# POR ESAS CAUSALIDADES DE LA VIDA – por Héctor Gonzalo y Ana Dobratinich

“Me apoderaré del destino agarrándolo por el cuello. No me dominará”.

-Ludwig van Beethoven-

Siempre pensé que el ser humano estaba solo en dos momentos de su vida, en el de su muerte y frente a cualquier elección que hiciera. Si hacemos un alto, esta manera de pensar posee más la forma de una creencia que una frase fundamentada. Sometido a un breve análisis, posiblemente no vuelva formularse de la misma manera.

Dejando el extenso e inabarcable tópico de la muerte, nos ocuparemos de la segunda parte que reza “el individuo está solo frente a cualquier elección que haga”. Es importante puntualizar que al hacer referencia en la frase a “solo” lo estamos entendiendo, en este primer momento, en el sentido de que el hombre es libre para decidir sin ninguna determinación o motivación.

Empezaremos por examinar lo que consideramos eje temático y elemento esclarecedor, a saber, la relación de los acontecimientos y cómo estos se concatenan. El modo como sea tratado este tema va a influir y aclarar la respuesta sobre el individuo y su acto de elegir.

En la sociedad podemos observar un cúmulo de relaciones aparentemente ordenadas y rutinarias produciendo un enmarañado juego comparable a láseres de diferentes tipos, colores y tamaños proyectados dentro de un laberinto de espejos. En él los haces de luces se entrecruzan cambiando de grosor y combinando una multiplicidad de colores, volviendo al lugar de donde partieron pero desde otra dirección y con otra intensidad, encontrándose en direcciones opuesta y generando un interminable vaivén de idas y venidas. Estos sucesos se darán de forma muy rápida y de manera repetida aún cuando lo hagan de los modos más diversos. Al comprobar que de modo constante todos los láseres al chocar salen dirigidos por obra de los espejos, con diferentes trayectorias, vamos a hablar de causalidad como un modo para describir esta regularidad. Y se observa con ello que al hablar de causas no estamos hablando de un concepto a priori ni atemporal sino de un elemento de origen humano que se forma para poder dar una explicación a los sucesos que se nos presentan y con ello tener un cierta predecibilidad y manejo de nuestro entorno.

Los espejos, los láseres y los entrecruzamientos son la metáfora que representa a la sociedad en la cual se da una multiplicidad de hechos. La sucesión de estos va a poder ser concebida o bien como una cuestión lineal en donde le vamos asignar a cada uno de ellos una única causa, como el caso de la instalación de una plaza en un barrio a causa de que no hay árboles en la zona; o bien podemos entender que responde a más de una causa, las cuales irán desde el “entorno familiar” del acontecimiento hasta una circunferencia de dilatadas magnitudes que se nos hará difícil abarcar y manejar.

La sociedad es un conjunto de relaciones que son efectos y a su vez causas de otros efectos que están en constante interrelaciones, aparentemente algunas con mayor intensidad o más inmediatas que otras según el lugar que ocupen dentro de tal o cual acontecimiento. Este proceso se hace casi de modo automático y responde a la rutina y la costumbre, a una concentración ciega, irreflexiva y tranquilizadora en donde ante tal estímulo decimos automáticamente tal o cual solución, v. gr., si decimos robo concluimos falta de educación o para el dolor de cabeza contestamos medicinalmente ácido acetilsalicílico.

Hablamos de una red enorme cuyas relaciones se estimulan entre ellas, entonces al decir que un hecho se da por tal causa estamos haciendo un corte o marcando un límite arbitrario porque en realidad se dan un sinfín de causas para la producción ese hecho. V.gr., al pensar en un homicidio decimos que el acusado, soltero, graduado universitario, mayor de edad y de nombre R. Causa mató a la viuda y desempleada L. Efecto y entonces le aplicamos las normas, el acusado a la cárcel y será justicia. Sin embargo si observamos y hacemos un análisis detenido de los sucesos vemos que R. solo empuñó el arma que su padre le enseñó a usar, la cual le había regalado su abuelo cuya tenencia le fue dada por el Estado al obsequiársela como un presente inimitable de fabricación israelí según una técnica hermética aprendida de los kazajos quienes plagiaron su fabricación de los secretos de las divinidades adoradas por antiguos habitantes de Anatolia.

