PASOS EN LA AVENIDA (cuento)

por Rodolfo Grassia
segundo premio del Segundo Concurso Anual Internacional de Relatos «Crepúsculo»

La noche estaba cerrada, algo pegajosa pero agradable, invitaba a caminar. Es un buen recurso para los solitarios. Busqué el centro comercial de la ciudad -a tres cuadras de mi casa-, procurando no pensar dentro de ese envoltorio húmedo de cristal y neón. Me detuve en la vidriera de una centenaria relojería sobre la avenida, bajo el amparo de los tilos y con el resguardo del tiempo

En los escaparates, todos los relojes marcaban la misma hora. No era una casualidad, tampoco me sorprendí. Encendí un cigarrillo y – al girar-, sentí los pasos tras de mi, secos, breves. Demandantes. Supe entonces que me habían encontrado, aunque en principio me resistí a lo irremediable. Presumo que forma parte de nuestro instinto de supervivencia. Sabía que nos habían cazado uno por uno, como a ratas. A José y al Chino, al Petaca y Andujar. Ahora vienen por mí. No me molesté en voltear la cabeza, siempre fuí una persona de economizar movimientos. Percibía que estaban ahí, sin resquicio para segundas oportunidades.
Apuré el tranco hasta llegar al kiosco de la esquina re1ojeando las tapas de las revistas. Busqué mentirme a mi mismo simulando indiferencia. Fue inútil. Ahora los pasos suenan extendidos, brindándome un espacio, eventualmente la excusa certera para hacerme desaparecer. Parecen de varias personas, apremiantes; se amplifican cuando cruzamos el hueco de cada umbral y después se ahogan en la bruma, pero la coreografía sonora suena perfecta, indisoluble, un todo letal y transfinito que es mucho más que la suma de sus partes. No son pasos que trasladen ansiedad o agitación. Sólo esperan, saben que transmiten desasosiego, aguardando pacientes aquellas cosas que deben ocurrir siguiendo un orden tácito, natural.
Yo sabía que el trabajo era engañoso, fui el único que levantó la voz en su momento, pero no me hicieron caso. Parecía simple, pero era esa simpleza extraña, incomprensible, cercana a la síntesis de la perfección, pero a la que se debía llegar después de transitar un largo y peligroso camino, por lo menos si queríamos hacerlo bien. Había que vigilar una oficina en pleno centro de la ciudad, primer piso con cristales espejados a la calle. Una financiera que captaba depósitos de dinero en efectivo y los derivaba al exterior por una combinación oscura vía Islas Caimanes y otros paraísos fiscales, haciendo una diferencia que nunca se revelaba como se producía. Nadie preguntaba, tampoco interesaba el cómo.
-Ponés cinco mil y te devuelven ocho mil en tres meses -había dicho Andujar-. Cinco lucas es el mínimo, dólares claro, de ahí para arriba todo lo que quieras… pero ojo, acá no entra cualquiera.
El dinero era inconfesable. El lugar en sí no existía, ni placas ni carteles publicitarios, manejaban un perfil muy bajo. Tampoco se extendía recibo alguno a los depositantes, ni existían garantías. Era una casa de familia donde se formalizaban retornos y blanqueos, coimas y favores a la vista de todos. Igual que una sombra, presente pero impalpable a la vez. Absolutamente mucha suciedad. Coexistía una ambigüedad cautivante en todo eso: de perder el dinero nadie lo denunciaría (fue nuestro primer acierto), de perder el dinero querrían recuperarlo o al menos hacernos pagar por ello (fue nuestro único error, un bache imperdonable en nuestra hipótesis de conflicto), No elaboramos hipótesis alternativas.
Vigilamos las veinticuatro horas del día durante un mes completo, Mayo para ser más precisos, muriendo al compás de las hojas de los árboles. Los números de los que se hablaban superaban los cinco millones de dólares. Petaca afirmaba que era mucho más, dado el tráfico incesante de gente. Sólo había que conocer el día de máxima concentración para dar el golpe. Sabíamos que una vez a la semana lo sacaban de ahí. Éramos cinco para repartir y cada uno hacía cuentas sobre el destino de su millón. La mayoría estaba en la misma: retirarse o desaparecer, volver a nacer.
Alquilamos un departamento en la ochava opuesta a la oficina de la financiera, una ratonera infame por trescientos pesos a la semana. Utilizamos tecnología de última generación; había computadoras, y aparatos de audio y video. La pared lateral de la oficina estaba revestida de pantallas; cada una respondía a una cámara diferente y todo se grababa. Nada de cables. Todo ondas, antenas parabólicas y sensores digitales. Montamos con el Chino y Petaca -dentro de la misma financiera-, videocámaras y micrófonos imperceptibles que tenían una definición estremecedora, haciéndonos pasar por operarios de mantenimiento del canal de cable local. Desde nuestro control podíamos distinguir y escuchar hasta lo que hacían los empleados dentro del baño en tres posiciones diferentes. Una exquisitez, José era el cerebro de todo. Había diseñado la instalación del equipo y armado el plan de logística; desplegaba un conocimiento pausado, destilado entre silencios y soledades. Andujar sólo debía custodiar el control, registrar el sonido, el color y los contrastes de imagen en las pantallas, y examinar la sensibilidad de todo el dispositivo. Yo hacía las veces de editor de las filmaciones, compactando lo más importante, hasta que detectásemos patrones de depósitos regularmente confiables, buscando frases y gestos que aportasen algo substancial. Sabíamos que la plata entraba ahí y salía -vaya Dios a saber cómo-, una vez a la semana: podían ser maletines, cajas y hasta dentro de televisores. Siempre efectivo. Nuestro dato era confiable. Era toda guita que nadie podía declarar, mucho menos si los depositantes eran jueces, políticos o reconocidas personalidades sociales, aunque con nuestra inteligencia detectamos gente de toda la región, y en ciertas semanas, hasta un cura y algún policía.

