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Para un Día Perfecto

mención de honor V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Eduardo Albornos

El ruido de llaves desde el otro lado de la puerta se fue acrecentando y el picaporte giró. En el sobresalto encaré directo hacia el pasador, y no sin sentirme perdido, pensé en Alejandra,
mi mujer, en su cara enfurecida, dolida, cuando de repente la puerta se abrió, era Paula. -¿Y vos qué haces acá?- dije. –Uy, cómo amanecimos; ¿qué, anoche no lo atendieron bien al señor? –
dijo ella; y después de cerrar la puerta se plantó en el medio del living: pollera escocesa, las piernas levemente separadas y una mano sobre la cintura, como esperando algo.
Pensé en matarla pero, a todo esto, desde la cocina la tetera amenazaba con inmolarse. Y como sospechaba que la intervención divina a favor de uno no aparece de forma explícita, no contesté
la agresión y fui hacia la cocina.
Salvo Paula, la sobrina de mi mujer, y el “circo” que se empezaba a armar, el día había amanecido perfecto: el sol entraba al departamento a dejar la luz y la paz necesaria como para tomar
café, leer el diario y encontrar trabajo. De este modo, que ella ahora estuviera ahí no se comparaba a ningún desastre temporal, sino a algo mucho peor y que todavía ni siquiera podía
imaginar.
Salí de la cocina camino al living con una taza de café y el diario bajo el brazo; me senté en un sillón y, después de terminar de un sorbo el café, por primera vez miré hacia el ventanal.
-No me respondiste, Paula.
-Querías trabarme la puerta, malo.
-¿Qué decís?
-Igual, yo te estuve extrañando…
-¡Perfecto, empecemos a decir pelotudeces!
Ella miraba a sus costados con indiferencia, y yo quería saber cómo iba hacer para seguir sosteniendo el papel de “hombre duro”. ¿Hombre duro?, ¿Hombre?, pensé; qué hice…¿qué estoy
haciendo? La oí acercarse con un caminar arrastrado; se acomodó en el sofá frente a mí y cruzó las piernas sin ningún escrúpulo. Parecía hurgar en su mochila. La miré atento por primera
vez: tenía el pelo desmechado y recogido por una cola de caballo, zapatillas botitas, pulóver de lana azul oscuro, boca pintada de rojo. Sacó un paquetito blanco y un encendedor de su
mochila. Prendió un cigarrillo. Por mi parte hubiera deseado que se limitara a pitarlo, pero en la vida, y lo confirmé en ese preciso momento, las cosas nunca salen como uno quiere.
Clavándome los ojos, ella lo chupo lenta y golosamente.
-Vos me querés cagar la vida, ¿no es cierto?- mi voz sonó herida, todo un gesto ridículo.
Y me pareció que aquí comenzaba a rodar la escena en donde ella sonríe, yo me levanto del sillón, voy acercándome a su lado y una vez que la tengo en frente, acaricio su pelo y busco la
clave. Es desesperante en verdad, pero la clave aparece: ella mira mi bragueta, ríe, y logra sepultar toda culpa como un susurro en la inmensidad de la noche. Y ya no hay retorno, me dejo
arrastrar por el impulso de zamarrearla y ponerla boca abajo en el sofá, para que se empiece a reír como un demonio cuando le levante la pollera, y me zambulla en el temblequeo de sus
nalgas pálidas, nalgas suaves de adolescente, y que todo se vaya al carajo en un latigazo de semen. En un minuto de eternidad.
-Pasé por el trabajo de tía, ella me las dio- dijo, y empezó a sacudir un juego de llaves.- Ah, por tu pregunta, quería verte.
-Vos estás loca, nena.
-¿Por?
-Cortala, es peligroso
-No te preocupés, tontito, le dije que me sentía indispuesta, que no iba a ir al cole.
Todo lo que yo decía era inútil, no la iba hacer entrar en razón; y la escena era angustiante, turbadora, sensual: ella trataba de hacer circulitos con el humo del cigarrillo mientras se
hundía en el sillón, y yo, el hombre duro de la película, destilando una calma que se empezaba a desvanecer.
-A ver, ¿Cuánto más crees que te va a durar esa mentira?
