Pasiones por Vicente Battista

En 1946 John Ford filmó “My darling Clementine”, película que se convirtió en un ícono del género western. Ford narraba un hecho verídico: el duelo a muerte que en Tombstone, una ciudad del estado de Arizona, sostuvieron a finales del siglo XIX la familia Clanton y los hermanos Earp. El título desorientaba:
¿cómo vincular una canción romántica con la violencia y la cifra de cadáveres que el film ponía en pantalla? John Ford le supo dar sentido; no obstante, en el momento de estrenarse en nuestro país, la película se presentó con un título menos enigmático, “La pasión de los fuertes”, que no admitía un solo atisbo de duda, pero que de hecho generaba un nuevo interrogante: ¿si esta es la pasión de los fuertes, cuál es la de los débiles? Ciertamente, es difícil vincular la debilidad con la pasión, aunque si nos detenemos un instante en el significado del término tal como lo explicita el Diccionario de la Real Academia Española, veremos que en una de sus acepciones asegura que pasión es “lo contrario a la acción”
y amplía el significado afirmando que se trata del “estado pasivo del sujeto”: nada que ver con la balacera que propone John Ford en su película.
El término “pasión”, como se ve, tiene variadas interpretaciones. A partir de este mero vocablo se forjan diversas y contradictorias definiciones. Tal vez convenga comenzar por el principio, por su nacimiento: sabemos que “pasión” viene del latín, passio, y que cuando se cifró el término simplemente se refería al acto de padecer en sus diferentes formas; por tanto, su significado tácito es la acción de sufrir. Incluso podría aventurarse que es un sinónimo de tristeza.
Se dice que el vocablo fue acuñado por los eruditos cristianos en el siglo XII con el fin de describir el sufrimiento que padeció Cristo por propia voluntad. Pero para estos letrados pasión no sólo era sufrir sino, además, elegir ese sufrimiento. La sentencia fue declarada muchísimos años de que el escritor austríaco Von Sacher-Masoch escribiera la saga “El legado de Caín” a la que pertenece su libro más famoso “La Venus de las pieles” (1870). El protagonista, Severin von Kusiemski, le pide a su pareja, Wanda von Dunajew, que lo trate como su esclavo y le exige que lo arrastre por las más bajas humillaciones: “El dolor posee para mí un encanto raro, y que nada enciende más mi pasión que la tiranía, la crueldad y, sobre todo, la infidelidad de una mujer hermosa”. Hasta aquí es pura ficción, pero lo que proponía Sacher-Masoch trascendía ese espacio. Nuestro escritor austríaco mantenía un fogoso romance con Fanny Pistor, una compatriota también escritora, a quien le exigía poner en práctica todo lo él narrara en “La Venus de las pieles”, incluso se habían adelantado al texto: en diciembre de 1869, un año antes de que apareciera la novela, ambos firmaron un contrato que convertía a Sacher-Masoch en esclavo de Fanny Pistor. Cerraban de ese modo el círculo que casi un siglo antes abriera Donatien Alphonse François de Sade, “El Divino Marqués”, con su novela “Justine o los infortunios de la virtud”. En 1905, en su libro “Tres escritos sobre la teoría sexual”, Sigmund Freud formula la tesis de que “la excitación sexual se genera como efecto colateral, a raíz de una serie de procesos internos, para lo cual basta que la intensidad rebase ciertos límites cuantitativos”, pero sería el psicólogo Isidor Isaak Sadger quien en 1913 utilizaría por primera vez el término “sadomasoquista”.
Es improbable que una pasión pueda mover montañas, pero sí sabemos que es capaz de provocar un infinito número de disparates, ya que difícilmente pasión y razón van de la mano. Es natural que encontremos pasión en los grandes amores. Esos amores suelen despertar al fantasma de los celos, y ya despierto estaremos a un paso del llamado “crimen pasional”. Este despropósito es de larga data. Paolo y Francesca de Rimini, cantados por Dante en “La Divina Comedia”, Otelo y Desdémona, contados por Shakespeare en “Otelo”, pueden ser buenos ejemplos, pero recién en el siglo XX el Crimen Pasional iba a tener entidad jurídica.
