Que Irene descanse en Paz – por Ana Serrano

Cuando puedo merodeo por las mesas de oferta de las librerías de viejo, en donde suelo encontrar algún tesoro escondido, mezclado con novelas de amor de Corin Tellado y libros de cocina en los que podemos conocer, por ejemplo, las diez recetas más sabrosas para hacer un buen puchero o las virtudes sanadoras del ajo crudo, sobre todo si se mastica en ayunas después de una noche de luna llena.
Toda una aventura, y sobre todo si el establecimiento es un sucucho escondido en algún barrio y atendido todavía por un viejo librero (quedan pocos) de esos que se acuerda de memoria cuantas ediciones en español tuvo “En busca del tiempo perdido” de Proust y hasta es capaz de ofrecerte una de l944 editada por Santiago Rueda Editor o la versión bilingüe de “La Eneida” de l972…
Entre tanta basura que compré, que compro habitualmente y que escondo en la parte más privada de mi biblioteca, lejos de la recorrida inquisidora de alguna visita curiosa que, al grito de”¡prestame algo para leer el domingo! sabiendo que, de acceder al pedido el valioso bien jamás será recuperado y lo que es peor, una recorrida que sólo sirve para criticarme: “Tanto libro y no tiene nada interesante, ni un best seller”.
Decía, entre tanto que compré, encontré un trabajito lleno de arbitrariedades y contradicciones que expone la teoría de la visita de los templarios a las sierras de Córdoba (precisamente a los alrededores del sagrado, usado, vendido y disfrutado Monte Unitorco) y su contacto con los Comechingones, mucho pero mucho antes del descubrimiento oficial de América por Cristóbal
Colon.
Ahora bien Uds. se preguntaran qué tienen que ver todas estas historias de templarios, comechingones y sierras con el tema que nos ocupa. Les pido un poco de paciencia…
En la citada obra leo
“Cuando el homo sapiens levanta la piedra para arrojarla contra otro hombre o para defenderse del ataque de un animal, realiza su primer acto cultural, pues aun sin agregarle trabajo a ese trozo de roca, ya esta dándole una finalidad inteligente bien determinada,…” Ing. Guillermo A. Terrera El valle de los espíritus” Cap. III Ed. Kier S.A l989
¿Cómo habrá sido ese primer hombre arrojando por primera vez una piedra a otro hombre, cualquiera fuera el motivo? Defensa o agresión es igual El primer acto cultural con una finalidad inteligente. En la edad de piedra, la piedra es la primera arma. Y según el autor el arma define al hombre moderno.
En el gesto, en la actitud, lo mismo es una piedra, una bomba nuclear, una bomba neutrónica o un arma bacteriológica. Lo diferente esta sólo en la cantidad de muertos.
El hombre contra el hombre.
El Hombre lobo del Hombre decían los latinos clásicos.
Podría contarse la historia de humanidad contando simplemente la historia de las armas. O la historia de las guerras que en definitiva es lo mismo. De piedra, de metal, de pólvora, fusión del átomo, de hidrogeno, de neutrones, bacteriológicas, las armas en todos los pueblos, en todas las culturas en todos los tiempos en definitiva en todos los hombres.
Amos o esclavos, blancos, negros o amarillos, en grandes urbes o en pequeños poblados rurales: Armas, armas, armas….: guerra!!!! De exterminio o de dominación. Fría o caliente, siempre sucia, la guerra por un pedazo de tierra, por una mujer, por un dios único y absoluto o por el mundo.
¨¡No hay nada que hacer, los hombres siempre haciendo la guerra!¨ decía mi abuela -que ya había vivido directa o indirectamente la Primera, la Civil Española, la Segunda, la Fría, la de Corea por citar las más conocidas y alcanzó a enterarse de la de Vietnam- mientras tranquilizaba a unas vecinas catalanas, madre e hija, que asustadas escuchando en Radio Colonia las noticias del bombardeo a Plaza de Mayo en l955 lloraban desconsoladamente, recordando las bombas sobre su casa en Barcelona y la desesperación por alcanzar un refugio bajo tierra.