Por otro lado, al arma solamente empuñada por R. Causa, aunque ahora ya no sabría decir con seguridad si es él quien la está empuñando, deja ver un gatillo que oscila hacia adelante y activa la conexión mecánica que hace que un percutor golpee el cebador y provocando que la bala que ese encuentra en la recamara comience el proceso de disparo recorriendo todo el cañón, cuyos surcos en espiral de sus paredes capturan los gases en expansión y ayudan a mantener la bala sobre un camino recto hacia L. Efecto y produce su muerte. Allí tampoco nos quedamos, puede que finalice la tarea del armero pero comienza la del perito en balística, la del psicólogo y luego la del médico que tendrá otro embrollo en explicar las miríadas de causas que llevan a considerar fallecida a L. Efecto cuando la bala ingresó a su cuerpo, aunque lo más seguro es que se concluya que fue a causa de un paro cardio-respiratorio. Son muchas las causas que harían pensar que es imposible encontrar una única relación con el hecho de su muerte.

¿Logramos determinar cómo se produce en realidad lo que dimos en llamar homicidio?. Así podríamos llegar a dejar en libertad a R. Causa o sancionar las divinidades de Anatolia, al Estado, al abuelo, a nadie o se podría llegar a poner tras las rejas a toda la sociedad por su incidencia de un modo u otro o la víctima misma porque ese día su novio le dijo que vaya a visitarlo a la tres de la tarde y ella salió cinco minutos más tarde porque se demoró con el encargado del edificio que le comentaba de los nuevos impuestos municipales, así sucesivamente hasta encontrarse en el momento exacto con R., lo demás es historia sabida. La pregunta es: ¿quién mato a L.?

Nos veríamos agotados ante la inmensidad de acontecimientos que pueden tener injerencia en el hecho y angustiados de no poder poner un límite y establecer “la causa” del homicidio. Lo mismo nos plantearíamos ante un suicidio, y se nos presentaría la incertidumbre de saber si el hecho fue ocasionado por el mismo sujeto o por todos los habitantes de su pueblo con sus prejuicios, obligaciones y exitismos.

No podemos considerar que haya una sola causa. Los procesos no pueden pensarse como una secuencia constante, lineal y única de causa-efecto porque si observamos detenidamente en un acontecimiento intervienen montones de causas productoras interrelacionadas. Claro que podríamos estar toda la vida intentando establecerlas y aun así no nos alcanzaría el tiempo por ser omnicomprensivas de la totalidad a la cual nos remitimos. Es la incapacidad del ser humano de enfrentarse a la eternidad, en otras palabras es muy difícil estar tirado en suelo del sótano de Daneri viendo la esfera de Escher y de ese modo intentar abarcar hasta los más mínimos intersticios del gran entramado social. Imagino a los tribunales intentando resolver conflictos desde siglos y siglos pasados y si es que algún astuto no ha inventado suspicazmente la institución de la prescripción, los expedientes tendrían los mismos problemas y títulos que el cuento cortaziano “No se culpe a nadie”.

La solución se resuelve de un modo más simple y de hecho así es como lo hacemos. Decidimos establecer determinadas causas para determinados efectos, con ello marcamos los límites sobre cuál va a ser nuestro universo a analizar y donde haremos el corte hasta donde está permitido llegar. Ello nos permite lo que anteriormente llamaba tranquilidad, es decir, establecemos y damos por ciertas determinadas causas, lo hacemos desde la rutina y desde la costumbre aunque muchas veces estas nos jueguen una mala pasada como en la búsqueda de cosas perdidas entorpecidas por hábitos rutinarios dándonos dolores de cabezas para encontrarlas.