En 1892 Henriette Raynouard era una bella muchacha de 17 años que mantenía una relación secreta con el célebre político Joseph Caillaux, que la doblaba en edad. Diez años más tarde Caillaux se divorció de su esposa y se casó con Henriette quien a partir de ese momento comenzó a ser la legítima segunda esposa del ex 75º Primer Ministro Francés. Atrás quedaba su pasado como amante y el piso pequeño y discreto, donde durante una década el político la visitó tres veces por semana. Ahora ambos vivían un presente sin tapujos ni secretos, hasta que Gaston Camette, el director del diario sensacionalista “Le Fígaro”, comenzó a escribir notas virulentas en contra de Joseph Caillaux. Lanzado en las diatribas, publicó algunas de las cartas que se habían escrito Henriette y Joseph cuando sólo eran amantes. Joseph Caillaux se resignó, la intromisión en la vida privada no estaba penada por ley. Henriette no pensó lo mismo: ese periodista atentaba contra la carrera de su marido y el honor de ambos. El 16 de marzo de 1914 se dirigió a las oficinas del diario, pidió hablar con Calmette y no bien entró en su despacho, sacó un pequeño revolver de la cartera y disparó seis balas en el pecho del hombre, luego se inclinó sobre el cuerpo, le escupió la cara y se sentó tranquilamente a esperar a la policía. El juicio duró una semana y dividió a los franceses. Unos apoyaban la pena de muerte por decapitación para la asesina, otros opinaban que había sido un gesto de amor y venganza, y pedían la absolución. Henriette supo elegir abogado:

Jorge Albetto Dabos
IV Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Fernand Labori, el letrado que había representado a Alfred Dreyfus y a Émile Zola en el famoso Caso Dreyfus. Labori basó su defensa en los prejuicios machistas de aquellos tiempos, sostuvo con énfasis que las mujeres son gobernadas por sus emociones y concluyó: “Henriette Caillaux fue víctima de la desenfrenada pasión femenina”. El jurado, compuesto por hombres, se retiró a deliberar y el 28 de julio de 1914, la asesina del periodista Gaston Calmette fue absuelta de culpa y cargo. A partir de ese momento el crimen pasional se convirtió en un argumento jurídico para menguar el castigo o lograr la absolución. En base a ese criterio, podría establecerse que la pasión no depende de la voluntad ni de la libre elección del individuo quedando, pues, al margen de la deliberación y de la consideración racional. La pasión sería una afección que experimenta el sujeto y a la que no puede sustraerse con facilidad. Podríamos definirla como un estado afectivo que padecen tanto el hombre como la mujer de forma constante e intensa, que no ha sido elegido por él o por ella, y que va asociado a la sensación de estar sometido a un influjo que domina su comportamiento. Un buen material para observar desde el espacio de la psicología, sin embargo, resulta más interesante y completo abordarlo desde el campo de la filosofía.
En su “Ética a Nicómaco”, Aristóteles dice: “Entiendo por pasiones apetencia, miedo, ira, coraje, envidia, alegría, amor, odio, deseo, celos, compasión y, en general, todo lo que va acompañado de placer o dolor”. Es decir, para Aristóteles englobaría casi la totalidad de los sentimientos que padecemos y/o gozamos los seres humanos. Por su parte, Cicerón en sus “Tusculanas, III: 24”, sostiene que “toda pasión es un movimiento del espíritu que carece de razón o que la desobedece”. Con este criterio, pasión y emoción serían semejantes. Kant supo reparar en la diferencia entre una y otra. En su “Antropología” escribe: “La inclinación difícil o absolutamente invencible por la razón del sujeto es una pasión. Por el contrario, es el sentimiento de un placer o desplacer en el estado presente, que no permite se abra paso en el sujeto la reflexión (la representación racional de si debe entregarse o resistirse a él), la emoción”. Y agrega: “La emoción obra como el agua que rompe su dique; la pasión, como un río que se sepulta cada vez más hondo en su lecho […] La emoción debe considerarse como una borrachera que se duerme; la pasión como una demencia, que incuba una representación que anida en el alma cada vez más profundamente”.
Descartes se interesó enormemente por el estudio de las pasiones. En 1649 publicó un volumen, “Las pasiones del alma”.
En su Artículo 1 sostiene: “considero que todo lo que se hace u ocurre de nuevo es llamado generalmente por los filósofos una pasión respecto al sujeto a quien le ocurre y una acción respecto a aquél que hace que ocurra. De modo que, aunque el agente y el paciente sean a menudo muy distintos, la acción y la pasión no dejan de ser siempre una misma cosa que tiene estos dos nombres, debido a los dos distintos sujetos a los que puede referirse”. En el Artículo 27 señala: “como percepciones, o sentimientos, o emociones del alma que se refieren particularmente a ella y que son motivadas, mantenidas y amplificadas por algún movimiento de los espíritus”. En el Artículo 212 formula: “el alma puede tener sus placeres aparte, pero los que le son comunes con el cuerpo dependen enteramente de las pasiones; de suerte que los hombres a los que más pueden afectar son los que tienen más posibilidades de gozar en esta vida. Cierto que también pueden hallar en ella las mayores amarguras cuando no saben emplearlas bien y la fortuna les es contraria, pero en este punto la cordura muestra su principal utilidad, pues enseña a reducir de tal modo las pasiones y a manejarlas con tanta habilidad que los males que causan son muy soportables e incluso es posible sacar gozo de todos ellos”. Una conclusión que encaja perfectamente con el método cartesiano, pero que Espinosa contradice en su “Etica, III:III”: “Las acciones del alma surgen sólo de las ideas adecuadas; las pasiones, en cambio, sólo dependen de las inadecuadas”, y completa en “Etica, IV, Apéndice: Capítulo 2”: “De ahí que aquéllos se llaman acciones y éstos, en cambio, pasiones; pues aquéllos indican siempre nuestra potencia y éstos, al contrario, nuestra impotencia y conocimiento mutilado”.
Por la misma época, Francisco VI, duque de La Rochefoucauld, asiduo visitante de los salones aristocráticos de París, en sus “Máximas” abordó el concepto de pasión con un criterio declaradamente optimista, en su “Máximas, 403” dice: “Parece como si la naturaleza hubiera ocultado en el fondo de nosotros talentos y capacidades que no conocemos; sólo las pasiones pueden sacarlos a la superficie, proporcionándonos a veces ideas más certeras y completas de lo que hubiera sido posible obtener valiéndonos de un método”, en su “Máximas, 5” había apuntado: “La duración de nuestras pasiones depende tan poco de nosotros como la duración de nuestra vida”.
Aún antes de que se creara la palabra para nombrarla, la pasión fue, es y continuará siendo una característica esencial en los seres humanos, sin ella seríamos meras máquinas: los robots, las computadoras y el resto de los artilugios mecánicos que hasta hoy conocemos nada saben de pasiones.