Perímetro de Caza de Alejandro Olgiatti

No es fácil reconocer el ruido de un motor en medio de la llanura, para eso uno tiene que haberle ganado al aburrimiento, a los espejismos y además se debe tener el oído fino de un zorro para captar ese sonido que, por momentos, se parece al zumbar de langostas cortando el aire. Al principio creímos que se trataba de una nueva carrera, de algún competidor fuera de ruta que terminaría por entrar al pueblo en busca de combustible, agua o comida, como pasó unos meses atrás con aquel par de corredores de rally. Estuvimos sin hablar unos minutos hasta que Marianito se levanto de la silla, se acercó a la ventana y, segundos después, señaló la nube de polvo y al automóvil de color rojo que se acercaba haciendo zig zag entre las huellas arenosas del camino de entrada. Eso nos puso de mejor ánimo y festejamos con aplausos el constante avance del auto al cruzar las vías del Provincial, al pasar de largo la estación de servicio, el Club Everton y la carnicería del gordo Maciel. Avanzaba a baja la velocidad hasta que lo vimos detenerse cerca del bar, justo bajo la mancha de sombra que dejaban los tilos sobre la calle. Tenía roto uno de los faros delanteros y un raspón sobre el lado derecho, como si se hubiese llevado por delante algún poste.
Había bajado un hombre, y después una chica que no parecía ser su hija. Me gustaron sus piernas largas y blancas. La miré sin poder quitarle los ojos de encima. Se pasa un pañuelo por la cara y se sacudía el pelo molesta por esos remolinos de tierra que le iban mordiendo los pies, molesta también por esos insectos que volaban sobre su cabeza. Algo le había dicho al hombre, una frase corta que el tipo ni siquiera había tomada en cuenta pues se lo veía de mal humor, tal vez por culpa de ese polvo que lo hizo estornudar un par de veces con la boca abierta. Llevaba bermudas floreados, camisa de mangas cortas y zapatillas de lona; se había quitado unos anteojos oscuros y a simple vista no parecía tener más de cuarenta años. Era alto, algo encorvado al caminar y eso le restaba altura a su cuerpo. Caminaba atento a los jardines vacios de las casas, atento también a nosotros que no dejábamos de observarlos. La chica cerró las puertas del auto y avanzó hacia el bar a paso veloz mientras se iba quitando de encima unas langostas zancudas que se le enganchaban en el pelo. Cuando el tipo entró al bar tropezó con un par de sillas por culpa de cierta ceguera que le había dejado el sol, se acercó al mostrador con un “buenos días” y dijo querer un par de cervezas. Aprovechó la espera para preguntar por el camino que los haría llegar más rápido a Punta Arenas, un balneario que quedaba como a treinta kilómetros de distancia.
Galver, que siempre era el encargado de hablar con los desconocidos, le despachó las últimas cervezas que había en la heladera y apuntó con un dedo hacia las vías del Provincial. “Siga por el camino paralelo al ferrocarril y en menos de media hora podrá ver la playa”, contestó.
El tipo dijo “gracias” mientras le dejaba unas monedas de propina y forzó la vista a través de la suciedad de los ventanales tratando de ubicar la línea del camino que desaparecía detrás del terraplén. Lo vimos sentarse bien cerca de la chica y los dos se pusieron a hablar en voz baja.
-Estos son de los que trabajan en oficinas- dijo Esteban, mi otro primo, que siempre tuvo buen ojo para clasificar turistas.
-¿Y vos como sabes?- pregunte.
-Se los ve como si nunca hubiesen estado bajo el sol- contestó.
El viejo Galver fue quien tomó la iniciativa, rápido en ajustarse las botamangas del pantalón con un par de broches y ágil en sacar la bicicleta hacia el patio que hay atrás del bar; luego hizo señas para que me acercara: -Voy a preparar las cosas y enseguida regreso- me dijo mientras montaba sus casi cien kilos sobre la bicicleta y comenzaba a pedalear entre esos remolinos de tierra que le pegaban en medio del cuerpo.
Nosotros tres nos quedamos sentados junto al mostrador; desde ese lugar los teníamos bastante cerca y, aunque seguían hablando con murmullos, lográbamos escuchar algunas frases sueltas donde la chica insistía en salir y en dejar atrás este lugar. El tipo la escuchaba sin contestarle, tragaba la cerveza en tragos largos, de vez en cuando se apoyaba la lata fría sobre el cuello mientras se esforzaba por memorizar las formas del paisaje. En cierto momento la chica nos puso los ojos encima ofendida por tanto calor y abandono, echándonos la culpa por esos insectos que se desprendían de las maderas del techo y que terminaban rebotando en la mesa o en el vidrio de la ventana.
Era evidente que ellos estaban habituados a otras comodidades, por eso el tipo seguía molesto por el polvo, arrugando la nariz por culpa de ese olor que el viento arrastraba desde los criaderos. Al rato me hizo señas de querer otro par de cervezas. Les acerque soda fría que, dicho sea de paso, era lo único que quedaba en la heladera. Me mantuve cerca de ellos, me gustó el perfume de la chica y el olor que tenía su ropa, una mezcla de coco y vainilla que se metía muy adentro de la nariz. Le causó gracia cuando le pregunté si eran de la ciudad, si vivían en esos edificios gigantes y si era cierto que desde los techos se podía ver todo el ancho del río.
-¿ Y éste de dónde salió? – dijo la chica entre risas.
El tipo no le dio importancia a la pregunta; seguía demasiado molesto por ese olor a establo que llegaba en ráfagas tibias, resoplaba molesto por mi presencia y puteaba por lo bajo vaya uno a saber por qué, hasta que luego de un rato me dijo que les hiciera algo para comer.
-Dale, prepará algo rápido que nos vamos de acá- dijo y su voz quedó suspendida en el silencio del bar.
Lo mejor fue ubicarme detrás del mostrador, calentar algo de pan y cortarlo en rodajas, untarlas con un poco de manteca, ponerme a buscar algunos trozos de carne adentro de la heladera, pero a partir de ese momento las cosas comenzaron a verse de otra forma. Nos fuimos dando cuenta que se acortaba el tiempo y para colmo había que cuidar a Marianito que ya era una pila de nervios, repetitivo al golpear sus dedos sobre la mesa y eso porque lo iba desesperando el apuro que adivinaba en la chica. Esteban terminó saliendo y se puso a observar hacia ambos lados de la calle esperando ver a Galver. A la chica se le dio por salir también y supuse que el tipo haría lo mismo pero tuvimos suerte porque de repente cambió los pasos y se me acercó diciendo que quería ir al baño.
-Está en el patio- dije, y señalé hacia el largo de la galería.
-Termina rápido los sándwiches- me ordenó.
Le hice señas a Marianito y lo hice quedar detrás del mostrador.
-Voy a hablar con Esteban pero vos no te muevas de acá, ¿me entendes’- dije.
-¿Vas a tardar mucho?
-Lo mejor que podes hacer es no moverte de acá.
Camine hacia Esteban que puteaba por lo bajo porque a Galver no se lo veía por ningún lado. El viejo muchas veces se retrasaba, era cierto, pero en este caso Esteban tenía razón para enojarse porque el viejo ya tendría que haber preparado las cosas.
-¿Qué mierda está haciendo que no viene?
-A lo mejor encontró a otros turistas- contesté.
-Imposible.
-Puede ser, ¿y si son amigos de los que están acá?
-Entonces vas a tener que ir a buscarlo.
-Marianito va a quedarse solo.
-No importa, vas a tener que ir igual.
-¿Y yo por qué?
-Primero porque yo lo digo, y segundo porque sos el más chico de los tres.
Traté de convencerlo al decirle que lo mejor era esperar a Galver, que él siempre nos había dicho que no había que perder la calma, pero durante la charla que duró apenas unos pocos minutos se me ocurrió mirar hacia las ventanas del bar y descubrí que Marianito ya no estaba donde se suponía tenía que estar; por instinto miramos hacia la chica que se mantenía apoyada sobre uno de los lados y regresamos al bar. Cuando entramos, solo fue cuestión de dejarnos guiar por ese sonido grave que llegaba desde el baño. Avanzamos por la galería, cruzamos el patio y ahí estaba Marianito que había logrado emboscar al tipo; lo tenía en el piso y lo pateaba entre las costillas con esos botines que, meses atrás, le había quitado a otro turista empleado del ferrocarril. Marianito siempre fue demasiado brutal con los desconocidos, siempre había tenido esa mezcla de miedo y bronca que lo convertían en alguien imparable. En este momento se había transformado en un quejido rabioso que caía una y otra vez sobre el cuerpo del tipo. No sé como hizo Esteban para arrinconarlo en un lado del patio; no había modo de tenerlo quieto, ni siquiera cuando le prometió que nadie se iba a enterar de lo que había hecho. En medio de la refriega, Esteban me ordenó salir y alcanzó a decir que estuviera atento a la llegada de Galver.
-¡Que la chica no se vaya!- gritó.
Llegué a la calle lo más rápido que pude. Afuera flotaban pelusas de cardo y casi no quedaban espacios de sombra. La chica continuaba apoyada sobre un costado del auto y se mostró intranquila al ver que me iba acercando. Metió un brazo por el hueco de la ventanilla abierta e hizo sonar la bocina un par de veces. Tal vez se asustó por mis movimientos raquíticos, para colmo yo venía con un par de días sin bañarme y casi ahogado por tanto calor. Levanté mi brazo y señalé hacia el cielo, hacia el sol que nos caía recto en medio de la cabeza. Cuando la tuve cerca le hablé del tiempo, de la lluvia que hacía meses no llegaba, de los animales sedientos y se me ocurrió contarle que hasta los pájaros caían muertos de las ramas de los árboles.

