Perdón, pero… Yo Vengo de Otro Lado por Luis Straccia

Siempre me ha llamado la atención la cara de algunos músicos, sobre todo de rock, cuando al tocar su instrumento gesticulan cual si estuvieran sentados en el inodoro afrontando un duro combate contra la constipación.
Se me dirá que eso tiene que ver con el sentimiento que ese muchacho pone en cada nota, en cómo se mimetiza y complementa con el instrumento de donde sale el sonido, en como el mismo se transfiere hacia cada fibra de su rostro. MMMM, bue…podría ser.
Sin embargo mi muy humilde opinión es que se trata más de una posturita que una realidad, sino no se explica cómo existen músicos, y muy buenos, que no sufren ni experimentan esa transformación cuasi mística.
Pero bien, se trata del músico y ahí cada uno es como es. Más algo parecido, pero en mayor grado, me ocurre con el público. O mejor dicho con algunas personas del público. Con aquellos que asumen determinadas posturas al escuchar ciertas canciones. Veamos…a ver si logro explicarme.
Hablo de ese contador, medio pelado de traje aburrido, que escucha un tema de Sabina y entrecierra los ojos y se cree, porque creo en un determinado momento realmente se lo cree, que esas canciones hablan de él. De lo que le ha pasado, de su vida, de sus noches de descontrol –ninguna en realidad, pobre muchacho, pero su fantasía ha terminado por crearlas como reales-. Entonces durante los tres minutos que dura una canción siente que es uno de esos conductores suicidas de los que habla el cantautor.
Recuerdo un recital de Charly García (Umplugged) por la MTV, donde una flaca que estaba sentada a su lado ponía la misma cara de compenetración y dolor (ya citada líneas arriba y que pareciera ser una constante más allá de lo que hable la letra) y m

ovía la cabeza como asintiendo o aprobando lo que Charly cantaba. Que vendría a ser algo así como “claro, es lo que yo pienso (ante un tema determinado como puede ser el amor, la política, la pareja, el sexo….) pero que no he escrito, pero de haberlo hecho sin dudas hubiera usado estas palabras”.

Lógico, las primeras veces que uno escucha un tema podrá pensar en eso, e incluso realizar algún gesto…pero después, lo gestual ¿para qué? A no ser que se me diga que es para que el otro o los otros vean que yo también ando por ahí, es decir existo a partir de lo que otro dice pero que sepan que es como si lo estuviera diciendo yo…
Ni que hablar del espectáculo patético y lamentable de aquellos integrantes de clubes de fans, que enfundados en los trajes o vestimenta que ha popularizado el o la ídolo/a en cuestión, copian y se mueven como lo hace o hacía dicho personaje en público –porque son muy pocos quienes saben si Elvis andaba con el jopo en todo momento, por decir algo vió- en diversos órdenes de su vida privada.

Entonces cantan como Gilda, o van al cine vestidos como personajes de Harry Potter, o andan por ahí siendo incapaces de quitarse su camiseta de fútbol, porque para ellos “XXX es un sentimiento, papá”. Ahora qué carajo quieren decir, no sé…porque un sentimiento pero de qué tipo? Mejor ni se les ocurra preguntarlo, porque lo más probable sea que la respuesta ande por el lado de “un sentimiento que se lleva adentro, fiera”, y ahí sí que por la salud de uno es mejor no continuar indagando con frases del tipo “dentro de qué” “”qué llevas?”, etc, porque las consecuencias, más allá de la clase social a la que pertenezca el sujeto en cuestión y hacia qué o hacia quien se profese el fanatismo, uno corre el riesgo de experimentar daños similares.

Digo hacia qué se profese, porque tan absurdo o más que lo antedicho se me presentan los seguidores de marcas. Los hinchas de marcas. “Aguante el Ford” o “soy de Chevrolet a Morir Guacho!! Los de Ford se la comen “Gatos” (publicado en http://la15esdechevrolet.fullblog.com.ar). Porque que uno sea seguidor de un piloto, bue puede ser que admire su manera de manejar, su capacidad de definir la estrategia de carrera, etc. Pero, cuál es el sentimiento de un pistón o un buje, o del árbol de levas de tal o cual auto? Ah, cierto, mejor no preguntar sobre esas cosas.

En definitiva, en mayor o menor grado, entiendo que estas diversas manifestaciones, más allá de la superficialidad que representan en un comienzo, guardan en su interior algo más profundo. Dan cuenta de la carencia, y justifican la presencia de un sentido, de algo que dé cuenta de que me muevo por algo. Pero, la pregunta es ¿si ese algo no está, qué nos pasa como sujetos?

Hace un tiempo una nena enternecía a un montón de paparulos, al cantar que tenía el corazón con agujeritos. La introducción desvariada anterior tiene que ver con eso, con esos huecos que uno carga encima y que busca llenar con algo, con aquellas carencias de vivencias y/o sentido, que busca completar de cualquier modo.


Están las que son individuales, propias de cada sujeto. Íntimas. Ahí conceptos como felicidad, culpa, dolor, angustia, son propiedad de cada uno. Bien pueden ser consecuencias de las segundas…
Estás son las compartidas, sociales, generales.
Ambas tienen como factor común que tanto a la hora de existir, de reconocerlas como tales, como al momento de encontrar la manera de superarlas están marcadas por la preeminencia de una determinada ideología en boga. Por ende no son iguales en todo momento, ni son predominantes siempre, sino que mutan permanentemente, incluso de forma tal que no podamos percibir esos cambios.

