Origen y destino

By 26 noviembre, 2014n.13 - pecado

 por Sergio Bergman

La naturaleza humana se debate un interrogante ¿Somos esencialmente buenos en origen y nos desviamos hacia el mal antes de llegar a destino o es ciertamente nuestra constitución proclive al mal y la fuerza de la norma la que nos encausa hacia el bien?.

Sin fijar posición entre estos dos grandes lineamientos iniciales se hace difícil establecer cual es el lugar del pecado.
Asumamos para este inicio, en el breve recorrido que compartimos en estos párrafos, que los seres humanos, no somos seres naturales sino fundacionalmente culturales.
El lenguaje -el símbolo, la representación y la interpretación- es inherente al acontecer de lo humano y no está por fuera de su esencia, como artefacto externo, sino que es indivisible en su constitución ya que es parte de su misma interioridad. Para entender y entendernos no podemos sino hacerlo, o intertarlo, desde el andamiaje de lo que la cultura nos provee, es decir desde un sistema que no es sólo de observación sino de construcción del observado.
En este universo de construcciones socioculturales que la civilización humana desarrolla -en su extensión de tiempo y espaciooccidente, y en particular nuestra sociedad, fue moldeando los términos y conceptos desde la perspectiva de la tradición judeocristiana.
La idea de pecado no puede ser asumida sino con las implícitas connotaciones que ésta perspectiva subjetiva parcial, pero envolvente y siempre presente, ha definido como constitución intrínseca al pecado como valoración de juicio desde una determinada moral.
Es en este aspecto que no sólo importa cómo se define al pecado, sino cómo se lo utiliza para conformar el carácter y asignar juicios y prejuicios a las acciones que, desde las autonomías individuales, son juzgadas por las normativas culturales de las comunidades de pertenencia y por las sociedades en las que se actúa haciendo experiencia de praxis sus implicancias que como ética pareciera sólo prescriptiva teológica.
Es también aquí donde el tronco común abre
ramas bien diferenciadas que, sin dejar de ser el mismo árbol y alimentarse en la misma raíz, no pueden dejar de adquirir singularidades que las diferencian.


El Origen

El pecado en la tradición judía no tiene las significaciones ulteriores que adquiere en la propuesta cristiana, y en particular esta diferencia tiene origen en la revelación y/o exegesis bíblica. Por lo tanto tendrán consecuencias divergentes en cuanto a la práctica.
En la cosmovisión judía no existe un pecado original. El nacer humanos no implica que con pecado somos concebidos, ni hay en la carne tal adjetivación como si fuera sustantiva. Es decir que el cuerpo y el alma son complementarias tan sagradas o profanas como se las asuma, por lo que se hace en términos de sentido y trascendencia o de alineación degrada en posesión como si fuera sólo materia. La sexualidad es misterio en revelación abierta y el sexo no es un pecado del que hay que redimirse, sino un camino de dialogo y encuentro donde no hay que sólo fundirse ni confundirse como si se tratara de la genitalidad o cosificación del otro en cuanto objeto.
Para la tradición milenaria del Pueblo Judío, la ley es tanto escrita –bíblica- como oral – talmúdica-. Ambas se integran en una sola teología de revelación que plantea que tanto la palabra de un D‘s creador fue dada a Moisés en el Sinaí, como la hermenéutica de interpretación oral en la cadena de generaciones de maestros que la interpretan, aun en nuestros días.

La interpretación rabínica a esta ley desarrolla una jurisprudencia legal que, compilada en códigos, da a lugar a la literatura del Talmud y sus códigos posteriores a partir de los cuales rabinos y eruditos de la ley -como los abogados y jueces en el derecho romano- debaten y se baten para definir no sólo como legislar la casuística frente a la ley, sino lo que es más relevante, y sin duda problemático, escuchar la voz de D‘s que habla a través de ellos arraigados en la lectura (subjetiva interpretación humana) en los textos.

