Pasión, Muerte y… de la Verdad Factual
por Jorge Sagrera

(*) Escritor, docente y Licenciado en Comunicación Social -U.N.R.

Anteúltimas noticias cuestionan la investigación realizada por los Estados Unidos con respecto a los episodios del ántrax, ocurridos en plena psicosis por los atentados del 11-S.
La información dice: “El conjunto de las pruebas sirvió al FBI para determinar que el culpable de los ataques fue Bruce Ivins, un investigador del laboratorio militar de Fort Detrick, en Maryland, que trabajaba en el desarrollo de una vacuna contra el ántrax”.
Giremos unos grados. “La carta robada”, de Edgar Allan Poe, es un cuento policial cuya historia transcurre en París. La cosa es más o menos así: Un prefecto de la policía recurre al detective Dupin y a su amigo, el narrador, con el objetivo de resolver el caso de una carta robada en las cámaras reales; carta que es utilizada por el ladrón para obtener réditos políticos. El sospechoso es el Ministro D, quien fue visto por la víctima robando la carta. Entonces, el prefecto realiza una serie de allanamientos en la mansión del Ministro D, inspeccionando microscópicamente, pero sin éxito, cada rincón, mueble y objeto posible de la casa donde la carta podría haber sido escondida. Sin saber qué hacer, el prefecto va en busca de Dupin, ofreciéndole una gran recompensa por resolver el caso. Dupin acepta y le entrega ahí mismo la carta que él ya había recuperado por sus propios medios, utilizando procedimientos más simples que los del prefecto: el detective se puso en lugar del sospechoso, lo analizó y dedujo que éste no sería capaz de esconderla en lugares donde posiblemente la policía podría revisar, sino en el sitio más simple y visible.

En el tiempo del atentado a las Torres gemelas yo cursaba la carrera de comunicación social y, en una cátedra, analizamos una nota de opinión, “El camuflaje es la ley en la que desinforman los medios de EE.UU.”, del periodista de Página 12, Gabriel Alejandro Uriarte.
La Escuela de Comunicación Social era/es un ámbito muy laico, sin embargo conseguí introducir en el debate la siguiente deriva: “La verdad siempre fue mal tratada. Sobre todo por el poder”. Antes de que se cerraran en sus caras los signos de pregunta que se habían abierto, me referí a ese pasaje del Nuevo Testamento, aquel que cuenta el evangelista Juan sobre el diálogo que mantiene Pilato con Jesús. Ya próximo a la crucifixión, surge el tema de la verdad: “…he venido al mundo para dar testimonio de la verdad…”, dijo Jesús. Pilato le preguntó: “¿Qué es la verdad?”. Al decir esto salió nuevamente a donde estaban los judíos (quedamos pendientes de la resolución de este formidable diálogo) y les dijo: “Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo”. Los Fariseos y sus seguidores, distribuidos estratégicamente entre el pueblo, comenzaron a exigir que se liberara a Barrabás; quien resultaba, políticamente, un mal menor.
La teórica alemana Hannah Arendt dice: “Es evidente que los hechos no están seguros en manos del poder”. Y agrega: “pero la cuestión está en que el poder, por su naturaleza misma, jamás puede producir un sustituto de la estabilidad firme de la realidad objetiva”. Los hechos “se afirman a sí mismos por su terquedad” y “su índole frágil se suma, extrañamente, a su gran resistencia. En su obstinación, estos hechos son superiores al poder”.
El periodista Gabriel Uriarte, a lo largo de su nota de opinión, afirmaba que la desinformación, respecto al bioterrorismo que padecían los EE.UU., era el resultado de una
reacción en cadena originada en fuentes anónimas del gobierno y los expertos. Algo así como el revoltijo doméstico que eligió el Ministro D para camuflar la carta robada.
Los medios no son manipulados por el gobierno, decía Uriarte: La desinformación no proviene de una orden directa del gobierno, de omitir información clave, sino de su camuflaje entre datos menores irrelevantes, donde la verdad aparece como una opinión más. Gabriel Uriarte juzgaba que, el resultado de toda esa manipulación de la información y de los hechos por parte del gobierno de los EE.UU., no podía haber sido mejor: nadie estaba demasiado preocupado o consciente de que una persona o un grupo determinado estuviese mandando cartas con la bacteria ántrax, que ya había matado a una persona en la Florida.
Vista con la perspectiva de la política, asegura Arendt, la verdad tiene un carácter despótico; por consiguiente, los tiranos la odian porque, con razón, temen la competencia de una fuerza coactiva. Se pude discutir, rechazar o adaptar una opinión inoportuna, pero los hechos son de una tozudez irritante.

