Primera Excomunión

By 27 noviembre, 2014n.13 - pecado

por Miguel Ángel Gonzo

Lo primero de todo (si es que hay un principio, en caso de que haya todo) es, no la visión, siempre extrañada, del lugar, sobre la que volveré, con variables, una vez que esté dentro, reconstruyendo su imagen como un brumoso rompecabezas, sino su –quiero decir mi– tenaz, su –quiero decir la– ineludible, respiración: envuelta en un silencio que hacía, de todo sonido, una soledad minuciosa, que subrayaba, particularmente, lo nasal,… 

…como si, en cada orificio, el armazón óseo, los cartílagos, el vello microscópico, y, más allá, los tegumentos y la mucosa, operaran, sordos, desde su penumbra, filtrando las sigilosas, mínimas, inhalaciones, y desnudara, ante la propia perplejidad, el –antes casi indefinido– ruido de una exhalación que, de tan íntima, parece, ahora, por pronunciada, por enfática, ajena, como traducida: de sonido o eco interno, acosado y subjetivo, del cuerpo, como ciertos zumbidos, como inciertas voces, a mero ruido extranjero, apelativo y nítido, o, mejor dicho, en este caso, a casi exacto silencio, impuro, como el de ese –este– espacio, que cambia la forma de lo que transcurre en su –mi, la– atmósfera: la iglesia, las palabras. Allí los saludos se vuelven más discretos, las voces más veladas, los reconocimientos sonríen mudos y las reverencias, más que explicitarse en ademanes que serían, sino vergonzosos, vanamente bruscos, se insinúan –se muestran– en un ida y vuelta de signos cautelosos y superfluos. Vale decir entonces que un niño cualquiera, cuyos años de vida oscilan entre los siete y los once, doce años, y su estatura, apenas superior a un metro, roza con los hombros, o con el cabello húmedo que evoca, aún, al esmerado peine, al exhaustivo gel, las imprecisas mitades de siluetas adultas (saco, camisas, pantalones, cinturas, cinturones, piernas), que acompa-ñan, a paso plomizo, entre murmullos, incienso, silencio expectante, la entrada a templo, tomando de las manos al niño que, sinecdóquico, sólo se reconoce en familia al torcer el cuello, mirar hacia arriba, reconstruir las –sus– figuras –vale decir que ese niño, entonces, en principio, soy yo; fui yo; es un signo: el de, digamos,mi primera comunión. El día de la confesión de los pecados; sin embargo, una hermosa mañana, casi encandilada de clara, con muros relucientes y luz que llega, oblicuamente, sobre la iglesia, estampando reflejos en las aristas de las piedras grises; una bandada de pájaros revolotea en remolino en el cielo, alrededor del campanario; la plaza, enfrente, resuena de gritos, huele a flores; dentro de la iglesia, mientras, algunas voces rasgan el silencio, apenas, como acordes graves; la vista de algún niño planea sobre los bancos cuyo respaldo, más que un descanso cervical, ofrece el lugar donde posar las manos para el rezo; otras pupilas se pierden, inquietas, en la altura de los muros, en las imágenes de cera, en el páramo que el mármol, del otro lado del altar, deja adivinar, y hace sentir, a la distancia; algún niño se aventura por los pasillos laterales; otros llegan al coro; en las pilas de agua bendita, llenas hasta los bordes, se refleja la nave, con el principio de las ojivas y algunas porciones de las vidrieras; pero el reflejo de los colores, rompiéndose en el borde de mármol, continúa más lejos, sobre las losas, como un tapiz abigarrado; la claridad solar del exterior se alarga dentro de la iglesia en tres rayos enormes por los tres portales abiertos. De vez en cuando, al fondo, pasa un sacristán haciendo ante el altar aquella genuflexión oblicua propia de los devotos que tienen prisa. Las arañas de cristal cuelgan inmóviles. En el coro arde una lámpara de plata; y de las capillas laterales, las partes sombrías de la iglesia, se exhalan a veces como suspiros, con el ruido de una verja que se cierra haciendo repercutir su eco por las altas bóvedas superiores. Alguien (niño, adulto) paladea la palabra pecado entre la hueca indiferencia y el vago temor, entre el ceño desconfiado y el vientre enroscado, crujiente. ¿Qué pecado puede confesar, y haber cometido, o creer que cometió, un niño cualquiera, una mañana soleada de sus siete –u ocho o nueve o diez u once, o doce– años? Tal vez la compresión del pecho, la tensión de los omóplatos, la rigidez de sus extremos, prefiguren, biológicamente, cierta comprensión intuitiva; pero no sospecha lo que se le imputa.
Afuera el sol, pantalla blanca, derrama luces que acarician, conversando, hasta los límites de las sombras tibias.