Ahora que reflexiono al abrigo de las sombras, creo que tuvimos un exceso de confianza, no en el plan sino en las consecuencias. ¿Era tan volátil y errático nuestro destino? El pecado fue no haberlo entendido así, asociarlo a unos pocos axiomas de existencia presumiblemente infalibles y creer -ingenuamente-, que la sanción social obraría como anticuerpo en una pequeña ciudad conservadora, de lo contrario no estaría sintiendo esos pasos detrás de mí, respirando impacientes como en este momento, comprimiéndome en un callejón invisible que no existe. No intentan abordarme, ni rebasarme. Sólo se limitan a seguirme conservando la distancia, forjándose segundo tras segundo más inquietantes. Los pasos suenan metálicos, envolventes. Se me ocurre suelas con punteras de acero, calzado de caza o militar.
Nosotros formábamos un muy buen equipo, nos conocíamos desde siempre y toda la vida habíamos estado dando vueltas alrededor de algo grande. Curiosamente no teníamos antecedentes, pero la sensación de desigualdad y de injusticia de muchos años, nos fue uniendo hacia una indisoluble omertá. Petaca y José eran los únicos que salían o entraban del departamento. El Chino y Andujar estuvieron un mes guardados para no despertar sospechas en el vecindario, haciendo turnos de rutinas rotativos y subsistiendo sobre la base de una dieta de empanadas, pizza y cerveza. Yo cada tanto bajaba al café que hay a media cuadra -por Irigoyen, casi dentro de la recova-, y desde ahí, mientras escanciaba alguna ginebra, campaneaba la actividad de la esquina. A la vista, invariablemente, el mismo paisaje: camionetas 4×4 o sedanes alemanes, con gente de anteojos oscuros y paso apremiante. A pesar del camuflaje, muchas figuritas conocidas; todas ejemplares, exitosas, acarreadoras de una vida social repleta de modelos y exhortaciones grandilocuentes. Después se arrimaban prudentes a la puerta de calle, dos altas hojas de madera lustrada con llamadores de bronce y portero visor. Subían presurosos. Media hora en el primer piso y luego del ritual, un saludo hasta dentro de quince días, para volver a empezar. Dejaban el dinero y en una cuenta numerada en uno o varios bancos a elección, les depositaban las ganancias. Algunos hablaban de fraudes en la Bolsa con una AFJP, otros de peores cosas, pero en realidad eran susurros, percepciones. Yo siempre lo entendí como el poder que cambiaba de forma, poder que amasaba más poder. Lo que existía, existía por ése poder mismo, institucionalizado a partir de viejas injusticias, para desde allí abrirse paso con la prepotencia habitual que cachetea los rostros en las ciudades del interior, marcando más que diferencias sociales, diferencias de castas. Supongo que en muchos sitios ocurrirá lo mismo.
El mes transcurrió y Mayo sucumbió dentro de una crudeza inesperada.
-El jueves vamos a entrar- había dicho entonces José, tratando de dotar de espesor a sus cortas palabras-, No quiero gente lastimada, la sangre siempre tiene un alto precio.
No comentó nada más. Terminó su cigarrillo y se fue en silencio.

