Pensar el para qué
por Luis Straccia

Puesto a pensar seriamente sobre la temática que nos incumbe en este número, es que uno llega a conclusiones sesudas que han sido arduamente masticadas y meditadas. Las mismas pueden sintetizarse en un “la puta que lo parió, hemos sido educados para desenvolvernos en un mundo que ya no existe, y se pretende que seamos capaces de educar a otros en un torbellino que no podemos apreciar ni comprender en su totalidad. Indudablemente, esto genera mucha presión…”
Eso es lo que creo en y de estos tiempos.

Puede ser un ejercicio interesante recordar como uno se imaginaba que iba a Ser, como iba a Hacer, Que iba a decir, y todo lo demás, al momento de convertirse en padre.
En principio está aquello que tiene que ver con que si se imaginaba padre de un hijo o de una hija, y desde ahí se desprendía un sinnúmero de variables y combinaciones.
Cuál era la imagen que de sí mismo y de eso recién llegado -de ese ser fruto de vaya uno a saber que misterio de la naturaleza que vino a salir de ahí unos nueve meses después de pasar un buen rato- se había generado en la imaginación.
Vienen a cuento determinadas situaciones que se pueden reconocer en las miradas emocionadas de los abuelos luego del parto, en escenas de tribuna de futbol, en goles y cosquillas compartidos, en juegos de plaza, en lo dulce de un atardecer juntos, etc.
Demasiada televisión sin dudas.
Esa fantasía, esa ilusión, se da de jeta contra la pared y ya no ha de volver a ser igual. Duele y desconsuela, descubrir que sólo fue eso, una ilusión efímera.
Es que esas imágenes dan cuenta de un álbum -rosa rococó con moño- de fotos, de fondos de pantalla de computadoras, de almanaques de peluquería o de frases del estilo “un padre que da consejos más que padre es un amigo” o “un hijo es…” no hablan de lo complejo de la realidad.
Pues bien, ocurre que esa cosa, ese ente, casi un ser humano como dirían los Le Luthiers, exige cuidado permanente y demanda…
demanda…
demanda …
y demanda entre otras cosas que sea uno el que le enseñe a andar la vida de una determinada manera.
Reclama en gritos silenciosos, solapados detrás de ojos vidriosos que miran desde abajo -y de castrascadas permanentes- que les advirtamos que con los enchufes, no, con el cuchillo no, guarda con la plancha, basta de caramelos, dejá las llaves del auto, qué hacés con el gato, y todas esas cosas que uno sabe que son jodidas porque sabe, porque conoce, porque lo aprendió y lo vivió. Se trata de un mundo próximo que más o menos manejamos.
Hasta ahí, la cosa si bien no es la imagen dorada de la tarjeta de cumpleaños, ni la de la publicidad de pañales por la tele, tampoco da como para cortarse las venas. Pero las adorables criaturas van creciendo. No paran de crecer. Sospecho que hasta disfrutan haciéndolo.
Y a uno la cosa se le va complicando.
Porque ya no alcanza con un “cerrá los ojitos y soñá cosas lindas” para que se duerman, y como las cosas sabidas se agotan, ahí uno empieza a improvisar en cierta forma. Y todavía se defiende, sale airoso con las tablas de multiplicar, y saca un empate con el tema de las fechas patrias y con lo que pasó en cada una de ellas… y por ahí le grita a su esposa “Che, qué carajo es el futuro pluscuamperfecto, y el pretérito indefinido? eh?”.
Hmmm, primera señal de debilidad, el enemigo comienza a flanquear nuestras filas. Y la cosa, el ente, que lo ve dudar a uno. Entonces se anima, primero tímidamente, pero cada día con un poco más de fuerza, a cuestionar/nos.
Cierto es que no sería tanto el drama si uno educara en soledad. Porque no habría interferencia.
Pero sabemos bien que esta posibilidad no existe, y que están los demás.
Y como es bien sabido, en muchos casos, los demás son muy maleducados. Padres de 40 que actúan como adolescentes eternos, Hijos de estos padres que semejan tiranos consumistas de todo cuanto ande dando vueltas, padres permisivos incapaces del límite, hijos de gustos efímeros. Y en todo está presente el mercado de consumo que pone su foco en los roles de unos y otros. Un mercado que busca instaurar la pertenencia y la diferenciación individualista, y que –como puede observarse a la salida de algunas escuelas- suele constituir tanto a unos como a otros en pequeños racistas, diferenciándose por la apropiación momentánea y circunstancial de una marca de zapatillas.
En esta irrupción de los demás, en este salir al mundo del citado ente menor, en ese contacto con el afuera, con nuevas preguntas, con necesidades de descubrir y socializar, en medio de todo eso, a uno se formula la pregunta “educar para qué”.
Sí para qué.
Para ser eternamente jóvenes? Para pensar sólo en el interés individual? Para disfrutar sólo del momento?
O para convertirse en extraños entre la mayoría de sus pares? Porque lee, porque escucha música diferente, porque le gusta el silencio, porque disfruta del campo…

Es difícil mantener un equilibrio. Pero esa definición del para qué trae consigo una definición de ser persona, ser humano.