¿Qué entiendes tú por creador, y qué entiendes tú por naturaleza corrompida?
Marqués de Sade

/ Adelante, hijo mío / Adelante /
/ Eso es / Siéntate ahí / Toma asiento /
/ Cuéntame / Tus pecados /
/ ¿Has pecado, hijo? /
/ No sientas temor /
/ Todos somos pecadores /

Las manos del cura –puede ver el niño– reposan, macizas, sobre las rodillas, con un rosario entre los dedos índice y pulgar –derechos–, formando un conjunto estático que se interrumpe, apenas, por el intermitente vaivén –juego, cuenta de cuentas– que el pulgar, deslizándose hacia atrás, e impulsando, a la vez, hacia delante al índice, que arrastra al medio, que arrastra al resto de los dedos, efectúa en el devenir de las piedritas marrones, pequeñas Ave Marías, primero, que se escabullen entre las yemas en una marcha que finaliza, sólo para volver a comenzar, al chocar las uñas, tantear los dedos, la piedra más grande, el Padre Nuestro. Entonces el cura vuelve al primera Ave María, y, espaciado, comienza, se detiene, comienza nuevamente. Los zapatos del interpelado, quietos por fuera, forman, con sus puntas juntas, el vértice superior de un triángulo, de base imaginaria, que se repite, a mayor escala, y sin base imaginaria, en el que forman las rodillas, tiesas, que sienten, ahora, la humedad de las manos, el hormigueo de los dedos. La voz del sacerdote es cordial, serena, de una cordialidad que no omite el cansancio, de una serenidad que no ignora el agobio. Más que decir las palabras, se diría que las desgrana. La voz del niño, por su parte, apenas ha saludado, secundada por una sonrisa inquieta, y asentido luego, casi en un hilo. Su aliento se adivina breve; sus carnes, largas; su ropa, corta. La voz del cura llega desfasada, como sorteando con dificultad el tiempo de sus tímpanos, el espacio obstaculizado de sus huesos, irrumpiendo, tarde para el cronómetro de un diálogo, temprano para el de las imágenes –recuerdos– que baraja, como un eco extranjero que lo aguijonea. Pero su mirada desciende, desciende. El cura ha pronunciado frases contrapuestas, una interrogativa, otra axiomática, no se sabe si por torpeza doctrinal, por afán de recibir respuestas o por pereza mental. Preguntarle a alguien si ha pecado es decantarse por una concepción del pecado largamente sostenida por griegos y latinos: la del mal actual –acto, presente–, humano, nuestro: el mal es nuestro hacer; no tiene naturaleza, no es una cosa; no es materia, no es sustancia ni es mundo: «no es algo en sí, es de nosotros».

El paraíso del pecado, Natalia del Valle Molinero
Mención de Honor, I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Esta concepción entraña este método: «No puedo responder el mal es porque no puedo preguntar ¿qué es el mal?, sino únicamente ¿de dónde proviene el hecho de que hagamos mal?» (Paul Ricoeur, Introducción a la simbólica del mal, 1969). [Es tentador citar el monólogo del moribundo de Sade:
«Sacerdote: El creador es el amo del universo, es él quien lo ha hecho todo, todo lo ha creado, y quien conserva todo por un simple efecto de su omnipotencia.
Moribundo: Es un gran hombre, seguramente. Pues bien, dime por qué este hombre que es tan poderoso ha hecho, según tú, una naturaleza corrompida […] Tu Dios ha querido hacer todo al revés, únicamente para tentar, o para probar a su criatura. ¿No la conocía, pues, no sospechaba del resultado?
Sacerdote: La conocía, sin duda, pero una vez más quería dejarle el mérito de la elección.
Moribundo: ¿Para qué, desde que sabía el partido que tomaría, y que dependía de él, puesto que tú le dices omnipotente, que sólo dependía de él, repito, hacerla tomar el bien?
Sacerdote: ¿Quién puede comprender los infinitos caminos de Dios sobre el hombre y quién puede comprender todo lo que vemos? (Marqués de Sade, Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, 1782); pero se sabe: en el laberinto de los pecados sería, al menos, soberbia afirmar, o insinuar, que el mal viene, o podría venir, de Dios.]
Pero, por otro lado, la última afirmación del cura sostiene, gnóstica, la tesis contraria del mal-hacer: todos somos pecadores; no por nuestros actos, al menos no por nuestras malas acciones, sino, ya simplemente, por el mero hecho de existir. Ricoeur elucida este concepto: «El mal está afuera, es cuerpo, cosa, mundo y el alma ha caído dentro de él. Este carácter exterior del mal da lugar de inmediato al esquema de una cosa, una sustancia que infecta por contagio. El alma viene de más allá, cae aquí y debe regresar allá[…] El cosmos que para el salmista cantaba la gloria de Dios y del cual la filosofía estoica predicaba la belleza y la divinidad, ese cosmos no sólo es divinizado sino contra-divinizado, satanizado, si podemos emplear ese término, y, en consecuencia, proporciona a la experiencia humana del mal el apoyo de una exterioridad absoluta, de una inhumanidad absoluta, de una materialidad absoluta […] El pecado es destino interiorizado. Esa es también la razón por la cual la salvación llega al hombre desde afuera, del más allá, por mera magia de liberación, sin que tenga ninguna relación con la responsabilidad, ni siquiera con la personalidad del hombre» (ibídem). [Aquí es tentador citar el Kristus och Judas-1904- de Nils Runeberg, dudoso gnóstico alemán del S. XX, que desarrolla en terreno metafísico la siguiente frase de De Quincey: «No una cosa, sino todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas». El inglés especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y encender una vasta rebelión contra Roma. Runeberg afirma: «El verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y la muerte; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas fue ese hombre. Su acto fue superfluo. No hacía falta su traición para identificar a un maestro que predicaba diariamente en la sinagoga y obraba milagros frente a miles de hombres. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divini-dad y el terrible propósito de Jesús.