«es verdad» de Eduardo Luna
mención de honor III
 Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Pero volvamos a ocuparnos por un momento del título de nuestra cavilación: “Pasión, muerte y… de la verdad factual”. Jesús, levantado en el Gólgota, significaba el triunfo de la mentira, es decir, el triunfo de la muerte. Los Ancianos y los Sumos Sacerdotes celebraban esta victoria. Sin embargo, ocurrió algo. El evangelista Mateo, en el capítulo 28, versículo 11, habla del hecho de la resurrección de Jesús. Dice que las mujeres, al descubrir el sepulcro vacío, se alejaron para enterar a los apóstoles de lo sucedido. Mientras tanto, algunos guardias fueron a la ciudad, también para contar a los Sumos Sacerdotes todo lo que había pasado. Éstos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: “Digan así: ‘Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos’. Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo”.
Hannah Arendt sostiene que, el resultado de una consistente y total sustitución de las mentiras por la verdad de hecho, no deriva en que las mentiras vayan a ser a aceptadas en adelante como verdad y la verdad se difame como una mentira, sino que el sentido por el que establecemos nuestro rumbo en el mundo real queda destruido. Pero, como las posibilidades de mentir son ilimitadas, esta falta de límites, tarde o temprano, desata el fracaso.
Y eso fue lo que sucedió con la resurrección del Hijo de Dios: una verdad que se ha impuesto, tozuda y contundentemente a lo largo de dos mil años. La verdad, aunque impotente y siempre derrotada, dice Arendt, en un choque frontal con los poderes establecidos, tiene una fuerza propia: hagan lo que hagan, los que ejercen el poder son incapaces de descubrir o inventar un sustituto adecuado para ella. La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad; pero no pueden reemplazarla. La autora de “La condición humana” sostiene que el signo más seguro del carácter de los sucesos es precisamente esta tozuda presencia, cuya contingencia inherente desafía, por último, todos los intentos de una explicación conclusiva.
Dice Los Ángeles Times: Un científico del ejército estadounidense, acusado por su supuesta participación en los ataques con ántrax en 2001, murió esta semana por sobredosis de calmantes, en un aparente caso de suicidio.
¡Aparente! Me hacen reír tanto. Casi superan al genial Groucho Marx.
“Bruce Ivins, de sesenta y dos años, trabajó casi por dos décadas en el laboratorio de investigaciones biológicas del Departamento de Defensa, en Fort Detrick, Maryland, y se especula que el pasado fin de semana decidió quitarse la vida al enterarse de que la justicia iba a proceder en su contra”.
Otro portal, Tiempo, escribe: Una investigación concluyó que el científico actuó solo (¡Sabía que iban a decir eso!) al contaminar las cartas que mataron a cinco personas y afectaron a otras diecisiete momentos en que la nación estaba conmocionada por los atentados del 11 de septiembre. “Estamos convencidos de que Ivins fue el único responsable (¡Sabía que iban a decir eso!) de los ataques”, aseguró en una rueda de prensa en Washington el fiscal federal Jeffrey Taylor al presentar el trabajo que estuvo a cargo del FBI.
(Las exclamaciones entre paréntesis son de mi exclusiva autoría)
El fiscal general agregó: “Lamento no poder tener la oportunidad de presentar las pruebas ante el jurado” (Aaahhh… Ja ja ¡Basta, por favor! Se me entumecen los músculos planos de la cara). Bautizada como “Amerithrax”, la investigación ha durado siete años, millones de dólares y el uso de nuevas tecnologías para identificar las esporas de ántrax que se usaron. Los expertos del FBI concluyeron que la correspondencia contaminada se envió desde el estado de Nueva Jersey a medios de comunicación en Nueva York y Florida y a legisladores demócratas en el Congreso.
Han dicho.
No diremos que Bruce Ivins es el Hijo de Dios. ¡Por Dios! Nunca diríamos eso. ¿Usted lo diría? Claro, coincidimos. Pero sí se parece bastante a la figura del bíblico chivo expiatorio.
Podemos pensar que esta “historia”, la de Bruce Ivins, es nada más y nada menos que otro camuflaje. Estemos tranquilos: La verdad, en algún momento, se impondrá como la fuerza de una resurrección. O con los oficios del detective Dupin.