No sé si alcanzó a escuchar esto último, la cuestión es que ella abrió la puerta y metió medio cuerpo adentro del auto para hacer sonar otra vez la bocina. El motivo de su insistencia fue que había visto a mi primo Esteban salir solo del bar; a él se lo veía igual de desprolijo pero además se sumaba la camisa rota, el raspón en un costado de la cara y ese hilo de sangre que le bajaba de la nariz. Le pregunté a mi primo si no sería mejor esperar a Galver, pero ordenó que no me moviera, que él podía solo. Lo vi caminar con esfuerzo hacia donde estaba la chica que ahora estaba lista en arrancar el auto, pero resultó inútil porque Esteban logró sacarla de los pelos y llevarla a los tumbos hacia el bar.
Nunca me gustó la violencia, lo mío era otra cosa; por eso miré hacia otro lado, por eso fue mejor entrar al auto, ponerme a revisar los bolsos que habían quedado en el asiento de atrás, entretenerme con unas fotos y con la ropa de la chica que olía a lavanda.

* * *
Era sábado y resultaba fácil percibir las ondulaciones que provocaba el calor sobre las calles del pueblo. Galver se había encargado de asar la carne y lo había hecho bien. Nadie criticó el mal día que tuvimos ayer, tampoco hablamos del desmayo de Galver al caerse de la bicicleta y a mí nadie me echó la culpa por haber dejado solo a Marianito. Festejamos lo bien que le quedaban los bermudas floreados a Esteban y le dimos la razón cuando dijo que ellos eran gente de carne muy blanca y algo desabrida.