El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y a ser huésped del fuego que no se apaga […] El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu»; «Agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio», anotó Borges sobre Runeberg.]

Suponed un árbol bueno, y su fruto será bueno;
suponed un árbol malo, y su fruto será malo.
Mateo 12:33

Nuestro pecado es terco; nuestra contrición, floja.
Charles Baudelaire

/ ¿Has pecado, hijo? /
Las semanas anteriores, durante las clases de catecismo, siempre en una sala fría con una estufa no siempre encendida, ante las idas y vueltas de una catequista entusiasta, de explicaciones enérgicas, o, quizá, algún domingo, en misa, a través de las lecturas de los fieles o, tal vez, del mismo cura, o ya de plano aquel mismo día, difícil saberlo ahora, había oído hablar de Adán. El simbólico Adán: «la afirmación de que el hombre es, sino el origen absoluto, el punto de emergencia del mal en el mundo […] La esencia del símbolo estaba resumida en el nombre mismo del artesano histórico del mal: Adán, es decir, Terrenal, el Hombre sacado del barro y destinado a convertirse en polvo […] El pecado no es mundo, entra en el mundo» (Ricoeur, ibídem) –porque si ahora cruzan como luces las imágenes del dinero o los objetos sustraídos en secreto o las trampas hechas a quién sabe en qué juego o el rostro desencajado de un amigo un primo un pariente que ha visto romperse algo en las manos que ahora transpiran –no es, no podría ser culpa de Dios omnipotente, sino responsabilidad de la libertad humana. / ¿Has pecado? / Sólo un dios vulgar posibilitaría la escena descrita por Agustín contra los gnósticos, del alma que, precipitada hacia el mal, podría reclamar a su creador: «Tú me has lanzado a la desgracia, ¿acaso no eres cruel por haber deseado que yo sufra por tu reino contra el cual no puede hacer nada esta región de tinieblas?» Agustín expone, en su contienda con Manes, una concepción ética del mal, en la que opone, en forma tal vez maniquea, voluntad y naturaleza, como si el hombre no fuese mundo, y sus ideas no incidiesen sobre éste: «Si hay penitencia, es porque hay culpabilidad; si hay culpabilidad, significa que hay voluntad; si hay voluntad en el pecado, no se trata de una naturaleza que nos obliga»; el mal no resulta, sin embargo, para esta primera conceptualización de Agustín, puramente contingente, sino, neoplatonismo mediante, «inclinación de aquello que tiene más ser hacia aquello que tiene menos ser». Pero es imposible distinguir la nada de inclinación de la nada de origen, el avance hacia la nada de la carencia de ser de la creatura en tanto dependiente: si Dios está en «cada pelo de tu cabello», ¿cómo medir la propia voluntad por fuera de la suya –y al nudo que se entrelaza, aferra y densifica al estómago, como fruto de la voluntad propia?

Amigo, me parece que tu dialéctica
es tan falsa como tu espíritu.