Ellas, que huyendo del dolor y el hambre, dejando su casa, sus afectos y sus muertos en un destierro voluntario con la esperanza de un futuro mejor, revivían sus terrores más profundos y la agonía del recuerdo. Y entonces, asustada también y abrazada a mi madre, único puerto seguro, comprendí la sinrazón de la guerra.
Mejor pensemos en la paloma.
Símbolo bíblico si los hay. Aquella que volvió al arca de Noé en el diluvio con una ramita de Olivo en el pico señal que ya había tierra seca y la lluvia había parado y que simboliza la paz entre Dios y hombres.
Y en Picasso y sus dibujos que crearon un símbolo universal. Y en su hija Paloma.
O en la pipa de la paz que fumaban los pieles rojas como gesto de amistad.
O en los pañales-bandera blancos como estandarte en las cabezas canas de las madres y abuelas, las locas de la Plaza. Reclamando justicia para sus hijos y amor para sus nietos, víctimas inocentes de una guerra oscura y sin cuerpos.”No están ni vivos ni muertos” dijo en su momento el Dictador “simplemente
son desaparecidos”. Si no hay cuerpo no hay delito. Si no hay muertos no hay guerra.
O en la confitería La Paz, en la Av. Corrientes.
Corrían los ¨70. Les cuento con nostalgia, con la nostalgia de la juventud perdida en un universo donde todo era posible. La solidaridad, el amor por el otro, los principios. Si estabas solo, si no tenias nada que hacer te acercabas a La Paz y seguro encontrabas un amigo, un conocido, un compañero de facultad o de militancia. Cualquier mesa era amiga. Y enseguida se armaba
un programa. Una película francesa o rusa en un cineclub o en cualquiera de las tres salas cuyo nombre empezaba con la letra L1, una peña en Lanús o en Avellaneda, o unas empanadas con vino en la terraza de alguna casa vieja en Flores.
Era lo mismo.
Estábamos juntos, solidarios, convencidos que la revolución era posible y que el mundo debía y podía ser más justo. Creíamos entonces que un compañero era más que un hermano o un amigo. Y transitábamos la vida del brazo, enamorados de la vida. Hasta que llegó la oscuridad. El desparramo. La sinrazón. Y otra vez, en La Paz, la guerra, sucia y de exterminio, se filtra en el recuerdo. Muchos años después volví una tarde a tomar un café. A pesar de que las mesas, las tazas y las cafeteras y los platos y las cucharitas eran iguales a las de entonces la confitería no era la misma y yo tampoco.
Pero ¿por qué hablo de la guerra si me propuse hablar de la paz?
Claro, uno se propone y el papel en blanco dispone. Y las manos juegan en el teclado con voluntad propia. ¿Se entiende la paz si no se piensa en la guerra? Son términos de una misma ecuación. Como el frio y el calor. Como el amor y el odio. Pero si los separamos y le damos identidad propia a cada uno no significan lo mismo.
Si pienso en la paz salgo corriendo.
“Que en paz descanse” “En la paz del Señor” “Requesquit in pace” RIP. Son las inscripciones más notorias en los cementerios, en las estelas funerarias, en las coronas, en los ritos y ceremonias que hacemos a nuestros fallecidos.
Y como consuelo decimos a sus deudos “Pobre, ya está en paz”. Y hablamos de la paz de los sepulcros que no es lo mismo que estar en paz con uno mismo.
Entonces si la guerra está asociada a la muerte, la paz se asocia a los muertos.
Me empantané!
Otra vez empieza el delirio
Empiezo a caminar murmurando alrededor de la mesa para espanto de mis hijos. ¡Otra vez enloqueció! “Decile a la abuela que se acueste” brama mi hija mientras mi hijo, más comprensivo, me invita con una copa de Syrac para que me relaje.
Y mientras me pierdo en mis elucubraciones me acuerdo de Heráclito el Oscuro aquel filósofo presocrático que sostenía “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río” porque ni el rio ni nosotros somos los mismos. Todo cambia
La vida, lo que vendrá se asegura solamente en la lucha de los contrarios y esta lucha genera el movimiento. “La guerra es el padre y el rey de todas las cosas” decía el Oscuro.
O la madre para hacerlo más femenino.
En consecuencia pienso: Tensión, lucha, conflicto igual: Vida. Vida igual guerra. Me fui a la mierda!!!
Porque si solamente los muertos están en paz, los vivos estamos siempre en guerra.
Está en nuestra naturaleza. Lo natural es el conflicto, la paz es un invento, una imposición cultural. Una necesidad de convivencia.
Para vivir luchamos. Para crecer luchamos, para aprender entramos primero en un conflicto cognitivo, sino no aprendemos, Sin conflicto no hay cambio, no hay crecimiento, no hay devenir, no hay vida. Solo en la muerte encontramos la paz definitiva.
Por eso, mientras vivimos, y en paz con nuestras conciencias hagamos las paces con la guerra y mientras veamos salir el sol todos los días dejemos que Irene2 descanse en Paz.

Notas:
1- Me refiero a los cines Losuar, Lorreine y Lorca
2- ειρήνη en griego antiguo Paz