-Uh, vos también…
-Escuchame, ¿y si Alejandra cae por sorpresa y quiere ver cómo sigue su sobrinita que está enferma?
-Nada que ver.
-Pará, ¿me estás jodiendo?
-No.
-Decime entonces.
-¿Que diga qué?
-¡Que todo esto es una mierda, la puta madre!
-¿Sabés qué?, sos un egoísta.
-Pero callate, querés.
-Si, eso sos- dijo Paula, se levantó y empezó a caminar por todo el living con una soltura que más que una provocación, era pura indiferencia. Dándome la espalda, prosiguió:
-Vos sólo tenés miedo de que ella te encuentre echado, al pedo y se de cuenta de que sos un vago que no va a cambiar más; ¿estoy equivocada?
-Pará, pará, no seas atrevida, mocosa de mierda- dije e inmediatamente me levanté del sillón en una estampida de bronca- ¿quién carajo te creés que sos?
Ella bajó la mirada y nos quedamos en silencio.
No iba a entrar en su juego, no podía; por eso suspiré y fui hasta el ventanal. Sin duda, el día había amanecido prefecto, ninguna nube gris que amenazara, y tan cálido que empecé a
desconfiar de la comodidad del encierro; porque tal vez no estaría mal salir a la calle, pasar a buscar a Alejandra por su trabajo y terminar el día comiendo en algún restorán cerca de la
costa, como cualquier otra pareja normal. Eso, salir, pensé, a pesar de que en ese momento el ventanal del departamento sólo me mostrara que veintidós pisos más abajo, la gente caminaba
indiferente a lo que sucedía veintidós pisos más arriba. Pequeñas hormigas negras, murmuré, y abrí una hoja del ventanal. Saqué la cabeza. La brisa chocó en mis pómulos, en mi pelo; los
ojos se me enjugaban y cuando volteé para decirle que se fuera, Paula había desaparecido dejándome solo con el horror. Cerré la hoja. Las hormiguitas negras son de Dios, las hormiguitas
coloradas son del Otro, empecé a murmurar con la cara pegada al vidrio, con la dulzura de una canción infantil y algo de desconcierto, que también se parecía a la locura. Di media vuelta y,
como si supiera qué debía hacer, abrí otra vez una hoja del ventanal. Cachetazo, acides en la garganta, vértigo. No me dejen acá, hormiguitas, no me dejen solo, pero las hormiguitas negras
danzaban indiferentes en sus moldes de asfalto y cemento; miraba y miraba y las hormiguitas negras son de Dios, las hormiguitas coloradas son del Otro, cuando de golpe, volví en mí con la
violencia de quien despierta de una pesadilla. Solo, en el departamento. Entonces cerré mis puños hasta sentir un ardor por todo el cuerpo, tomé impulso y como si debiera expulsar una
ráfaga de insultos, escupí lisa y llanamente. Después cerré el ventanal con tanta fuerza que casi rompo los vidrios. En realidad no entendí lo que acaba de hacer, pero me sentía mejor; y
así fue que volví a sentarme en el sillón del living, a pesar de que los ruidos provenientes del baño confirmaban que Paula no se había ido. Sin embargo no me importaba, ya que por primera
vez desde que ella atravesó la puerta me sentí fuerte, convencido de que si amaba a mi mujer, le debía confesar todo lo sucedido; porque si bien me había mandado una cagada, hoy en día
apostaba por un futuro sin mentiras ni canalladas. Y aunque ya me veía con un cono en la cabeza que dijera estúpido subiendo al banquillo de los acusados, fuera cual fuera la decisión de
Alejandra, la debía aceptar. En eso, Paula reapareció en el living. Yo fingía hojear el diario, como si nada.
-Te tendrías que ir, Paula
-Uh, qué denso, me secaste la mente.
La miré sorprendido.
-¿No te das cuenta qué quiero…?- dijo estridente.
Miré hacia el ventanal que parecía burlarse de mi suerte y traté de murmurar las hormiguitas negras son de Dios, las hormiguitas coloradas son del Otro; pero no hubo caso, tanta sinceridad
me había herido.
-Hacéme caso, andate- logré balbucear.
-Y si no, ¿qué?- dijo ella con tono burlón, y sentándose en el sillón frente a mí, se echó hacia atrás y comenzó a separar las piernas lentamente.