Pero sí, las sociales, nos atraviesan y afectan a todos.
Hasta hace un tiempo, pensábamos, imaginábamos, soñábamos, que las carencias (individuales y sociales) se taponaban yendo para adelante. Con el bagaje del pasado y con una visión de futuro, estuviera Ud. Acá, allí o en la vereda de enfrente, estaba eso de que la carencia se solucionaba con progreso.
Porque de golpe y porrazo no pudimos entender bien en donde estábamos parados- Aquello que se dio a vivíamos y conocíamos como modernidad (conjunto, búsqueda, cambio, horizonte) había sido desplazado por lo que se llamó posmodernidad (individuo, hedonismo, cortoplacismo). Y cada una de ellas contaba con una moral diferente.
Con un tupé arrogante estuvo aquel que nos dijo que las ideologías habían muerto, incluso un Presidente electo y reelecto por el voto popular –por varios cuerpos de ventaja no nos olvidemos- planteo esta teoría.
Y si la ideología ha muerto, si ya no tengo forma ni modo de entender que hago acá parado en este mundo con mis cosas y familia (entendiendo por tal lo que uno quiera entender) todo es…la nada, y yo soy parte del todo.

Flor de hueco me dejaron

Y me llevó un tiempo adaptarme –mentira, simulo estarlo porque de alguna forma debo comer y vestirme- a lo que se presenta como una nueva ideología pero que no es más que la negación de la misma.

En este temporal no resultó extraño que algunos se refugiaran en la nostalgia de aquello que dice que todo tiempo pasado fue mejor, y levantaron banderas del tipo “patria sí, colonia no”, que no todo el mundo entiende, ni son ya tan reales como supieron serlo.
Pero que en el medio del vacío y ante la carencia de lo nuevo, resuenan como verdades irrefutables para aquellos que buscan algo de lo que asirse en medio de la tormenta. Entonces unos se fragmentan y se hunden con su “Centenario Partido” que se rompe cada vez más, pero que también se ha doblado varias veces. Por su parte otros cantan hasta el hartazgo una marcha de más de 70 años o citan a un líder que murió hace casi 40, con frases que se extrapolan así sin más, como si por sí solas sirvieran para dar cuenta de una realidad que, según a mi humilde entender, se ha modificado un poco en estos años tanto a nivel material como simbólico.
Pero bueno, lo rescatable de ambos es que aún intentan estar para algo (lógicamente en el mejor de los casos, sin mencionar a los mercenarios de turno). Ante estos dos casos citados…las modas. Vacías y con un pragmatismo cortoplacista, ya que carecen de esa base de visión a más largo plazo, que se rige sólo y solamente por un criterio de eficacia económica que, al momento de ser trasladado al plano de lo social nos convierte de ciudadanos a moneda de cambio o a mercancía, o a objeto.
Pucha que es duro enfrentarse a la carencia, a la ausencia. Porque en este marco uno sabe, o al menos intuye, que aquellas satisfacciones de los huecos ya mencionados, no han de ser duraderas. Son “Made In China”. Duran dos o tres días. Incluso – a veces- suelen dejar agujeros aún más grandes que el que intentaron llenar.

No hay Nostalgia Peor que Añorar lo que Nunca Jamás Sucedió

Ocurre que simplemente con el paso del tiempo las cosas se idealizan. Un futuro inalcanzable (por lo lejano y porque no alcanza) hace que muchas veces el presente pueda ser tolerable en el refugio de un pasado idealizado.
En un pasado donde ese ser social sí pudo pensar y pensarse de manera distinta, con una idea de movilidad. Pensarse a sí mismo, más que ser pensado por otros que, ajenos a la realidad que suponen analizar suelen revestirla con un aura de romanticismo del que la misma carece, como de tantas otras cosas.
Sólo el que no ha sido pobre puede encontrar belleza en la pobreza. Esa idea del buen salvaje, que incluso hoy sigue vigente en ciertos personajes de nuestra cotidianeidad, sólo sirve para perpetuar las diferencias y las miserias, por más que se sostenga que se está más cerca del pobre, pensando por él, pero no ya como algunas vanguardias de antaño, en pos de su liberación, sino más bien en su justificación y perpetuación de las condiciones socio ideológicas de pobreza.

La carencia se generaliza y se expande. Pero ya no es sólo que esta esté presente en lo material. Están las carencias de las ganas. Las carencias de la idea de transformación.
Se me dirá que fulanito hace tal cosa, que el grupo xxx gestiona tal otra. Válidos espacios de participación y trabajo. Innegables esfuerzos. Pero no pueden ser estas experiencias –por más cercanas que nos parezcan- pecar de considerarse con la fuerza necesaria para expandirse y convertirse realmente en movimientos sociales más amplios.
Por lo que uno puede ver hoy por hoy, con una campaña presidencial en marcha, con candidatos que asoman su cabeza en un partido, y luego en otro, y en otro…con slogans positivos del tipo “sigamos construyendo”, “vamos por más” y otros por el estilo, que tienen como premisa evitar cualquier discusión y conflicto para sumar voluntades detrás de cierta idea de unión y equilibrio de lo hueco…con aquellos que inventan disputas con adversarios virtuales, de difícil reconocimiento para la mayoría de nosotros…con los negadores de realidades porque para ellos siempre está todo bien…con los estigmatizadores…etc, etc, etc.

Me parece que estamos más cerca de contar con representantes ejecutivos y legislativos, más parecidos a los músicos de los que hablábamos al comienzo. Mediocres pero capaces de asumir determinadas posturitas (gestuales, posicionales y discursivas –de letra y de entonación-) que han de acomoda

rse acorde a lo que diga el gurú marketinero de turno que le maneje la campaña o la imagen de la ge

stión, más que por el reconocimiento real de las carencias y sus soluciones propias de la sociedad que

dicen representar. El problema es tanto esta construcción distorsionada que hacen de la realidad, que muchas veces terminan convenciéndose de que la misma es justo así como la presentan, entonces resulta imposible para ellos el reconocer las verdaderas carencias.