Asumirnos en el Error

El pecado entonces es error. ¨Jet¨ en el término hebreo que implica como tal retroceder a la imagen bíblica original de aquel primer pecado, que hombre y mujer frente al límite supieron transgredir para hacerse humanos, ya no por creación sino por elección, es decir por ser no sólo criaturas de D‘s sino seres autónomos libres y responsables que no sólo hacen, sino que asumen lo que hacen.
Es este el plano de origen – y entiendo de destino – de lo humano. En el plano de la conciencia – y del subconsciente, preconsiente e inconciente más todas las vertientes subterráneas que afloran en la topografía hídrica de la psiquis humana cartografiadas mapeadas y georeferenciadas en las ciencias sociales que hacen a la conciencia la psicología y el psicoanálisis- los seres humanos tenemos libre albedrío, es decir en palabras mas sencillas, optamos, elegimos.
Cierto es que nuestras libertades de elección no son infinitas, como muchas veces asumimos, pero tampoco tan cerradas y limitadas para condenarnos a un determinismo en el que nos declaramos inocentes porque no podemos hacer nada. Entre ser culpables a priori o inocentes a posteriori deberemos asumirnos responsables siempre.
Ser responsables es un atributo maduro de sabernos en el pecado. Pecado que ya no tiene connotación teológica, ideológica, ni moral. Es ética de la dimensión ontologica de que nuestra acción tiene necesariamente que impactar en una realidad que, en su dualidad, incluye tanto el bien como el mal, y que nosotros no estamos fuera de esta disyuntiva sino que nos constituye y que la instituimos.
Somos participes necesarios tanto del pecado como de la virtud. La realidad registra el balance de nuestro devenir en el que ser virtuosos o pecaminosos es una síntesis no una esencia.
Nada puede redimirse fuera que no sea redimido en la interioridad del ser. Es por ello que se hace tan necesario asumirnos en el pecado, ya no por el castigo, sino por la recompensa. El pecado nos permite repararnos en lo humano que devenimos cuando lo podemos integrar a nuestro ser y reparar en el hacer.
Nadie que sea humano puede serlo fuera del pecado, pero sólo en él deja de serlo ya que nuestra humanidad es esa capacidad de transformar el pecado en virtud. Para lograrlo no podemos hacerlo sino a partir de asumir el pecado más que como condena, como una oportunidad que nos da la acción que implica el error y aquella que inaugura amorosamente en el perdón la capacidad de reparación.
Conciliar el pecado y la virtud hace síntesis en la humanidad que somos. Tema de los hombres, ya no de D‘s.

Distinguir el bien y el mal es conocimiento

En el pecado esta responsabilidad no es culpa o ingenuidad, sino responsa, es decir respuesta. Contestar al interrogante que nos hacen, ya no desde la literalidad de la voz de D‘s sino desde la pregunta que convive en toda acción que hemos desplegado.
El primer pecado, fue en el jardín del edén, donde de todos los árboles podíamos comer, pero de aquellos que bien guardábamos en el centro del jardín se nos indicara que no lo hiciéramos. Del árbol de la vida y del árbol de cocimiento del bien y del mal. La serpiente, seducción hecha divinidad en inteligencia práctica, que no siempre es sabiduría pero que conoce bien la materia, supo interpelar en esa autonomía de verificar tanto la libertad real como el límite entre lo humano y lo divino para que, por medio de la mujer -otra manifestación de la divinidadse probara cruzar el límite que nos hizo nacer.