Marqués de Sade

/ Todos somos pecadores /
«En lugar de todo principio individual del mal, se trata de una continuación, de una perpetuación, comparable a la tara hereditaria transmitida al género humano por un primer hombre, el ancestro de todos los hombres» (Ricoeur, ibídem). Tal es el esquema hereditario que Agustín sostiene contra la idea de contin-gencia, y voluntarismo del mal, de Pelagio, durante el siglo V. Controversia de filología, de traducción, de los puentes y de los espejismos de la lengua. El esquema que presenta Agustín «se asemeja al de la representación del primer hombre considerado como iniciador y propagador del mal […] Presenta un paralelo entre Cristo, hombre perfecto, segundo Adán, iniciador de la salvación y el primer hombre, el primer Adán, iniciador de la perdición. El primer Adán, que para San Pablo sólo era un Anti-tipo, «figura del que había de venir», se convierte en el centro de la especulación. La caída de Adán corta la historia en dos, tal como lo hace la venida de Cristo. Ambos esquemas se superponen como imágenes invertidas. A partir de este núcleo de sentido se constituirá el concepto de pecado original tal como Agustín lo entrega a la Iglesia.No es inútil subrayar de qué manera Agustín endurece el texto en el cual se trata del paralelo entre ambos Adanes, Romanos 5: 12. Para él, la individualidad de Adán, personaje histórico, primer ancestro de todos los hombres, no presentaba ningún problema. Pero ello tampoco presentaba problemas para los pelagianos. El di’ henòs anthrópou de Romanos 5: 12 y 19 significa literalmente per unum, es decir, por un hombre singular. Por otra parte, SAN Agustín comprende el ef’ hô pántes hémarton del versículo 12 como un in quo omnes peccaverunt, es decir, en quien hemos pecado. In quo remite a Adán. Por lo tanto, la exégesis agustiniana es ya una interpretación teológica pues si ef’ hô significa que «todos han pecado en Adán» el paso siguiente será buscar de qué manera todos los hombres ya estaban contenidos en él. Si, por el contrario, ef’ hô significa «por medio de lo cual», «sobre lo cual» o inclusive «por cuanto» todos han pecado, se mantiene el papel de la responsabilidad individual en esta cadena del pecado hereditario […] Agustín minimiza todo aquello que limite la literalidad del primer hombre: el pecado no fue inventado por el primer hombre, sino que éste posee una importancia mítica que supera la figura misma de Adán. Ese unus es menos un primer agente, un primer autor, que un vehículo: es el pecado como dimensión supra-individual quien reúne a todos los hombres, desde el primero hasta nosotros. Esto permitiría evitar una inter-pretación meramente jurídica y biológica de la herencia […] juridización que, no obstante, se abre paso: el pecado, dice Romanos 5: 23, no se imputa no habiendo ley. Agustín es responsable por la elaboración clásica del concepto de pecado original» (Ricoeur, ibídem); «Debemos admitir que fue San Agustín el primero que dio vida a esta idea retorcida, digna de la fervorosa y fabulosa imaginación de un africano pecador y arrepentido, maniqueo y cristiano, indulgente y perseguidor, que en su vida no hizo más que estar en una contradicción perpetua consigo mismo» (Voltaire, Diccionario filosófico). Pero esto no lo explica, tampoco, todo. Contra el mal voluntario y contingente expuesto por Pelagio, que entendía el «pecar en Adán» omo imitación, «pecar como Adán», Agustín, dada la «experiencia de su conversión, la experiencia viva de la resistencia al deseo y el hábito de la buena voluntad», rechaza «con todas sus fuerzas la idea pelagiana de una libertad sin naturaleza adquirida, sin hábito, sin historia y sin cargas, que sería en cada uno de nosotros un punto singular y aislado de indeterminación absoluta de la creación» (Ricoeur): «¿Qué tiene [el hombre] que no haya recibido? (1 Cor. 4, 7) […] Aquel que se halla lejos de Ti y no puede verte, que ande por este camino que le permitirá llegar, ver y poseer. Porque, aunque el hombre se deleite en la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de aquella otra ley que lucha en sus miembros contra la ley de su espíritu y le encadena a la ley del pecado, que está en sus miembros? Tú eres justo, señor, mientras que nosotros hemos pecado, hemos practicado la maldad, nos hemos comportado con impiedad (Dan. 3, 29). Tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros (Sal. 32, 4). Con toda justicia nos vemos entregados al antiguo pecador, que sedujo nuestra voluntad para que se conformara a la suya, que no perseveró en tu verdad (Jn. 8, 44). ¿Qué hará el hombre en medio de su miseria?» (Agustín de Hipona, Confesiones, 430).