De aquella frase que indagaba “quien educará a los educadores” sólo queda un eco lejano. Pero que aún resuena.
Así como nos imaginábamos ser padre, también solíamos suponer que en algún momento el mundo iba a ser nuestro. Se suponía que al llegar a los 40, más o menos, podríamos erigirnos en “los que marcan el rumbo”, fusionando el pasado y el futuro en un presente provechoso.
Pero, de golpe, cuando estábamos por agarrar la zanahoria, alguien cambia las reglas del juego. Y el mundo pasa a ser de los que tienen 20 años o menos. Nuevas tecnologías y tiempos acelerados mediante.
El tema se fue volviendo más complejo. Y tuvimos que reconvertirnos en esa complejidad.
Y claro, los más chicos son los que vienen con una carga menor y tienen más aceitado el tema de la adaptabilidad. La complejidad es un hecho, una palabra, un concepto
que está de moda. Junto con transdisciplinareidad, interdisciplina, y algunas otras cuestiones similares, que a mi modesto entender son un reflejo de nuestra incapacidad para poder ponerle coto a lo intangible, a lo mutante.

Fragmento «¿Y quién será el que da cuerda?» Karina Milewicz

Estas parecen surgir como nuevos paradigmas de intervención por un lado, y como formas de justificar múltiples escenas de inacción por el otro.
Suelen estar en boca, las más de las veces, de sujetos que son actores en malas parodias de pura y mera ficción. Son quienes dicen querer solucionar los males del pasado cuestionando, problematizando, destruyendo “las viejas estructuras”’ pero sin llegar nunca a construir nuevas.
Porque el “proceso” de construcción permanente sirve, muchas veces, de trinchera de supervivencia para ciertos funcionarios disfuncionales.
Es decir cabría preguntarnos por la capacidad y la intencionalidad –política, técnica, científica- de quienes detentan espacios de poder que han de definir, entre tantas otras, las políticas educativas?
Lo que un humilde servidor puede ver por ahí es que muchos de estos muchachos suelen presentar el problema, pero esperan que las soluciones se construyan por sí mismas. Y se enfrascan en grandilocuentes disquisiciones sobre el deber ser de tal o cual cosa, y pasan de simposio en simposio, de congreso en congreso, de comisión en comisión, sin llegara definir nada más que el problema en sí.
Y ahí uno empieza a sospechar que quizás nada justifique más la inacción en el terreno del Estado que la modificación de las estructuras que lo conforman. Esto suele traducirse en frases del tipo “Aún no hemos avanzado todo lo que queremos porque estamos en un proceso de transformación estructural y de cambio de paradigma sobre lo que entendemos por……………- complete la línea punteada con lo que Ud. Guste.
Y mientras tanto el tiempo va pasando, y el tipo que dijo esa frase, va cobrando el sueldo, los viáticos, las comisiones… innegable es que él sí supo adaptarse a los cambios y por lo general nada hace, porque hacer implicaría sentar una base –que puede ser cuestionada- y por lo tanto puede llegar a terminarse el verso, y… y mientras tanto la historia se me representa como una película de Fellini, “E la nave va”.
Retomando, en el campo de “la educación” suele pasar que se cuestionan metodologías, roles, saberes, instrumentos, se discute, se planifica, se aggiorna, y cuando el resultado sale a la luz, se suele topar con la imposibilidad de implementarse en realidad, porque la cosa que se estaba adaptando para el cambio de los tiempos resulta obsoleta y fuera de lugar, porque… los tiempos han cambiado.
Quizás esto obedezca a la mayoría de los procesos de transformación suelen tener lugar en espacios áulicos (o de escritorio, o de laboratorio) donde no llega el ruido de la calle, el viento de la calle, la mugre de la calle…
Es decir los tiempos de las esferas políticas institucionales, no suelen ser los tiempos sociales. Los cambios son más rápidos y fugaces, y las viejas estructuras no pueden llegar a percibirlos con la antelación necesaria y suficiente.
Se suele escuchar “los jóvenes necesitan…los jóvenes quieren…”, que son frases que para los emisores –y algunos escuchas- parecieran saldar la deuda por la sola mención de “Los Jóvenes”. Y por lo general quienes las emplean no suelen ser jóvenes.
Pero, es posible hablar de “los jóvenes”? ¿Existen “los jóvenes” realmente, más allá de la pertenencia a un grupo etario? En todo caso, todos los jóvenes quieren lo mismo? O existe multiplicidad de jóvenes y de deseos?
Es como un viejo boxeador que enfrenta a un rival mucho más joven. No tiene los reflejos necesarios para anticipar los golpes, ni la reacción para acertar uno propio, y es más, hasta la forma de caminar el ring ha cambiado. El resultado es por demás previsible.
Entonces ante este panorama, es donde vuelve a tomar sentido la preguntar inicial ¿educar para qué? Porque así como en el caso del padre tiene que ver con una forma de entender a la persona, en el caso del Estado este para qué viene acompañado por una determinada idea de ciudadano.
¿Se trata de un ciudadano consumidor de bienes y servicios, o de un ser político, sujeto de acción? ¿De un ciudadano manso, o crítico? De ahí se entabla una interacción permanente con otras definiciones, como la sociedad o la cultura donde este sujeto se inserta, de su forma de compartir y de desenvolverse en ella.
Ahora bien, estamos preparados para poder verbalizar estos conceptos mas allá de una larga serie de frases huecas? Realmente nos importa, o la velocidad de lo cotidiano nos impide poder sentarnos a pensar en esto?.
Lo que considerábamos justo y noble, digno de ser defendido, se convirtió sólo en un fantasma que nos acompaña, o acaso está vivo sólo defendido por unos pocos. Tal vez asistamos al triunfo del pragmatismo mercantilista absoluto.
Mientras tanto he de tratar de seguir educando a mis hijas para lo que considero el disfrute de la vida –con sus más, con sus menos- sin joder a nadie, y para no dejar que nos ganen así nomás.