Poder y Anonimato

By 28 noviembre, 2014n.12 - poder

por Macarena Couso y Luis Ángel Gonzo «Conque lo primero que voy a decir es mi nombre» Odisea, Homero.

Verde, portátil, de exterior rugoso, perforado en su parte superior con un tallado visible, y, a la vez, legible al tacto, de interior claro, igualmente calado, numéricamente, en sus invariables…

…– diecisiete – hojas, segmentadas según los diferentes datos, el Documento Nacional de Identidad ofrece al mismo tiempo que la homogeneidad de su formato, las particularidades propias de cada uno de los individuos que lo portan: Apellido, Nombres, Nacionalidad, Fecha de nacimiento, Domicilio (y sus cambios), Estado civil, Constancias electorales -reafirmándolos con una foto cuatro por cuatro en tres cuartos perfil y una espiral huella digital que invade la precoz imagen secundaria-
En tanto expresión de particularidades, el DNI, como categoría identitaria, nos introduce en un conjunto mayor, integrado por otras personalidades. Es decir, al mismo tiempo que homogeneiza bajo el nombre Documento Nacional de Identidad a la sociedad argentina, abre el abanico de nombres propios que componen los casi cuarenta millones de habitantes del territorio, otorgándoles los beneficios de la nacionalidad: derechos y obligaciones que se pactan para una buena convivencia de aporte y retribución entre individuo y Estado. (Beneficios que son inaccesibles para el ciudadano sin papeles: marginal, caído, como se dice, del sistema, pero a la vez – siempre – dentro de él, el indocumentado no puede acceder a los servicios elementales que la pertenencia de la nacionalidad ofrece: derecho al trabajo en blanco, legal, a la salud, educación, entre otros. Así, este individuo –su vida, las condiciones de su vida, los reclamos y aspiraciones por esas condiciones– se vuelve literalmente invisible a los ojos del Estado: tal es el caso, por ejemplo, de Garabombo, el invisible, personaje histórico retratado en la novela homónima de Manuel Scorza: se trata de un indígena al que no se le reconocen sus derechos, ni se lo percibe como habitante, como persona, haciéndolo invulnerable y, a la vez, inocuo, hasta que sus reclamos, al tocar intereses personales del gobierno de turno, lo vuelven visible y, por el carácter elitista y monopólico de los gobernantes, lo transforman en el blanco de la represión estatal.
De esta pertenencia de grupo que otorga el Estado, se desprende la importancia del nombre, que recorre la tradición occidental desde los griegos hasta nuestros días. En los tiempos de la polis, el peor castigo que podía sufrir un ciudadano, más acá de la obvia, inevitable muerte –que, aún siendo la supresión total, era preferible a la no existencia sometida de la esclavitud: «antes muertos que esclavos», solían decir en las batallas-, era, indiscutido, el destierro que, como indican su prefijo y su raíz, significa la privación, expulsión del territorio natal. Para los griegos, este castigo era el más grave y el de peores consecuencias, porque, además de la separación física, geográfica, le quitaba, al mismo tiempo, suidentificación: no había apelativo que, fuera de su tierra, lo refirieracomo ciudadano: si el patronímico, indicador y factor constituyente del ciudadano en la polis, indicaba, o bien lugares de procedencia, o bien profesiones o relaciones de parentesco, fuera de su patria que lo nomina, el ciudadano dejaba de ser tal: se convertía en un extranjero: si, por ejemplo, más adelante en el tiempo, un apellido como Goldberg, etimológicamente, significa montaña («berg») dorada («gold»), indicando las características de su terruño, un hipotético Goldberg exiliado en, pongamos por caso, la llanura, no deja de representar una paradoja entre el nombre y su referencia, ya que la identificación queda trunca.