La puerta se cierra, provisoriamente, detrás del cura. La claridad que se filtraba hacia el interior del confesionario envuelve, ahora, su puerta. El cura se adelanta hacia el niño, y con aquella sonrisa de campechana benevolencia que adoptan los eclesiásticos cuando interrogan a los niños, le pregunta si no se siente mejor; instantáneo, el niño esboza una palabra de la que sólo despereza una vocal, que es probable sea una o, pero que se asemeja a –y suena como– una e, e insinúa, con el movimiento de su cabeza, una i. Comienza a caminar sin dejar de asentir, y sintiendo cómo una mano casi obscena se despega de su espalda –No es inútil subrayar de qué manera Agustín endurece el texto en el cual se trata del paralelo entre ambos Adanes, Romanos 5: 12. Para él, la individualidad de Adán, personaje histórico, primer ancestro de todos los hombres, no presentaba ningún problema. Pero ello tampoco presentaba problemas para los pelagianos. El di’ henòs anthrópou de Romanos 5: 12 y 19 significa literalmente per unum, es decir, por un hombre singular. Por otra parte, SAN Agustín comprende el ef’ hô pántes hémarton del versículo 12 como un in quo omnes peccaverunt, es decir, en quien hemos pecado. In quo remite a Adán. Por lo tanto, la exégesis agustiniana es ya una interpretación teológica pues si ef’ hô significa que «todos han pecado en Adán» el paso siguiente será buscar de qué manera todos los hombres ya estaban contenidos en él. Si, por el contrario, ef’ hô significa «por medio de lo cual», «sobre lo cual» o inclusive «por cuanto» todos han pecado, se mantiene el papel de la responsabilidad individual en esta cadena del pecado hereditario […] Agustín minimiza todo aquello que limite la literalidad del primer hombre: el pecado no fue inventado por el primer hombre, sino que éste posee una importancia mítica que supera la figura misma de Adán. Ese unus es menos un primer agente, un primer autor, que un vehículo: es el pecado como dimensión supra-individual quien reúne a todos los hombres, desde el primero hasta nosotros. Esto permitiría evitar una inter-pretación meramente jurídica y biológica de la herencia […] juridización que, no obstante, se abre paso: el pecado, dice Romanos 5: 23, no se imputa no habiendo ley. Agustín es responsable por la elaboración clásica del concepto de pecado original» (Ricoeur, ibídem); «Debemos admitir que fue San Agustín el primero que dio vida a esta idea retorcida, digna de la fervorosa y fabulosa imaginación de un africano pecador y arrepentido, maniqueo y cristiano, indulgente y perseguidor, que en su vida no hizo más que estar en una contradicción perpetua consigo mismo» (Voltaire, Diccionario filosófico). Pero esto no lo explica, tampoco, todo. Contra el mal voluntario y contingente expuesto por Pelagio, que entendía el «pecar en Adán» omo imitación, «pecar como Adán», Agustín, dada la «experiencia de su conversión, la experiencia viva de la resistencia al deseo y el hábito de la buena voluntad», rechaza «con todas sus fuerzas la idea pelagiana de una libertad sin naturaleza adquirida, sin hábito, sin historia y sin cargas, que sería en cada uno de nosotros un punto singular y aislado de indeterminación absoluta de la creación» (Ricoeur): «¿Qué tiene [el hombre] que no haya recibido? (1 Cor. 4, 7) […] Aquel que se halla lejos de Ti y no puede verte, que ande por este camino que le permitirá llegar, ver y poseer. Porque, aunque el hombre se deleite en la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de aquella otra ley que lucha en sus miembros contra la ley de su espíritu y le encadena a la ley del pecado, que está en sus miembros? Tú eres justo, señor, mientras que nosotros hemos pecado, hemos practicado la maldad, nos hemos comportado con impiedad (Dan. 3, 29). Tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros (Sal. 32, 4). Con toda justicia nos vemos entregados al antiguo pecador, que sedujo nuestra voluntad para que se conformara a la suya, que no perseveró en tu verdad (Jn. 8, 44). ¿Qué hará el hombre en medio de su miseria?» (Agustín de Hipona, Confesiones, 430).
La puerta se cierra, provisoriamente, detrás del cura. La claridad que se filtraba hacia el interior del confesionario envuelve, ahora, su puerta. El cura se adelanta hacia el niño, y con aquella sonrisa de campechana benevolencia que adoptan los eclesiásticos cuando interrogan a los niños, le pregunta si no se siente mejor; instantáneo, el niño esboza una palabra de la que sólo despereza una vocal, que es probable sea una o, pero que se asemeja a –y suena como– una e, e insinúa, con el movimiento de su cabeza, una i. Comienza a caminar sin dejar de asentir, y sintiendo cómo una mano casi obscena se despega de su espalda –que se aleja en dirección a los altares laterales.