Lo que realmente ocurre es una sucesión de acontecimientos interrelacionados influyendo constantemente entre sí y de ello construimos el concepto de “causa”. A un acontecimiento le sigue otro y de esa experiencia constante que percibimos, le vamos a dar la característica de causa-efecto necesaria y única, una cadena de sucesos reiterados que se mantienen así hasta el presente v.gr. estamos seguros que el sol saldrá por el este y se ocultará por el oeste. Vemos por lo tanto que el conjunto causa-efecto se basa en la experiencia, estamos haciendo referencia a hechos pasados. Nuestra seguridad está dada por acontecimientos que sucedieron en un tiempo anterior. Es imposible predecir el futuro, tenemos convicciones de que los sucesos se darán en el futuro del mismo modo pero no podemos asegurarlo aún cuando pretendamos justificarlo del modo más razonable posible. Por ejemplo, cuando votamos elegimos desde lo que percibimos y rogamos que no nos toque “el gobernante que el pueblo se merece” sino uno que cumpla con su papel correctamente. Diremos que un suceso será causa de otro cuando se dé antes en un espacio-tiempo de modo constante. Ello lleva a generalizar de modo inductivo que en el futuro ocurrirá lo mismo dándonos esa serenidad ilusoria. Nuestro límite lo marca la experiencia por ello es que no podemos ir más allá de ésta, dejando de lado principios a prioris o metafísicos.

No podemos conocer el futuro y establecer causas necesarias y únicas de modo apriorístico. Tampoco podemos controlar los efectos y dominar todos los acontecimientos ya que al entrar a ese terreno estamos en el plano de las creencias. Si conoceríamos todas las causas que ocasionan un acontecimiento predeciríamos con una exactitud con la que soñaron los iluminados de la modernidad como Nicolas de Condorcet y sus construcciones geométricas o Pierre Jean George Cabanis y su medicina hacia la felicidad. Pero ello no es así, existen en cambio variables ocultas de acción, en contra de aquella idea de causalidad lineal que es nuclear en el surgimiento del pensamiento ilustrado.

Si la relación causa-efecto fuese universal y fundada nos llevaría a considerar que todos los acontecimientos se darán siempre del mismo modo despreocupándonos y rechazando toda visión apocalíptica, sin embargo observamos que no se cumple de este modo. Veamos un ejemplo. En nuestro ordenamiento jurídico tenemos la Carta Magna como única ley fundamental y de la cual se desprenden armoniosa y coherentemente un conjunto de códigos los cuales a su vez darán nacimiento a otras leyes y así sucesivamente. Ahora bien, llegado el momento de volcar las leyes en la sentencia, notamos que los jueces de iguales competencias aplican el sistema normativo de las más variadas formas dando lugar a diferentes sentencias. Por ello surgirá la necesidad de solicitar a órganos superiores unificar los criterios. Los magistrados reconstruyen las jerarquías de modos diferentes y ello incide en sus conclusiones. Se da la situación de leyes iguales arribando a soluciones diferentes. Vemos por lo tanto, que cada uno ha hecho el corte que considera necesario para la resolución del caso concreto para dar explicación frente a la vaguedad de la norma ante el caso concreto.

Somos nosotros quienes le daremos orden, leyes y armonía al caos de causas que intervienen. La necesidad por controlar y explicar los acontecimientos a través de teorías de asociaciones con un intento de entender el futuro. Pondremos las normas y las rejas para encuadrar en pocas causas el homicidio de L. Efecto.

Nos vemos superados por la imposibilidad de controlar todos los acontecimientos y al ver que continúan sucediendo de modo repetido en el tiempo podemos considerarnos unos individuos con mucha “suerte”. Es esta última la que nos dará esa paz al ver que el sol sale todos los días por el mismo lado porque en caso que un día deje de ser así estaremos ante la furia de alguna divinidad, un hecho anómalo que no coincide con la ley causal o un derrotero de los acontecimientos que estaría escrito en papeles invisibles, a veces llamado destino. Siempre desconfié de esos conceptos que clausuran todo tipo de pregunta posterior y lo dejan a uno con una ignorancia mayor o con cierta duda de saber si ello es así.

