igual que su dolor. Un hijo es uno mismo al cuadrado, es un amor potenciado, infinito, incondicional. Un amor intenso, duradero, único.
“No me quedo nunca más solo” dicen los Fabulosos Cadillacs. Y yo tampoco. Ahora tengo un hijo.