En la actualidad, si bien el nombre no remite a las características físicas de la geografía habitada, sí comparte, con épocas pretéritas, la función de designar e integrar individuos en conjuntos gradualmente más abarcativos -familia, nacionalidad- en definitiva, se trata de emparentar grupos: dar identidad, pertenencia. En un plano más abstracto, esta pertenencia, realizada en la vida y uso de la región particular, es esencialmente lingüística, en el siguiente sentido: al nombrar (dar identidad) y enseñar a nombrar (identificar), se da la posibilidad de barajar el mundo (en principio, informe caos perceptivo) a través de las categorías y clasificaciones con que el sistema de signos constituye nuestromundo, tal como lo concebimos (clasificado,adjetivado, referido). Ahora bien: un detalle no menor es que esta pertenencia mayor, no permite, como sí lo hace el territorio geográfico, una fuga, un exilio«el lenguaje –escribió Barthes (Lección inaugural)– es un a puertas cerradas» vaya donde vaya, físicamente, el individuo, aunque atraviese montañas, llanuras, océanos, playas, cielos, siempre va a estar, digamos, en esa burbuja que señalará montañas, llanuras, océanos…, sin poder salir de ella: la lengua, en este sentido, es tiránica: es un parámetro rector de la existencia cuyo radio de acción y alcance, tenaz, no tiene límite (salvo, claro está, la muerte).
Sería redundante decir, a esta altura de la nota, que la facultad de nombrar, que la característica de poder ser nombrado e identificar y, a la vez, ser identificado, es un factor que otorga, y distribuye, costos y beneficios, jerarquías, órdenes: que es, en una palabra, un factor que establece relaciones de poder; sería tautológico avanzar sobre este punto e ilustrarlo en una recopilación de ejemplos que no ofreciera más que la mera sucesión verificable en la vida cotidiana (el inmigrante en tierras desconocidas; el beneficiado por un apellido acomodado…); más arbitraria, y más interesante que esas verificaciones, me resulta la posibilidad de trabajar sobre el poder del anonimato, del no-nombre que, tiranía de la lengua, es, a su vez, así llamado, y sobre su incidencia en la identidad personal y colectiva, en dos estadios socio-históricos apuntados para la ocasión: se trata, en primer lugar, de los rituales carnavalescos renacentistas, cuyas enmascaradas actividades permitían una inversión en las jerarquías y los valores sociales, dando lugar, con su actuación, a la chance de evadir la propia condición social (escapar, disfrazado, del nombre y de la identidad); en segundo lugar, me centraré en el poder del anonimato en un figura en acción en la actualidad: es el caso del Subcomandante Marcos, junto al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por la reivindicación de las tierras en el territorio de Chiapas, México, desde 1994.

Rituales carnavalescos
«Musa, la máscara apresta,/ensaya un aire jovial y goza y ríe en la fiesta/del Carnaval»
Canción de carnaval, Rubén Darío

Este epígrafe, primera cuarteta del poema -perteneciente al libroProsas profanas y otros poemas-, da algunos indicios para empezar, también, este parágrafo: no es el caso desarrollar un minucioso análisis estilístico del poema (o del cuarteto); sí señalar algunas cuestiones nodales: en primer lugar, lo más visible: las mayúsculas. En el caso de Musa, si tenemos en cuenta que es el vocativo que inaugura el poema, y, además, la sublimación estilística a la que el modernista se dirige, es decir, su ideal de Belleza (así, con B mayúscula), no es extraño, razón estilística y gramatical mediante, que la evocación esté escrita así, con M; diferente es el caso de Carnaval. ¿Por qué escribir Carnaval, conC? Es difícil, a un hombre que dice, con un aplomo casi hosco, «yo no soy un poeta para las muchedumbres», imaginarlo ensalzando, sacralizando en forma mayúscula una «festividad popular que consiste en mascaradas, comparsas, bailes y otros regocijos bulliciosos».
Pero no, no soy ingenua. Darío no es un veraneante; es un escritor. El Carnaval, con C, es antes que nada un código literario que remite a una serie (todo escrito no es sino eso); no de otro modo se comprende «la victoria de tu risa [de la Musa] funambulesca»: arte poética de la palabra equilibrista entre la forma que persigue y el silencio, entre la forma que constituye y las otras formas que la valorizan, entre lo que escribe y lo que otro lee de esa escritura. Lo que representa el Carnaval (literario: liberación de valores, de categorías, cierto desorden alegre), puede vislumbrarse, también, en el otro rasgo destacable del cuarteto-epígrafe: su puntuación: sólo hay en la evocación -más allá del punto final que cierra gramaticalmente toda frase escrita- Quiero decir: después de ordenar la máscara, el cuarteto deviene sin comas y con dos abundantes copulativos en el tercer verso (se podría decir, con cierto alboroto o entropía que prefigura las ¡dieciséis! cuartetas siguientes), y, además de este detalle puntual, el tópico se desgrana de la adjetivación (jovial) y la verbalización feliz (goza, ríe) que remiten al pie quebrado que da cierre: «la fiesta/ del Carnaval». ¿Qué es el carnaval? Una actividad tumultuosa que desarrolla su torrente de acción desencajando las normas de circulación (por la lengua, por la vida). Pero hay más.