«Penitentes» de Ana María Doblas
Mención Especial I Concurso Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo

«La Ira» de Liliana San Miguel
I Concurso Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo

«Prohibido a menores» de Félix Morrillo
I Concurso Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo

Podemos asumir que este pecado es original, pero en una nueva connotación: es originalmente humano optar y transitar este límite, donde hay un D‘s que habla y dice, pero donde sólo el hombre aprende por lo que hace. Original es el pecado que nos constituye pero también instituye que seamos lo que hacemos y que asumamos en lo que hacemos lo que somos.
¿Cómo podríamos ser humanos sin el pecado de probar alguno de estos dos árboles y no de ningún otro? Mientras la abundancia del edén alimentara para siempre, sin esfuerzo ni trabajo, las necesidades de subsistencia del cuerpo, el de vida eterna y del cocimiento son los que alimentan el alma.
Sin este pecado hubiéramos sido obedientes pero ignorantes de nuestra propia humanidad que sólo es tal a partir de la libertad. Un D‘s que creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza confió en una elección que es pecado por el error de no cumplir con Su límite, pero que es origen de una libertad que implica responsabilidad.
Nacer en la conciencia de nuestros actos, y salir del edén como paraíso provisto por D‘s, para vivir en la tierra eligiendo nuestro destino humano- ya no divino- y si haremos de esta tierra un paraíso o un infierno.
Es posible al recapitular el dramatismo bíblico, preguntarnos por qué si ya en nuestras constitución terrenal somos tanto hijos de D‘s como del pecado, ya no por nacimiento en el mamífero sofisticado, sino en el ser social y cultural que tiene libertad de elección, no se nos dio por vulnerar el límite y comer delárbol de la vida eterna en lugar de haberlo hecho del árbol del conocimiento del bien y del mal?.
Tengo mis dudas, si no existió quizás otro Adán y otra Eva que antes o después no lo hubieran concretado.
Si esto fue así, no se desvirtúa el relato bíblico, ya que nunca lo podríamos saber. Se trata de dos seres humanos, que comiendo de ese árbol serían eternos, pero nunca conocedores del bien y del mal, es decir sin conocimiento, que decir discernimiento. No serían seres concientes como humanos, sino sólo obedientes, en esa eternidad adquirida por el fruto de las leyes de aquello que nunca muere pero que no sabe que existe.
Hacer-nos humanos es ser seres concientes y en esta conciencia distinguir el bien y el mal es conocimiento. Conocimiento ya no del mundo exterior -materia que asume la ciencia- sino de ese mundo interior de la libertad de nuestro propio ser en pensar sentir y hacer, que sólo puede reconocerse en el error (pecado) de comer del árbol del conocimiento de un bien y de un mal, que ya no es objetivo como ciencia, sino cultural en la interpretación social que incorporamos en la conciencia.

Crecer en Libertad y Responsabilidad

Luego del error que tiene toda elección que no resulta camino para el bien sino para el mal, tenemos el imperativoético de no sólo ser libres, sino responsables por lo actuado. Todo pecado puede ser redimido, y ello es posible una vez más no por un gesto divino sino humano, que es donde tiene origen y destino.
El camino de responder responsablemente al pecado en la praxis judía, es justamente Teshuva, que etimológicamente es retorno o respuesta. Retornar el lugar de la acción para asumirla, y retornar para responder ante quien corresponda por lo actuado.
Dada la naturaleza (cultura) humana de que si elegimos nos equivocamos, se nos propone (ya no se impone) una opción que escrecer en libertad al mismo tiempo que en responsabilidad. Asumidos en el error me debo una reparación. Si el error (pecado) daña a un tercero es frente a él antes que frente al mismo D‘s donde debo retornar, responder y reparar la elección que fue mi opción y donde mi libertad vulnero lo sagrado de respetar la del prójimo aún cuando no sea próximo.
El pecado es error, pero como tal oportunidad de reparar humanidad. Re-parar, es parar-se en ese mismo lugar que no puede ser en el tiempoespacio de lo sucedido, en acontecimiento que ya aconteció, pero sí en tiempo presente donde haciéndome presente en el error, redimo el pecado en la virtud de dar un nuevo valor al presente en el que me ofrendo arrepentido para sin olvidar perdonar, perdonarme, perdonarnos que siendo humanos, nos vamos haciendo tanto en el acierto como en el error.
Del pecado retornamos a la reparación de una libertad que nos dieron y que devolvemos en la ciencia de la evidencia de lo actuado y en la conciencia que podemos ser perdonados por amor