Y el jueves entramos. Cruzamos la avenida en dirección a la antigua casa de dos plantas, de esas con molduras exuberantes sobre los dinteles y mármol blanco en el escalón de entrada. Una
empinada escalera de madera y metal nos arrojó a un pasillo escasamente iluminado con reproducciones de Oudry en las paredes. Animales de caza y naturalezas muertas nos vieron pasar tensos y confiados. Conocíamos cada detalle de memoria. Andujar avanzó imperturbable hacia una de las puertas que daban al pasillo, la abrió y -seguido por el Chino y Petaca-, entró en una de las oficinas. No hubo violencia. Nadie se resistió y tampoco hubo gritos o nerviosismo. Es más, pensándolo bien, creo que alguno hasta nos tuvo lástima, o peor, que nos estaban esperando. Llenamos tres bolsas de consorcio con euros, dólares y hasta libras esterlinas. En veinte minutos barrimos con todo y nos evaporamos. A nuestra oficina ya la habíamos levantado. Subimos a la furgoneta donde nos esperaba José y nos fuimos despacio, sin llamar la atención, casi no hablamos. Nos juntamos en una quinta de las afueras -bien hacia el sur-, y repartimos la torta. Era más de lo que habíamos imaginado, muchísimo más. Ahí me enteré que el Chino les había dejado dentro de las computadoras un programa que destruía todas las claves de acceso a las cuentas. A la medianoche nos despedimos y nunca más nos volvimos a ver. Yo fui el único que se quedó, por una cuestión de seguridad, para camuflarme dentro de la intrascendente cadencia pueblerina, pero con la oculta morbosidad de medir el impacto de nuestro despojo, de alimentar mi ego postergado. Me senté a horcajadas en una silla aguardando el ritmo de los acontecimientos, con un vaso de vino tinto y escuchando un tanguito. Nos lo habíamos ganado.
Poco hubo que esperar, las noticias aquí corren rápido. A la semana quebraron dos nuevas Pymes muy publicitadas -edificadas con créditos estatales-, y habían removido a los directorios completos de los bancos locales; tres de los jueces más renombrados de la ciudad estaban internados con picos de presión arterial y ataques de pánico, mientras que cuatro de los secretarios políticos del intendente, solicitaban licencia indefinida. Creo que hubo algún suicidio, pero no lo pude confirmar. Un pequeño universo de obscenidad y transparencia simulada implosionaba en sí mismo, extinguiéndose para siempre. Ocultamente saboreé el triunfo. Eran pequeñas victorias que sumaban más que todo el botín.
Mi vida continuó sin sobresaltos, dentro de un pequeño mundo conciso y escalafonado: tardes interminables de café con noches de cine o teatro, un discreto Peugeot 206 -dos puertas, azul-, para no llamar la atención y una casa sobria con todo lo que hacía falta. Territorios, afectos, libros, aromas y lealtades; cosas viejas, descartadas por la vida que no pienso cambiar nunca. Sin embargo, todo se precipitó. Imprevistamente al año apareció Petaca en primera plana de los diarios nacionales, balead en el asalto a un country de Pilar.
-Parece que fué un ajuste de cuentas entre mafiosos -declaró por televisión, con la mirada perdida, un comisario-. Al mes siguiente el Chino era la única víctima fatal de una avioneta que se había estrellado en el Amazonas (nunca supe que el Chino fuera piloto de aviones), y esa misma semana -según la CNN-, Andujar fue abatido en la frontera mexicana, por resistirse a la guardia de migraciones de los Estados Unidos, cuando pretendía ingresar ilegalmente a ese país.
-Se trata de un peligroso terrorista internacional-, vociferaba el cronista con un insoportable acento neutro en su castellano caribeño, atiborrado de neveras y gasolineras.
Hace tres días recibí un correo electrónico con la foto de José, rodeado por cuatro tipos, de espaldas, mientras lo subían a un auto con las manos atadas. Aprecio que no hayan sido cruentos con su mensaje, también que no me hayan mentido. Esa misma noche, descubrí que todas las cuentas bancarias en las que había repartido mi parte del trabajo estaban bloqueadas. Igual me quedó bastante enterrado en el jardín. Por eso decidí no escapar, sino esperar, con la imposible certeza de que no vinieran por mí, pero sospecho que el tiempo se agota.
Ahora alargo la marcha extendiendo mis dudas. Siento que los pasos me empujan, me quitan el aire. Mi casa queda a unos cincuenta metros pasando la cuadra de la escuela. Toda la avenida se ha vuelto un sólido túnel horizontal y absorbente. Desde aquí, adivino la puerta de entrada entreabierta y una silueta invisible en la oscuridad del umbral, como si tuviera consistencia, como si en verdad recuperase un espacio inexcusable que le pertenece y que me hubiera concedido sólo por un rato.
Los semáforos de la otra esquina están apagados. Ya no escucho los pasos. Sobre la vereda cuatro sombras imprecisas se estiran hacia mí.