 

Podemos concordar con la siguiente afirmación: “Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las imprevisibles transformaciones del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra […] saber que hipócrita era actor, y persona, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética” (Borges, “Sobre los clásicos”, Otras inquisiciones). De acuerdo. Que Macarena venga de makarios, que significa alegre, afortunado, no describe, necesariamente, ni hace más feliz, el carácter de mi persona, ni el de este escrito o su destino. Pero sobre ese poco que nos servirá de la etimología, y sobre la raíz de persona, que Heráclito tuvo muy presente al evocar su río, avanzaremos. Volvamos, para eso, al diccionario de la Real Academia Española, ese lastre imperial que aún en la actualidad pretende regentear los muros significantes de una lengua que se habla a lo largo y ancho de territorios tanto más vastos y diversos que el de sus impulsores, y que aún, paradójicamente, sirve de aval: “Carnaval. (Del it. carnevale, haplología del ant. carnelevare, de carne, carne, y levare, quitar, y este calco del gr. π κρεως.) 1.m. Los tres días que preceden al comienzo de la Cuaresma.” Esto tiene sentido ya que, en el calendario religioso, el período del carnaval comienza el seis de enero y culmina el Miércoles de Ceniza, es decir, tres días antes antes de que el cristiano quite de su menú la carne. Pero, ya durante el carnaval, la carencia, el quitar, funciona. Tomemos el siguiente fragmento de Bajtin, analizando el Pentagruel de Rabelais, en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento (P. 160): “En el Libro Cuarto, Pantagruel y sus compañeros desembarcan en «la isla de los quisquillosos», cuyos habitantes se ganan la vida haciéndose golpear. El hermano Juan elige un quisquilloso de «jeta colorada» y le da una paliza por veinte escudos: «El hermano Juan golpeó tanto con el bastón al Jeta Colorada, en la espalda, el vientre, los brazos, las piernas y la cabeza, que me pareció que había muerto molido a palos.» Vemos que no se descuida la enumeración anatómica de las partes del cuerpo [notemos también que el único nominado es el que llega desde afuera al carnaval; no el participante a continuación adjetivado]. Rabelais prosigue en estos términos: «Después le pagó los veinte escudos. Y el muy pícaro ya se había incorporado, satisfecho como un rey o dos». La imagen de «un rey o dos» sirve para designar el grado de satisfacción del quisquilloso. Pero laimagen del «rey» está asociada especialmente a las alegres batallas y a los insultos, así como a la jeta roja del quisquilloso, a su muerte fingida, a su reanimación, a su brinco de payasodespués de la tumba. En determinado nivel, los golpes e injurias no tienen una cualidad individual y cotidiana, sino que son actos simbólicos dirigidos contra la autoridad suprema, contra el rey. Nos referimos al sistema de imágenes de la fiesta popular, representado del modo más perfecto por el carnaval”. Con esta cita quiero indicar: pensar el fenómeno del carnaval, implica remitirse a festividades populares cristianas o paganas donde las máscaras, elemento primordial de estos rituales, constituyen, intrínsecamente, la posibilidad de la dualidad: ser dos, ser uno, no ser: parecer, actuar: la identidad se diluye en el disfraz y se accede a un anonimato que, a través de lo simbólico, socava (invierte, da acceso libre a) los estamentos sociales y su vigencia –subvierte la autoridad: degrada, a través de la risa, y permite, siendo ninguno, o siendo un antifaz, respecto a uno mismo, ser –y apelar a– otro: se quita el valor del valor: se lo relativiza, o, más bien, se lo transgrede legalmente: “[estas fiestas] no son una rebelión temporal en contra de la norma, sino una transgresión autorizada que se instituye en el marco de una ley vigente y conocida por todos los participantes” (Eco, ¡Carnaval!) –agregaría: ley vigente constituida en la festividad y la risa (medio y fin, única indemne de la corrosión), que permite la entropía y la transgresión alegre; todo lo que contenía, potencialmente, el verso de Darío. Se podría añadir que el extremo de esta propuesta de disfraces está en el idealismo: si atendemos al río de Heráclito, al que no se puede entrar dos veces, y a lo que reza cierto bolero, yo soy lo que hay aquí/ aquí está mi antifaz/ debajo hay otro más, podríamos decir, lejos de todo materialismo, de todo historicismo, que somos un anonimato (un ente sin nominación) que se disfraza con cada acto (actuamos; máscara: raíz de persona). Incomprobable postulado; tendríamos que concebirnos, de forma a mi entender imposible, fuera del lenguaje. Volvamos a la historia.

Chiapas
«Porque el que murió peleando, vive en cada compañero»
Milonga del fusilado, Los Olimareños

Selva Lacandona, Estado de Chiapas, México, 1994. Un grupo guerrillero con un estilo sui generis: no a la toma del poder: aquí el pueblo manda/el gobierno obedece –sí a la reivindicación de la matriz cultural de los pueblos nativos, perdida por el gobierno.-
EZLN. Ejército Zapatista de Liberación Nacional -identidad: campesinos, combativos-.