Analizando lo expuesto hasta ahora y adoptando una postura determinista, consideramos que todo acontecimiento es producto de causas en que no pueden sostenerse sucesos azarosos ya que todo es explicable si conocemos la secuencia de causas intervinientes en el hecho. Pero como ello es para algunos, muy trabajoso y para otros, imposible, se argumenta que ciertos fenómenos son productos incausados por un “algo desconocido” y el trato que le dan es muy superficial y con pocas ganas de complicarse la vida. Pensemos por un momento en la señora que se levanta temprano y antes de desayunar empieza a leer el diario desde atrás porque busca rápidamente el horóscopo. Ella considera que siempre “le acierta” con las cosas que dice, hasta con los números que le propone cada día. Pero en realidad ello no quiere decir que las máximas proféticas formuladas de modo general de los signos zodiacales tengan razón y nos digan cómo somos y que nos va a deparar el día.

Es decir, las predicciones no son las que aciertan sino que somos nosotros quienes les damos significado y valor a lo que el horóscopo establece. Adecuamos nuestra forma de ser y nuestros sucesos del día a lo escrito y acto seguido invertimos la relación dándole el poder al horóscopo de predecir el futuro o determinar nuestras acciones. La causa de nuestro actuar pasa ser el horóscopo y no nuestro actuar quien le da sentido al horóscopo.

Con ello vemos dos cosas. Por un lado, la dificultad de predecir el futuro, nunca he leído un horóscopo que diga “hoy ganará la lotería”, todo lo contrario siempre exponen máximas optimistas y obvias que la gente quiere escuchar asegurando así su éxito. Por otro lado la invención de artilugios con pretensiones de llenar el vacío que genera no saber explicar los hechos. Consideramos pues, que la palabra que verdaderamente de fondo está oculta es la ignorancia, el eterno miedo a decir “no sé” o la angustia que genera no poder abarcar la totalidad introduciéndonos a veces sin darnos cuenta, en el terreno de lo metafísico. Allí encontramos entre otras cosas, a los milagros como acontecimientos que se dan y de los cuales no se puede dar una explicación racional de cómo es que sucedieron.

Como el caso de un estudiante que confía en la suerte para que le vaya bien en un examen nos daría a pensar que le irá bien en la medida que haya estudiado y no se quede conforme con su actitud azarosa. Lo mismo podríamos pensar de la ayuda que vamos a darles a los once jugadores que juegan en Japón la copa mundial si tenemos puesta la camiseta de cábala o del fortuito descubrimiento del hongo penicillium chrysogenum.

Al hablar de cuestiones casuales estamos haciendo una causalidad eterna y apriorística. En ella estamos destinados por caprichos divinos mientras los seres humanos solo son partícipes de dichos acontecimientos pero cuyas causas no le pertenecen, ello es tarea divina, en mi opinión es más una terea por entender la complejidad de causas generando grandes enigmas. Ante estos deseamos buscar una explicación rápida que consideramos superior a nosotros y es de esperar que se formulen frases como “gracias a dios” o “el diablo anduvo metiendo la cola”. Este fideísmo nos va a liberar de muchas cargas explicativas y va a permitir que fuerzas sobre-humanas dominen nuestro accionar.

Cae en ello el sabido problema y su consecuente discusión que se generó en torno a la auxiliis. Donde entraba en conflicto la omnipotencia de Dios y todo lo que ello implica y la llamada “libertad” del hombre. Si damos lugar al poder infinito de Dios este conocería todos los acontecimientos del hombre sumado a que tendría el poder de influir y determinar en ellos pero por otro lado, el hombre se sentiría esclavo o encerrado en un determinismo del cual no puede salir y no es libre. Se pensaría en una pecera donde lo que hace es “nada” así como exento de toda responsabilidad.