Una figura se presenta bajo el seudónimo Subcomandante Marcos, la cara tapada, y los ojos, únicamente, al descubierto: una mirada estrábica, que sabe que la selva limita, porque aleja de otros focos de conocimiento y se cierra sobre sí misma, mientras que, al mismo tiempo, reconoce que ese territorio es el único medio –territorio virgen– en el cual puede funcionar una célula como ésta, marginal, lateral a las relaciones de fuerza establecidas y desarrolladas en el llamado territorio nacional: es decir, una doble mirada que se sabe, concienzudamente, dentro del adentro -¿acaso es posible salir?- y, a la vez, limítrofe, representando lo otro respecto al territorio que lo engloba, a saber, México. Pero ésta mirada no es, de ninguna manera, contemplativa –o, al menos, no es solamente eso.- También es acompañada de acción: mira hacia afuera y engloba, cataloga y analiza las condiciones externas al grupo; y mira hacia adentro, hacia su propia base, constituyendo, integrando,articulando su qué y su cómo hacer, internos, con lo dado en el exterior. Entonces, que en la aparición de las células, en su accionar, lo único que se muestre, de la cara del Sub, sean losojos, demuestra a la vez la señalización de un camino y el modo en que, valga la redundancia, se abre el camino para transitarlo.
¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere? Y la boca, ¿sabe morir?
La boca cubierta –corrida de un primer plano, en el que están los ojos–, sin embargo no obtura el paso de la voz; al contrario, ejecuta una doble significación: por un lado, su aparente mudez denota un silencio integrador, que permite modular una esencialidad pese a las diferencias; mientras que, en ese reconocimiento, permite el paso de la voz y la comunicación, el diálogo y la organización como grupo –de rostro comunitario, indiferenciado y a la vez identitario.-
«No me recuerden la cara/ que fue mi cara de guerra / mientras hubiera en mi tierra/ necesidad de que odiara. / En el cielo que se aclara/ sabrán como era mi frente»
Un pasamontañas que lo excluye del reconocimiento, y que implícitamente nos dice que su lugar puede ser el lugar de cualquiera. Donde no logra descubrir, acierta a entrever, anunciar y dirigir; por encima de él: la masa. El pueblo. Todos. Dice el Sub-comandante: «Marcos es el nombre de un compañero que murió, y nosotros siempre tomábamos los nombres de los que morían, en esta idea de que uno no muere sino que sigue en la lucha».

«No me pregunten la edad,/ tengo los años de todos,/yo elegí entre muchos modos/ ser más viejo que mi edad. Y mis años de verdad,/ son los tiros que he tirado./ Nazco en cada fusilado,/ y aunque el cuerpo se me muera/tendré la edad verdadera/del niño que he liberado»

Nacidos de cada fusilado, bajo la comandancia de Marcos –que encarna los años de todos–, el EZLN apunta un significado más a partir del prefijo que acompaña a su líder: Sub; Marcos: compañero muerto; Sub: debajo de; Subcomandante Marcos: los vivos emergiendo de debajo de los caídos, levantando las banderas de su lucha. Es decir: el prefijo sub-, que no indica otra cosa que «abajo, debajo, abajo de», entonces, si pensamos, en un nivel macro, al EZLN como movimiento revolucionario contracultural, no puede surgir de otro espacio que no sea de abajo: emerge, brota, crece, busca disolver la dicotomía norte-sur que separa las aguas de las realidades político-económicas. (Del mismo modo que lo representó Joaquín Torres García invirtiendo el continente americano, dejando el Sur en el Norte, y viceversa en el cuadro nominado América del sur; así como lo hiciera Mariano Azuela en su novela Los de abajo para explicar el tiempo en que los mexicanos todavía se dedicaban a vivir de la producción de las haciendas y del trabajo propio de un ranchero en la labor y en la sierra.) Este prefijo sub– no hace otra cosa que desestabilizar la pirámide de jerarquías, romper la horizontalidad del territorio (la verticalidad del poder), crispar el suelo fertilizándolo de reclamos, reivindicaciones, contradicciones. «En el nombre de esas cosas, todos me estarán nombrando»; este nombre, además de tener la función de llamar, Marcos aparece como un sustantivo colectivo que enmarca al grupo (del mismo modo ejército, que engloba el conjunto de soldados), y marcha como vanguardia de todas las caras, todas las voces, todas las manos anónimas que se disuelven en la masa que, constituida como grupo, a la vez, da identidad a las individualidades que la conforman a partir del objetivo común: es decir, en función de él las representa, las vuelve a presentar bajo el marco que las aúna en su identidad.