Se podría pensar que hablamos de un determinismo de carácter divino en el que los acontecimientos ya están establecidos y escritos en las páginas de Dios. Pero lo que en realidad hay es un determinismo humano, es decir, que sale desde el hombre y el hombre es quien establece y forma los límites. Es que ante dicho determinismo la encrucijada se abre en dos caminos, por un lado aceptar el destino al que estamos programados y soportar el hecho de que lo que hagamos ya está establecido y de que nuestra libertad es un concepto ilusorio o por otro lado pensar, postura en la que me enrolo, que el hombre posee libertad para realizar los hechos sin modelos sobre-naturales. Es libre de actuar de un modo u otro pero ello siempre que considere que lo hace desde su libre elección y no dando la posibilidad de que dicha elección también haya sido prevista extra-terrenalmente.

Podemos concluir felizmente que el sujeto es libre y sus elecciones están fuera de todo elemento que lo determine y entonces nuestro primer problema planteado de que el individuo está solo frente a cualquier elección que haga se cumple correctamente. Sin embargo ello no parece ser así y me surge la duda de analizar ¿de qué hablamos cuando decimos libertad?, que según parece es la capacidad de auto-determinarse sin ninguna intervención externa. Pero si volvemos a líneas anteriores advertimos que todo acontecimiento incluso el de elegir cae en el determinismo. Todas nuestras elecciones por más autenticidad y pureza que queramos darles, de lo que en realidad están imbuidas es de esa multiplicidad de causas sean estas químicas, físicas, biológicas, históricas, entre otras.

El que haya elegido esta programa de fin de semana, responde a muchos otros acontecimientos, que vaya por este camino o por este otro, en el hecho que quiera ir a la plaza y no al cine se descubren montones de causas que seguramente desconocemos; y entonces la libertad empieza a convertirse en un concepto pulverizado si se lo concibe como un a priori y absoluto, anterior al hombre y libre de toda atadura. Hacer una elección es un proceso en el cual su juzgan y ponen en balanza montones de opciones de las cuales seleccionamos unas pocas. Este proceso no nos lleva mucho tiempo porque acortamos nuestros límites, no nos hemos sentado a decidir un largo tiempo de los efectos que podrían sucederse si elijo té o café. Y es que desde nuestra costumbre, en nuestras experiencias hacemos actos inductivos que se confirman constantemente ante la repetición. Allí estamos firmes, es mejor continuar con estos hechos para que nuestra teoría siga incólume y no nos veamos en el aprieto de ver caer todo lo sostenido hasta ahora. Nuestro futuro es incierto pero hacemos de cuenta que no, por lo que muchas veces rechazaremos causas que no nos den como resultado lo esperado por nosotros. Difícil es pensar una libertad independiente, la pregunta sería ¿independiente de qué?. Porque siempre está dependiendo de causas, concebida la libertad como eterna se convierte en una ilusión. El concepto parte desde los seres humanos quienes lo construyen y lo forman. Por ello es importante el papel que cumple el lenguaje y la carga emotiva con la que se carga a las palabras oscurece su significado como en el caso de “libertad”.

Ello nos lleva a replantear el significado con el que cargábamos en un principio del texto a la palabra “solo”, cuando hablaba del acto electivo del ser humano sin determinismos o motivaciones. Si se observa detenidamente, el acto de elegir está fuertemente influido por causas que hacen que elijamos una u otra cosa y ello no nos genera rebeldía ni un constante inconformismo porque lo hacemos de un modo imperceptible, rutinario y hasta de modo impensado casi a propósito porque imaginarse obligado por causas que se desconocen, invisibles sería un conflicto perpetuo frente a una voluntad humana que se cree omnipotente y avasallante. En definitiva, lo hacemos desde el lugar de seguridad construido por nosotros.

La elección del individuo se ubica en el medio de un laberinto donde su imagen es devuelta por montones de espejos y atravesada por otra gran cantidad de láseres. ¿Quien sabe que “láseres” lo han llevado a usted lector para que se encuentre ahora leyendo estas líneas con las que concuerda o critica?. ¿Quién sabe si ya en realidad conocemos de antemano como el croupier ha tallado las cartas o simplemente nos sentamos a jugar dejándonos sorprender o jugar a hacernos los sorprendidos?. Borges y su lotería babilónica se han encargado de explicar todas estas líneas con su exquisita exactitud.